PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left
Artículo El monólogo interior de Donald Trump mientras sus ojos se abrasaban al sol Lit

Lit

El monólogo interior de Donald Trump mientras sus ojos se abrasaban al sol

H

 

En realidad, lo que pasó con el presidente de los Estados Unidos es que no se le podía quitar esta canción de la cabeza #FICCION

Alberto Del Castillo

22 Agosto 2017 14:22

Toda la semana con los mismos acordes en mente. En mi cabeza sólo hay espacio para la maldita canción: “Here comes the sun tutututú”.

Hoy, sin ir más lejos, llevo escuchándola desde primera hora y nadie más la ha podido oír. Hasta leyendo el periódico. “Democracy Dies in Darkness”. Joder, ¿ya me han vuelto a traer The Washington Post?

Mentira, mentira, mentira.

¿Qué pone aquí?

“Expertos advierten que ver el fenómeno sin las gafas adecuadas puede dejar efectos negativos permanentes en los ojos”.

¡Otra mentira!

 ¿Cómo que necesito gafas de sol?

El eclipse es lunar, en todo caso necesitaría gafas de luna. Huele a estrategia de la potente industria óptica asiática. Seguro que quieren lucrarse a nuestra costa.

¡A costa de los estadounidenses!, ¡y con el consentimiento de la NASA!

La idea de desdecir a la NASA es seductora, no tanto como hacer lo propio con el Acuerdo de París, pero es seductora.

Justo mientras estoy elucubrando, dando vueltas a cuál podría ser mi venganza, tiene que entrar mi hijo Barron y preguntarme qué es un eclipse.

Sol-Luna-Tierra o Luna-Sol-Tierra... Qué complicado. No lo va a entender. Mejor aludo a nuestro universo metafórico: “Un eclipse, Barron, es como un misil entre Corea del Norte y Estados Unidos, o mejor, como un muro entre México y Estados Unidos”.

Barron abandona el despacho satisfecho.

Pero aquí vuelve la melodía: “Here comes the sun, tutututú”

En realidad, la música no se adapta a la situación. Mierda. El eclipse es lunar. “Here comes the moon” sería más lógico.

Casi sin darme cuenta llega la hora de salir a la terraza del segundo piso.

Recorremos el pasillo en silencio yo, Melania y Barron.

Ya en la terraza miro el sol con el rabillo del ojo. Y, mira, no me lo creo. Son mitos. “No se puede mirar al sol más de diez segundos que te quema la córnea”, “La capa de ozono se está desgastando”. ¡Chorradas, memeces, bullshit!

Voy a mirar.

Ya lo creo que voy a mirar.

Y lo voy a ver cómo nadie lo ha visto.

Pero… tengo que acompañarlo con un gesto épico.

Me coloco la chaqueta, saludito a la galería, gesto aprendido en las clases de oratoria para reflejar confianza, sonrisita, mirada, dedito (¡falange en posición de genio señalando a la luna que tapa el sol!), mirada y… de repente, las huestes: “¡presidente, presidente!”, “Las gafas, presidente”, “¡Póngase las gafas, sr Trump!”.

Creo oír como Melania me llama gilipollas entre dientes y me parece ver a no menos del 100% de los allí presentes con las gafas puestas.

Bueno.

Les doy el beneficio de la duda, pero sin descartar definitivamente la idea del complot.

Me pongo las gafas de sol y pienso en los castigos que podría haber merecido el sol en el caso de haberme provocado una ceguera.

Sigo mirando, extasiado, el eclipse.

Pasan los minutos y me viene a la mente la jodida canción que, por fin, tiene sentido. “Here comes the sun, tutututú”.

share