PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Por qué derecha e izquierda aman el progreso tecnológico según les interesa

H

 

(Y cómo el progreso tecnológico podría acabar con ambas opciones políticas)

Rafa Martí

14 Enero 2018 06:00

El cinismo con el que se rechaza todo lo tecnológico ha alcanzado dimensiones apabullantes. Basta con escuchar las charlas de quienes imponen la comunicación física en lugar de mirar el móvil (para comunicarse con otras personas); basta ver la repercusión de series como Black Mirror, o la de las tiras de ilustraciones críticas con la esclavitud que imponen la tecnología y las redes sociales (valga la redundancia, en las mismas redes sociales a las que atacan).

Steve Cutts

En los neoluditas encontramos a conservadores que se oponen a las modificaciones genéticas que permiten cambiar el orden biológico y social a través, por ejemplo, de los cambios de sexo, o que rechazan las técnicas reproductivas del futuro que dejarán las relaciones sexuales en un simple divertimento que no tendrá nada que ver con procrear. También encontramos a autoproclamados progresistas que rechazan los alimentos transgénicos por contravenir las mismas leyes de la Naturaleza por las que los conservadores son contrarios al cambio de sexo, o que se oponen a la automatización del trabajo por perpetuar condiciones de desigualdad y explotación.

La izquierda apoya todos los avances hasta que dejan de contribuir a una sociedad igualitaria. La derecha, por su parte, apoya el progreso hasta que se convierte en una perversión del orden biológico y social.

En todos los ámbitos, las ideologías demuestran que son autorreferenciales e incapaces de mirar honestamente a la realidad. La libertad de expresión es un claro ejemplo: son incontables las campañas de la izquierda contra la censura a tuiteros que bromean sobre atentados terroristas, al mismo tiempo que es implacable el silencio que se impone desde las mismas posiciones a cualquiera que discrepe con el feminismo. Por la derecha ocurre lo mismo: los chistes machistas son libertad de expresión, pero meterse con el Rey no lo es. Ambos, indistintamente, defienden la libertad de expresión siempre que obedezca a sus fines, pero no la defienden en sí misma. Con el progreso tecnológico sucede algo parecido: la izquierda apoya todos los avances hasta que dejan de contribuir a una sociedad igualitaria. La derecha, por su parte, apoya el progreso hasta que se convierte en una perversión del orden biológico y social.

Todos los neoluditas, de izquierdas y de derechas, comparten una característica: temen aquello que no existe, y como no existe lo temen de forma irracional. Es posible que la aventura tecnológica no haya cumplido nuestras expectativas (todavía). Pero, ¿acaso no dejamos lo anterior atrás, precisamente, por todo el sufrimiento que nos comportaba? Según defienden pensadores como Pinker y Ridley, el progreso es el culpable de que el mundo sea mejor que antes. Es imposible afirmar que lo sea en términos de felicidad subjetiva, pero sí teniendo en cuenta todos los indicadores de felicidad en los que hay más consenso, que se mantienen al alza.

Steve Cutts

En la actualidad, esto tiene una implicación, que es que el progreso y lo que hace mejor el mundo es el capitalismo. Por esta razón, los neoluditas y, sobre todo, los neoluditas de izquierdas, advierten de que el gran salto tecnológico solo nos llevará a repetir los esquemas enfermos de la sociedad actual. Esta semana se ha publicado que en la feria CES de Las Vegas hubo un show con robots strippers. Es una imagen que ilustraría cómo la inteligencia artificial en manos de hombres blancos y heterosexuales solo perpetuará una cultura machista y capitalista.

Si se supera el escollo del cambio climático, el planeta será un lugar en el que todavía haya menos pobreza, menos guerras, más curas a enfermedades y, en general, más derechos, como ha sucedido hasta ahora a pesar de todas las alertas apocalípticas.

Sin embargo, es previsible que el gran salto tecnológico termine, de hecho, con todo lo que existe ahora para abrirnos a algo completamente nuevo y no precisamente malo. Y esto, teniendo en cuenta de que, en el transcurso salvaje-capitalista, si se supera el escollo del cambio climático, el planeta será un lugar en el que todavía haya menos pobreza, menos guerras, más curas a enfermedades y, en general, más derechos, como ha sucedido hasta ahora a pesar de todas las alertas apocalípticas.

Los neoluditas de izquierdas ven la automatización del trabajo y la renta básica como un mecanismo que engorde el capitalismo gracias a una nueva base de consumidores. Pero, como defienden los aceleracionistas, este y otros avances harán que el capitalismo colapse víctima de sus propias contradicciones. Véase: el gran salto tecnológico puede llevarnos a un escenario en el que deje de existir la muerte. ¿Qué sentido tendrían las religiones si no pueden justificar más el sentido de la vida por la existencia de su final? Es más: ¿qué sucedería si el futuro nos lleva a una sociedad con un solo género? Ante este escenario, donde ideologías, esquemas sociales y religiones milenarias sobre las que se sostiene el capitalismo se desploman, ¿por qué no debería hacerlo el propio capitalismo? ¿Y por qué no con él todas las ideologías? ¿Por qué no el fin del feminismo, de la igualdad o del libre albedrío, como defiende Yuval Noah Harari en su aclamado Homo Deus?

La tecnología está en camino de definir cómo el ser humano se relacionará con las ideologías, en lugar de ser estas quienes dicten al ser humano cómo relacionarse con el progreso. Esto aproxima a la humanidad a un escenario donde nada de lo que se ha dado por válido hoy lo sea mañana. Si el ser humano se encuentra ya en un punto en el que el conocimiento científico ha reducido todas las creencias, ideologías y sistemas políticos a mitos que necesitamos para sobrevivir ("Dios no existe pero nos resulta imprescindible"), la tecnología supone solo un acelerador para una época más nihilista todavía pero no por ello más infeliz, cuya amenaza es un reaccionarismo interesado. Una época en la que, como defienden los realistas especulativos a través de autores como Ray Brassier, haya que definir un nuevo esquema de valores, que posiblemente sea el de los no-valores.

Si en el mundo que conocemos hasta ahora, lo que más ha traído sufrimiento, guerra y destrucción son ideologías y creencias, ¿qué tan malo sería el mundo al que nos conduce el avance tecnológico?

share