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Contra los hijos

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Jenna Norman
 

“¿Qué más podrá decirse de nosotras, las ya raras mujeres-sin-hijos? ¿Seguiremos para siempre  intentando  justificarnos? ¿Continuaremos respondiendo  a  esa  forma  sutil  de  la  coerción que consiste en exigir esclarecimientos?” Publicamos un adelanto editorial de ‘Contra los hijos’ (Literatura Random House) de Lina Meruane

PlayGround Books

07 Febrero 2018 17:25

Del in-fértil canon, por Lina Meruane

¿Estaré siendo demasiado quejumbrosa? ¿Estaré pecando de solemne? ¿Debiera poner buena cara? ¿Tendría que aflojar el ceño al plantear los dilemas maternos del presente laboral de las mujeres? No aflojo ni un músculo ni estoy por sonreír y cambiar de conversación. Que me acusen de feminista mal agestada. De amargada y pesimista. De anticuada. (Escucho revoloteos, retiro las plumas que caen sobre mi cabeza. Vade retro, digo, malhadado ángel de la complacencia.) Exijo que quienes levanten la primera piedra o la primera crítica o estén por lanzar el primer agravio pongan, antes de hacerlo, una de sus manos sobre el pecho y se planteen seriamente si todo ha sido tan simple en lo que a tener hijos se refiere. A lo mejor vislumbren lo que yo: desfallecimientos y dolores y escaso disfrute materno.

Yo llevo ya tiempo prestando atención, paro la oreja —permítanme el chilenismo— y no sólo escucho felices agús. Oigo también que las mujeres-profesionales-con-hijos sueltan desesperados gruñidos de agotamiento. Sobre todo en esos hogares (aún la mayoría) donde no hay quien comparta las tareas (porque no hay nadie, porque el alguien hizo abandono de sus funciones o porque se da por verdad que las madres tienen «ventajas comparativas» en el cuidado de los nenes). Sobre todo escucho quejas donde no hay con qué pagar asistencia, donde abuelas o suegras fingen sordera ante los llamados de auxilio.

Diría yo, volviendo a la sombría observación de Virginia Woolf, que si la dificultad es enorme para las madres-profesionales, es aún peor en el caso de las madres-artistas. Me parece a mí que ellas son las menos libres de todas, las que más trabajos tienen si no cuentan con una herencia como la que tuvo la escritora inglesa. No es por singularizar a unas y olvidarse de las demás: sé que cada mujer-madre tiene su afán y que toma decisiones de acuerdo a su circunstancia específica. Pero consideremos un asunto que la Woolf desestimó. Las creadoras-sin-hijos ejercen dos labores de manera alternada o simultánea: el trabajo asalariado y el trabajo creativo rara vez remunerado o remunerado de manera insuficiente. Las creadoras-con-hijos añaden otro trabajo ad honorem. Este último, además de ser sin salario, es sin días libres, sin vacaciones y tiene otra complicación: el cuarto propio de la creación suele estar dentro de la casa compartida por el hijo, un ser que no respeta puertas, que no conoce límites. Si para la creadora-sin-hijos tener dos trabajos es pesado e interfiere con su obra, para la otra, la con-hijos, las horas del día resultan insuficientes porque al horario asalariado hay que añadirle la implacable rutina materna y entonces, ¿de dónde saca el espacio temporal y mental para el oficio creativo?

Sobre este dilema materno-escritural (uno que le hizo postergar su siguiente novela por más de una década) habla en una entrevista la escritora estadounidense Jenny Offill. Desesperada y en busca de consejos se unió a un grupo de madres recientes pero se encontró, para su espanto, con que todas contaban anécdotas de los primeros meses en «un tono falsamente exaltado». «Nadie parecía sentir que una bomba había estallado en sus vidas, y esto me hizo sentir muy, muy sola. Ignorada incluso. ¿Por qué no estábamos hablando de la complejidad de esta nueva experiencia? ¿Estaba yo loca porque aún me importaba el mundo de la mente y no sólo del cuerpo? Pero entonces una de esas madres declaró ser estudiante de posgrado terminando una tesis sobre un tema fascinante y misterioso. La arrinconé después y le pregunté, ¿cómo te las arreglas para escribir? ¡Dime tu secreto! Pero ella me miró con extrañeza, mi cabeza despeinada, papilla de plátano en mi ropa. No estoy intentando escribir, me dijo, me surgió algo un poquito más importante.»

Acelero los dedos sobre el teclado, voy apurándome no porque me toque alimentar o bañar o acostar ni menos entretener a nadie sino porque esto que escribo con pasión les consume tiempo a mis mal remuneradas labores. En mi apuro por poner a prueba mi argumento recurro a un centenar de mujeres-de-letras para saber si les parece, como a mí, excesivo tener un trabajo asalariado y dos ad honorem. Me doy perfecta cuenta de que mi encuesta peca de sociología barata y demasiado virtual, pero necesito cerciorarme de que no ando extraviada por estas avenidas del feminismo tardío.

