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Artículo “El sexo futuro no son penes prostéticos ni prostitutas robóticas” Lit

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“El sexo futuro no son penes prostéticos ni prostitutas robóticas”

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Ya quisieran algunos. Pero como cuenta Emily Witt en su colección de ensayos 'Sexo Futuro', lo que está por venir será muy distinto

Luis M. Rodríguez

03 Abril 2017 15:19

En la era post-Tinder, los resortes del sexo son cualquier cosa menos desconocidos. Todos sabemos lo que queremos —y a quién queremos— en la cama. ¿O puede que no tanto?

Vuelve a pensar.

Piensa en las apps de citas dejando avisos en tu móvil.

En las fotos de penes no solicitadas.

En tu última sesión de cama.

Tócate, pálpate el cuerpo, obsérvate frente al espejo, mientras te preguntas: en cuestión de relaciones y sexo, ¿por qué hago lo que hago?, ¿por qué me gusta lo que (creo que) me gusta?, ¿estoy probando todo lo que me gustaría probar?

Igual te descubres tardando en las respuestas a las dos primeras preguntas (la respuesta a la tercera seguramente sea un NO). Y no estarás solo en eso.


I. Expectativas

A Emily Witt le pasó. Llegó un momento en el que se quedó sin respuestas. O, al menos, sin respuestas que la convencieran.

Ella siempre había imaginado su experiencia sexual como "un monorail de Disneylandia que se desliza hasta su última parada", un viaje cuyo destino final y sublime sería encontrarse cara a cara con otro ser humano para llegar juntos a la “estación permanente de la vida: el futuro”. El sexo para ella era una especie de 'casting del hombre ideal', un ir tachando casillas hasta encontrar a la persona adecuada. Pero las cosas suelen ser más complicadas.

Emily se vio, como tantas otras mujeres, entrando en la treintena sin pareja y abatida. "Soltera, heterosexual y hembra", escribe. Algo fallaba. ¿Deficit de hombres para ella? Puede, pero esa explicación resultaba demasiado pragmática. Demasiado fría. Entonces se propuso explorar los motivos de su frustración.

“Yo tenía una idea muy convencional de lo que quería para mi futuro”, reconoce la autora. “Veía el hecho de estar soltera a mis treintaitantos como un fracaso personal, no como parte de un cambio estructural que millones de personas también están experimentando”.


Veía el hecho de estar soltera a mis treintaitantos como un fracaso personal, no como parte de un cambio estructural que millones de personas también están experimentando


Cambio estructural. Suena a discurso de economía para justificar recortes y despidos, pero aquí podríamos traducirlo por algo tan sencillo como “lo que está pasando ahí fuera”. Fuera de nosotros mismos y de nuestros hábitos aprendidos. Fuera de nuestro pequeño cuarto en el piso compartido o de esa habitación de hotel que alquilas de cuando en cuando. Fuera de las convenciones en las que nos han (mal) educado. Fuera del pudor y del miedo al qué dirán.

Emily se asomó fuera de su mundo de deseos 'normcore', y creyó ver el futuro. El futuro del sexo, o de las actitudes sexuales. Así se llama su libro, Sexo Futuro. Pero no, no es lo que imaginas. O no exactamente.

Nada de muñecas de látex con inteligencia artificial capaces de llegar al orgasmo, ni porno en realidad virtual, ni sexo hardcore con autómatas. Todo eso está a la vuelta de la esquina. Pero eso, opina Witt, no es más que atrezo, nuevas maneras marginales de externalizar el anhelo de otro cuerpo o de crear una nueva ambientación para el mismo afán masturbatorio de siempre.

A ella lo que le interesa es el factor emocional de todo esto, la parte que queda a este lado de la tecnología.



“Creo que a menudo hay un sesgo en favor de la máquina cuando se piensa en futurismo”, nos cuenta. “Es muy masculino pensar en el futuro como penes prostéticos y prostitutas robóticas, pero el sexo futuro será otra cosa. El futuro que me interesa es proyectar cómo nos vamos a relacionar los unos con los otros, la manera en la que la gente interacciona con una sexualidad mediada, no los desarrollos en el hardware para esa sexualidad mediada. Ese es el futuro que exploro en el libro observando a la gente que vive en los límites de las posibilidades actuales de interacción”.

