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Historia de una mujer que estudió letras durante el franquismo

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Archivo familiar / Arte PlayGround
 

Hablamos con la Abuela Chus sobre lo que supuso crecer en una casa de mujeres durante el franquismo; y estudiar después literatura en una institución donde ellas estaban ausentes; y convertirse más tarde ella misma en el núcleo de una familia que heredaría su amor por la educación, el feminismo, las letras

Luna Miguel

07 Marzo 2018 23:42

Antes de que sus nietos la llamaran Abuela Chus, ella era simplemente Chus.

Fue María Jesús, también, cuando por sus manos delgadas pasaron las tizas blancas con las que escribió en tantas pizarras los versos de Miguel Hernández o las oraciones que sus alumnos adolescentes temerían analizar a sus espaldas. Era María Jesús, para los que con ella amaron la literatura en institutos de Barcelona, Extremadura y Madrid; y era María Jesús para varias decenas de generaciones de estudiantes que quizá nunca amarían los libros o la sintaxis pero que entendieron que ante sus ojos había una mujer capaz de emocionarse con ese poema primaveral que Machado le dedicó a Leonor.

Fue Chus, sí. Lo fue durante toda su juventud. Especialmente en aquellos años de Universidad, en la carrera de humanidades que estudió en la Complutense cuando España era una dictadura y cuando los libros de poetas inmensos del 27 tenían que conseguirse en ediciones raras que probablemente venían de países a los que ella nunca había soñado viajar. En la universidad, de hecho, esta profesora de Lengua y Literatura no conocía el nombre de Jorge Luis Borges. No fue hasta la visita de éste con María Kodama a Madrid a principios de los años 60 cuando Chus lo vería en una clase, leyendo alguna página con su bastón en la mano, mostrándose coqueto y altivo como él era mientras una pandilla de chicos de veintipocos lo miraban ignorando la importancia que después tendría. No fue el único escritor célebre al que ella conoció. Por esas aulas que prohibían a Hernández y a Lorca pasaron sin embargo figuras como Ernesto Sabato. “¿Cómo fue alguien así a nuestra facultad en una época como aquella?”, me dice Chus, que está al otro lado del teléfono con un hilo de voz muy leve. “También tuve a Dámaso Alonso de profesor”, añade como si nada. “Luego hice un trabajo de Miguel Delibes y me carteé con él”, asegura, “me mandó algunos recortes de prensa sobre su obra. Fue muy amable conmigo, pero no me atreví a viajar a Valladolid para conocerle”.

Por un momento, Chus flaquea. Podría parecer que se arrepintiera de algo. Que no estuviera cómoda con aquella decisión de hace cincuenta años. ¿Por qué no fue a verle?, me digo sin comunicárselo. ¿Por qué? Quizá por eso que me dice después de que “en realidad aquello no fue estudiar literatura” o porque “todo lo que aprendí fue leyendo fuera, por mi cuenta. Siempre por mi cuenta”.

Chus era Chus nada más llegar a Madrid. En esa época de lycéene en la que su padre le obligó a estudiar cursos de magisterio para ser profesora de escuela pero ella se sentía más lista que aquellos temarios generalistas y demasiado torpe para coser o inventar pomposas caligrafías con pluma y tinta. Chus prefería mancharse las manos trabajando. Quería ser profesora para bachilleres. Quería hablar de literatura y de filosofía. Quería ser independiente.

—Al final conseguí convencer a mi padre de que con una sola carrera lograría esa meta, aunque a él lo de estudiar letras no le convencía. Decía que eso no servía para nada.

—Pero luego confió en ti, ¿no?

—Sospecho que mi madre y mi hermana mayor tuvieron algo que ver en su decisión. No lo sé.

—Para ser una época como la que era, da la impresión de que tenías mucha libertad.

—Qué va —dice entonces Chus— mi libertad consistía en ir de casa a la biblioteca y de la biblioteca corriendo a casa. Yo envidiaba a las chicas que venían a estudiar a las residencias de Madrid, ellas viajaban, y quizá tuvieran rutinas menos estrictas que las mías.

Mientras Chus habla me digo que quizá esa rutina fuera la que la convertiría en una estudiante excelente. O que quizá esa falta de libertad fuera la que le enseñó la importancia de recordar su gusto por mancharse las manos en aquel barrio pudiente de la capital del país de Franco donde vivía su familia pero donde María Jesús nunca creció.

De hecho, antes de ser la universitaria María Jesús, ella era simplemente la niña Chus. La que con sólo dos años tuvo que marcharse de casa de su madre porque su hermanito acababa de nacer y entonces su abuela y sus tías de Hellín decidieron acogerla en su seno. Y su seno estaba en Hellín, en ese pueblo de Albacete y en esa casa de mujeres de negro donde crecería la pequeñita Chus de los dos a los dieciséis, sin ver a sus padres y a sus hermanos “más que en vacaciones o en Navidad” aunque para ella vivir lejos de su familia fuera lo más normal del mundo “porque ya estaba acostumbrada, y porque cuando yo iba a Madrid en realidad echaba de menos la que consideraba mi verdadera casa, que en aquel entonces sólo era la casa de mi abuela”.