Les pregunto, ¿qué opinan sobre esto?

La respuesta es instantánea, es arrolladora.

Es como si el signo de interrogación que les lanzo hubiera abierto la compuerta subterránea del reclamo y no hubiera ahora manera de cerrarla. Las escritoras-madre inician su comentario con una defensa del tener hijos, respondiendo, por anticipado, a la implícita acusación de que quejarse sea sólo propio de madres desnaturalizadas. Así arrancan: recitando la deseada espera del hijo, el amor a primera vista ante la aparición del retoño de sonrisa seductora, las alegrías que hacen olvidar todos los problemas y la enorme fatiga. Todo esto para permitirse pasar, sin hacer el punto aparte, a la confesión de lo otro, de los momentos de infelicidad, de las dudas, de los sentía casi culpable de pensar..., las madres no piensan, y si piensan traicionan algo de la maternidad, del instinto. Las madres no escriben, están escritas... eso ya no me acuerdo quién lo dijo. ¡Largo tema!».

Y otra: «¡Es un tema tan normativo y edulcorado!».

Y otra, y otra.

Ninguna menciona haberse arrepentido como sí lo hacen un montón de madres menores y mayores cuyos testimonios fueron recogidos —anónimamente, por decisión de las entrevistadas— por la socióloga israelí Orna Donath, otra que nunca quiso tener hijos y tuvo que aguantar la cantinela social del arrepentimiento. Te vas a arrepentir de no haberlos tenido, le advirtieron, pero ella encontró docenas de mujeres que le hablaron de un arrepentimiento contrario: el de haber parido. Hablan de haber cometido un error indecible. Hablan de ataduras. De desear poder retroceder en el tiempo. Más que hablar se desahogan por primera vez ante la socióloga. Y es que hasta ahora no ha existido, no como aceptable, no como publicable, el relato de las mujeres-ya-madres deseando haber tomado una decisión diferente.

Sólo hay relatos, más recientes aunque todavía escasos, de madres frustradas que se contienen esperando que la situación cambie para ellas. Madres-escritoras que le ponen algo de humor a la escena donde narran a una madre intentando no silenciar los chillidos de su hijo a porrazos, o que, en el colmo de la desesperación provocada por la falta de sueño y el cansancio y el incesante llanto del cólico infantil imaginan que la cuchara viaja por los aires y alimenta al hijo sin que ella, la madre, tenga que hacerse cargo. Es esa una de las irónicas escenas maternas salpicadas en Departamento de especulaciones de la mentada Jenny Offill, y esta es otra: observando a su hijo, una rubia sugiere que «duerme como un bebé», y ella, la narradora, tal vez la propia Offill, piensa que querría tenderse junto a la rubia y gritarle cinco horas seguidas en el oído para que se enterara de lo que era, tan frecuentemente, ese dormir. Pero una cosa es el instante o las horas, los días con sus noches y las semanas de desesp-ración provocada por la maternidad y otra la admisión de un arrepentimiento.

He dejado la compuerta de mi correo abierta y empiezan a intercalarse entre los comentarios de las escritoras-madre —las convencidas y las conversas—, los mensajes de las no-madres y los de las anti-madres. «Este ha sido mi tema durante mucho tiempo», comenta una del club abstencionista, imaginándose, pienso, aislada en su debate alrededor del no-tener-hijos. «Llevo años escribiendo sobre hombres y mujeres que están contra la idea de reproducirse», añade otra narradora, aludiendo, como las anteriores y como las que aparecerán después en mi correo, a la dificultad de decir, públicamente, sin trabarse, que descartó el ideal materno porque el devaluado modelo materno no coincidía con la imagen propia o porque sobre la decisión de no-tener-hijos cae la denuncia de egoísmo.

Confirma esta idea la narradora de Vergüenza, novela última de Patricia de Souza: «No tengo hijos, nunca he hablado de eso seriamente con ninguno de los hombres que he conocido. Ni de los abortos, ni de la culpa, ni del miedo a ser una mala madre [...] Si hubiese sentido la necesidad de ser madre habría adoptado para sentir que cumplo con un rol social, con un es-quema. La maternidad ha estado siempre ligada a la imagen de una mujer sometida, a aquellos rostros de mujeres agotadas por el trabajo y el maltrato. Es esta imagen devaluada, de mujeres solas, en medio de un silencio cada vez más grande, la que más me ha marcado». A lo mejor no hayan reparado en que esa sentenciosa palabra rara vez cae sobre un hombre-escritor, porque en él no hay egoísmo sino legítimas inquietudes intelectuales, trabajo duro, éxito y otros conceptos por el estilo.

