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Un manual antifascista: el único libro de autoayuda que queremos leer

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Se acaba de publicar 'Antifa: The Anti-Fascist Handbook', de Mark Bray, una historia íntima del antifascismo que es también una caja de herramientas ideológicas para todo aquel que quiera plantar cara al fascismo

Eudald Espluga

28 Agosto 2017 13:22

Hasta la publicación de Antifa: The Anti-Fascist Handbook no habíamos sido conscientes de la necesidad de un libro que nos dijera que para ser felices, para conquistar por fin la vida buena, lo que había que hacer era combatir el fascismo, humillar a los nazis y organizar una resistencia colectiva contra los movimientos reaccionarios.

Porque si la literatura feminista ha logrado, al fin, abrir una pequeña grieta en la cultura popular con libros como Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi, hasta ahora no teníamos un texto equivalente que nos enseñara lo elemental y necesario que es para todo el mundo combatir el fascismo.

Afortunadamente, el libro de Mark Bray ha aterrizado en las librerías en el momento justo para poder dar el paso hacia lo mainstream. Tras la manifestación supremacista de Charlottesville, se habían abierto una serie de interrogantes que desestabilizaban nuestro sentido común: ¿qué hacer cuando un grupo de radicales ultraderechistas llega a tu pueblo? ¿Impedir este tipo de movilizaciones no supone atentar contra la libertad de expresión? ¿Contestar con violencia a la violencia no es situarnos a su mismo nivel? ¿Cómo podemos defendernos en común?

 

The Anti-Fascist Handbook da respuesta a todas estas preguntas incluso antes de que éstas llegaran a plantearsenos.

Partiendo del mito fundamental del antifascismo, la Batalla de Cable Street, que supuso el fin del movimiento fascista políticamente organizado en el Reino Unido, Bray propone una breve historia transnacional de esta lucha y responde a la pregunta "¿qué es el antifascismo?" ofreciendo un caracterización de los antifas que los desliga tanto de puntuales luchas pasadas como de su asociación y reducción a determinadas tribus urbanas.

Desde esta perspectiva generalista, el antifascismo puede ser descrito como una ideología, como una identidad, como una tendencia, como una actividad, como una forma de autodefensa. Es un movimiento horizontal, sin lideres, que conecta de distintas formas con las ideas que han vertebrado el pensamiento de izquierdas: comunismo, anarquismo, socialismo, antiracismo.

Cuando, tras los enfrentamientos de Charlottesville, Trump puso en pie de igualdad a nazis y antinazis, en el fondo estaba repitiendo una crítica recurrente, contra la que Bray carga las tintas: el hecho que el antifascismo recurra a métodos y acciones poco liberales como el sabotaje, el enfrentamiento y la violencia. 

Porque si bien tenemos en mente las imágenes del héroe anónimo que se dedicó a trolear la manifestación nazi con una tuba, entonando una ridícula banda sonora que convertía el desfile supremacista en un paseo cómico y ridículo, como recuerdan desde The New Yorker, las expresiones contemporáneas del antifascismo han implicado violencia explícita o implícita: el puñetazo en la cara a Richard Spencer o el boicot a los actos de Milo Yiannopoulos.



¿Está, pues, justificada esa violencia?

Bray recoge el testimonio de un activista de Baltimore, que resume el programa antifa a la perfección:

"Luchas contra ellos escribiendo cartas y llamando por teléfono para no tener que hacerlo con los puños. Luchas contra ellos con los puños para no tener que hacerlo con cuchillos. Luchas contra ellos con cuchillos para no tener que hacerlo con pistolas. Luchas contra ellos con pistolas para no tener que hacerlo con tanques."

Ante la imposibilidad de renunciar a la violencia, el antifascismo ciñe su acción a la autodefensa colectiva. Sin embargo, los límites al uso de la fuerza no están claros. Como destaca Bray, puedes encontrarte desde grupos de antifas pacifistas hasta grupos que defienden el derecho a la posesión de armas.

En lo que no hay disputa es en señalar la hipocresía que entraña la defensa de la libertad de expresión para justificar las explosiones públicas del fascismo: no puede haber tolerancia con la intolerancia. Una idea que, de hecho, Karl Popper había resumido en su libro La sociedad abierta y que, desde Pictoline han ilustrado perfectamente.

Convertir el antifascismo en un lenguaje cotidiano que pueda ser hablado por todos se ha tornado una tarea urgente. Combatir -discursiva y físicamente- a las fuerzas reaccionarías que van tomando posiciones en nuestra cultura pública es cosa de todos, como lo es también combatir aquellas posiciones que pretendan habitar la equidistancia: ante la amenaza totalitaria, el centrismo es cómplice.

No toda la violencia es igual, ni las luchas se producen en condiciones semejantes. Por ello, hacer del antifascismo un discurso transversal, ordinario y autoevidente, como pretende el libro de Mark Bray, es una necesidad de primer orden.

Cómo ser antifascistas: este debería ser el único libro de autoayuda que quisiéramos leer.

(Vía The New Yorker)

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