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“¿Y qué se supone que debemos hacer? ¿Dejar de leerlos?”

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Imagen: Paula Bonet / Twitter
 

/OPINIÓN/ “Hay que saber cuánto deslumbran sus obras, pero también con cuánta urgencia debemos combatir la herencia de sus injusticias”

Luna Miguel

10 Mayo 2018 10:06

Recordaba Antonio J. Rodríguez en su cuenta de Twitter que dentro de poco se cumplirán diez años de la publicación de biografía autorizada del novelista V.S. Naipaul. Fue otro escritor, Patrick French, quien se atrevió a poner palabras a las oscuridades del Nobel, y quien mostró un crudo retrato de la profunda misoginia del autor de La máscara de África. Como señala Rodríguez, “allí Naipaul se dejó retratar como lo que es: un misógino maltratador. Hubo un cierto consenso en que aquello eran cosas de genio […] Yo mismo entrevisté a French y participé en esa misma lectura del libro. Ni una mención a este asunto. Efectivamente, eran otros tiempos y el machismo lo tolerábamos sin muchos problemas”.

Sólo hace falta acercarse a las reseñas publicadas en aquel momento para cerciorarse del modo en que la crítica literaria y el periodismo cultural aún disculpaba tales barbaridades. En 2008, Rafael Ramos hablaba así en La Vanguardia: “[French] describe con todo lujo de detalles la crueldad moral con que agradeció el apoyo y la paciencia infinita de su mujer Pat, y la crueldad física con que obsequió a su amante Margaret”.

Al mismo tiempo, en El País, Alberto Manguel reducía el maltrato machista de Naipaul a un simple “comportamiento despectivo y desleal hacia las mujeres” pero luego añadía una cita del propio Naipaul que, leída ahora, resulta fundamental para comprender el alcance de los hechos “La vida de los escritores es un tema legítimo de investigación, y la verdad no debería ocultarse. Es muy posible que el relato completo de la vida de un escritor acabe siendo una obra más literaria y reveladora —de un momento cultural o histórico— que los propios libros del escritor en cuestión”.

Resulta curiosa esta honestidad de V.S. Naipaul, en contraposición a esos otros artículos en los que columnistas y periodistas culturales se acercan con demasiado miedo y escepticismo a la revelaciones más terribles sobre su “intimidad”. Como Rafael Lamus en Letras libres a propósito de la misoginia del autor de El guardián entre el centeno: “leerlo es conocerlo: el Salinger que importa está en sus obras, no en sus hábitos privados”. O como de vez encuando ocurre al hablar de la relación entre Ted Hughes y Sylvia Plath.

“¿Por qué debería preocuparnos lo que un escritor hacía en su intimidad con las mujeres?” “¿Acaso debemos dejar de leerlos?” “¿Y ahora qué?”. Estas son algunas de las preguntas se hacían los usuarios y comentaristas durante esta última semana, cuando salieron a la luz las denuncias de acoso sexual, violencia y abuso contra los novelistas de culto Junot Díaz y David Foster Wallace. Y la respuesta a todas ellas podríamos encontrarla en algo que ya anunció Sabina Urraca el noviembre pasado en un artículo de eldiario: “Se ha abierto una puerta del horror. Una puerta ineludible que sólo esconde cosas que no nos gustarán, que nos asustarán, que harán añicos los pedestales sobre los que reposaban nuestros ídolos”.

La puerta del horror ha quedado abierta, sí, y quizá lo más importante hoy sea mantenerla así, de par en par, visible para todos. Debatió al respecto Claire Dederer en El País, preguntándose sobre qué debíamos hacer y cómo debíamos mirar el arte de los que ahora se nos presentan como monstruos: “hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso. ¿Debe la biografía de un artista influir en la apreciación de su obra?”. Lo cierto es que las posibilidades para resolver este dilema son muchas y la manera de encararlas siempre será absolutamente personal. Lo esencial en este debate, sin embargo, no reside en cómo vamos a consumir su arte, sino más bien en cómo conviviremos con él a partir de ahora. O lo que es más importante: qué aprenderemos de esos errores, y de qué manera explicaremos sus atrocidades, y cuánto podemos hacer nosotros por evitar que se repitan.

Precisamente, el ejercicio de hablar sin disculpar, de leer sin blanquear y de mostrar sin encumbrar, es ese que está haciendo la artista Paula Bonet en sus redes sociales. Desde que la noticia de Wallace saliera a la luz, la pintora ha llenado su timeline de los retratos negros de aquellos escritores misóginos —Pablo Neruda, Ted Hughes, Jack Kerouac, Josep Pla o el propio David Foster Wallace— para recordarnos cuánto deslumbran sus obras, pero también con cuánta urgencia debemos señalar y combatir la herencia de sus injusticias.

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