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Lina Meruane: “Los hijos son parte del exceso consumista que está acabando con el planeta”

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Imagen: catranslation.org / Arte PG
 

Entrevista con la autora de 'Contra los hijos', que ha visitado Barcelona para presentar la edición ampliada de su diatriba contra el devenir de la maternidad en las sociedades neoliberales

Eudald Espluga

07 Marzo 2018 06:00

"El 8 de marzo no voy a estar aquí, pero estaré en huelga" me dice Lina Meruane antes de empezar la entrevista. "Me pillará de viaje, pero no contestaré mails ni nada que tenga que ver con el trabajo". Meruane es una escritora chilena, aunque actualmente reside en Nueva York. Ha venido a Barcelona a presentar la edición ampliada de Contra los hijos (Random House), un ensayo que se inscribe en el género de la diatriba y que discute —divertidamente, con descaro— la relación entre maternidad y capitalismo: "los hijos, lejos de ser los escudos biológicos del género humano, son parte del exceso consumista y contaminante que está acabando con el planeta".

¿Pero por qué ‘contra los hijos’? ¿Por qué no ‘contra la maternidad en una sociedad patriarcal’ o ‘contra la concepción neoliberal de la maternidad’?

Es una de las cosas que más me preguntan: el título. Piensa que este ensayo salió en una colección que era todo "contra". Es una editorial que se llama Tumbona y tiene una colección de libros pequeñitos agrupados bajo este concepto. De entrada, era un problema de espacio: no podía poner "contra la concepción de la maternidad, bla, bla, bla". Simplemente no podía. Es un título muy sintético que está puesto ahí para provocar una lectura concreta, el texto es provocador. Lo que me interesaba pensar era al hijo como una especie de dispositivo cultural, social, político y económico para traer las madres de vuelta a casa. Por supuesto, también se podría haber llamado de otra manera, o directamente "Contra el Estado". Pero el objetivo era provocar, llamar la atención sobre un tema que sigue siendo tabú en nuestra cultura. Además, el origen de este libro fue una reflexión sobre cómo había cambiado la maternidad y qué lugar ocupaban los hijos en la sociedad actual. Por lo que sí, el centro, el detonante, es la posición de los hijos en nuestra cultura.

Para explicar esta pulsión procreadora hablas de “el ángel del hogar”. ¿Qué es? ¿Por qué exige hijos?

Es una figura metafórica que usa Virginia Woolf en un discurso que le da a las mujeres profesionales de los años 30. Mujeres profesionales de entreguerras que estaban viendo dificultadas sus opciones laborales y su vida. Ella les habla a estas mujeres como escritora, —que es muy diferente a un trabajo asalariado, como ella misma reconoce— y dice que puede entenderlas porque, cuando está escribiendo, aparece este ángel sobre su hombro, que viene a decirle: "¿por qué estás haciendo esta reseña tan negativa de un autor tan famoso?", "¿por qué no estás esperando a tu marido en pantuflas?", "¿por qué no estás cocinando?", "¿por qué no estás teniendo hijos?". En fin, "¿por qué no estás siendo una buena mujer?". Es ahí donde Woolf habla de la necesidad de matar a este ángel para poder escribir. Aunque también afirma que el ángel siempre vuelve, que como un buen fantasma ominoso es imposible de aniquilar permanentemente.

Esto me llevó a pensar: ¿cómo regresa? ¿cómo ha seguido regresando el ángel? ¿en qué forma? ¿arropado con qué discursos? ¿Con qué figura? Hay un péndulo histórico, de momentos con mucha más libertad para las mujeres, de mucha menos presión materna, y otros momentos que sucede lo contrario. Y ahora creo que estamos en el momento contrario, no solo de mucha más presión para tener hijos, sino para tenerlos de cierta manera y cuidarlos de cierta manera. Son formas mucho más normativas, mucho más restrictivas.

Precisamente, Contra los hijos es una diatriba contra lo que consideras un reciente giro conservador de este péndulo, un retorno al viejo ideal del deber ser-de-la-mujer. ¿En qué consiste este retroceso?

Estamos en un momento de auge de las sociedades capitalistas. La utopía socialista fue vencida por la utopía capitalista. Vivimos un punto bastante álgido de esa ideología, de la puesta en práctica de sus políticas económicas, sociales, culturales. Unas políticas que intentan disminuir la fuerza del Estado, retirar los fondos que subvencionan a los ciudadanos más vulnerables. Y en ese retiro se empieza a cargar la mano sobre la familia, se empieza a cargar la mano para que las mujeres vuelvan a ocuparse de los ancianos, de los discapacitados que pudiera haber en la familia y, sobre todo, de los niños.

