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2017 va camino de ser el año más sangriento para los periodistas mexicanos

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Cándido Ríos ha sido el último periodista asesinado, y con él van diez muertos o desaparecidos, sin contar a los que están amenazados o han sufrido agresiones

Alberto Del Castillo

23 Agosto 2017 13:49

El precio de ser periodista en México y cubrir temas vinculados al crimen organizado o a la corrupción de las autoridades —sobre todo en gobiernos locales— fluctúa y su punto de inflación más elevado siempre es la muerte.

Normalmente empieza con una amenaza, si el periodista no recula, le sigue una agresión —en los seis primeros meses de 2017 habían acaecido 276 ataques—, si sigue insistiendo, un susto mayor y, si termina por joder los intereses de los "afectados": pólvora.

A 23 de agosto casi se han igualado las cifras del año más sangriento de la historia en términos de muertes de periodistas. En 2016 murieron once reporteros. En 2017, desde que ayer asesinaran a Cándido Ríos, van diez —nueve, según algunos medios que aún dan por vivo al desaparecido Salvador Adame—.

Cándido Ríos no había estudiado periodismo, pero lo ejercía. Aunque quizás sería más justo que su labor fuera catalogada de activista que denunciaba los abusos de poder en periódicos. “Estoy tratando de abrir los ojos a mi gente, gente agachada. Ciega”, dice en un vídeo grabado días antes de ser asesinado.

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Murió acribillado junto a dos personas —un ex policía y una persona que todavía no ha sido identificada— en Hueyapan de Ocampo, pequeño pueblo de Veracruz, uno de los estados más violentos de México. Ha habido 1093 asesinatos en los últimos seis meses.

A Ríos, igual que al resto de compañeros de profesión que han sido asesinados este año, no le ha servido de nada formar parte de un programa gubernamental de protección a periodistas y defensores de derechos humanos.

De nada les han servido las medidas impulsadas por Peña Nieto para frenar esta masacre.

El presidente de México aseguró recompensar con hasta 80 mil dólares a quienes proporcionaran información que ayudara a arrestar culpables. Dinero para poner parches.

Porque, además, el asesinato a periodistas se paga con la impunidad: tomando como referencia los más de cien asesinatos cometidos en los que va de milenio, se extrae la conclusión de que en el 99’75% de los casos no se ha sabido quién es el autor.

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“De asesinar a uno para atemorizar a miles”, dice José María Calleja en eldiario.es.

Porque hasta el periódico Norte, un medio local de Ciudad Juárez para el que colaboraba la ejecutada Miroslava Breach, acabó desapareciendo de los kioscos de Chihuahua. “No existen las garantías para ejercer periodismo crítico, de contrapeso”, dijo su director Oscar Cantú Murguía.

Javier Valdez dijo de Miroslava que: “Le tocó cubrir la peor etapa de la Guerra contra el Narco en Chihuahua”. Y sólo unas semanas más tarde, él también fue asesinado.



No hay cuartel. Cecilio Pineda, Ricardo Monlui, Miroslava Breach, Maximinio Rodríguez, Filiberto Alvarez, Javier Valdez, Jonathan Rodriguez, Salvador Adame —desaparecido, aunque han encontrado, supuestamente, sus restos calcinados—, Luciano Rivera y, desde ayer, Cándido Ríos.

Diez personas con nombres y apellidos. No importa la edad, el género o la posición social. Los únicos rasgos en común de unos asesinatos con otros es que ninguno se ha producido en la capital, que desde la escritura y la valentía todos ellos combatieron el crimen y la corrupción, y que no se han encontrado culpables en ninguno de los casos.

Como si no hubiera pasado. Nada.

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