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Quizá me muera después de escribir esto

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La duda sobre la enfermedad es peor que la propia enfermedad. Dos libros enfermizos para combatir la hipocondría

Luna Miguel

06 Abril 2017 08:03

Vivo pensando en que me voy a morir ya mismo. En que quizá estas palabras que escribo sean las últimas. No exagero; lo juro. Cualquier cosa extraordinaria que me pase en el cuerpo me pone de los nervios: una manchita en la piel, un simple resfriado, un dolor de cabeza de esos que son como las espinas de la rosa clavándose en el interior del cerebro. Tic, tic, tic. Rascándolo desde dentro como un niño de parvulario que araña por primera vez un corcho con un punzón. Crrrrrs, crrrrsss, crrrrsssss. Así es como se deshacen mis sesos. Así es como mi mente temblorosa dice: voy a morir. Es que me voy a morir. Es que voy a terminar de escribir este párrafo, y ya.

Se acabó.

¿Ya?

¿A ver?

Vaya…

Pues no me he muerto.

Aquí sigo.

Será la hipocondría.

Será esta ansiedad que me muerde las uñas hasta el hueso cada vez que me miro en el espejo y descubro nuevas canas o más estrías o ese índice de grasa y de cicatriz que podría significar infarto y cáncer.

No exagero. Lo juro. Mi madre murió muy joven.

No exagero. Podría pasar.

He leído que podría pasar ahora mismo. Que me podría morir ahora mismo. Lo he leído en Clavícula (Anagrama), el último libro de Marta Sanz que no es una novela sino más bien una especie de confesión sobre lo loca que puede volverse una persona obsesionada por los síntomas. Sanz, que según cuentan las leyendas de Twitter se llevó a su ginecóloga a la presentación de Clavícula en Madrid, ha escrito un libro que ahonda en la hipocondría y, sobre todo, en el miedo a la decrepitud.

La enfermedad, nos da a entender aquí la autora, es peor que la muerte.

Y la duda sobre la enfermedad, en muchas ocasiones, es peor que la propia dolencia.



Con fragmentos que la mayoría de las veces podrían ser confundidos con poemas confesionales o con las entradas de esos diarios de escritores de culto que no salen a la luz hasta muchísimos años después de la muerte de su autor, Marta Sanz reflexiona una y otra vez sobre qué significa sentir dolor, pero también sobre lo que significa escribir sobre el dolor. ¿Es posible literaturizar la enfermedad sin caer en la autocompasión o sin dolerse demasiado?

“No hay mentiras ni metáforas para entender mi dolor”, asegura Sanz en la página 61.

Y sin embargo, durante las siguientes decenas de páginas, su empeño es el de encontrar esa metáfora. O mejor dicho, esa mentira que le ayude a sobrevivir.

Y si al final Clavícula es un manual para sobrevivirnos a nosotros mismos, Manual de remedios literarios (Siruela), de Ella Berthoud y Susan Elderkin, es una guía para que absolutamente todos los males de la sociedad puedan curarse.  

Ante esta suerte de diccionario de enfermedades, síndromes y obsesiones, Berthoud y Elderkin han ideado listas de lecturas —la mayoría clásicos literarios del canon anglosajón— con los que supuestamente los lectores podremos enfrentarnos a cosas tan dispares como la vejez, la impotencia, el no tener casa, el cáncer, el hambre, la tendencia a emitir juicios sobre los demás, y un largo etcétera.

En Manual para remedios literarios se encuentran grandes recomendaciones, pero de entre todas hay una que, personalmente, me es de mucha utilidad.

Cuando el lector busque la letra h, se encontrará con la hipocondría, y para librarnos de ella Berthoud y Elderkin recomiendan la lectura de El jardín secreto, novela clásica donde uno de sus protagonistas, Colin, descansa en la cama por miedo a enfrentarse a las enfermedades del mundo y morir joven.

Casualmente, el personaje de Colin podría recordar en algunos momentos a la voz que narra la  Clavícula de Marta Sanz. Casualmente, los terrores de Marta Sanz a menudo se parecen demasiado a los que a diario me invaden.

Tic, tic, tic.

¿Lo escucháis?

Tac, trac, tacác.

¿Lo notáis?

¿No habéis sentido la necesidad de rascaros la piel hasta que sangre mientras leíais?

¿No habéis notado el cra cra cra cra cra de los huesos en los dos últimos minutos?

¿No habéis ni siquiera notado que el aire os faltaba? ¿O que el brillo de esta pantalla os nublaba los ojos? ¿O que en vuestro interior se desliza la culebra que como un fantasma susurra hasta aquí, hasta aquí, hasta aquí he llegado?

Pero mirad.

Si vosotros habéis terminado de leer.

Si yo termino de escribir.

Significa que hemos

sobreviv



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