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'Monólogos de la vagina' 20 años después: ¿Revolucionario? ¿Útil? ¿Y para quién?

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Imagen: Adobe Stock
 

Hablamos con Alana Portero, Sofía Castañón, Lara Hermoso, Elisabeth Falomir, Aixa de la Cruz, Lucía Barahona, Loola Pérez, Antoinette Torres y Lucía Baskaran sobre cómo leer en 2018 una de las obras feministas más célebres y polémicas: ‘Monólogos de la vagina’, de Eve Ensler

Luna Miguel

21 Febrero 2018 18:32

Para empezar, un dato curioso. De las trece fuentes que contacté para este texto ni siquiera la mitad habían leído el libro o visto la obra por la que les preguntaba. Me refiero a Monólogos de la vagina, ese clásico de Eve Ensler que cumple hoy veinte años (veintidós para ser exactos, si preferimos asumir su nacimiento como la primera representación teatral que se realizó y no como la publicación de su libro o la creación V-Day, la organización contra la violencia machista en el Ensler lo convirtió después) y que Ediciones B se ha encargado de reeditar este febrero entre tapas blandas de un rosa casi fosforito.

Ni siquiera la mitad, no. De las mujeres consultadas, sólo nueve quisieron opinar y sólo cinco de ellas habían ido a ver la obra alguna vez, o la habían representado con su propia voz y cuerpo, o la habían leído en aquella edición tan bonita que Emecé publicó en España alrededor del año 2000. Me llamó la atención esta estadística, sobre todo teniendo en cuenta que las personas a las que me estaba dirigiendo eran abiertamente feministas, relacionadas todas con el mundo de la edición, el periodismo o la escritura, además buenas lectoras. Pero esto no es un reproche. Es más bien, como decía, un dato curioso.

De hecho, incluso si no la habían leído, a la obra de Eve Ensler todas la conocían de oídas. Cómo no iban a conocerla si se supone que ha sido una de las más influyentes de las últimas décadas. Si su representación se ha llevado a bares, teatros, clubes y pantallas de todo el mundo. Si su título se ha mencionado hasta en series como Sexo en Nueva York. Si Ensler es una de las escritoras y activistas feministas más influyentes de principios de siglo XXI. Y si la edición impresa de la obra ha llegado a vender más de 500.000 copias alrededor del mundo según el texto de la faja de esta edición conmemorativa.

Se me ocurrió, entonces, que el hecho de que las autoras consultadas no hubieran tenido acceso a Monólogos de la vagina podría tener que ver con la poca visibilidad que algunos textos icónicos de la lucha feminista habían tenido hasta hoy en la prensa o en nuestras librerías. Hablo, por ejemplo, de que una obra fundamental como pueda ser Teoría King Kong, de Virginie Despentes, haya sido accesible sólo para unos pocos lectores llegando a estar prácticamente descatalogada hasta su recuperación en Literatura Random House. Ocurre lo mismo con libros como How To Supress Women's Writing, de Joanna Russ, un breve ensayo sobre el papel secundario al que históricamente se ha relegado a las grandes escritoras, que treinta y cinco años después de su publicación será al fin traducido por Gloria Fortún y editado por Dos Bigotes.

O incluso con novelas como Sólo para mujeres, de Marilyn French, recuperada por Lumen en 2012 desde que se publicara originalmente en Estados Unidos en 1977. Si todas estas obras capitales del feminismo han llegado a sólo a nosotros gracias a pequeñas tiradas, a artículos publicados en medios extranjeros o gracias al boca-oreja, ¿no resultaba lógico que un libro como Monólogos de la vagina tuviera un peso casi fantasmal en nuestro imaginario y en nuestras bibliotecas?

Vaginas y preguntas

Esa no es la única pregunta que plantea la edición conmemorativa de Monólogos de la vagina. Hay muchas más y a veces no resultan fáciles de responder. Es la más sencilla de todas —al menos en apariencia— la que quise trasladar a algunas periodistas, activistas o artistas que viven en distintos puntos del Estado. ¿Cómo leer Monólogos de la vagina 20 años después? Pero en seguida esta duda empezó a ramificarse. ¿Sigue teniendo validez? ¿Es útil hoy su reclamo? ¿Debe ser autocrítica la revisión de una obra de estas características? ¿Se puede pensar que tal y como han evolucionado los discursos feministas en 2018 los reclamos de Eve Ensler han quedado desactualizados? Y otra cosa, ¿es verdad que la obra desprende transfobia?

Respondamos por partes.

Aunque no haya leído el texto íntegro, para Lucía Barahona, editora y traductora literaria, “hablar de la vagina seguirá siendo revolucionario durante muchos años”. Como asegura a PlayGround, “estamos cansadas de ver que no todo está tan superado como a veces parece y, tras haber traducido el año pasado Sexismo cotidiano, no siento que el avance haya sido tanto, ni mucho menos”.