¿Por qué una mujer no podría sentir lo mismo sin que se la tildara de individualista? ¿No es individual todo deseo y su ausencia? ¿No se supone que en nuestras sociedades el deseo tiene cada vez mejor reputación, mejor prensa, que quien no atiende a sus deseos es un pusilánime? Ya lo decía una experta en la materia, Élisabeth Badinter: en una sociedad que pone siempre al individuo primero, la maternidad es un desafío y una verdadera contradicción. Y el deseo, considerado legítimo, de tener un hijo, o dos, o cuatro, pierde toda legitimidad una vez que la mujer se vuelve madre pero quiere cosas que no son de rango materno. Escribe en El conflicto que se pasa del self-interest (interés propio) al self-less-ness (altruismo) y yo agrego, por aliterar con ella, que si no se cumple con lo segundo se la acusa de self-ishness (egoísmo).

La cronista Leila Guerriero, que no tiene en su vida ni «hijos propios ni prestados, ni ajenos o en custodia», me envía un no tan viejo texto donde asegura —ella, la más atrevida de todas las sin-hijos que yo conozca— que nunca quiso tenerlos. «Nunca me conmovió la idea de parir. Todavía me divierte el asombro que producen las palabras no quiero. Hay quienes elaboran un consuelo (Bueno, ya te van a dar ganas), ensayan sospechas (No podrá y dice que no quiere), o se enojan (No podés ir en contra del instinto materno). Mi caso es más simple. No quiero. Nunca quise. No tengo ganas. Ni siquiera pienso en eso to-dos los días. Diría que ni siquiera pienso en eso todos los años.»

Cuanto más sencilla es la respuesta a la pre-gunta del porqué no se quiere tener hijos, más dudas parece despertar en los interlocutores, me dicen, o escriben, confirmando la experiencia de Guerriero, otras escritoras-sin-hijos. Yo opino que no tener ganas de procrear o no imaginarse en el rol de madre tendría que ser tan comprensible como no haber soñado nunca con ser atleta olímpica (o haber desestimado la idea de pasar la vida en las canchas de entrena-miento, por más talento que se tuviera para el deporte.

¿Desde cuándo poseer un talento o tener una aptitud obliga a desarrollarla? Las creadoras-sin-hijos continuamos, casi sin excepción, siendo acosadas por esta exigencia, defendiendo para siempre ese derecho al no-quiero y al no-porqueno.

Así de simple.

No tan sencillo.

Nada sencillo.

Porque tal vez, tal vez —no estoy del todo convencida de esto que dicen algunas—, tal vez sea cierto que la acusación de egoísmo o individualismo ha ido perdiendo impulso, pero que una mujer declare ahora la absoluta falta de interés está produciendo una sospecha igualmente acusatoria: la de padecer de un problema. Una patología incluso muy acorde al lenguaje de nuestra época en la que el re-chazo a la maternidad sería efecto de un fallo genético. Dudosos estudios científicos afirman que el no-querer de algunas mujeres se explica por la carencia del gen-del-deseo-materno. Este disparatado argumento viene a explicar la existencia de las mujeres-sin-deseo-mater-no, a la vez que recicla médicamente la vieja noción de la «mujer incompleta» o la «mujer anormal», de la «mujer enferma»: sin hijos o sin deseo o sin instinto y desposeída para siempre de la insuperable experiencia de dar a luz. Le falta ese gen que una escritora bautiza —anónimamente, a petición suya— de SusanitaBGHU78. La idea de una partícula ausente en el cromosoma enfatiza una falta o una falla, una verdadera patología que hasta ahora no se había tipificado y que se presenta para enfatizar que la única normalidad es la de querer hijos.

¿Si esa teoría resulta equivocada, como anticipo, qué más podrá decirse de nosotras, las ya raras mujeres-sin-hijos? ¿Seguiremos para siempre intentando justificarnos? ¿Continuaremos respondiendo a esa forma sutil de la coerción que consiste en exigir esclarecimientos? Yo por mi parte mido las pulsaciones de esta extraña paradoja: aunque no se tengan en la vida, los hijos se tienen para siempre en la cabeza propia y en la ajena. Como la huella de una ausencia o de una diferencia o de un error o de un defecto o de una enfermedad o de un cromosoma cojo o de un crimen imaginario (un aborto mental) por el que las mujeres-sin-hijos son llamadas siempre a comparecer.

Habrá que cerrar la compuerta de la tan esperada confesión de las mujeres. Algunas ya empiezan a negarse a prestar declaraciones. Este escrito, lo juro, será mi última palabra sobre el asunto.

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