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Si provoca náuseas, no es justicia: 6 ideas en torno a la pena de muerte

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Imagen: Silla eléctrica, Andy Warhol
 

Por qué el sentimiento moral de venganza no debería traducirse nunca en ley

Eudald Espluga

14 Marzo 2018 12:04

Tras la defensa de la pena de muerte está un impulso reactivo que equipara "justicia" con "venganza" y que exige al sistema penal una función sacrificial: por un lado, restitución pública del daño infligido y, por el otro, inmolación ritual del delincuente por el bien de la comunidad.

En los últimos días, en España, esta pulsión atávica se ha manifestado con virulencia extrema tras el infanticidio de Gabriel. La imagen del pueblo exigiendo el cuerpo de la culpable evocaba hoguera y horca, guillotina y suplicio público. La rabia, combinada con el odio que algunos han avivado, ha terminado por cristalizar en la petición de un castigo extremo: frente a los hechos horrorosos, ley aparecía como un camisa encogida, estrecha e incómoda. ¿Por qué este sentimiento moral de venganza no debería traducirse en ley? ¿Por qué el sistema penal limita la proporcionalidad del castigo? ¿Por qué la justicia ignora la equidad radical del ojo por ojo?

También quienes invocan el patíbulo con furia lo hacen por principios éticos e, incluso, en nombre de la democracia. Por eso creemos que vale la pena hacer un repaso a los argumentos morales (en vez de a los jurídicos o a los pragmáticos) que históricamente se han esgrimido para defender y criticar la pena de muerte desde Santo Tomás de Aquino hasta hoy.

1. Santo Tomás de Aquino: una defensa utilitarista de la pena de muerte

Aunque el filósofo escolástico argumente desde la teología, es interesante ver cómo en su defensa de la pena de muerte —algo controvertido en el seno del cristianismo, que eleva el "no matarás" a mandamiento— va más allá de la doctrina religiosa para insinuar un argumento utilitarista: el bien general de la sociedad justifica el prejuicio para con un individuo particular.

"Según lo expuesto, es lícito matar a los animales brutos en cuanto se ordenan por naturaleza al uso de los hombres, como lo imperfecto se ordena a lo perfecto. Pues toda parte de ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Así, vemos que, si fuera necesario a la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede infeccionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien, cada persona singular se compara a toda la comunidad como parte del todo; y, por lo tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se la quita de la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma San Pablo, un poco de levadura corrompe toda la masa. [...] Cuando la muerte de los malos no entraña un peligro para los buenos, sino más bien seguridad y protección, se puede lícitamente quitar la vida de aquellos."

[La discusión completa sobre los argumentos de Santo Tomás a la luz del abolicionismo moderno puede leerse en este artículo de Niceto Blánquez.]

(Decapitación de los santos Cosme y Damián / Fra Angelico )

2. Cesare Beccaria: contra la inútil prodigalidad de los suplicios

Precisamente contra el argumento de la utilidad escribe Cesare Beccaria, uno de los primeros pensadores en defender la abolición de la pena de muerte. De hecho, su obra De los delitos y de las penas, publicada en Italia en 1764, se considera la piedra basal del movimiento abolicionista.

"No es, pues, la pena de muerte derecho, cuando tengo demostrado que no puede serlo, es sólo una guerra de la nación contra un ciudadano, porque juzga útil o necesaria la destrucción de su ser. Pero si demostrase que la pena de muerte no es útil ni necesaria, habré vencido la causa en favor de la humanidad. [...] No es útil la pena de muerte por el ejemplo que da a los hombres de atrocidad. Si las pasiones o la necesidad de la guerra han enseñado a derramar la sangre humana, las leyes, moderadoras de la conducta de los mismos hombres, no deberían aumentar este fiero documento, tanto más funesto cuanto la muerte legal se da con estudio y pausada formalidad. Parece absurdo que las leyes, esto es, la expresión de la voluntad pública, que detestan y castigan el homicidio, lo cometan ellas mismas, y para separar a los ciudadanos del intento de asesinar ordenen un público asesinato. ¿Cuáles son las verdades y más útiles leyes? Aquellos pactos y aquellas condiciones que todos querrían observar y proponer mientras calla la voz (siempre escuchada) del interés privado o se combina con la del público."