¿Cuáles son esos límites? “Para mí la idea de que alguien se identifique como 'internet-sexual' es futurista, el poliamor es futurista y la meditación orgásmica es futurista en tanto que son posibilidades sexuales que usan un nuevo lenguaje para describir configuraciones sociales que están ganando reconocimiento y popularidad”.

Ahí tienes algunas pistas del viaje de autodescubrimiento que hilvana Sexo Futuro, un libro que podría existir en un espacio ficticio en el que se mezclaran los personajes de Girls, Shortbus y Real Sex en la segunda década del siglo XXI.

O lo que es lo mismo: conservadurismo de Ivy League, análisis cultural de políticas sexuales antes y después de internet, curiosidad millennial, libertinaje sexo-afectivo y acercamiento documental a mundos que son puro deviant para la autora.


Es muy masculino pensar en el futuro como penes prostéticos y prostitutas robóticas, pero el sexo futuro será otra cosa


II. Experiencias

En busca de respuestas para su propia crisis personal, Emily queda con hombres a través de páginas de citas, experimenta en un centro de meditación orgásmica, asiste al rodaje de filmes sadomasoquistas, explora el mundo de las 'camgirls', se estrena como consumidora de porno —“Hasta entonces, simplemente trataba de evitarlo”, cuenta— y se adentra en el mundo de las relaciones poliamorosas como observadora neutral. También acude al Burning Man en compañía de “amigos” a los que apenas conoce, donde se droga, conversa sobre relaciones abiertas, se da baños de vapor y se enrolla con gente.

Para cualquiera que lea PlayGround con asiduidad, ese futuro observado por Witt sonará a cosas del presente continuo, o incluso a tendencias desgastadas del pasado reciente. Pero lo interesante de Sexo Futuro está en lo que se respira a través de sus poros, no tanto en las experiencias que describe, como en las observaciones que Witt lanza al sumergirse en esos entornos sociales.

Como cuando se refiere a la falsa idea que tenemos del amor correspondido como un maná universal, "algo que el universo nos debe dar a cada uno de nosotros tarde o temprano, algo de lo que ningún ser humano puede escapar", cuando todos sabemos que es un bien escaso.

O cuando habla de la dificultad para describir “las atracciones que empezaban y acababan de una manera flexible” dentro de su grupo de amigos. Enrollarse, amantes, soltero o soltera, novio, novia o pareja... Ninguno de esos conceptos tradicionales servía para designar con precisión su nueva normalidad. “Un amigo me habló de una 'no-ex' con la que había mantenido una 'no-relación' durante un año”, escribe. “Nuestras relaciones se habían transformado pero nuestro vocabulario no”.


Hay experiencias que evitas no porque sepas que no te gustan, sino porque no quieres que te gusten



Es en la lectura entre las líneas donde reside la gracia de Sexo Futuro. Como cuando Emily sugiere que igual llegó el momento de reconocer el hecho de ser soltero y mantener relaciones sexuales esporádicas con conocidos como una "identidad sexual" en sí misma, en vez de ser visto como una etapa transitoria.

O cuando reconoce que en algunas de sus “no-relaciones” difíciles de categorizar notaba como una fuerza extraña se adueñaba de su teléfono: stalkeo de redes sociales, exceso de signos de exclamación y risas deletreadas, respuestas postergadas de forma artificial... “Me fastidiaba que mi teléfono me hiciera cautiva de sus tópicos”.

Había otro tipo de libertad: un cursor parpadeante en un espacio vacío”, escribe al respecto de la “libertad sexual” que ofrecen las páginas de citas. “Me había tomado su 'estar viéndose con alguien' como algo que garantizaba la naturaleza limitada de nuestro encuentro, no como un test moral”, reflexiona alrededor de la nueva fidelidad. "Aquellas visiones promulgaban una intensa aversión a la realidad física, en la que cualquier imagen de sexo provocara asco y tuviera que ser sustituida por un concepto inocuo de interiorismo", cuenta al hablar de los efectos de ciertos feminismos —algunos, perniciosos—, sus juicios sobre el porno y el nacimiento del 'porno feminista'.