Por un lado, empieza a haber cada vez más presión sobre las mujeres en este punto: si el sistema puede funcionar bien es basándose en el trabajo gratuito de las mujeres (que por supuesto no debe pensarse al margen de la desigualdad salarial). Pero por otro lado, el sistema también empuja a las mujeres hacia una lógica competitiva. Precisamente porque desprotege, porque retira fondos de la educación, el sistema que se ha impuesto es una ideología competitiva, una lógica que hace pensar a los padres que son los únicos que pueden ofrecer a sus hijos un mejor futuro y que tienen que trabajar para esto. Entonces, el hijo se convierte en una especie de proyecto de la familia que tiene que ser empujado por la madre para que tenga éxito —palabra clave de este sistema—. Es en este devenir que los padres empiezan a pensar en sus hijos como compitiendo con otros hijos. Se recargan las responsabilidades de las familias, pero sobre todo, como siempre, de las madres.

Además, se juntan aquí los discursos médicos, que están insistiendo mucho más en las maternidades prolongadas, en el apego, etc. Por supuesto, no estoy en contra de la lactancia o del amor materno. Lo que estoy diciendo es que se empiezan a alargar esos tiempos, que los discursos de la medicina les dicen a las mujeres que si no están ahí todo el tiempo, que si no están lactando todo el tiempo, si están usando relleno, no están cumpliendo su labor. Por otro lado, se suma aquí otro discurso que pensamos como progresista, el discurso ecologista. Por supuesto, tiene un mensaje muy bueno: salvar al planeta. Nadie puede estar en desacuerdo. Parte casi del sentido común —a pesar de que algunos dirigentes "no creen en ello"—. Pero lo que pasa con este discurso es que vuelve a pensar a la madre como puro cuerpo: es la madre naturaleza la que tiene que asegurar que no se vaya a extinguir la especie, incluyendo, por supuesto, a sus propios hijos.

"Hay un péndulo histórico, de momentos con mucha más libertad para las mujeres, de mucha menos presión materna. Y ahora creo que estamos en el momento contrario, no solo de mucha más presión para tener hijos, sino para tenerlos de cierta manera y cuidarlos de cierta manera. Son formas mucho más normativas, mucho más restrictivas".

En este contexto, ¿es importante reintroducir la perspectiva de clase, supuestamente obsoleta? Dices en el libro que “la mujer es un miembro invisible de la clase trabajadora”.

Precisamente, en este devenir del capitalismo empieza a haber esta idea que el problema de clases había desaparecido, o que no formaba parte de la discusión. En este momento empieza a resurgir porque, en efecto, hay un problema de clases importante. Están los que sobreviven bien, los que hacen dinero, y luego todos los demás, los que son abandonados. Pero en ese discurso de izquierdas también se olvida que las mujeres son parte de la estructura de clases, y que incluso aquellas mujeres que tienen algunos privilegios, en lo materno, vuelven a estar sobrecargadas de trabajo y no obtienen ningún reconocimiento por ese trabajo. Me parece que es ahí donde las mujeres entran en una dimensión en la que se puede cruzar el género con la clase.

Pienso en el contraargumento que podrían esgrimir ciertos sectores del feminismo que han reivindicado el ámbito de los cuidados como un bastión para resistir al individualismo neoliberal. ¿No deberíamos reivindicar una ampliación de estos cuidados (de las relaciones de dependencia y atención a la vulnerabilidad de los demás) en vez de ganar nuevos espacios de libertad negativa (de libertad de movimiento, de libertad para)?

Esta es una de las críticas que se me hace porque se entiende que reivindicar esta libertad me alía con las políticas neoliberales. Superficialmente se podría entender así, pero la libertad en la que yo estoy pensando no es una libertad asocial, no es una libertad fuera de la comunidad, sino que es otorgarle a las mujeres los mismos derechos que tienen los hombres. La posibilidad de elegir, ya sea no ser madres o bien de tener maternidades que no sean tan absorbentes. Son las mismas libertades que tiene un hombre, simplemente que en su caso no son castigadas. No me parece que sea una cuestión que se pueda pensar como una filiación lateral con el neoliberalismo.

"Si queremos una sociedad donde todos estemos bien, alguien tiene que perder los privilegios. [...] Los hombres van a tener que ceder, y ahí está la pelea: es una pelea por el poder."

Yo soy una feminista de la igualdad. Quiero lograr que a las mujeres tengan las mismas libertades para elegir que los hombres. Pero esto no significa que el texto sea contrario a las decisiones maternas de una mujer, sino que más bien busca recordar que las maternidades pueden ser distintas, que no todas las mujeres deben tener hijos y que esta negativa no debería estar castigada socialmente.

En la reciente polémica con Alberto Olmos, al que contestaste en el artículo 'Algunos muchachos nerviosos', parece que conectas su nerviosismo con el nerviosismo de otros escritores frente al #MeToo y la creciente fuerza del feminismo. Como si hubiésemos pasado del "¿cómo vamos a ligar ahora"? al “¿cómo vamos a ser padres ahora?".

