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Artículo Escuchar, callar y revisar privilegios: el afrofeminismo toma la palabra Lit

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Escuchar, callar y revisar privilegios: el afrofeminismo toma la palabra

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Imagen: \\\'No es país para negras\\\'
 

Colonialismo, arte contestatario y racismo institucional: agunas ideas en torno al curso de 'Afrofeminismos' que Karo Moret impartió en el CCCB durante el mes de junio, y que terminó con el monólogo dramático de Silvia Albert, 'No es país para negras'.

Eudald Espluga

05 Julio 2018 13:47

Con Silvia Albert Sopale y su No es país para negras llegó la catarsis.

La obra se definía como una "comedia dramática", pero no tuvo nada de cómica. En su monólogo, Albert escenificó el carácter grotesco de la violencia que sufren las mujeres racializadas, desde la insistente pregunta "¿y tú de dónde eres?" hasta el paternalismo de "hablas muy bien el catalán", pasando, por supuesto, por la hipersexualización de su cuerpo como "Venus negra".

No necesitó exagerar los comentarios ni deformar las situaciones para volverlos caricaturescos: se limitó a coleccionar pedazos de su experiencia. Su exhibición desafiaba el racismo banal, diario, inconsciente, que funciona mediante estereotipos y que está incrustado en las instituciones.

La obra suponía el broche final a Afrofeminismos. Raíces, experiencias, resistencias, el curso dirigido por la historiadora Karo Moret Miranda y organizado por el Institut d'Humanitats de Barcelona. Cada miércoles, durante cuatro semanas, habíamos abordado algunas ideas clave para entender las estrategias históricas de resistencia afrofemenina, mucho antes de que la palabra "afrofeminismos" tuviera sentido: "no era feminismo, eran formas de supervivencia". La convocatoria fue éxito absoluto, con casi un centenar de personas inscritas, muchas de ellas afrodescendientes y racializadas. Algo especialmente relevante si tenemos en cuenta el carácter excluyente de la mayoría de espacios culturales, como el teatro, el museo o la academia.

Si con No es país para negras llegó la catarsis fue porque permitía dar cuerpo a todos los conceptos que durante estas semanas habíamos ido desarrollando en un plano teórico: historia colonial, esclavismo, diáspora, naturalización neocolonial de las tradiciones, racialización o apropiación cultural. Moret nos había enseñado cómo el arte podía funcionar como una forma de acción contestataria, una respuesta a la blanquitud universal de los clásicos. A través de la obra de artistas como Titus Kaphar, Omar Victor Diop, Harmonia Rosales o Barry Jenkins habíamos empezado a entender la necesidad de deconstruir nuestro canon, desguazar nuestras categorías y abrirnos a otras formas de conocimiento.

"No eres Ofelia si te dedicas a los cuidados. No mueres de amor", concluyó Moret en la primera sesión, tras discutir cómo se había representado históricamente a las mujeres racializadas: como sirvientas, cuidadoras, prostitutas o nanas de leche. Pero cuando Silvia Albert explicó que ella todavía no podía acceder a los papeles de Ofelia, Antígona, Lady Macbeth o Bernarda Alba, sino solo a los de sirvienta, cuidadora, prostituta o nana de leche, el problema de la representación de las mujeres negras en el arte dejó de ser un problema abstracto.

Albert interpelaba directamente a las personas no racializadas como consumidores culturales: nos obligaba a revisar un tipo de dinámicas racistas que se dan en lo que deberían ser espacios seguros. Es fácil criticar que en los estadios de fútbol hay cánticos racistas, pero no lo es tanto aceptar que con nuestra voz (crítica, comprometida, concienciada) estamos desplazando e invisibilizando las de las personas racializadas.

(Cartel de 'No es país para negras')

Esta problemática se aborda explícitamente en uno de los muchos libros que Karo Moret nos recomendó a lo largo del curso: no existe sexo sin racialización. Se trata de una publicación colectiva que nace de un proyecto artístico homónimo celebrado en junio de 2017 en Madrid, que, entre muchas otras cosas, articula y denuncia la fragilidad blanca en el contexto del activismo político de izquierdas. En el libro, la escritora trans* marroquí kenza benzidan da testimonio de esta fuerte resistencia a reconocer el propio racismo, y recolecta una serie de argumentos típicos mediante los que personas privilegiadas defienden sus privilegios frente a personas racializadas: "en España somos los africanos de Europa"; "si no solucionamos el problema de clase no podemos hablar de racismo"; "yo no tengo la culpa de lo que hizo mi abuelo en Marruecos".

Es desde esta dificultad para reconocer los propios privilegios donde el afrofeminismo supone un reto para el feminismo blanco. Sin embargo, el enfoque de Karo Moret a lo largo del curso no estuvo dirigido a mapear las intersecciones y colisiones entre feminismos, sino a proponer una geneaología histórica de cómo el colonialismo ha transformado la experiencia de las mujeres negras: cómo la mirada blanca había transformado su cultura, su historia, sus dioses, su género y hasta su sexo.

(La historiadora Karo Moret, en el Institut d'Humanitats del CCCB)

Más que una confrontación con los discursos excluyentes que históricamente se han dado en el seno del feminismo —pensemos en el relato que bell hooks hizo de sus dificultades para encajar en el feminismo blanco académico— el objetivo de Moret era comprender "los agentes sociales, culturales, políticos y económicos que han influido en la historia afrodescendiente y en la construcción de una afroconsciencia feminista".

Como dejó claro Moret, para el afrofeminismo era importantísimo "echarse a la calle", conquistar espacios institucionales como el CCCB y que fueran las personas racializadas quienes tomaran la palabra. Así, las clases se convirtieron un diálogo constante entre las asistentes —había expertas académicas en muchos ámbitos distintos— y la propia Karo Moret, en el que el intercambio de conocimiento era constante: era una alianza que iba más allá de la conexión fría y distante que normalmente se establece entre profesor y alumnado.

En un artículo que escribió a principios de junio, Moret se preguntaba: "¿qué está pasando no solo en Barcelona, sino también en Europa, con lo que parece ser la génesis de una matriz interseccional (cuasi) orgánica entre el activismo, el feminismo, lo migrado, lo racializado y el ecofeminismo…?". Ahora tenemos la respuesta: que gracias a figuras como ella y Silvia Albert, Barcelona está descubriendo "otra Barcelona, negra, mestiza, racializada y contestataria".

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