“Los científicos trabajaban para inventar una píldora capaz de incitar el deseo sexual en las mujeres casadas que amaban a sus maridos pero no deseaban tener relaciones sexuales con ellos”, suelta con ironía para ejemplificar el fracaso del binomio entre matrimonio monógamo y vida sexual.


Había otro tipo de libertad: un cursor parpadeante en un espacio vacío


Witt compara los imaginarios de Gindr y Tinder, la manera en la que las apps se marketean y la forma en la que la gente se presenta a sí misma en esas apps, y ve “a dos culturas con relatos distintos sobre la manera correcta de actuar y de ser, con diferencias respecto a lo que estaban dispuestos a declarar sobre ellos mismos. Dos conjuntos de símbolos y de gestos que acabarían igual, con dos personas en una habitación juntas y sin orientación”.

Tras quedar con gente a través de esas apps, observa: “La tecnología en sí misma no prometeía nada. Nos trajo a gente, pero no nos dijo qué hacer con esas personas”.

En esos pequeños soplos de consciencia, Witt nos retrata mejor que muchos sociólogos. En esos destellos está el valor de Sexo Futuro.


III. ¿Conclusiones?

Cuando Witt comenzó a escribir Sexo Futuro , el amor y el matrimonio determinaban la forma en que los humanos se ordenaban en el espacio. Esa idea resumía su cosmovisión. “Me conformaba con mi libertad como estado provisional, pero mi plan era un destino monógamo”, escribe.

Esa visión va cambiando a medida que pasan las páginas.

Me había restringido a mí misma a la hora de contemplar mi libertad sexual y el rango de posibilidades que estaban disponibles para mí”, explica. “Relacionaba la promiscuidad con la cultura joven y pensaba en las relaciones monógamas duraderas como en algo más adulto, de tal modo que me resultaba deprimente tener encuentros casuales de manera regular durante una serie de años. La naturaleza arbitraria de estas correlaciones no se me había ocurrido”.


El sexo futuro no será una nueva forma de sexo históricamente irreconocible, sino tan solo una manera diferente de hablar de ello



Emily reflexiona sobre cómo una mujer contemporánea —blanca, heterosexual, educada en ideas tradicionales— entiende sus deseos sexuales y busca formas de expresarlos más allá de las persistentes mitologías de la feminidad y de modelos de afecto tradicionales que siente obsoletos.

Y nos da una respuesta que podrá convencer más o menos: el sexo futuro no será una nueva forma de sexo históricamente irreconocible, sino tan solo una manera diferente de hablar de ello.

Emily habla como mujer heterosexual en mitad de la treintena. El deseo de otro permanece, pero las formas de articular ese deseo sí están cambiando. Lo íntimo ya no solo existe en lo privado. Lo corpóreo se transforma en lo virtual. En las relaciones post-internet, ya no necesitamos tocar al otro para amarlo. Ni siquiera verlo. La "sed de piel" está dejando paso a otro tipo de anhelos y formas de relacionarse. Anhelos y formas que merece la pena explorar.

El problema no está en las personas, sino en el entramado de reglas y expectativas que gobiernan la vida adulta”, opina Witt. “Para mí, el libro trata en cierto modo de queerizar la experiencia de una mujer heterosexual, desafiando la idea de que una mujer heterosexual no tiene por qué cuestionar su sexualidad porque la ve como 'normal'. Hay una cita de Susan Stryker que leí al acabar el libro y que hubiera incluido de buena gana. Ella es trans, y dice: 'Te llamo a que investigues tu naturaleza de la misma manera que yo he sido forzada a confrontar la mía'”.


Te llamo a que investigues tu naturaleza de la misma manera que yo he sido forzada a confrontar la mía


Todo el periplo de Witt podría reducirse a una sentencia: la libertad no puede existir si no hay curiosidad y no hay riesgo. Fuera de lo que consideramos las reglas de la conducta prudente hay un mundo enorme de posibilidades. Posibilidades que los más jóvenes ya están explorando sin nuestro pudor.

"Los más jóvenes, espero, no necesitarán de nuestras zonas autónomas”, escribe. “Sus vidas estarán libres de timidez. Tomarán nuevas drogas y practicarán un sexo nuevo. No pensarán en ellos mismos como en hombres o mujeres. Fundirán sus cuerpos con sus dispositivos sin nuestras vergüenzas, sin nuestras nociones de autenticidad”.

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