En la superfície, el "¿cómo vamos a ligar ahora?" responde a esos miedos atávicos, que nunca sucederán en la práctica. Estos hombres encontrarán con quién ligar de todas maneras. Yo creo que lo que hay de fondo, y lo digo en este artículo, es que si queremos tener una sociedad igualitaria, si queremos una sociedad donde todos estén bien —porque la gran pregunta es cómo podemos vivir mejor todos juntos—, alguien tiene que perder los privilegios. Hay gente con privilegios y gente sin privilegios. O gente con más privilegios y gente con menos privilegios. Históricamente los hombres han tenido todos los privilegios, o la mayor parte de los privilegios. El de ahora es un momento en el que las mujeres reivindican la supresión de ciertos privilegios históricos que muchos hombres dan por ciertos, como si fuera un derecho. Esto significa que los hombres van a tener que ceder algunos privilegios, y ahí está la pelea: es una pelea por el poder.

Detrás de estos artículos de Javier Marías o de estos reclamos de Alberto Olmos, lo que hay es: "me molesta que alguien no esté contento con mi felicidad". Pero no: a lo mejor desde mi felicidad debería mirar la infelicidad del otro y ver cómo puedo ayudarlo para que esté tan feliz como estoy yo. Miremos la situación del otro y pensemos en qué medida nuestro privilegio significa una pérdida de privilegio del otro. En términos muy simplistas, podemos decir que esto también pasa en la política: yo tengo una situación muy privilegiada; ¿qué hago para ayudar a los otros? Y esta crítica no se la hago solo a Olmos o Javier Marías, sino también a las propias mujeres: las hay con muchos privilegios que una vez consiguen un lugar en la sociedad, una situación cómoda, se olvidan de que hay otras mujeres por debajo. Una mujer que se diga feminista, y que utilice el discurso feminista para asegurar que tiene un espacio en lo laboral, también tiene que mirar que las mujeres más jóvenes o las mujeres más vulnerables tengan un trato justo. No se puede pensar en el feminismo de manera individualista.

"Detrás de estos artículos de Javier Marías o de estos reclamos de Alberto Olmos, lo que hay es: "me molesta que alguien no esté contento con mi felicidad". Pero no: a lo mejor desde mi felicidad debería mirar la infelicidad del otro y ver cómo puedo ayudarlo para que esté tan feliz como estoy yo".

A propósito de Marías. ¿Qué piensas de sus columnas y del rol que, como intelectual-opinador, se ha atribuido frente al feminismo?

Lo que pasa con los intelectuales es que pueden servir roles muy diferentes: pueden confirmar el sentido común social o la agenda política, y también pueden cuestionarla. A mi me parece que hay algunos escritores, especialmente algunos escritores mayores, educados en su tiempo y en su forma de pensar, que no hacen el autoanálisis necesario, que no logran cuestionar su propio lugar y lo que hacen es confirmar una serie de ideas que ya están en lo social.

A mi me interesan esos escritores que son capaces de cuestionar realmente esos lugares comunes, que en el fondo son restrictivos. Nuestro tiempo está exigiendo repensar una serie de parámetros y me parece que ahí están estas grandes figuras de la literatura masculinas que han cuestionado muy poco su lugar —como hombres, como hombres intelectuales, como hombres con ciertos privilegios de clase—. Lamentablemente, tienen mucho espacio en lo público. Es verdad que los medios están en crisis, pero ellos están ahí.

En la presentación del libro en Barcelona hablaste de Alejandro Zambra como ejemplo de preocupación (literaria) por la paternidad. ¿Crees que tiene sentido hablar de “nuevas masculinidades”? ¿Es uno de los caminos que se deben recorrer para acabar con la actual "máquina de hacer hijos"?

Pensaba en la figura de Zambra y de otros escritores más jóvenes que empiezan a ver en lo familiar un tema literario, que hasta ahora no estaba tan presente en la literatura escrita por hombres, y que se consideraba parte de la "literatura femenina", con todos los sobreentendidos que hay en la idea de "literatura femenina". Ahora bien, tampoco digo que sea necesariamente interesante hablar de los hijos.

Que los hombres cuestionen su masculinidad es un primer paso. Por supuesto, estos cuestionamientos pueden ser más o menos interesantes, así como también hay feminismos que son propositivos y otros que no lo son. Me parece necesario pensar lo masculino, y es algo que, si no me equivoco, empieza por el lado de las masculinidades homosexuales. Cuando se hace tema, la homosexualidad masculina se empieza a pensar también en esta apertura del umbral de lo que significa ser hombre. Por ahí entran una serie de cuestionamientos. También hay que pensar que los hombres hasta ahora han tenido un rol social muy rígido, el rol del proveedor. Y yo me pregunto: ¿cúan cansado puede ser también ese rol? Está bien que los hombres empiecen a pensar qué han hecho hasta ahora y cómo pueden replantear su rol social y su rol familiar.

