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Un hombre no puede ser celoso, un hombre tiene que mostrar seguridad
10 Agosto 2015 06:00
Cuando me había dado cuenta de que había dejado entrar a un monstruo dentro de mí ya era demasiado tarde.
Me llamo Marcos y tengo 29 años.
Todo empezó un fin de semana de mayo. El sol del verano comenzaba a asomar y mi novia y yo queríamos estrenar la temporada de playa. Yo tenía un amigo, Santi, que tenía un apartamento en la playa, y le propuse ir.
Él me dijo que también le apetecía el plan pero que buscáramos a alguien más. Claramente, él no quería hacer de sujetavelas. Mi novia era de otra ciudad y no tenía muchas amigas, así que Santi y yo se lo dijimos a Pablo y a Juan Carlos, dos amigos nuestros.
Santi tenía un apartamento en la playa y le propuse que fuéramos con mi novia
No tenía problema por ir con mis amigos y que mi novia fuera la única chica que iba al plan. Al fin y al cabo, iba a ser un fin de semana tranquilo e iba con mis amigos de siempre.
No tengo que preocuparme de nada.
Entre nosotros existía la regla no escrita de que las novias de los demás eran “sagradas e intocables”.
El primer día en la playa fue increíble. El agua aun estaba un poco fría porque todavía era mayo, pero, por lo demás, no había casi nadie e hizo un día espectacular. Al anochecer, después de cenar, tomamos unas copas en la terraza del apartamento.

Cuando el alcohol comenzó a subir, comenzamos a jugar a un juego de mesa. Lucy, mi novia, estaba algo borracha y también muy graciosa con todos, y a mí me comenzó a molestar:
¿Qué le hace tanta gracia de lo que dicen estos? ¿Acaso no se ha dado cuenta de que he conseguido ir con mis amigos a esta playa para que vaya ella? No me está haciendo ni caso. Es verdad que estoy algo apagado porque llevo toda la semana trabajando a destajo, pero ¿ni siquiera es capaz de darse cuenta de eso?
Mientras estos pensamientos comenzaban a corroerme, fingía, e intentaba jugar y reírme como los demás.
Santi, el dueño del apartamento, ganó el juego.
¿Qué le hace tanta gracia de lo que dicen estos?
Era ya muy tarde y Pablo y Juan Carlos se fueron a dormir. En la terraza solo quedamos Lucy, yo y Santi. Lucy y Santi seguían hablando muy animadamente, mientras a mí me podía el sueño.
Me estaba dando cuenta de que yo era el tercero en discordia, en una mesa en la que estaba con mi novia y uno de mis mejores amigos. Yo no hablaba, solo escuchaba.
En el juego Lucy ya le reía todas las gracias a Santi y ahora se quedan aquí hablando como si yo no estuviera. Quiero hablar y decir algo para no quedarme fuera de la conversación pero temo que cada vez que abra la boca se haga más grande el abismo que me separa de ellos ahora mismo…

Quise cortar eso:
— ¿Lucy, vamos a dormir?—, dije con cara de agotado, y con algo de mala hostia.
—Ay no, es que no estoy cansada, ahora voy, amor—, dijo con su acento francés inconfundible.
La respuesta me sentó como una patada de las que duelen. Luego, miré incisivamente a Santi y le dije:
—Me la cuidas, ¿eh?
Se rió, y me respondió:
—No te ralles tío, se te va la olla. Claro que sí, no te preocupes.
A lo que le contesté con una falsa sonrisa enorme, que él también percibió como un aviso:
Si tocas a mi novia te voy a tirar por el balcón.
Me metí en la cama con la intención de dormirme. Miré el reloj y eran las dos. Imaginé que Lucy vendría, como muy tarde, en media hora.
Si tocas a mi novia te voy a tirar por el balcón
En toda esa media hora no pegué ojo. Seguía escuchando las risas y me sentía tan tenso como cuando un león está acechando a su presa. Daba vueltas en la cama y el pensamiento me corroía otra vez:
¿Qué estarán haciendo? ¿Por qué hablan tanto? ¿Se está dando cuenta Santi de que le voy a partir la cara? ¿Por qué Lucy se ha estado riendo tanto con él durante el juego? Si no es la primera vez que se ven... ¿Han estado hablando a mis espaldas y no me he dado cuenta? ¿Cuándo fue la última vez que ella me preguntó por Santi?...
Yo llevaba con Lucy siete meses y estaba perdidamente enamorado. Nunca me había hecho algo así.
O, si lo había hecho, yo no había percibido con esa intensidad esa especie de nudo en el estómago que hacía que se me paralizaran los músculos y a la vez se me acelerara el pulso: los celos.
No aguantaba más. Miré el reloj y eran las 4 de la madrugada. Y Lucy no estaba en la cama.
Me levanté para ver qué estaba pasando.

