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Los personajes secundarios

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De Sylvia Plath a Carolina López, pasando por Aurora Bernárdez o Joyce Johnson: cuando la crítica literaria y el márketing editorial operan desde el machismo

Luna Miguel

28 Agosto 2017 06:00

Pueden ser un pulmón, una costilla, un trozo de piel, pero no pueden ser un cuerpo.

Eso es lo que en ocasiones dice el marketing editorial al hablar de nuestras escritoras. Si en el pasado fueron reducidas al silencio, hoy lo son a llamarse amantes, esposas, musas o, en definitiva, aquellas que estuvieron al lado de.

El debate sobre el sexismo con que se “venden” ciertas obras de autoras ha vuelto recientemente a las redes sociales después de que el poeta Mijail Lamas denunciara en un tuit que en la tercera edición de Cartas a mi fantasma, de Edna Lieberman, se presenta a su autora como “la musa de Roberto Bolaño”.



La etiqueta recuerda a cuando en 2016 la editorial Drácena añadió a ‘Reencuentro de personajes’, de Elena Garro, una faja que decía: “mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges”.

Es cierto que el segundo ejemplo es más flagrante, teniendo en cuenta que Garro fue en realidad precursora del realismo mágico, y que durante años Octavio Paz la insultó y menospreció públicamente.

También es cierto que el caso de Lieberman está marcado por su propio deseo de ser reconocida como una de las personas imprescindibles de la vida de Bolaño, que ella misma ha jugado la baza de amante y que su libro es, de hecho, una carta de despedida a quien alguna vez, a finales de los años 70, fue su amor de juventud.



Pero que Bolaño se inspirase en el recuerdo de ella para un puñado de poemas y relatos, o que Lieberman quisiera dedicarle un libro íntimo tras su muerte, no son motivos editoriales suficientes para encasillar a la autora en un rol menor. 

“La musa”, sí.

“La que inspira a”.

“La que está a la sombra de”.

Es un papel que a lo largo de la historia de la literatura se ha otorgado a decenas de autoras, como por ejemplo Lou-Andreas Salomé, Milena Jesenska, Aurora Bernárdez o Joyce Johnson, novelista que en Personajes secundarios realizó uno de los mejores retratos de la Generación Beat, y a pesar de ello tuvo que soportar acusaciones de oportunismo por haber sido pareja de Jack Kerouac.


Las histéricas

Este encasillamiento de las mujeres que se dedican a la literatura no es exclusivo de la publicidad editorial. Otras veces es la propia crítica la que lo propicia. Además del papel de musa, últimamente hemos podido encontrar en la prensa muchos ejemplos de cómo críticos literarios serios incurren en esta misma narración.

En artículos como ‘La inercia’, publicado en CTXT tras el anuncio de The Guardian de la existencia de unas cartas en las que Sylvia Plath aseguraba que había sido maltratada físicamente por su marido —el laureado Ted Hughes—, podíamos leer a su autor describiendo como exagerados y sensacionalistas a quienes dieran voz a tal asunto sin presentar más pruebas que las expuestas en la investigación.

Leemos: “Los lectores de Hughes y Plath son adultos y la noticia está redactada para apresar la atención de mentes susceptibles de alarmarse ante insultos al borde de una disolución matrimonial […] de excitarse ante la mínima insinuación de escándalo, y decididos a acudir allí donde se huelen que pueden sentirse moralmente superiores […]”



Y refiriéndose al valor periodístico de este descubrimiento, el artículo añade: “contribuir a un marco benéfico superior, pasar el cepillo a contrapelo de la historia literaria y denunciar un maltrato. Esta no estaría mal, pero si de rigor de trata, ¿por qué no esperar a leer las cartas, dado que el acusado no puede defenderse? Y si se trata de revindicar a las víctimas, ojalá se pudiera resucitar a los muertos célebres y desde las páginas de cultura preguntarles cómo prefieren que hagan dinero con ellos”.

Aunque la intención primera del texto fuera quejarse de la repercusión que tuvo la exclusiva de The Guardian —aquí parece obviarse el significado de las exclusivas periodísticas, a las que el periodismo cultural, por cierto, no debería ser ajeno— su mensaje esconde algo peor.

