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Lit

“¿No serás un pedófilo?” “Sólo un poeta” “¿Un poeta asesino?” “No, un poeta del siglo XIX”

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Alessandro Tota
 

¿Y si Charles Baudelaire hubiera renacido en los años 90 del siglo XX, en un pequeño y aburrido pueblo en cuya plaza central fumaban porros y bebían cervezas unos punks adolescentes? De eso va ‘Charles’ (Éditions Cornelius), un cómic divertidísimo del italiano Alessandro Tota

Luna Miguel

12 Abril 2018 21:52

Una de las pocas reseñas que encuentro googleando Charles, de Alessandro Tota es de 2016, está en italiano y se publicó pocas semanas después de la aparición en Italia de la versión original de este artefacto. En el post, además de algunas escenas escaneadas del libro, hay unas cuantas fotos de las libretas en las que Tota dibujó las viñetas, las ideas y los chistes que luego se convertirían en una pequeña y delicada novela gráfica.

La edición que tengo a mi lado, mientras escribo, no es la que escribió en su lengua materna, sino una que la editorial independiente Cornelius sacó hace un par de meses en Francia. Por desgracia, googlear Charles, de Alessandro Tota, en francés, tampoco genera grandes resultados —apenas unos hashtags en Instagram, apenas unas fotos en Twitter— y eso me cabrea: no lo entiendo. ¿Cómo puede ser que el libro que más me ha hecho reír en los últimos meses no se haya convertido en un éxito en ventas? ¿Cómo puede ser que la historia de ficción más delirante que se haya dibujado y escrito sobre el poeta más delirante que jamás ha existido no esté en boca/biblioteca/corazón de todos?

Porque al decir Charles, claro, me refiero a Charles Baudelaire. Ese poeta al que los quinceañeros leen sin entender pero reivindican como si fuera sangre de su sangre; ese poeta al que los adultos releemos sin comprender aún pero al que sabemos tan oscuro y tan mágico; ese poeta, en definitiva, al que todos conocemos por feo, al que todos le reímos por loco y al que todos amamos por genio. O quizá al revés.

Baudelaire también es uno de esos poetas cuya actualidad no cesa incluso si ya lleva 150 años muerto. El pasado agosto de 2017 se cumplía esta fecha y con ella llegaron múltiples reediciones —en los clásicos de Penguin veíamos su obra hace muy poco, pero también en Alianza y en una edición pequeñita y bella de Literatura Random House que contaba con 42 flores del mal— y nuevas maneras de leerlo como ese análisis de su vida amorosa escrito por Camille Mauclair y publicado por WunderKrammer, donde se nos aparecía como un ser despreciable con las mujeres, algo que ya conocíamos por sus diarios y hasta por algunos de sus poemas.

Pero qué queríamos, Charles Baudelaire siempre ha sido despreciable. Su mundo siempre ha sido negro. Su poesía siempre ha sido fascinantemente compleja. Sus ideas, radicales. Su sexismo, tan palpable. Pero qué queríamos: así eran los dandis, los señores, los parisinos borrachos de la época. Así son los poetas, ¿no?

Por eso su actualidad no cesa. Es fácil encontrar su rostro de cuando en cuando en las noticias culturales, y también en ensayos sobre poesía moderna o en entrevistas a Feu! Chatterton. Aunque lo más impactante, quizá, es encontrarse con él en el cómic, como ocurrió con la serie Las flores del mal, de Shuzo Oshimi —una historia de adolescentes endemoniados y contagiados de spleen—, o como ocurre ahora con ese Charles de Alessandro Tota cuya edición azul y francesa tengo al lado.

Sin duda, Charles es un homenaje al escritor, pero también una ida de olla de Tota. En las primeras páginas del cómic, lo que encontramos es a Baudelaire con dos chavales jóvenes, quizá estudiantes, que se meten con su cara de mierda, a lo que él responde que no pone cara de mierda, que sólo es su cara: su cara de poeta.

Si los personajes hablan así, si visten con chapas de grupos punk y beben cerveza en el parque e incluso fuman porros y rapean, es porque en vez de encontrarse en el siglo XIX de Baudelaire, es el poeta quien ha accedido mágicamente a la década de 1990. Una vez allí, en ese banco de un pueblito costero de Italia, y habiéndose dado cuenta de que todos sus amigos están muertos, Baudelaire se hace amigo de estos punks con granos en la cara y habla con ellos de la belleza, del Universo y de la poesía, e incluso participa en peleas de gallos con su retórica retorcida, o cuenta historias de albatros que los fumetas aplauden, o hasta se enamora de una chica menor de edad que se enfada al leer sus diarios misóginos y que en vez de cortar con él por machista le recuerda que su amor es imposible por aquello que pasó un 31 de agosto de 1867.

Charles es bello porque nos recuerda que la soledad y el desasosiego no pertenecen a un tiempo sino que van ligados a nuestra propia humanidad, pero también es desternillante porque nos muestra las contradicciones y los lamentos de un señor que no tolera que sus libros se publiquen en pobres ediciones de bolsillo, o que los jóvenes de ese tiempo hagan rimas cerdas, o que la mujer a la que ama no entienda que lo que él dijo en otra época pertenece precisamente a eso, a otra vida.

Por fortuna, y aunque sería brutal que lo que imaginó Alessandro Tota en esos cuadernos de acuarelas y chistes sobre simbolistas y pedófilos y vistas al mar hubiera ocurrido de verdad y Baudelaire estuviera hoy entre nosotros, lo cierto es que una vida le fue suficiente. Una vida y un puñado de páginas le bastaron para ser perfecto. Para quedarse con nosotros. Para hacernos delirar eternamente. Con esos ojos de loco. Con esas ganas de mirar el mundo aunque a veces no sea bello: “una extraña y moderna forma de ebriedad”.

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