Abrí la puerta de mi habitación lentamente y fingí cara de dormido. En esas dos horas, de 2 a 4, había estado más despierto que durante el resto del día.
Me dirigí a la cocina simulando que me levantaba a beber agua, porque no podía consentir que Santi me llamara celoso otra vez, de manera indirecta.
Caminé por el pasillo y, al pasar por la terraza, miré de reojo: seguían ahí, como los había dejado.
Seguían hablando animadamente y riéndose mucho. Saludé a Santi, que levantó el brazo para devolverme el saludo y volvió a la conversación. Con mi novia, solos, a las 4 de la mañana, y yo en la habitación.
Bebí agua sin tener sed y volví a la habitación.
¿Han estado hablando a mis espaldas y no me he dado cuenta?
En ese momento no tenía un nudo en el estómago, sino un pulpo arrancándome los intestinos con virulencia.
Una virulencia que quería que explotara impetuosamente, que me llevara al balcón y que le rompiera la nariz a Santi mientras le decía a Lucy cuatro cosas.
Pero no lo hice:
Me dirán que estoy loco, que qué tiene de malo estar hablando en la terraza hasta tarde si mañana es domingo, que si somos amigos de toda la vida y cómo habré podido pensar que él quiere algo con mi novia, que ella es mi novia y que me quiere y cómo puedo pensar que me haría algo con un amigo mío, que qué desconfianza, que así una relación entre los dos no va a funcionar, que estoy loco, que no sea rallao que parezco una chica, que estoy muy loco, que no haga ni caso, que me estoy haciendo la peli que se monta un niñato de 15 años, que tengo paranoias…

Al cabo de una hora que pasó tan lenta como si fuera un siglo, se abrió la puerta de la habitación y entró Lucy. La miré de lado y me di la vuelta dándole la espalda.
Me dijo:
— ¿Qué te pasa?
—Nada, tengo sueño.
¿Que qué me pasa? ¿Que llevas haciéndole gracias a mi amigo toda la puta noche? ¿Te querías liar con él?
—Después de un momento incómodo de silencio mientras ella se metía en la cama, estallé, y le dije:
—Pero, ¿a ti qué te pasa? ¿Llevo toda semana trabajando a destajo y quieres que te haga reír como un bufón? ¿Cómo te hace reír el capullo de Santi, eh? ¿Te llevo a la playa para estar juntos y te quedas hablando con mi amigo toda la noche? ¿Tú eres tonta o qué?
Que no sea rallao que parezco una chica
Ella apretó los labios y arqueó las cejas, y sin mirarme me transmitió con su gesto que yo estaba loco.
— ¿Pero qué dices? ¿Te has fumado algo? Solo estábamos hablando—, me contestó.
Eso no hizo más que revolucionar mis celos.
Me sentí débil, y como que estaba perdiendo el control de la situación.
Tienes que aguantar, tienes que fingir que aquí no pasa nada, que está todo bien, que no te afecta. Un hombre está por encima de estas tonterías…
—Bueno, si es normal que estuvierais hablando—, dije sin creérmelo ni yo.
¿Es necesario hablar a las 4 de la mañana solos en una terraza? Me la está colando, se va a enterar mañana…
—Buenas noches mi amor—, le dije mientras mis celos aumentaban en la misma medida que no los expresaba.