El hecho de poner en duda el contenido de esas cartas en las que Plath habla de violencia física, o el hecho de reducirlas a “insultos al borde de una disolución matrimonial”, vela por completo la denuncia original del reportaje.



Que existan indicios de que una figura pública era un maltratador, es noticia. Sobre todo si tenemos en cuenta hechos bien conocidos, como la violencia psicológica que Hughes ejerció hacia sus parejas sentimentales, o como su injusto trato y destrucción de documentos del legado literario de Sylvia Plath.

Poner el foco en los posibles clics que un contenido exclusivo pueda conseguir únicamente ayuda a que el debate sobre desigualdad de género y violencia machista se apague. O a que, una vez más, la figura de Plath se asocie a otro humillante rol: el de la histérica.

 

Las malas

“Musas” e “histéricas” no son los únicos papeles que una mujer asociada a la literatura puede representar. Si observamos cómo la crítica literaria ha dibujado a ciertas figuras, encontramos casos como el de Carolina López, viuda de Roberto Bolaño.

López no era escritora, pero sí compañera del autor de Los detectives salvajes, madre de sus hijos y heredera de su legado.

A finales de 2016 la polémica de los manuscritos inéditos de Roberto Bolaño salió a la luz, y entonces críticos como Ignacio Echevarría achacaron a problemas de celos de su viuda un debate que en realidad tenía que ver, como ella misma señaló en El País, con cuestiones económicas y con las abusivas cláusulas de los contratos de Anagrama.


(Carolina López y Lautaro Bolaño)

En medio de esta trifulca, The New York Times publicó ‘Las otras apropiaciones de Borges y Bolaño’, un texto que no sólo se burlaba de López —de quien se dijo que no tenía “un nivel demasiado alto de redacción”— sino que también inauguraba la etiqueta de La Viuda Malévola. Como se intuye por el titular, el artículo equiparaba a Carolina López con María Kodama —sin tener sus casos y actitudes nada que ver— y contribuía a la demonización de esas viudas. Y a pesar de todo lo que se le puede reprochar a Kodama, ¿no ha habido quizá un ensañamiento mucho más grave contra estas mujeres que hacia la de cualquier otro albacea literario?

Un buen resumen de esta polémica podría ser este de Alberto Olmos: “Para qué engañarnos: siempre hemos odiado a María Kodama. La viuda de Borges es la encargada de gestionar los derechos de su obra, una de las más leídas, codiciadas, imitadas y estudiadas del siglo XX. Borges es de todos y María Kodama nos lo quiere quitar […] Algo parecido, una maldición similar, está cayendo sobre Carolina López. ¡Qué mala es!, parecen decirnos todos los que, motu proprio, se arrogan en paralelo algún derecho sobre la gestión de la obra de su difunto marido”.



Todas las demás

Quien no hizo mucho ruido y prefirió quedarse a la sombra durante toda su vida fue la traductora argentina Aurora Bernárdez. Bernárdez es definida en la contraportada de la antología que muestra por primera vez sus poemas y pensamientos como “la primera y mejor lectora de Julio Cortázar”. Esta bella manera de referirse a que además fue su esposa choca sin embargo con buena parte de los titulares que se dedicaron a la publicación de su libro. Uno de los más curiosos es el que le dedicó El País: “Aurora Bernárdez escapa del silencio”, que estaría bien si no fuera porque justo antes de él aparecía escrito “Julio Cortázar:”.

Ni siendo la protagonista Bernárdez ha podido llegar a serlo del todo.



Por eso el título que Joyce Johnson eligió para hablar de las escritoras que desde la sombra pertenecieron a la Generación Beat podría definir también a todas las mujeres que desde la sombra o incluso desde los focos más misóginos de la Literatura vivieron sus vidas, escribieron sus obras o cuidaron las de ellos: son personajes secundarios.

Porque pueden ser pulmones, y bocas, y genitales, y costillas, y trozos de piel… pero aún nos cuesta entender que todas estas escritoras, traductoras o literatas tienen cuerpo. Que son algo más que un apéndice.

O como dijo Angela Carter a propósito de la novela de Johnson: “ésta es la versión de la historia de la musa. Y descubrimos que la musa puede escribir tan bien como cualquiera”. 


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