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Lit
Estuvimos con Steven Pinker reflexionando sobre el futuro de la inteligencia artificial. ¿Hay motivos para preocuparse?
20 Octubre 2017 17:48
Imagen de Terminator
Pensar que ahora vivimos en un mundo mucho peor que hace 50 años o, como dice el historiador de culto, Harari, que los cazadores-recolectores tenían una vida mucho mejor que quienes nos metemos en el túnel negro del metro para trabajar 8 horas y regresar al mismo túnel es, cuanto menos, irracional.
Eso es lo que defiende el psicólogo y científico Steven Pinker: “Los intelectuales, y los intelectuales progresistas, están en contra del progreso”. Así comenzaba el canadiense una exposición sobre el futuro de la inteligencia artificial (IA) ayer en el Parlamento Europeo. Pinker mostró un amplio repertorio de indicadores de la realidad que van en contra de la percepción construida por intelectuales —y periodistas— de que el mundo es cada día un lugar más peligroso.
Estos, ya sea por los clics, por la concepción de que hablar bien de algo es publicidad, o porque ser pesimista se percibe como menos pueril que ser optimista, dibujan(mos) un escenario diario de muertes, violaciones y guerras nucleares. Al mismo tiempo, dice Pinker, los niños consumen más calorías que nunca, las mujeres pueden votar, los gays casarse, los muertos por las guerras son menos y los avances médicos salvan a millones.

Steven Pinker
La conclusión de esta concatenación de datos, presentada ya en 2011 en su libro The better angels of our nature, es que la inteligencia artificial y el desarrollo de la tecnología solo pueden plantearnos un futuro de progreso, por mucho que Black Mirror o Blade Runner se esfuercen en mostrarnos un futuro distópico.
Los datos de Pinker son discutibles: que se consuman más calorías que nunca, por ejemplo, no significa que en Sudán suceda esto, y sí significa más que en Estados Unidos hay una epidemia de obesidad. Por no hablar de que el cambio climático está en el origen de migraciones que pueden terminar con el bienestar de la raza humana por muchas décadas, o de que ese mismo bienestar no puede medirse, como es obvio, solo por lo material. ¿Somos tan felices cuando consumimos más opiáceos que nunca?
A pesar de la eventual superficialidad de su discurso, el punto de Pinker no iba desencaminado. Otro participante en el debate, Peter J. Bentley, experto del University College de Londres en la parte técnica de la IA y, por tanto, menos dado a filosofar, apuntaba a que no hay nada más irracional que pensar en un monstruo tecnológico autónomo y consciente que supere al cerebro humano. Con los conocimientos más avanzados que tenemos ahora, eso es sencillamente imposible.
El pasado septiembre, en Estonia, Jaan Tallinn, fundador de Kazaa o Skype e integrado en el club de la singularidad de los Kurzweil o Thiel, alertaba en otra charla de que “la IA puede acabar con 100.000 años de progreso guiado por el cerebro humano”.
"We are reaching the end of a 100,000 year period where the human brain is most important unit for world progress." -Jaan Tallinn #EYL40 ????
— Alex Budak (@AlexBudak) 16 de septiembre de 2017
Pero Bentley responde con contundencia que, cuando hablamos de IA, hablamos solo de algoritmos y de operaciones matemáticas masivas. Es decir, nada que no haya sido creado por un cerebro humano y que no esté subyugado a él. Un cerebro humano inmoral puede construir armas nucleares y, lo que es peor, decidir usarlas. Pero las armas nucleares no pueden activarse por sí mismas sin la orden de un cerebro humano o de una máquina programada según algoritmos creados por un cerebro humano que estará sometido, como ahora, a códigos morales expresados en leyes.
Pensamientos en la línea de Tallinn solo confirman el hype de la IA, que provoca la consecuente percepción negativa del futuro tecnológico aunque, en definitiva, solo sea un hype:

Pinker había sido invitado por la antropóloga y eurodiputada del grupo de los liberales (ALDE) Teresa Giménez-Barbat, impulsora de Euromind. Este es un foro ultrarracionalista cuya finalidad es promover la ciencia como base de las decisiones políticas para sobreponerse a la presión de las emociones, aka ideologías.
El miedo a la IA es solo una percepción, igual que el terrorismo, cuya imagen es mucho más grande que lo que es en realidad. Pero es precisamente la batalla de la percepción la que es el sino de los ultrarracionalistas en política: en el partido de las emociones, la razón no puede venderse como lo contrario a su contenido.
Y esto, posiblemente, precipite las regulaciones que se preparan en Bruselas sobre tecnología basadas en su miedo irracional. Lo que habrá que seguir regulando es las conductas derivadas de los cerebros humanos, y no los robots.
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