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“Hagamos lo imposible”: revolución y espiritualidad en una taza de Mr. Wonderful

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(Getty / Mr. Wonderful / Stephen Lyne)
 

¿Cómo es posible que esta proclama de mayo del 68 haya acabado estampada a las tazas de Mr. Wonderful?

Eudald Espluga

17 Enero 2018 11:10

"A ver, alguien lo tenía que decir. Basta ya de soñar, de metas incalcanzables y de propósitos enormes, seamos realistas, por favor, hagamos lo imposible". Con esta frase se anuncia en la página web de Mr. Wonderful una taza de porcelana blanca, estampada en tonos pastel —rosa y marrón— con el famoso lema: "seamos realistas, hagamos lo imposible".

Antes de adornar un producto, esta frase fue una de las proclamas que definió las revueltas sociales del mayo francés. Garabateada sobre los muros de la Sorbona de París, la pintada "soyons réalistes, demandons l'impossible!" definía, según el freudo-marxista Herbert Marcuse, la esencia de un movimiento estudiantil que había de marcar un punto de inflexión en el desarrollo de las sociedades capitalistas. Resumía el intento de acabar con una cultura autoritaria —la gris y burocrática generación de los 50— y apelaba a todo aquello que se nos impide imaginar como políticamente realizable: "no me dejaré convencer por una de las ideologías más viciadas de la actualidad, a saber, la ideología que deroga, denuncia y ridiculiza las imágenes y los conceptos más decisivos de la sociedad libre como meramente 'utópicos'".

"Exigir lo imposible" era un concentrado crítico, anticapitalista y antiindividualista, que atacaba la construcción misma del sujeto: sus ideas, sus deseos, sus miedos, sus preferencias. Entonces, ¿cómo es posible que esta proclama contestataria haya acabado hoy estampada a las tazas de Mr. Wonderful? ¿Cómo ha llegado no solo a comercializarse sino a erigirse como representante de una visión del mundo ultraindividualista que despolitiza la idea de felicidad?

I. Tazas... ¿antisistema?

La respuesta fácil, aunque un tanto reduccionista, es decir que la revolución se vendió al capitalismo. En el caso francés, pocas imágenes son más significativas que la Daniel Cohn-Bendit —el mítico Dany le Rouge, uno de los símbolos del mayo del 68— reinventado hoy como bobo (bohemio burgués), defensor del liberalismo y seguidor de Emmanuel Macron.

"Nunca hubo un enfrentamiento entre la contracultura de la década de 1960 y la ideología del sistema capítalista", explican Joseph Heath y Andrew Potter en Rebelarse vende (Taurus), un libro en el que analizan la contracultura como un negocio. Del mayo francés a El club de la lucha, de los hippies a las camisetas con la cara del Che Guevara, defienden que el espíritu contestatario siempre habría sido —y seguiría siendo— gasolina para el capitalismo consumista.

(Getty / Mr. Wonderful / Stephen Lyne)

No es una hipótesis nueva. Joseph Schumpeter sentó las bases de esta idea a principios del s. XX, con su tesis sobre la "destrucción creativa" —el capital necesitaría una fuerza antagónica que le permitiera avanzar en una relación dialéctica con su némesis— y el novelista Don DeLillo inmortalizó esta misma idea en Cosmopolis (Seix Barral), una distopía sobre el devenir del capitalismo financiero: "el afán de destruir es un afán creador. Ese es también el sello distintivo del pensamiento capitalista. La destrucción forzosa. Es preciso eliminar sin contemplaciones las industrias anticuadas. Hay que reclamar nueva fuerza para los mercados. Destruyamos el pasado, construyamos el futuro".

Así lo ve también Jenny Diski en su ensayo autobiográfico Los sesenta (Alpha Decay), en el que realiza la crónica de "una época para malcriar a los niños.... durante un rato. Una época de paz, también para consolidar el capitalismo". Según la novelista inglesa, más que una transición hacia un mundo mejor, los sesenta constituyeron un movimiento errático que reforzó el poder establecido en vez de cuestionarlo: "involuntariamente, despejamos el camino a la extrema derecha, pavimentado, con la mejor intención, la carretera al infierno".