[La reflexión entera de Beccaria sobre la pena de muerte puede leerse en el capítulo 28 de De los delitos y de las penas (1764). En la página de Amnistia Internacional Catalunya puede leerse un fragmento.]

3. Denis Diderot: contra el asesinato público, pero a favor de la tortura como forma de experimentación científica

El interesante argumento de este autor ilustrado apunta a otra idea polémica sobre las penas: su rentabilidad. Aunque se opone a la ejecución, Diderot tampoco respeta la inviolabilidad de la dignidad del individuo y se fundamenta en un supuesto "bien común". Y aunque en palabras de Diderot pueda sonar hasta cierto punto razonable, es una concepción peligrosa que, puesta al servicio de determinada idea de "bien común", resulta espeluznante. Como recuerdan desde Aminista Internacional, "los alumnos aventajados en este empeño de sacar provecho de los cuerpos de los ejecutados y de sus pertenencias fueron los nazis, con su siniestra política genocida desarrollada en los campos de exterminio".

('Ejecución de Padilla, Bravo y Maldonado' / Antonio Gisbert )

"¿Qué es la humanidad, sino una habitual disposición de corazón por emplear nuestras facultades en favor del provecho del género humano? Admitido esto, ¿qué tiene de inhumano la disección de un malvado? [...] Desearía que fuera costumbre entre nosotros entregar los criminales para disecar a los de esta profesión [cirujanos y anatomistas], y que tuvieran el valor de hacerlo. De cualquier modo que se considere la muerte de un malvado, sería igual de útil a la sociedad en medio de un anfiteatro que sobre un patíbulo; y este suplicio sería como mínimo tan temible como cualquier otro. ¿No hallarían su propio provecho la anatomía la medicina y la cirugía en esta situación? En cuanto a los criminales, pocos hay de entre ellos que no prefieran una operación dolorosa a una muerte cierta; y que, antes que ser ejecutados, no se sometieran, sea a la inyección de licores en la sangre, sea a la transfusión de este fluido, y no se dejaran o amputar la pierna en la articulación o extirpar el brazo, o quitar alguna porción de dos o tres costillas, o cortar un intestino del que se introduciría la parte superior en la inferior o abrir el esófago, o ligar los conductos espermáticos, sin afectar con ello el nervio; o ensayar cualquier otra operación en cualquier otra víscera".

[El texto se puede leer aquí, y proviene del libro de Daniel Arasse, La guillotina y la figuración del terror. ]

4. Concepción Arenal: contra la ejemplaridad desviada de la pena de muerte

La escritora, periodista y funcionaria de prisiones Concepción Arenal es de las pocas mujeres que figura en la amplia 'Historia de la pena de muerte elaborada' por Amnistía internacional, y si lo hace es por la excepcionalidad de su trayectoria como activista contra la situación precaria de hombres y mujeres en las cárceles. Arenal escribió un ensayo crítico con la pena de muerte en el que argumentaba que no era defendible ni desde una perspectiva individual ni desde una perspectiva social, y en la que ponía el foco en la figura del ejecutor. Además, atacó profusamente el carácter público y espectacular de las ejecuciones.

"No sólo la vista del patíbulo carece del poder de aterrar a los que más necesitaban recibir esta clase de impresiones; no sólo la publicidad, la solemnidad y el aparato no aumentan el horror que la ley se propone llevar al ánimo de los mal inclinados, sino que la vista de la muerte violenta familiariza con ella, disminuye ese respeto natural que todos tenemos a la vida de nuestros semejantes, y predispone a matar. [...] La vista del reo y del patíbulo impresiona precisamente en el sentido inverso de lo que debía impresionar para ser útil. Aflige, aterra, trastorna a la persona buena, que no ha menester de la terrible lección, y la ve con indiferencia el que la necesitaba. [...] El espectáculo del patíbulo y el reo, no sólo es inútil para impresionar a los criminales y apartarlos del crimen, sino que debe producir un efecto enteramente opuesto. Si el criminal, o el predispuesto a serlo, no viera la ejecución de la pena de muerte, tal vez se formaría de ella una idea más triste, más aterradora: ¿quién sabe cómo podría imaginarse la situación del que va a morir, sus dolores, sus amarguras, su agonía allá en la capilla solitaria?"

