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Si Foucault tuviese Twitter, ¿sería un troll anónimo?

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No, luchar por la visibilidad con la cara tapada no es hipócrita ni cobarde. El anonimato, también en la red, es una forma de resistencia política

Eudald Espluga

10 Abril 2018 09:40

“Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable. […] Que nos dejen en paz cuando se trata de escribir”.

Cuando Michel Foucault escribió estas palabras, la pregunta todavía no podía ni imaginarse. Era 1969 y el filósofo francés acababa de publicar su tercer libro, una obra extraña y difícil, cuya introducción terminaba con un alegato contra la exigencia de identidad y coherencia para todo aquel que quisiera tomar la palabra en público. Era un atentado contra la idea de autor: frente a la estática del escritor-intelectual, que interviene políticamente a título de experto, blandiendo una verdad tan indiscutible como sincera, el francés reivindica la contradicción y el anonimato, la inseguridad y la duda, la burla y la simulación.

Hoy, sin embargo, la pregunta puede resultar interesante: si Foucault tuviese Twitter, ¿sería un troll anónimo? ¿se escondería detrás de un pseudónimo? ¿O por el contrario verificaría su firma con el sello azul, asegurando así la autenticidad de sus palabras?

Perder el rostro: el valor político del anonimato

Vale, sí. Es una pregunta absurda y ridícula si nos la tomamos en un sentido literal, como investigación histórica contrafáctica: “¿qué habría pasado si…?”. Y lo es mucho más todavía si tenemos en cuenta que Foucault, de hecho, nunca dejó de firmar sus libros con su nombre ni abandonó la visibilidad que le daba una gran editorial como Gallimard para dedicarse a escribir en fanzines. Por no hacer, ni siquiera multiplicó su identidad con un ejército de pseudónimos, como sí hicieron otros escritores, como Kierkegaard o Fernando Pessoa.

Su defensa del anonimato nunca pasó de la especulación teórica. Foucault quiso ser laberinto y escapista al mismo tiempo “no, no, no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, desde donde les miro riendo”, pero al final terminó convertido en un icono cultural. En 1968 el nombre de Michel Foucault ya era una moda: los historiadores recuerdan que Las palabras y las cosas fue el bestseller de ese verano, el libro que todo el mundo se llevó a la playa junto con el parasol y la nevera.

Sin embargo, hoy su defensa de lo impersonal sigue siendo interesante, por lo menos en tanto que reflexión sobre las relaciones entre identidad, dominación y activismo. ¿“Perder el rostro” puede resultar subversivo en un momento en el que las luchas por el reconocimiento de los colectivos y minorías oprimidas se encuentran en el centro del debate? Son muchos quienes cada día se arriesgan y se exponen para defender la causa de los los invisibles, aquellos que sistemáticamente han sido excluidos por la cultura dominante. ¿No es paradójico, además de hipócrita y cobarde, luchar por la visibilidad con la cara tapada? ¿Es posible la resistencia colectiva sin identidades comunes?

Esto es precisamente lo que discute Érik Bordeleau en Foucault anonimato, un pequeño ensayo que tematiza las tensiones filosóficas de este rechazo frontal de las identidades. Foucault pensaba que las relaciones de saber son siempre relaciones de poder, especialmente cuando este saber versa sobre el yo: ser un sujeto implica siempre estar sujeto. Es decir, implica someterse a una moral de orden público que dicta qué es lo normal y qué no; qué puede ser dicho y qué no; qué tipo de conocimiento cuenta como “verdad” y qué no.

Encerrarnos en una identidad —“sé tú mismo”— no significa otra cosa que interiorizar las desigualdades y opresiones que sufrimos fuera. En consecuencia, para Foucault, “el arte de vivir consiste en matar la psicología, en crear, consigo mismo y con los otros, individualidades, seres, relaciones cualidades que no tienen nombre. Si uno no puede llegar a hacer esto en su propia vida, ella no merece ser vivida”.

Twitter y los justicieros enmascarados

“Matar la psicología” suena realmente bien. Pero ¿quién puede permitírselo?

La primera respuesta que nos viene a la mente es: casi nadie. Durante muchos años, las teorías de Foucault —y demás pensadores posmodernos— han sido tildadas de izquierda caviar, abanderadas de un individualismo elitista que llega a resultar cómico: difícilmente aspirarás a “devenir rizoma” cuando te pasas 10 horas trabajando en el supermercado.

Con la llegada de las redes sociales, sin embargo, se desarrolló un activismo ciberfetichista que actualizaba estas ideas y relanzaba la noción de anonimato. Érik Bordeleau recuerda la importancia de grupos como Anonymous o el Comité Invisible, que en cierto modo encarnan la figura del justiciero enmascarado que actúa en nombre del bien común. En La insurrección que viene, el libro-manifiesto del Comité invisible, se invita a “rehuir la visibilidad” con el objetivo de convertir el anonimato en una posición ofensiva: “sólo ver la cara de quienes son alguien en esta sociedad puede ayudar a comprender la alegría de no ser nadie”.

A pesar de estos pocos casos aislados, el anonimato sigue sin tener buena prensa. Se pone el foco en los peligros de la “masa anónima” que organiza “linchamientos” hasta el punto de causar la “muerte civil” de aquellos contra quien arremete. Las intervenciones policiales y judiciales, en consecuencia, son cada vez más numerosas, y su efecto mordaza consiste precisamente en advertir de los peligros que supone tratar de disociar la persona real y la persona digital. El mensaje es simple: no hagas en Twitter lo que no harías en la calle.

Es exactamente el mecanismo de sujeción mediante la identidad que denunció Foucault: disciplinar el avatar para disciplinar el alma. Porque pedir esta continuidad equivale a exigir que cada uno traslade voluntariamente sus opresiones e impedimentos a internet. “No actúes como si no tuvieras miedo” es el mandamiento del buen ciudadano, ahora también en la red.

Por supuesto, es absurdo pensar en el mundo de las redes sociales como en una utopía postpolítica. El anonimato no nos convierte inmediatamente en superhéroes, ni democratiza la promesa filosófica de “matar la psicología”. Pero las reflexiones de Bordeleau nos sirven para recordar que debemos ir con cuidado frente a quienes nos exigen que seamos alguien todo el tiempo y abracemos felices ese dispositivo de sujección y control social llamada identidad. Porque una cosa está clara: si Foucault tuviese Twitter, sería un troll anónimo.

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