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Entrevista “En esta falsa democracia, el único poder que nos queda es la elección de qué es lo que miramos" Lit

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“En esta falsa democracia, el único poder que nos queda es la elección de qué es lo que miramos"

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22 Enero 2019 12:17

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Entrevistamos a la escritora argentina Samanta Schweblin sobre su nueva novela "Kentukis", las comparaciones con "Black Mirror" y la terrible soledad del ser humano

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) confiesa que entre sus planes no se encontraba hacer una novela sobre tecnología, pero lo cierto es que Kentukis (Literatura Random House) es Black Mirror hecha literatura. El hábitat natural de esta argentina han sido siempre los cuentos y los relatos (Siete casas vacías) pero, sin embargo, con su primera novela Distancia de rescate hizo evidente que no se le resiste nada. De hecho, por este debut fue finalista del prestigioso Man Booker Prize y ya está preparando su adaptación audiovisual.

Schweblin es una maestra a la hora de crear ambientes inquietantes y absorbentes; y eso también se refleja en Kentukis (pronunciado “kentukis” con “u” para “desnorteamericanizarlo”, según señala). En su nueva obra, confecciona un mundo en el que por nuestro hogar campan a sus anchas los kentukis, unos aparatos tecnológicos con forma de panda, conejo y cuervo que manejan personas totalmente desconocidas desde sus propias casas. Así, un niño que vive en Guatemala puede correr por un parque cubierto de nieve en Noruega o una mujer peruana puede meterse en el dormitorio de una pareja de Alemania. Suena fascinante, sí, pero a veces lo fascinante puede convertirse en aberración.

La autora argentina se ha escapado unos días de su residencia en Berlín para presentar el libro en España y en uno de sus viajes al Librerío de la plata en Sabadell (Barcelona) hemos charlado con ella sobre las barreras de los géneros literarios, la tecnología como prisión panóptica contemporánea y la difícil decisión de ser amo o esclavo.

2019-01-21

¿Los kentukis están ya de alguna forma entre nosotros?

Los kentukis son una mezcla entre un teléfono y un muñeco de peluche que permiten el acceso remoto de un ciudadano del mundo a la vida y a la intimidad de otro. Esto en realidad ya existe, pero está muy fragmentado y se reparte entre varias tecnologías. La invención del kentuki es aunar las posibilidades de todas estas tecnologías en una sola cosa que tiene forma y se puede tocar.

¿Entonces cómo definirías Kentukis: ciencia ficción o realidad costumbrista?

¿Costumbrismo? Qué bueno. Claro (se ríe). Hay un problema y es que la literatura y la tecnología no terminan de amigarse. Estamos rodeados de mucha tecnología, la tenemos súper naturalizada y no tenemos ningún problema con eso. Nadie dice “vivimos en un mundo de ciencia ficción”. Sin embargo, cuando pasamos esa realidad al escrito, el texto se transforma en algo de ciencia ficción o de high tech. Las tecnologías van muy rápido y no nos da tiempo a pensarlas, digerirlas o ponerle límites morales, legales y éticos.

Tener un kentuki supone dejar entrar a un desconocido en nuestra vida privada. Dejamos que nos siga y nos vigile hasta el punto de que casi nos puede dar like. ¿Hay un paralelismo buscado entre los kentukis y las redes sociales?

Un poco de eso pasa. El kentuki aporta idea de movimiento porque puedes circular físicamente por la vida de otra persona. Sin embargo, cuando vos paseás por Facebook y en tres clicks terminás en la despedida de soltero de alguien que no conocés, también estás circulando por la vida de un desconocido. Estás llegando a lugares más íntimos que a los que llegarías si circulas por un living. ¿Dónde hay más exposición: en ese living o en Facebook? Es muy relativo. Quería que el kentuki funcionase como espejo de esos recorridos insólitos que hacemos a veces.

Los kentukis nos vigilan constantemente todo el tiempo, en parte, porque dejamos que lo hagan. ¿La tecnología se ha convertido en una especie de prisión panóptica contemporánea?

Lo del panóptico lo pensé. Por eso me gustaba la idea de contar la novela de manera globalizada. Cada sociedad carga con una idiosincrasia, tradiciones, historias e ideas muy distintas. No obstante, todas ellas aprendieron la tecnología al mismo tiempo y de la misma manera. Culturas como las de Oriente Medio, que piensa tan distinto sobre todo en cuestión de género, acceden a Facebook con las mismas normas y reglas con las que accedemos nosotros. La tecnología hace ese doble juego: separa y une al mismo tiempo.

"Nos gusta que nos vean pero eso a la vez nos esclaviza".

¿La tecnología es cruel o los humanos la hacemos cruel?

Tendemos a pensar que la tecnología son los LEDS, pero también lo fue la invención del martillo o la rueda. La tecnología es neutral. El problema es el uso que le das. Una de las intenciones de Kentukis era mostrar que al final el daño moral no lo causa la tecnología, sino que lo ocasiona el ser humano que está en el otro lado de pantalla o nosotros mismos sin habernos dado cuenta de hasta qué punto nos estamos metiendo en la intimidad del otro.

En Kentukis cada aparato tiene un “amo”. En plena época de móviles, redes y electrodomésticos para cualquier cosa. ¿Somos los “amos” de la tecnología o nos hemos convertido en esclavos dependientes de ella?