Sin embargo, en el "seamos realistas, hagamos lo imposible" de Mr. Wonderful no hay vampirización alguna del espíritu de la contracultura. No se apropian de la retórica antisistema, ni intentan vender sus productos como amuletos subversivos. "Los hippies se compraban el Volkswagen Escarabajo por una razón fundamental", dicen Heath y Potter, "para demostrar que rechazaban la sociedad de masas". Por el contrario, el lema de Mr. Wonderful nos llega blanqueado junto a otros mensajes acerca de la división entre lo posible y lo imposible, asociados a la idea de "felicidad" o "realización personal", y acompañados con diseños infantilizantes y dibujos de unicornios y elefantes voladores: "los sueños son imposibles solo si no lo intentas"; "no hay nada imposible"; "y como no sabía que era imposible... lo hizo"; "lo único imposible es aquello que no intentas"; "hagamos fácil lo difícil y posible lo imposible".

En su "seamos realistas, hagamos lo imposible" no hay imaginario socialista, ni espíritu contestatario; tampoco rechazo del individualismo, ni resistencia a los modelos impuestos de buena vida. Pero no porque el capitalismo no fagocitara los sueños de los soixante-huitards, sino porque la relación que trazó la contracultura entre deseos y realidad, entre el presente y un mundo mejor, no fue solo política: también fue espiritual.

(Getty / Mr. Wonderful / Stephen Lyne)

II. De la mística a las barricadas... y de las barricadas a la mística

Estados Unidos, Inglaterra, Francia. La rebelión de los sesenta solo se convirtió en un mito internacional después de que en 1968 Theodore Rozack publicara El nacimiento de la contracultura y agrupara todos los movimientos contestatarios bajo un mismo concepto.

Rozack definía la contracultura como el zeitgeist de los sesenta, enumerando alguna de sus principales características: crítica a la tecnocracia, al cientificismo, al materialismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, así como defensa de formas alternativas de consciencia. Dedicaba un capítulo al uso de los psicotrópicos, y consideraba que una de las tareas de los rebeldes era la exploración del comportamiento de la conciencia.

No es casualidad, entonces, que la obra empezase con un epígrafe de William Blake —"¡Despertad, jóvenes de la Nueva Era!"— ni que el libro, en España, se publicara en la editorial Kairós, fudada en 1965 por el filósofo Salvador Pániker, con el objetivo de crear un espacio para el "diálogo entre ciencia y espiritualidad, entre Oriente y Occidente, entre la razón y la intuición". Los años 60 supusieron un auténtico boom para los llamados Nuevos Movimientos Religiosos, especialmente para la espiritualidad oriental. Creció la fascinación por las concepciones no-duales (herederas de un idealismo que se desentiende de la materia) y se exportó de la India, China y Japón un conjunto de prácticas (meditación, yoga, tai chi), terapias naturales y saberes esotéricos que configuraron un nuevo imaginario cultural.

(Getty / Mr. Wonderful / Stephen Lyne)

Aunque todavía faltaban diez años para que empezara a hablarse de New Age y del "retorno de lo sagrado", la contracultura empezó a dar la espalda al ateísmo y al secularismo, que hasta entoces habían sido pilares fundamentales de la teoría crítica y de aquellos movimientos que se pretendían herederos del espíritu ilustrado. De hecho, en 1957, Theodor Adorno todavía cargaba las tintas contra la astrología, el horóscopo y cualquier forma de creencia en fuerzas sobrenaturales, por considerarlas irracionales, "supersticiones de segunda mano".

