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Sangre, guarrería y gritos bárbaros: así era la cirugía en la era victoriana

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R. Barnett, \'Crucial Interventions\'
 

Los teatros anatómicos eran uno de los lugares más truculentos del siglo XIX: los médicos operaban con sierras y cuchillos sucios, entre las vísceras de los pacientes anteriores, ante un montón de espectadores

Eudald Espluga

27 Marzo 2018 16:03

Cuando Henry Pace tenía apenas doce años, visitó al reputado cirujano Robert Liston. Sufría una fuerte hinchazón en la rodilla y le preguntó al médico si la intervención sería dolorosa. "No más que sacarte un diente", respondió el doctor. Acto seguido llevaron al niño hasta la sala de operaciones, donde le vendaron los ojos y fue sujetado por un grupo de hombres. Liston cogió el cuchillo y empezó a serrar: piel, músculos, arterias y hueso. La extremidad cayó al suelo después de seis violentos cortes.

En el truculento mundo de los teatros anatómicos, Liston era una superestrella. La gente pagaba por verle actuar, y llevó el voyeurismo médico a otro nivel. Amputaba piernas en menos de treinta segundos, y ataba los muñones con el cuchillo ensangrentado sujetado entre los dientes.

En la década de 1830, la mayoría de cirujanos estaban insensibilizados frente a los gritos de los pacientes: era la época preanestésica y, en el mejor de los casos, algunos trataban de hipnotizar al paciente antes de abrirle la córnea o perforarle la tráquea. Sin embargo, Liston era conocido por su brutalidad, hasta el punto que muchos pacientes trataban de escaparse de la mesa de operaciones.

(Representación de Robert Liston)

Se cuenta que en una ocasión reventó a puñetazos la puerta del baño para sacar a un paciente que se había encerrado allí. Lo llevó a rastras hasta el anfiteatro, mientras que éste no paraba de gritar, y se dispuso a empezar con el procedimiento: tenía que extraerle una piedra de la vejiga. Una vez consiguió atarlo, le introdujo un tubo metálico curvado por el pene hasta llegar a la vejiga y, tras localizar la piedra, substituyó el hierro por una vara de madera —que servía para evitar que el recto y los intestinos del paciente se rompieran—. Luego el método se precipitaba: incisión diagonal en el escroto, una sonda para ensanchar la herida y otra incisión, esta vez en la próstata. Linton sacó la piedra en menos de un minuto.

Pero las cosas no siempre salían bien. "El cuchillo más rápido de West End" —sobrenombre con el que se conocía a Liston— a veces iba demasiado rápido: en una amputación de pierna seccionó accidentalmente el testículo a un paciente y, en otra, sesgó tres dedos a uno de sus ayudantes. Además, según cuenta la leyenda, en más de una ocasión rasgó los abrigos de los espectadores al cambiar el cuchillo por la sierra.

Con anestesia, pero sin higiene

Estas anécdotas son previas a 1846, año en el que Liston utilizó el éter por primera vez. Se había probado con éxito apenas unos años antes, y su extraordinaria efectividad acabó en poco tiempo con el escepticismo de la comunidad científica: había nacido el primer anestésico general.

"¡HEMOS VENCIDO AL DOLOR", anunció en portada el People's Journal, después de que Linton amputara una pierna y ligara hasta once venas y arterias sin que el paciente gritara ni se revolviera una sola vez. La era del sufrimiento tocaba su fin.

Sin embargo, como explica Lindsey Fitzharris en De matasanos a cirujanos (Debate), esto era sólo el principio. Los carnicerías-espectáculo tenían poca cosa que ver con la medicina, ya que esta era una disciplina para caballeros pudientes cuya formación se debía a la lectura de los clásicos. Los cirujanos, en cambio, no pasaban por la universidad, y muchos de ellos eran analfabetos. Sólo a partir de los años treinta y cuarenta del s. XIX empezaron a recibir formación profesional en las universidades, y a practicar los procedimientos quirúrgicos en cadáveres antes de probar con los vivos.

(Representación de Robert Liston)

La peligrosidad de los hospitales no disminuyó después de estos avances. Los cirujanos seguían operando con el delantal manchado de sangre y los instrumentos sucios; en los teatros anatómicos había serrín esparcido por el suelo para absorber los fluidos derramados, y el ambiente apestaba a carne podrida; nadie limpiaba los cuchillos y sierras que, igual que la mesa de operaciones, acumulaban vísceras de las intervenciones previas; por supuesto, ni los doctores ni sus ayudantes se lavaban las manos.

Los cirujanos no sólo desconocían las infecciones, sino que pensaban que el pus era una parte natural del proceso de curación. No sorprende, entonces, que las operaciones resultaran mucho más seguras en casa que en los hospitales, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas.

El héroe del microscopio

Para una cultura médica preocupada por la evolución de las sierras de amputación, el microscopio resultaba un instrumento ridículo e inútil. Lo que importaba era mejorar la curvatura de los cuchillos, así como la anchura de la hoja. Robert Liston se diseñaba sus propias herramientas, que conrearon una fama pareja a la suya. Incluso Jack el Destripador, en los morbosos asesinatos que perpetró a lo largo de 1888, utilizó el "cuchillo de Liston" para destripar a sus víctimas.

Es en este contexto que aparecerá Joseph Lister, un científico vocacional que con 14 años apenas salía de casa y se pasaba el día dibujando esqueletos y musculaturas con una precisión sorprendente. Desde pequeño manejaba el microscopio, instrumento al que se consagraría más tarde y de cuya evolución es el principal responsable: con la mejora de las lentes y la posibilidad de observar los tejidos, poco a poco llegaría a demostrar que no era un instrumento superfluo para la cirujía.

Gracias a sus descubrimientos, los médicos empezarían a tomarse en serio las cuestiones higiénicas: Lister notó que la putrefacción de las heridas estaba relacionada con las condiciones en las que se realizaban las intervenciones, y empezó a trabajar el arte de la asepsia. Con los antisépticos, la cirugía dejaría finalmente de ser sinónimos de muerte.

Es precisamente la historia de Joseph Lister —su épica confrontación con el truculento establishement de la cirugía, en parte oscurecida por el éxito simultáneo de Louis Pasteur— la que nos cuenta Lindsey Fitzharris en De matasanos a cirujanos: una revolución que sacó la medicina victoriana de una oscuridad tremebunda.

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