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El homopatriarcado y el capitalismo han matado al Orgullo LGTB+

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Imagen: Getty
 

El homopatriarcado y el capitalismo han matado al Orgullo LGTB+

/OPINIÓN/ "El Orgullo LGTB+ ha permutado en un Orgullo Gay donde manda un homopatriarcado. El capitalismo ha hecho del Pride el producto estrella de un público exponencial: hombres gais blancos de clase media alta con la cartera llena de billetes" #CuántaPluma

En junio de 1977 tuvo lugar la primera marcha del Orgullo LGTB+ en España. Fue en Barcelona, donde 4.000 personas recorrieron Las Ramblas para exigir que la Ley franquista de Peligrosidad Social no incluyera a los homosexuales. Aparte de gais, lesbianas, familias, activistas y militantes políticos, la marcha la encabezaron personas trans, que fueron las primeras que se enfrentaron a la policía cuando empezaron a dispersarla. 41 años después, la imagen del Orgullo de Barcelona tendrá unos protagonistas muy diferentes.

Las fotografías que circularán este año serán, siguiendo la tónica habitual, las de hombres gais musculados bailando encima de carrozas. Ellos se han convertido en la cara más visible del Orgullo porque, aunque las siglas LGTB+ queden muy bien juntas y den sensación de hermanamiento, hay una que queda siempre más representada que las otras.

Mujeres lesbianas, bisexuales, personas trans y otras identidades de género y orientaciones sexuales están totalmente eclipsadas por el varón homosexual. El Orgullo LGTB+ ha permutado en un Orgullo Gay donde manda un homopatriarcado calcado a la heteronorma. Consecuentemente, el Orgullo se ha convertido en el producto estrella de un público cada vez más exponencial: hombres gais blancos de clase media alta. Muchos eventos están pensados por y para ellos. En nuestro país sólo hay que pensar en destinos como Sitges, Madrid o Barcelona, cuya población masculina se dispara durante la semana del Pride.

No es de extrañar que la manifestación del Orgullo haya mutado en una cabalgata de marcas luciendo banderas arcoiris para intentar sacar tajada. Los grandes nombres del sector textil y de la informática solo se acuerdan del colectivo durante unos días al año. Muchas de estas firmas que hoy ondean los seis colores tienen fábricas en China, Bangladesh, Pakistán o Marruecos donde los derechos LGTB+ son prácticamente inexistentes, además de patrocinar eventos deportivos mundiales en países donde ser gay te puede costar una paliza y hasta la vida. Pura hipocresía. Se han apropiado de una lucha que no es suya para hacer comercio rosa y lucrarse a nuestra cosa. Y lo peor es que nosotros les estamos dejando.

Hemos pasado de ser los marginados del sistema a ser una de las joyas de su corona.

Que las grandes empresas apoyen al movimiento es una gran noticia, sin embargo, podrían mostrar una implicación real antes de colgarse la medalla. ¿Cuántas de ellas dan a alguna organización o causa LGTB+ al menos una parte de lo que recaudan con sus productos hechos para el Orgullo? ¿Cuántos de sus empleados pueden expresar su orientación sexual o identidad de género con tranquilidad sin tener miedo a ser rechazados? ¿Fomentan espacios inclusivos o es solo un lavado de imagen?

Hemos pasado de ser los marginados del sistema a ser una de las joyas de su corona. El Orgullo LGTB+ nació en Stonewall en 1969 fruto de una protesta ciudadana, liderada por mujeres trans afroamericanas y latinas que decidieron enfrentarse a la represión policial tras soportar años de redadas y porrazos. Si hoy Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera vieran una lucha despolitizada y sumida en el capital, como mínimo, se llevarían las manos a la cabeza. A veces parece que como colectivo hemos olvidado toda nuestra historia o que quizá nunca llegamos a aprender nada.

Algunos creen que sus derechos ya han sido reconocidos y se han olvidado de las necesidades de las otras siglas agrupadas en el paraguas LGTB+. Tenemos que ser solidarios entre nosotros y volver a ser una comunidad.

La fiesta se ha apoderado del Orgullo para celebrar avances y logros legales como el matrimonio homosexual. No obstante, también es ella la causante de que parte del colectivo se haya acomodado. Algunos creen que sus derechos ya han sido lo suficientemente reconocidos y han dejado tiradas en el suelo las necesidades del resto de compañeros.

El colectivo trans es el más vulnerable ahora mismo. Si bien la OMS acaba de eliminar la transexualidad de su lista de enfermedades mentales, todavía hace falta mucha legislación que garantice la igualdad y la protección de las personas trans. Del mismo modo, aunque avancemos en materia legal, la gran asignatura pendiente es conseguir una aceptación real entre la sociedad que impida de una vez los asesinatos de personas trans, los suicidios de menores LGTB+, las palizas por ir cogido de la mano con tu pareja y otros crímenes de odio.

Dentro de la burbuja que supone vivir en España y en Europa, hablamos como colectivo LGTB+ privilegiado. Si ponemos nuestros ojos en Oriente Medio, África o Asia descubriremos que nuestros hermanas y hermanas no corren la misma suerte y ni pueden adoptar, ni casarse o ni siquiera estar protegidos por ley en sus puestos de trabajo. Aparte de bailar, tenemos que salir a la calle para gritar por todos aquellos que no pueden hacerlo: en 72 países del mundo ser homosexual es ilegal y en otros 8 supone la pena de muerte.

Todo esto no implica que no tengamos que celebrar con confeti y música pop todo lo que hemos alcanzado, pero supone que no se nos puede olvidar todo lo que aún nos falta por conseguir. Tenemos que ser solidarios entre nosotros y volver a ser una comunidad. No podemos ser complacientes, subirnos semidesnudos una vez al año encima de una carroza y creer que con eso ya estará todo hecho. El Orgullo tiene que volver a ser político, inclusivo y atento a nuestra diferencia. Todo esto depende única y exclusivamente de nosotros. Si bajamos el puño para levantar un gin tonic, estamos poniendo en pausa nuestras propias victorias.

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