Del mismo modo que había pasado con las barricadas de la contracultura, también la mística de los rebeldes se mercantilizó: la religión se tranformó en un supermercado de compraventa de sentido

Poco a poco, contra el racionalismo antirreligioso, se impuso la defensa del pluralismo. Progresivamente desapareció la dimensión comunitaria y eclesiástica de la espiritualidad, que se convertiría en una experiencia individual: la religión pasó a cubrir la necesidad de un sentido de totalidad, y su ejercicio se asoció a la búsqueda de la felicidad. Como explica Gerard Horta en De la mística a les barricades (Proa), la apropiación de lo sagrado ya había sido subversiva en el siglo XIX, con el movimiento espiritista, y para los representantes de la contracultura lo volverá a ser: "es indiscutible la significación virtualmente liberadora de afirmar que la transcendencia no depende de ninguna institución, sino en el proceso interno de cada ser".

Sin embargo, las diferentes espiritualidades pronto empezaron a competir entre sí en una situación de mercado abierto. Del mismo modo que había pasado con las barricadas de la contracultura, también la mística de los rebeldes se mercantilizó: la religión se tranformó en un supermercado de compraventa de sentido. La trayectoria del Instituo Esalen, fundado en 1963 por Michael Murphy y Richard Price, resume bastante bien esta transición. Cuna de un pensamiento antimaterialista y transgresor —Aldous Huxley, Abraham Maslow y Alan Watts pasaron por él—, hoy se ha convertido en un sanatorio para gurus de Silicon Valley que sienten que han perdido el rumbo.

III. Mr. Wonderful: consumiendo religión

"El espacio sociológico que en el 68 ocuparon los hippies es el mismo que hoy ocupan los esotéricos. Ambos son irracionalistas convictos y confesos, ambos escenifican una rebeldía que no llega ni a las candilejas, ambos proponen un modelo de consumo —más caro en los esotéricos pero es el signo de los tiempos— perfectamente integrado en el mercado".

Con estas palabras valoraba Antonio Pérez la herencia espiritual que dejaron los sucesos de mayo. En su artículo, escrito cuarenta años después de haber participado en las revueltas, conecta la transformación incipiente de la mentalidad contracultural en los años sesenta con la industria terapéutica que predomina hoy en nuestras sociedades.

Con el boom de los empresarios neorreligiosos y el auge de la cultura de la autoayuda, ha ganado protagonismo una nueva espiritualidad sin dogmas, individualista, experiencial, que organiza su oferta a través del mercado y que ofrece una salvación aquí y ahora, secularizada gracias al lenguaje de la psicología humanista. "Se intenta que el individuo recupere la confianza en sí mismo", explica la socióloga Mar Griera en Consumiendo religión, "invitándolo a no confiar en redenciones desde fuera, exteriores."

(Getty / Mr. Wonderful / Stephen Lyne)

Es en este contexto que debemos comprender la resignificación del "seamos realistas, hagamos lo imposible". El lema, una vez apropiado por Mr. Wonderful y la industria de la autoayuda, se inserta en la lógica de una espiritualidad pop, de un misticismo light, "que busca el confort espiritual desvinculándose de la la responsabilidad social". La relación entre deseo y realidad es codificada según la lógica de la magia simpática, esto es, según la creencia metafísica en que lo similar afecta a lo similar. Pensar en dinero atrae el dinero, dice El Secreto, uno de los más grandes bestsellers del género. Pero el pensamiento positivo opera según la misma lógica: la positividad atrae positividad. Llevado al extremo, esta idea se convierte en una ideología que fácilmente se pone al servicio del discurso emprendedor: eres el único responsable de crearte tu propia "buena suerte".

Fueron años clave en los que la conquista de la felicidad dejó de ser un proyecto político colectivo para convertirse en una aspiración personal y subjetiva que se ligado a una falsa promesa de salvación interior.

Que uno de los principales lemas del mayo del 68 haya terminado estampado en una taza de Mr. Wonderful no es casualidad, pero tampoco admite una explicación simple, ni nos permite despacharlo con una apelación vaga a la mercantilización del espíritu del 68. La transformación de la cultura en los años 60 fue transversal: contracultura, capitalismo posindustrial y la aparición de estos nuevos movimientos religiosos son fenómenos que se explican mutuamente. Fueron años clave en los que la conquista de la felicidad dejó de ser un proyecto político colectivo para convertirse en una aspiración personal y subjetiva que se ligado a una falsa promesa de salvación interior.

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