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El derecho de una chica a amar a un hombre. Su derecho, también, a repudiarlo

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Imagen: Magical Girl
 

'El profesor de filosofía y literatura' es un maravilloso y complejo relato de Fernanda Melchor

Luna Miguel

15 Mayo 2018 16:07

Hay que estar loca para enamorarse. Y más aún para enamorarse de un hombre mayor. Y más aún —si es que eso fuera posible— de un hombre mayor que es tu profesor de filosofía y letras y al que tu cuerpo de adolescente ha mandado señales confusas, mensajes de socorro, cantos de sirena. Porque no es lo mismo el amor que el socorro. O porque no es lo mismo amar de adolescente que amar así, hoy, con este cuerpo que ya sufrió. Que ya tiene experiencia. Que ya es maduro.

Fernanda Melchor, narradora mexicana y autora del celebrado libro Temporada de huracanes (Literatura Random House), ha indagado en ese socorro, se ha preguntado sobre ese amor en un relato íntimo titulado ‘El profesor de filosofía y literatura’ que se publicó en la revista Nexos a principios de mayo. Melchor, que escribe desde una frialdad y una claridad pasmosa, cuenta aquí la historia de un profesor con el que tuvo una relación cercana y gracias al cual —o a pesar de la rabia y del sufrimiento que este le provocaba— su voz literaria eclosionó.

Pocas veces pueden leerse narraciones así. Relatos en los que la que habla es la muchacha y no el señor. Cuentos en los que se exponen los motivos de las protagonistas para enamorarse, o encariñarse, u obsesionarse con ese hombre sencillo, feo, aparentemente insulso, que a ellas las llenará de vida y de pasión. No las llamaremos lolitas, porque Melchor jamás se refiere así a la cualidad de su protagonista, pero diremos que el estereotipo que su testimonio evoca recuerda demasiado al de una nínfula.

Melchor, sin embargo, toma la revancha. Va más allá de la nínfula. La pisotea con su prosa descarnada y voraz. Expone los motivos, casi por primera vez en la literatura, de la niña que siente, y lo que más sorprende es darse cuenta de que en ellos ni hay nada perverso, ni tampoco nada inocente. La inercia es el único de sus motivos aparentes para amar. También el peligro. Pero sólo a veces.

Se suele decir que lo que aporta un hombre maduro a una niña es la sabiduría, pero leyendo a Melchor nos damos cuenta de que esa idea es falsa y pretenciosa. Lo que de verdad atrae a la adolescente del relato es la certeza de que alguien la comprende. La certeza de que alguien ve una adulta ahí donde los demás la ven todavía niña. Si su narradora existe, es porque él es capaz de verla. Y aunque sea sólo un sexo, aunque sean sólo unos labios codiciables, una parte de ella vale por el todo. Ocurre que luego, en su soledad, la niña se da cuenta de que sigue siendo niña. De que la han engañado. De que no necesitaba nada de lo que el hombre maduro pudiera prometerle.

Por eso Melchor no quiere recordar el nombre de aquel profesor de filosofía y literatura que le enseñó a dolerse. A saberse única y no sirena. A saberse autosuficiente y no mensaje. A socorrerse sola. Con derecho a amar. Con derecho a repudiar si así lo quiere.

«No diré su nombre. No me da la gana. Y no es porque tema comprometerlo, pues el bato ya está muerto, ignoro en qué circunstancias, nunca lo quise saber. O tal vez sí me lo contaron y lo olvidé, no importa ya. No diré su nombre porque en uno de los únicos recuerdos que me quedan de él, una carta de su puño y letra que me entregó sin decir palabra —una apretada misiva escrita con aquella letra menuda que sus alumnos sufríamos a la hora de descifrar sobre el pizarrón— no aparece su nombre sino apenas un escueto “Hasta siempre” garabateado en el borde inferior».

Lee aquí el cuento completo de Fernanda Melchor

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