[Este fragmento pertenece a la segunda parte de El reo, el pueblo, y el verdugo o La ejecución pública de la pena de muerte. El libro puede leerse entero en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.]

('Masacre en Corea' / Pablo Picasso )

5. Albert Camus: la justicia que provoca náuseas no es justicia

Aunque hoy cueste creerlo, en 1957 la guillotina todavía funcionaba en Francia, especialmente para los crímenes relacionados con la guerra de Argelia. La posición pública de Albert Camus en este debate nunca fue cómoda, y lo enemistó con gran parte de sus amigos.

"Forzoso es creer que este acto ritual es lo suficientemente horrible como para lograr vencer la indignación de un hombre recto y sencillo y para que un castigo que él consideraba cien veces merecido no tuviera finalmente otro efecto que provocarle náuseas. Cuando la suprema justicia hace vomitar al hombre honrado al que supuestamente debe proteger, parece difícil sostener que cumple su función de introducir paz y orden en la sociedad. Revela, por el contrario, que no es menos indignante que el crimen, y que este nuevo homicidio, lejos de reparar la ofensa inferida al cuerpo social, añade una nueva mancha a la primera. Esto es tan cierto que nadie se atreve a hablar con franqueza de esta ceremonia. Como si fueran conscientes de lo que revela a la vez de provocador y de vergonzoso, los periodistas y funcionarios que tienen el cometido de hablar de ella han creado al respecto una especie de lenguaje ritual reducido a fórmulas estereotipadas. [...] De la pena capital no se escribe, me atrevo a decir, sino en voz baja."

[Fragmento de 'Reflexiones sobre la guillotina', publicado en 1957, que puede leerse en Reflexiones sobre la pena de muerte (Capitán Swing) junto con los textos de Arthur Koestler.]

6. Gustavo Bueno: contra la reinserción y a favor de la "eutanasia procesal" o "ejecución capital"

La defensa que hizo de la "ejecución capital" el filósofo español Gustavo Bueno es de las más radicales, en la medida que la esgrimió como una medida esencialmente democrática. Se negaba a llamarla "pena capital" porque no implicaba pena alguna: al desaparecer el reo sujeto de la pena en el mismo proceso, consideraba que no tenía sentido atribuirle "pena" al muerto, a menos que pensemos al sujeto desde una perspectiva animista —como si su alma perviviera a la muerte del cuerpo—. Y su defensa era democrática porque pensaba que las sociedades que no combatieran con todos sus medios los crímenes más horrendos no tenían opción de prosperar.

"Una democracia auténtica debería instaurar la eutanasia procesal. [...]Un individuo que mata a navajazos a tres, cuatro, cinco personas y luego hace picadillo a su mujer, ¿qué puedes hacer con él? ¿Reinsertarle? Sólo existen dos soluciones: o que se suicide, o bien o aplicarle la pena capital, que es una manera educada y elegante de invitarle a suicidarse. Es, diríamos, una atención que tiene la sociedad con el criminal."

"La ejecución capital no tiene por objeto propiamente la ejemplaridad. La pena de muerte se defiende por razones de tipo esencialmente moral. La estructura de una sociedad se descompondría completamente si delitos horrendos quedaran realmente sin satisfacer, sin destruir el sujeto que los comete. La ejecución capital es el fundamento de la propia libertad humana; la libertad tiene que hacerse responsable con los actos que ha cometido: no cabe el arrepentimiento. Aquí Spinoza: el arrepentimiento no es una virtud porque no sale de la razón. Un hombre que arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable. La única forma de arrepentirse es suicidarse. ".

[La primera cita puede encontrarse en la página de la Fundación Gustavo Bueno. La segunda es una transcripción de esta entrevista con Sánchez Dragó. Y para una exposición más sistemática de sus argumentos, su artículo "La cruzada contra la pena de muerte" está disponible en El Catoblepas. Revista crítica del presente.]

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