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Deportar a 629 neonazis para acoger a los refugiados: ¿una lección de empatía?

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/OPINIÓN/ ¿Y si la empatía, más que ponerse en el lugar del otro, significa tomar partido por el otro? ¿Y si en vez de exigir un mundo más empático debemos empezar a cuestionar los mecanismos culturales y políticos que bloquean nuestra empatía?

Eudald Espluga

12 Junio 2018 17:52

“No es una cuestión de buenismo o generosidad, sino de responsabilidad internacional”. Con estas palabras, Dolores Delgado, la nueva ministra de Justicia, respondía a las críticas que estaba cosechando la decisión del Gobierno de acoger a las 629 personas del Aquarius. La acusación de "buenista" no sólo llegaba desde las redes sociales: "Inmigración y buenismo" era el editorial de El Mundo, mientras que el de La Razón recordaba que Salvini se estaba riendo del "buen corazón de España".

La contraposición entre responsabilidad y generosidad, entre imperativo moral y sentimentalismo, estaba implícita también en el artículo de Manuel Jabois en El País, titulado 'No podéis venir todos'. Lo que parecía una declinación del "aquí no cabemos todos" ultraderechista, era una formulación ambigua de los riesgos de ceder al impulso empático y someter las políticas migratorias al chantaje de las lágrimas. El mensaje estaba claro: ponerse en el lugar del otro amenazaba nuestro compromiso con la justicia y la igualdad.

Este razonamiento no es nuevo. Que la empatía es parcial, contextual y arbitraria es un dogma de la filosofía política, especialmente del liberalismo político. Se asume que no puede ser una buena guía para gestionar lo público porque introduce sesgos inaceptables. No por casualidad, la empatía se ha representado siempre como un círculo necesariamente excluyente: el círculo de aquellos semejantes, de aquellos con los que podemos llegar a identificarnos. Y quienes han reclamado una política más empática, de Peter Singer a Martha Nussbaum, no han hecho otra cosa que exigir que el círculo de los semejantes se fuera ensanchando más y más.

Sin embargo, como ha defendido desde la psicología cognitiva Fritz Breithaupt en su libro Culturas de la empatía, quizá el planteamiento del "círculo expandido" sea excesivamente simplista. Para el alemán, los seres humanos somos hiperempáticos: interpretamos las acciones, emociones e intenciones de otros de manera casi automática, y nos identificamos con ellas de forma prerreflexiva y prerracional. Lo importante, entonces, no sería este "llegar a ser más empáticos", sino entender los mecanismos sociales que nos llevan a dejar de serlo: "¿Cómo se hace para manejar, canalizar, retirar, filtrar, en una palabra: bloquear la empatía?"

Para explicarlo, Breithaupt introduce una hipótesis relevante: la empatía no es una cuestión individual, de identificación con el otro, sino una relación triádica en una situación de conflicto. La empatía es un mecanismo de toma de partido. Como observadores nos ponemos en la piel de otro y, en adoptar su perspectiva, ante sus problemas, nos decantamos por él. Pero para hacerlo necesitamos de un contexto narrativo: "sólo se hace lugar a la empatía allí donde los procesos del antes y el después son decisivos. Allí donde no hay nada futuro que predecir ni nada que reconstruir retrospectivamente [...] nuestra empatía fracasa".

Bajo este prisma, el razonamiento empático de la ultraderecha, pero también de los demócratas preocupados por la "avalancha" de refugiados, parece claro: como observadores, frente al conflicto abierto, toman partido por la sociedad española. Pero el nosotros o ellos tiene otra cara: ¿y si optamos por el ellos? Si se trata de hacer sitio a 629 personas, ¿por qué no echamos a 629 neonazis?

El argumento, que podría parecer una boutade, desenmascara la hipocresía que supone apelar a la imparcialidad de la justicia, y señalar la irresponsabilidad moral de los gobernantes. Vemos que en los dos casos el razonamiento es el mismo, con la salvedad que en uno disponemos de un relato público que justifica que bloqueemos nuestra empatía: así, mientras que una toma de partido cuenta como "empática" y, por lo tanto, como emocional, arbitraria y buenista, la otra es vista como una decisión "racional" y por lo tanto desapasionada, neutral y responsable.

Quizá Breithaupt esté completamente equivocado, pero sus reflexiones abren un camino interesante: ¿y si el problema no es que hayamos sobrevalorado la empatía? ¿Y si la empatía, más que ponerse en el lugar del otro, significa tomar partido por el otro? ¿Y si en vez de exigir un mundo más empático empezamos a cuestionar los mecanismos culturales y políticos que bloquean nuestra empatía?

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