Al día siguiente, domingo, fuimos a la playa otra vez y, después de comer, cogimos el coche para volver a nuestra casa en la ciudad.
Todo el viaje transcurrió en un silencio sepulcral, aunque yo intentaba romperlo con vaguedades y bromas tontas.
¿Celoso yo?
Llegamos a casa de noche. Después de picar algo para cenar, nos fuimos a dormir. Nos dijimos buenas noches otra vez, y nada más. Yo intentaba fingir normalidad, pero precisamente por fingirla, no conseguía ser nada natural.
¿Será que ha visto algo en Santi? ¿Qué le he hecho yo?...
Traté de convencerme otra vez de que no me estaba volviendo loco. Porque pensaba que si tenía esos pensamientos estaba loco. Que eso era una cosa que hacían las mujeres, pero que los hombres habíamos nacido para tener estabilidad emocional y que por eso las mujeres querían estar con nosotros.
No paraba de engañarme, hasta que, esa misma noche, alrededor de las 3 de la madrugada, sonó el móvil de Lucy: le había llegado un mensaje al Whatsapp.
Seguro que será una amiga pero, ¿y si es Santi? ¿Me está mintiendo? No tengo que controlarla pero tampoco me puedo dejar tomar el pelo…
No le pregunté nada.
¿Celoso yo?
Al día siguiente en el trabajo estuve todo el día dándole vueltas a eso y viviendo mi infierno personal. Aquel pulpo que me destrozaba los intestinos no quería terminar nunca.
Cuando volví a casa saludé a Lucy como si no pasara nada. Aproveché un momento que fue al baño para cogerle el móvil y vi que el mensaje, efectivamente, era de Santi.
En ese momento me invadió una ira indescriptible. Como una llamarada de fuego que nacía en el estómago y finalizaba en el cuello. Se me habían hinchado las venas y me había subido la presión.
Pero ella no le había contestado. El mensaje decía: “¡Muchas risas este finde! ¡Tengo que verte más Lucy!”
En ese mismo momento cogí el teléfono y llamé a Santi:
Mientras daba tono el teléfono, pensaba en qué le iba a decir:
Le voy a preguntar a este cabrón si le gusta Lucy, nos las vamos a tener…
— ¿Marcos?
—Hey, ¿qué tal Santi?
—Bien, qué te cuentas.
—Nada, solo comentar el fin de semana…
Eres un cabrón Santi, te voy a partir la cara. Estás acercándote a mi novia y rompiendo nuestra regla de oro.
— ¿Qué tal con Lucy?, me preguntó.
Cómo puedes ser tan cabrón de preguntarme esto…
— ¡Nada, todo genial, ya sabes!
No le dije nada más de Lucy en toda la conversación. Ni lo que pensaba de verdad. A Lucy tampoco le comenté nada del mensaje ni de la llamada, porque no quería que me llamara loco otra vez, o que me dijera que la controlaba.

Pasaron los días y mis celos aumentaban a más no poder. Había un muro inmenso que me impedía expresarlos. No quería mostrar ninguna debilidad, no quería perder el control.
Pero lo estaba perdiendo. Me estaba muriendo por dentro. El dolor era indescriptible y el pulpo me arrancaba las tripas mientras yo le dejaba.
Dejé crecer al monstruo, y ya era una parte de mí.
Dejé de rendir en el trabajo hasta que, al final, estallé. Le dije a Lucy que teníamos que hablar. Ella se extrañó.
Le dije que no soportaba estar viviendo así, que eran los celos y ella o estar sin ella y sin celos.
— ¿Pero por qué no hablas las cosas?—, me dijo. —Si lo llego a saber hubiera venido aquel día a la habitación contigo, o hubiera mandado a la mierda a tu amigo.
En ese momento perdí el control totalmente. La grité y la dije de todo.
Ella lloraba.
No entendía nada y se estaba sintiendo culpable por algo en lo que ella no había tenido nada que ver. También me decía que le había extrañado mi impasividad si yo sabía que Santi la estaba escribiendo. Que ella no quería nada con él.
Los celos y ella, o estar sin ella y sin celos
Los celos me habían ganado la partida. No supe expresar mis dudas cuando tuve que hacerlo.
El monstruo vivía en mí. No lo podía rechazar. Ya era demasiado grande.
Todo por no hablar a tiempo, todo por dejarle entrar, todo por el miedo a que me llamaran loco cuando yo tenía razón.
Pasaron cuatro meses y Santi comenzó a salir con Lucy. Ella lo había rechazado al principio pero la insistencia del que era mi amigo consiguió enredarla. Y se llevaban bien.
Yo no estaba loco, no estaba equivocado.
Me di cuenta demasiado tarde de que no había sido capaz de controlar mis emociones, precisamente por fingir controlarlas. Que, precisamente, por no expresarlas, las expresaba con virulencia cuando no podía más.
Y por eso me llamaban loco, por el miedo que tenía a que me llamaran loco.
No había sido capaz de controlar mis emociones, precisamente por fingir controlarlas
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