¿Qué otros libros sobre la maternidad y la paternidad te parecen interesantes?

El libro de Orna Donath, Madres arrepentidas, por ejemplo, hizo muchísimo ruido porque toca un tema tabú. Me parece importante porque hay muchas mujeres que, aun queriendo a sus hijos, han sentido que tal vez no deberían haberlos tenido. Que quizá no los habrían querido o que no hicieron suficiente reflexión en su momento. Esto es un aporte importante, porque lo que le pasa a muchas mujeres es que la queja se convierte en una manifestación de desamor, y entonces eso abre espacio para unas críticas muy feroces contra estas mujeres: "mujeres egoístas", "mujeres individualistas", "mujeres carentes", "mujeres enfermas de la cabeza". Ese libro hizo mucho ruido precisamente porque todavía no estaba dicho, todavía no estaba autorizado decir precisamente esto: que existe el arrepentimiento pero no sin amor, arrepentimiento además de amor. Es fórmula es muy nueva, muy rompedora, muy explosiva.

Pero también me parece interesante como se ha tratado en ciertas novelas, y quiero hablar especialmente de Fuenzalida, de Nona Fernández, en la que hay una percepción clara de la antipatía que ocurre entre la madre-total y la madre-dividida. La madre-total critica a mujer que tiene trabajo e hijos, porque no es una perfecta-madre. Y la mirada de la otra, que tiene desconfianza para con esta mujer, e incluso tiene algunas reflexiones del tipo: "¿perderá en algún momento la paciencia?", "golpeará a sus hijas?", "¿chillará en la ducha?".

"La sororidad no es tan fácil, porque las mujeres nos ubicamos en relación a lo materno y en relación a lo político en lugares ideológicos muy diferentes"

Estas tensiones que existen entre las mujeres, están muy vivas y son problemáticas porque las mujeres hemos estado muy divididas sobre estos temas. Y en la medida que las mujeres están divididas, reina otro. Ahí hay un recordatorio de que la sororidad, que podríamos idealizar, no es tan fácil, porque en efecto también las mujeres ideológicamente nos ubicamos en relación a lo materno y en relación a lo político en lugares muy diferentes. También competimos entre nosotras. Esto ya lo había dicho Virginia Woolf, pero ella pensaba en esta antipatía de las mujeres en relación a un hombre; aquí, en Nona Fernández, está pensada en relación a los hijos, a un ideal de maternidad.

En la presentación también se habló de “el cuerpo como territorio político” y leyendo tus libros —pienso en Fruta podrida y en Sangre en el ojo—, tengo la sensación que están recorridos por esta concepción biopolítica: cómo el cuerpo es gestionado por el discurso experto, ya sea en la enfermedad o en la maternidad.

El problema con el discurso experto es que lo necesitamos. El saber cada vez está más compartimentado: el cuerpo ha sido dividido en pedazos. Hay una hiperespecialización en la que una va a ver el médico, pero resulta que es el médico del dedo pequeño y no el médico del dedo gordo. Estoy caricaturizando, pero hay una compartimentalización del cuerpo muy fuerte, y entonces nos cuesta mucho más acceder a ese conocimiento que, además, ha sido tecnificado de una manera brutal. Ahora todo pasa por máquinas. Ahora todo pasa por exámenes de laboratorio, a los que nosotros como ciudadanos no tenemos acceso. El resultado es que se empodera muchísimo al médico, que tiene un discurso muy cifrado, que muchas veces es opaco a propósito: se escudan allí, y el paciente tiene que entregarse al médico y confiar que ese señor sabe lo que hace. A veces lo sabe, sí, pero a veces no tiene ni idea. De modo que ahí hay una pérdida de poder.

Por otro lado, estamos en un momento en que el paciente tiene acceso a internet. Tiene mayor acceso a la información y está autoeducándose, activando su potencial comunitario para forzar ciertas ayudas (a veces del Estado, a veces de las farmacéuticas para que bajen los precios, buscando terapias alternativas, etc.). Hay una pugna que me parece muy interesante, que empieza sobre todo con el sida, cuando la comunidad homosexual se reúne para exigir que el Estado y el sistema médico les atienda.

En cuanto a la maternidad, el poder médico privatiza el sufrimiento y despolitiza el malestar. ¿Nos queda margen para la resistencia?

Hay resistencias, como las que buscan remedios alternativos, pero también hay activismo comunitario: es una forma de resistencia. En el momento que la gente se reúne, empieza a ser político.

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