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La insufrible condescendencia de los poemas antiabortistas

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Imagen: Arte PG
 

/OPINIÓN/ “La poesía antiabortista —esa que dice “ámame, abrázame, ya me muero, / y mi vida se la llevan sin un duelo” sin detenerse siquiera a entender que para muchas mujeres el verdadero duelo es el de perder su independencia, su salud o su libertad— no es ni siquiera poesía, sino más bien violencia”

Luna Miguel

13 Junio 2018 17:33

La suma de “aborto” + “poema” en el buscador de Google genera una lista de resultados absolutamente terroríficos. Si hace poco tecleé esas once letras fue para conocer qué se había escrito históricamente sobre el aborto voluntario. Para saber cuántas escritoras se habían atrevido a contar su experiencia. Esperaba encontrar algunas voces como la de Miriam Reyes en Espejo negro, negando la maternidad (“eventualmente paso días enteros sangrando /por negarme a ser madre”); o como la de Rosa Moncayo en Dog Café, describiendo las sensaciones dolorosas pero liberadoras de abortar (“cobijada bajo una manta meditaba sobre aquel ímpetu destructivo que me corroía por dentro, traté de sentir emoción por esa especie de proyecto de ser humano pero nada acaeció; sentí que algo en mí había muerto y eso se distanciaba mucho de la realidad”).

“Aborto” + “poema”, sin embargo, no despertó aquello que deseaba encontrar. Todo lo contrario. En seguida, una hilera de versos antiabortistas empezaron a desfilar ante mis ojos. Poemas, en su mayoría, escritos desde el punto de vista de un niño que no existe, de un niño simulado que pide clemencia a una madre demoníaca: “mamá, no me dejes”, reza uno. “Yo siempre estaré a tu lado”, susurra otro. “Quiero beber de tu pecho la vida/ y no entiendo quien te dice que no es mía”, amenaza ese que el pasado marzo se haría viral en Argentina, escrito por el senador Esteban Bullrich, uno de los hombres que hoy votará en el Congreso la polémica ley de despenalización del aborto por la que millones de mujeres del país están clamando en una marea verde.

Resulta curiosa esta obsesión que refleja la producción literaria antiabortista. Esta pasión por poner voz a lo que no está y por dotar mayor importancia a sus improbables pensamientos que a los de las mujeres que han de soportar su carga. Como expresaba la novelista Sally Rooney, "nos preocupa más la vida del feto que la de la madre que lo porta". Y no sólo eso: nos preocupa más imaginar el futuro de ese feto, convertirlo instantáneamente en niño consciente y doliente, que la consciencia y el dolor de las mujeres a las que no queremos escuchar.

Este poema de Juan Miguel Melgar es otro ejemplo de ello: “el hijo nos mira, sufriendo, / templado como el mar, / y tú y yo lo miramos. / Quiere volar hacia nosotros, / pero está muerto. / Y yo, aunque no te lo creas, / estoy llorando por él”. Destaca aquí, de nuevo, la sensación de absoluto rechazo al sentimiento femenino. Melgar puede proyectar tristeza y dolor en los ojos de quien ni siquiera ha nacido, pero no es capaz de llorar por quienes durante siglos han estado luchando por salvar sus propias vidas, decidir sobre sus propios cuerpos o pedir respeto sobre sus esperanzas.

La poesía antiabortista (que a veces llena YouTube con cientos de miles de visitas) acostumbra a buscar en la ternura su efectismo, y en la tristeza su propaganda. Tiene lo peor de la ficción —inventa para anular a quien ya exite— y lo peor de la lírica —manosea un género combativo con sus peores rimas—. La poesía antiabortista, esa que dice “ámame, abrázame, ya me muero, / y mi vida se la llevan sin un duelo” sin detenerse siquiera a entender que para muchas mujeres el verdadero duelo es el de perder su independencia, su salud o su libertad, no es ni siquiera poesía, sino más bien violencia.

La terrible y putrefacta violencia de los que creen que todo lo que ven es suyo. Que todo lo que tocan les pertenece. Que todo lo que sale de su esperma es esa gloria divina con la que ya otros, si acaso, deberán lidiar.

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