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Sin cura ni tratamiento: este extraño síndrome le llevó a escribir una pequeña obra maestra

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Aprovechamos que Verónica Gerber acaba de ganar el Premio Cálamo Otra Mirada 2017 por su novela "Conjunto vacío" para esbozar un perfil de la autora a través de sus ideas

Eudald Espluga

22 Enero 2018 10:03

No sé cuántas veces he leído "Ambliopía", el ensayo con el que se abre Mudanza, el primer libro de Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981). Son apenas diez páginas que sirven de prólogo y poética, de manifiesto lírico, rubricadas con esta palabra fea que, hasta ese momento, yo desconocía por completo: "ambliopía".

La ambliopía es una enfermedad excepcional: una disminución de la visión por falta de sensibilidad en la retina que no tiene causas orgánicas. Se la llama también "ojo vago", porque no hay alteración alguna en la estructura de la retina que justifique la falta de precisión ocular. Es un padecimiento casi invisible, que además no tiene cura. Una contingencia sin causa evidente que te separa del mundo de forma irreparable, que te condena al subjetivismo.

A Verónica Gerber se lo diagnosticaron cuando todavía era una niña. "Hay una parte que se deforma sin quererlo y una parte que procuramos deformar cuanto contamos algo", dice Gerber, y no sabemos si habla de su mirada errática, de su ojo ocioso, o del proceder de su escritura.

Ver doble, escribir doble

Mudanza (Almadía, 2017) es una exhibición de ambliopía, una renuncia a la univocidad. Gerber asume que la alta definición no lo es todo, que las gafas —esa trillada metáfora para hablar de los puntos de vista— no siempre nos ofrecen una analogía válida para acomodarnos el mundo a nuestra perspectiva.

Los ensayos que componen el libro se alimentan de esta dispersión esencial, tanto en la forma como en su contenido. El objeto de su escritura son una serie de encuentros artísticos que se producen en el límite entre la escritura y su desaparición. Vito Acconci, Ulises Carrión, Sophie Calle, Marcel Broodthaers y Öyvind Fahlström son los dudosos protagonistas, cinco creadores que comparten un mismo destino: haber abandonado la literatura para consagrarse al arte conceptual.

(Arte PG / Manuel Pastrana)

"Ya no basta con ver", afirma Gerber, "la retina es sólo un tamiz. El suceso estético está en otra parte". Además de escritora, también Gerber es artista visual. Sin embargo, cuando habla de su propia obra, rechaza ambas etiquetas. Cuestiona incluso su nombre de pila, que su madre le puso a causa de una novela infantil "con una moralidad nauseabunda y una cursilería pegajosa". Prefiere pensar en él desde la etimología cristiana —Verónica significaría "verdadera imagen: vero, vera, verdad; ica, ico, icono"—, aunque se trate de una genealogía espuria que los filólogos han desmentido: "un mito entero se sostiene de ese error, un mito con el que he logrado identificarme."

Equívoco, indeterminación y ambigüedad por un lado. Búsqueda, indagación e inquisición por el otro. Entre ambos polos, Verónica Gerber, que confunde voluntariamente la ambliopía con la ambigramática: "los ambigramas son palabras escritas o dibujadas que admiten al menos dos lecturas [...] El ambigrama contiene su imagen en espejo sin necesidad de intermediarios del mismo modo en que la esquizofrenia admite amigos que nadie más puede ver. La palabra es en sí misma su doble y la grafía sucede en un espacio sumamente inestable".

Esta incomodidad ante un universo entrópico, que se niega a permanecer estático, es la herramienta con la que Verónica Gerber construye su escritura. La ambliopía deja de ser una condición deficitaria para convertirse en un instrumento de creación. Lo borroso deviene axioma. No hay dualismo ni distinciones claras. El error, el malentendido, el equívoco son los caminos de una poética vagabunda.

(Arte PG / Manuel Pastrana)

Teoría de conjuntos

Un conjunto se define por sus componentes. Es una herramienta matemática para poder operar con elementos distintos, para agruparlos y establecer distinciones: el conjunto formado por todos los números inferiores a diez; el conjunto formado por todas las personas que hoy llevan un jersey rojo; el conjunto formado por todos los cereales del bol que no me he comido esta mañana.

Pero como todo lenguaje, el de la lógica matemática también tiene sus límites. El conjunto vacío describe esta frontera improbable, una imposible agrupación sin miembros. Es el conjunto que advierte de la falta de elementos, que indica un objeto que no está, que no existe, que no puede ser reunido. Se representa mediante un símbolo que es la imagen misma de la cancelación, de un conjunto anulado: Ø.

El conjunto vacío es una contradicción necesaria, la soledad invisible "que se instala en el cuerpo, en el habla, y nos vuelve ininteligibles". Es también la metáfora que da título al segundo libro de Verónica Gerber. Si Mudanza hacía referencia al trasiego entre espacios, a la anfibología esencial del arte, negando los límites a la escritura y su significación, Conjunto vacío (Pepitas de calabaza, 2017) apunta al carácter irreductible de la realidad, su impermeabilidad ante el lenguaje.

Combinando dibujo, palabra y teoría de conjuntos, Gerber teje una novela sobre la ausencia. El libro empieza con una ruptura amorosa para mutar en una suerte de ensayo sobre el dejar-de-ser, sobre la liquidación del somos, sobre la incapacidad de un conjunto que ya no contiene elementos pero que se resiste a desaparecer. "Es en los límites —en las orillas— donde las cosas tienden a desdibujarse", dice Gerber, y nuevamente no sabemos si habla de las relaciones amorosas o de su poética.

(Arte PG / Manuel Pastrana)

Si Mudanza era la teoría —ambliópica y ambigramática—, Conjunto vacío es la práctica: una exploración de las lagunas lógicas que recorren nuestro lenguaje. Escenificación de un secreto que no puede ser revelado —porque no tiene sentido para nadie— esta novela solo puede concebirse como viaje y extravío de la palabra hacia su propia extinción.

Palabras e ideas

"Un mínimo de experiencia enseña que la idea no será realmente idea hasta que esté redactada", dice César Aira, "pero igual uno se aferra a creer que es una idea ya, y por serlo es una buena idea, en ese formato sin sintaxis, sin las palabras justas y en orden".

Tras leer a Verónica Gerber Bicecci, uno tiene la sensación de que el aforismo de Aira se equivoca doblemente. Primero, porque las ideas siempre están estructuradas, dotadas de una lógica —matemática, visual o verbal, eso poco importa— mucho antes de pasar por el tamiz de la escritura. Y, segundo, porque incluso después de haberlas dispuesto a consciencia, no hay lenguaje —matemático, visual o verbal— que pueda asegurar la univocidad del sentido, la rectitud en la representación de la idea.

En la poética de Gerber no hay negociación entre legalidades, entre modelos normativos. Interdisciplinar es aquel que trafica entre espacios, no quien dinamita el puente o se pierde en el caos de la mudanza: "la nece(si)dad por el movimiento me llevó a hacer mi propia mudanza, incluso a pensarme en mudanza constante. En el traslado encontré en cada imagen el límite que separa al mundo de su revés —ese que se vuelve transparente y termina por ahuecarse—". Es decir: un conjunto vacío en la intersección entre palabras e ideas.

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