Somos las dos cosas. Es una trampa. El que es amo supuestamente tiene cierto poder sobre el kentuki porque podría encerrarlo, matarlo, golpearlo o mostrarle cosas que no quiere ver. Pero, al final, el amo está siendo visto. Nos gusta que nos vean y eso nos esclaviza: la mirada del otro, alimentar el número de seguidores... Al mismo tiempo, el que supuestamente es el esclavo tiene el poder de su mirada. El único poder que nos queda en este mundo lleno de falsas democracias es la elección de qué es lo que miramos y no lo usamos para nada.

¿A qué te refieres?

Elegir mirar esto o lo otro es una elección política y más en este momento. Los seres humanos no podemos vivir sin consumir ficción. Somos devoradores de ficción, nos gusta tanto como la grasa y el azúcar. Lo que me aterra es que la gran mayoría de población está leyendo ficción sobre una plataforma única y está viendo exactamente lo mismo desde todos los lugares del mundo. La comida -la ficción- está en manos de una sola persona.

¿Hablas de las grandes plataformas de streaming?

Es el nuevo Gran Hermano. Es de lo que hablamos en todas las cenas. Vos entrás en ellas y es como si tuviéramos 500 cosas para ver pero, de esas 500, solo hay 4 que ve todo el mundo y las otras 496 no las ve nadie. Pero como contrapartida, también le están dando mucho al cine independiente. Es una situación muy complicada.

Personajes como Enzo o Emilia se encuentran muy solos. ¿Qué papel juega la soledad en la tecnología?

Si eliges que un bicho comandado por un ser humano que no conoces te haga compañía es porque hay mucha soledad en tu vida. Pero, en mayor o menor medida, esa soledad late en todos nosotros. Por eso, nos arrojamos desesperadamente a ver si alguien nos mandó un email o si nos contestaron el mensaje de Instagram. Ahí hay mucha ansiedad y tragedia. Es un pez que se muerde la cola: hay mucha soledad porque la tecnología también lleva a la desconexión, sobre todo a la desconexión física.

Cuando se me ocurrió escribir Kentukis yo estaba trabajando mucho con Barcelona desde Berlín. Todos los días trabajaba 3 o 4 horas por Skype, después cortaba y hablaba con mi familia en Buenos Aires o conversaba por email. En mi día pasaban muchas cosas y había mucha relación con los demás, pero después me levantaba en el living y pensaba “¿y si me lo he inventado todo? ¿y si no había nadie en todo el día y estoy yo aquí en pijama?”. Es una conexión real pero intangible.

"Un kentuki demuestra la cantidad de cosas que puedes comprar con dinero: pasear por Islandia en pijama sin tener que abrigarte, hacer deportes extremos, ir a la India..."

Es inevitable pensar en Black Mirror cuando leemos Kentukis. ¿Qué te influyó a la hora de crear este mundo?

Acepto la comparación con Black Mirror, supongo que ayudará a conectar con los lectores y con los seguidores de la serie. Me gusta mucho, pero durante el proceso de escritura no tuvo nada que ver. Si pienso en material literario en conexión con la novela pienso en Crónicas marcianas de Ray Bradbury (1950). Está llena de cohetes pero nunca se habla de cohetes, sino de relaciones entre personas de distintos lugares del mundo. Cuando me di cuenta de que pensaba en Crónicas marcianas durante la escritura de Kentukis volví a ella y la leí con devoción. Me ayudó a entender muchas cosas, me dio buenas pistas y me ayudó a tomar decisiones que no sé si hubiera tomado si no la llego a leer.

No es lo mismo comprar un kentuki en Oaxaca que en Guatemala, en EE. UU. o en Croacia. ¿La tecnología es un privilegio y un símbolo de poder?

En la obra hay una marca silenciosa respecto a las clases sociales. Kentukis tiene intención de ser una novela global que se cuenta desde todos los lugares del mundo cuando eso es imposible. La mitad del mundo cuenta con esa tecnología, pero hay mucha gente que no está conectada. Ser muy, muy, muy pobre implica también esa pérdida de conexión con el mundo. Del mismo modo, el kentuki puede demostrar de forma pragmática la cantidad de cosas que puedes comprar con dinero: un padre le consigue a un chico que no puede caminar un kentuki que hace deportes extremos, puedes ir a la India sin vomitar, puedes pasear por Islandia en pijama sin estar abrigado como un esquimal… Si tienes dinero tienes la sensación de que puedes hacer cualquier cosa. Eso es una falacia, por supuesto, pero el dinero da esa sensación.

¿Llegará a nuestras pantallas Kentukis?

Hay una posibilidad que se está hablando y hay ofertas para el cine. Kentukis fue una novela absolutamente inesperada que me sacó de mi zona de confort en el sentido de que es una novela y de que habla de tecnología y yo nunca pensé que me iba a interesar hablar de tecnología.

¿Serías un kentuki o tendrías un kentuki?

Cuando empecé la novela estaba convencida de que sería kentuki porque la literatura tiene mucho que ver con el voyeurismo, ver a los demás, espiar y pensamos que si logramos ver al otro cuando no está posando obtendremos una suerte de verdad que nos aliviaría. Pero cuando empecé a trabajar y entender las posibilidades del amo, me alucinó el control y el poder que uno puede tener sobre los otros. Eso es muy adictivo. Ahí me salió la maldad del escritor y empecé a disfrutar más ser amo.

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