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Cómo vivir sabiendo que nadie nos entiende

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La tercera novela de Camille Bordas, 'Cómo comportarse en la multitud' (Malpaso), nos habla de la introversión sufrida como un castigo

Eudald Espluga

17 Octubre 2017 06:01

(Adobe Stock)

Lo más difícil de convivir con la soledad es llegar a percibirla como una condena obvia y necesaria, la resolución lógica de un silogismo muy simple. Por eso, las líneas con la que Liudmila Petrushévskaia comienza uno de sus cuentos, La parca, es un aserto desolador que resume muy bien este fatalismo social: "a algunas personas no las quieren. No las quiere nadie. La cuestión es cómo vivir con eso".

La consciencia del abandono, de la distancia exacta que nos aleja de los demás, es precisamente lo que distingue a los personajes de Cómo comportarse en la multitud, la novela de Camille Bordas que, incomprensiblemente, ha sido calificada por la crítica como una comedia. Las situaciones son extravagantes y sus protagonistas exagerados, es cierto, pero no hay diversión posible en lo ridículo y lo descabellado cuando ambos se revelan como el tragicómico reverso de existencia quebrada e incapaz.

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El título del libro es ya una ironía cruel: cómo comportarse en la multitud, para los seis hermanos que protagonizan esta novela, significa aceptar su radical aislamiento. Todos están caracterizados por una inteligencia superlativa que les permite comprender excesivamente bien el mundo, hasta el punto que las demás personas les parecen redundantes y su cotidianidad un aburrido pleonasmo: personajillos previsibles y grises con quienes no tiene sentido interactuar.

Como afirma la misma autora, son demasiado inteligentes para ser felices.

Y es comprensible. Anticipar constantemente la trama de la película invalida el placer del visionado: su vasta cultura es un spoiler de todo aquello que podrán vivir. Su único refugio es entre los libros de la habitación donde preparan su tesis doctoral, pero no es un refugio apacible: paradójicamente, el estudio es la causa primera de su desamparo.



Quizá la escena que mejor ilustre esta distancia asumida entre el mundo y los protagonistas sea el encuentro sexual en el que Isiodre, el narrador de la novela, pierde la virginidad.

"Dory", como lo llaman sus hermanos, es un adolescente de apenas 14 años que se escapa de casa. No es su carácter impetuoso o la necesidad de rebelarse lo que lo lleva a marcharse, sino más bien el saber que se espera de él que busque la aventura. En todo caso, Dory termina en casa de Rose, una chica algo mayor que se acuesta con él, sin ni tan solo habérselo pedido o siquiera deseado, en un extraño acto de desinteresada bondad.

"Te parecerá raro, pero a veces veo a gente que lo único que le hace falta es que los abracen y se los follen, aunque sea de higos a brevas, ¿sabes?, alguien que los quiera, y suele ser porque están gordos y son viejos y más bien feos, pero a mí no me da el asco lo que le da a otra gente."

Isidore no tiene nada que ver con los hombres que describe Rose. O por lo menos no todavía. Pero ésta quiere evitar que se pase el día obsesionado con el sexo, e impedir así frustraciones futuras.

"Es posible que te conviertas en uno de esos gordos solitarios, así que estoy pensando que si te ayudo ahora a lo mejor evitamos ese desastre."

El problema es que Isidore no piensa en el sexo, piensa en la muerte. Su mejor amiga tiene tendencias suicidas y sus hermanas sufren una suerte de depresión post-parto causada por el vacío que les ha dejado la tesis doctoral una vez defendida. Isidore piensa también en su padre muerto y en cómo llegar a intimar con su madre para explorar y compartir su tristeza.

Y, si piensa en el sexo, lo ve como la abstracta promesa de una vida mejor a la que nunca podrá aspirar.

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La frialdad con la que Camille Bordas relata la escena neutraliza cualquier asomo de humor. Su estilo directo y limpio termina por ser asfixiante, pues a cada paso sentimos a punto de estallar la violencia contenida en sus palabras. Quizá el dominio reducido del idioma inglés, en el que está escrito originalmente la novela, tenga que ver con esta opción por una escritura concisa y minimalista: es la primera obra que Bordas, nacida en Lyon y criada entre México, escribe en este idioma.

Aunque ha sido descrita como la Salinger francesa, en la novela no encontramos el despliegue verbal ni la fuerza de El guardian entre el centeno. Sin ser tan estridente, su obra es mucho más cruel. Debido al fatalismo que entraña la autoconciencia angustiante de los personajes, leemos la novela con un abatimiento moral parecido al que ellos experimentan: participamos del vacío que los envuelve.

Leer Cómo comportarse en la multitud sería mucho más fácil si tuviéramos que lidiar con una familia de misántropos, de individuos huraños y antipáticos que sintieran aversión al género humano, que abiertamente rehuyeran el contacto con los demás. Pero la novela de Camille Bordas nos abandona a una tristeza inaprensible, la de unos personajes que asumen su destino porque no pueden hacer otra cosa, dejándonos incapaces de responder a la pregunta, a la única que importa: cómo vivir sabiéndolo.


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