Nadie sabe todavía por qué la pequeña de los Tomás Espinosa fue se mudó a aquel lugar. Nadie sabe por qué fue la única de todos los hermanos que acabaría en el pueblo con las tías. Nadie sabe, aunque hay muchas teorías, cada cual más extraña, sobre los motivos económicos o machistas o sinceros o fortuitos por los que Chus terminaría adaptándose a esa vida en Hellín. “Mi hijo mayor hace muchas conjeturas, pero ya te digo que para mí era lo más normal. En mi familia la figura de la madre siempre ha sido muy importante, y mi padre respetaba a la suya y quizá por eso cuando ella quiso que yo creciera allí él respetó la decisión”.

Chus duda un momento, pero parece segura de sus palabras.

—Entonces —le digo— ¿nunca pensaste que tu vida habría sido mejor en Madrid?

—Si te digo la verdad, me lo he planteado. Pero yo tengo buenos recuerdos de mi infancia. Mis tías y mi abuela me enseñaron a leer y a escribir. Yo estudiaba en casa. Me educaron para demostrar que yo podía ser una mujer culta lejos de Madrid.

No se lo digo a Chus, pero en ese momento vuelvo a preguntarme para mis adentros si quizá el haber crecido rodeada de mujeres la hizo así de feminista como es. O si quizá el hecho de haber estudiado tanto de niña la hizo así de inteligente como es. O si quizá el hecho de haber estado tan lejos de su familia la hizo tan familiar y maternal como es. Porque antes de que sus nietos la llamaran Abuela Chus, decía, ella fue simplemente Chus. Una niña autodidacta criada por mujeres mayores que tenían los “estudios justos” pero que querían hacer de ella “una catedrática, como la Rosarico”.

—¿La Rosarico? ¿Quién es esa?

—Rosario Losada era una catedrática que vivió en Hellín y que nunca conocí. La tía Rafaela sí que la conoció y quería que yo estudiara filosofía y que fuera como ella. ¡Tú vas a ser como la Rosarico!, me decía muchas vece.

Compruebo Google y Chus tiene razón. Rosario Losada fue una mujer muy culta. Una hellinera de adopción que publicó trabajos sobre narrativa contemporánea de la época en la Universidad de Barcelona y a quien según algunos blogs que hay por la red la literatura le acabaría llevando hasta Canadá. Así que antes de ser la universitaria María Jesús, su tía Rafaela Tomás, profesora en partos, se había empeñado en que Chus fuera Rosarico. Le pregunto entonces qué pensaba que había visto Rafaela en ella para tener tan claro que sería filósofa, o profesora o escritora, y ella me dice que no sabe, que simplemente lo decía así. Que era su obsesión. Sin más.

Vuelvo a ocultarle lo que pienso a Chus, pero en mi mente me sorprendo al pensar que yo la había llamado para ver cómo era estudiar literatura en una época de hombres y de represión y entonces ella me sale con otra historia en la que la palabra importa entre la libertad de estar lejos y la de crecer entre mujeres. ¿Qué hago ahora con esta historia?, me digo. ¿Qué le pregunto a María Jesús ahora?

—Entonces es normal que no te arrepientas de haber crecido dejos de Madrid —improviso— ¿fue duro para ti dejar Hellín?

—Lo duro habría sido abandonar a mi abuela, pero ella murió antes de que yo empezara el instituto en Goya. Así que no me vio marcharme.

—Vaya.

—Lo que sí sé es que últimamente, sobre todo cuando hablo de esto, me pregunto qué habría sido de mi vida si hubiera crecido sin aquellas mujeres.

Y sin aquella educación, me digo. Y sin aquellas clases tediosas de literatura en la complutense, me digo. Y qué habría sido de Chus si las oposiciones no le hubieran llevado a Barcelona, me digo. Y qué habría sido de ella si no se hubiera casado con Pedro. Y qué habría sido de sus cinco hijos si no hubiera tenido a sus cinco hijos. Y qué habría sido de sus decenas de clases y alumnos sin sus exámenes mecanografiados. Y qué habría sido de ella si no se hubiera quedado viuda tan pronto. Y qué habría sido de ella si la tía Rafaela no se hubiese mudado a su casa de Alcalá de Henares para no morir sola en Hellín. Y qué habría sido de María Jesús si hubiera intercambiado todo eso por otra vida más independiente, o por otra carrera más personal, o por otras cosas que cuanto más tiempo pasa más imposibles se hacen de imaginar.

—Pues que no existiríais ninguno de vosotros, por eso es mejor no pensar en ello, concluye.

Así que tras esas palabras, y antes de preguntarle a la Abuela Chus qué es lo que va a hacer durante la huelga del día 8 de marzo, prefiero guardarme muy dentro de mí otro comentario que sin embargo me hubiera gustado mucho decirle, como que quizá el destino sí quería más vidas posibles para ella, o como que quizá mi deber ahora como su nieta y como escritora sea el de inventármelas en mis textos, el de crear mundos distintos para nosotras, el de seguir cuidándonos para escribirlo aquí. Para quedarnos siempre tan juntas.

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