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¿Es un útero desgarrado o es una mano que calma?

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Imagen: Laura Lee Moreau
 

/OPINIÓN/ “¿Se puede narrar lo que unas veces reconcilia y otras veces se desgarra? ¿Se puede definir lo que unas veces dignifica y otras veces enerva? ¿Se puede consolidar una literatura alrededor de dos universos encontrados?” #loslibrosdeluna

Luna Miguel

27 Marzo 2018 15:34

Creía que me había reconciliado. Allí estaba, desde el mismo titular, algo que me mecía. Eran Las manos de la madre (Anagrama), de Massimo Recalcati, un ensayo de capítulos breves que ponen sobre la mesa todos los aprendizajes de lo materno.

Sin haber leído ni una sola de sus páginas, pude imaginar su contenido, y eso también me apaciguó. Me encontré después con distintos cantos a la madre, distintas aproximaciones a eso que podemos asumir de ella. Las manos de la madre, pues, no era un libro sobre la maternidad, sino más bien sobre sobre el hecho de ser hijos. Sobre aquello que nos define desde el nacimiento. Escribe Recalcati que “la herencia materna es la herencia de la memoria de la vida. Es la herencia del deseo de la vida”, incluso si, como también apunta, “la luz de este deseo no está exenta de sombras”.

Qué paz. Qué lectura tan amable y sosegada esta que me enfrentaba a la palabra madre sin pensar en mí como una de ellas sino en mí como la consecuencia de una de ellas. Lo vi. Lo entendí. Lo extraje desde ese título —“manos”, “madre”, “manos, “madre”, “manos”, “madre”— que sonaba como una cancioncilla, o como una nana para volver a confiar, o incluso como un mito en el que volver a confiar.

Pero en seguida algo volvió a cambiar: “de súbito mi tendencia al control se resquebrajó y afloraron otras partes de mí, extrañas y nuevas para los demás”.

Al igual que la autora de esta frase sentía desgarrarse y desangrarse su útero al comienzo de su narración, también yo me desgarraba. Era Jane Lazarre, mítica escritora feminista, alabada por Vivian Gornick o Adrienne Rich por una obra que supuso un antes y un después en la literatura sobre maternidad, quien con El nudo materno (Las Afueras) volvió a ponerme los pies sobre la tierra. Leí sobre su dolor físico y la entendí. Leí sobre su dolor psíquico y la entendí. Leí sobre su dolor al vivir y al dar vida y no pude dejar de pensar en que tenía razón: en que eso tenía que ser narrar la verdadera maternidad. ¿De qué otra manera iba a hacerse?

Curiosamente, en el título de Lazarre también estaba la respuesta —“nudo”, “nudo”, “nudo”, “nudo”—, y al contrario que esa mano que mecía, el nudo se me apareció desagradable o e irregular. Algo que oprimía y que hacía daño. Algo incontrolable.

Entonces. ¿Cómo se narra lo materno? ¿Quién tiene razón: el que busca la luz mágica de los cuidados o el que proyecta las manchas de sudor sobre la tela blanca del dudú? ¿Se puede narrar lo que unas veces reconcilia y otras veces se desgarra? ¿Se puede definir lo que unas veces dignifica y otras veces enerva? ¿Se puede consolidar una literatura alrededor de dos universos encontrados?

Puede que sí. Puede que su belleza resida en tal complejidad. Porque todo lo materno es bidireccional. Porque necesariamente, al cuerpo que pare y al cuerpo que surge, habrá que narrarlos dos veces.

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