Sofía Castañón, escritora y secretaria de Feminismos de Podemos, conoció los Monólogos de la vagina en la etapa en la que hacía teatro no profesional. “Teatral y argumental mente me abrió un mundo, me abrió un canon, y me abrió voz”. Para ella, veinte años después ni la sociedad ni ella misma recibe por igual el impacto de Ensler, “pero me parece un texto que sí ha marcado un cambio, que nos ha hecho nombrar y nombrarnos”. Así, “decir vagina y decir coño” sigue siendo crucial, especialmente cuando llevamos toda la vida siendo obligadas a pedir disculpas por mencionar tales palabras.

Opina parecido, aunque con muchos matices, la escritora Aixa de la Cruz. Para ella estamos en un momento en el que quizá es necesario recuperar ciertos símbolos biológicos así como esa defensa del cuerpo de la mujer, tan castigado y censurado por nuestra sociedad. Pero también reconoce que nunca ha tenido acceso a Monólogos de la vagina, y no por desconocimiento, sino por resistencia. De la Cruz tenía trece años cuando escuchó hablar por primera vez de Eve Ensler y recuerda el rechazo que sentía ante una obra así en una época en la que ni siquiera se consideraba feminista. Siempre tuvo dudas hacia un texto que en apariencia podía reducir su lucha a una cuestión biologicista. “Durante mucho tiempo sentí que ese tipo de feminismo no tenía mucho sentido si no entraba en consonancia con los estudios de género y queer”.

De acuerdo con la periodista y activista Loola Pérez, una crítica así es básica, pero también hay que contextualizarla: es cierto que Monólogos de la vagina se centra en las mujeres cis, pero tampoco podemos pedirle mucho más: es un libro hecho a su época”. Y precisa: “personalmente, el capítulo que más me impacto fue el que hablaba de las violaciones masivas en Bosnia. Las mujeres vivimos la sexualidad en una dualidad: peligro y placer. Creo que Ensler capta con maestría esta cuestión en su obra. En cierta medida para mí fue terapéutico y me ayudó a entender mi experiencia como víctima de violencia sexual”. Y también añade: “No creo que sea una lectura que tenga la pretensión de abordarlo todo. Pero, por supuesto, encuentro ausencias”.

La revisión crítica que merecemos

Las ausencias a las que se refería Loola Pérez tienen que ver con algo que desde la prensa cultural y el mundo de las artes escénicas se viene hablando en la última década y que tiene que ver con otra de las grandes preguntas que genera hoy Monólogos de la vagina. ¿Se ha quedado desactualizada la obra? Y si es así, ¿cómo abordarla desde un punto de vista crítico?

La periodista Lara Hermoso reflexionó al respecto: “es una buena noticia que se reedite la obra de Ensler, pero seguramente sea necesario apostar por una edición crítica, en la que se subraye la importancia que tuvieron los Monólogos de la vagina en el momento de su publicación pero explicando la evolución posterior del movimiento feminista”. Para Hermoso, sin obras como la de Ensler no habríamos llegado al momento actual, “pero me temo que habrá muchos lectores que pueden acercarse al libro sin conocer el contexto y eso puede ser un arma de doble filo: ¿y si alguien acaba convencido de que solo pueden sentirse mujeres aquellas que tienen vagina? Y aquí estoy pensando, por ejemplo, en lectores muy jóvenes. No podemos correr el riesgo de recorrer el camino inverso con lo que nos ha costado llegar hasta aquí”.

La editora Elisabeth Falomir incide en las ideas expresadas por Hermoso. Ella considera la edición como “una labor de constante revisión de certezas”. Apuesta, además, por quienes reclaman que las decisiones de publicación se lleven a cabo con sentido crítico. “Ciertas obras, útiles en su tiempo y contexto, pueden requerir ser revisitadas”, asegura a PlayGround. “Dicho esto, no recuerdo si la obra de Ensler es tránsfoba o transmisógina. No sé si asocia directamente «ser mujer» con «tener vagina». Sí recuerdo que, en su momento, nombrarla me pareció un acto liberador. Ahora, puestos a reeditar obras de éxito, quizá convendría aprovechar para valorar si nuestra biblioteca es todo lo inclusiva que debiera. Puede ser una estupenda oportunidad de descubrir otras voces en el feminismo”.

Ante esta posición, y aunque la investigadora social Antoinette Torres no haya leído el libro de Eve Ensler, ella tiene algo muy claro: “si una obra artística relevante como esta tiene un fallo ético, hay que señalarlo. Si es un libro que destila transfobia —y a menos que sea un texto que haya podido evolucionar y cuestionarse, que eso puede pasar, como a veces ocurre con el lenguaje— para mí no tiene ningún sentido continuar reivindicándolo”.

Post-Pussy

Una de las reflexiones de la poeta estadounidense Gabby Bess tras la publicación de su libro Post Pussy tenía que ver con el conflicto de poder seguir representando el cuerpo femenino al tiempo que comprendiendo que ser mujer no tiene que significar precisamente tener vagina o estar orgullosa de ella. De ahí la invención, quizás irónica, de un término como el de “post-coño”.

Sobre este debate la también escritora Lucía Baskaran admite tener sentimientos encontrados. “Efectivamente no se nos puede reducir a un órgano, pero históricamente la vagina sigue siendo una eterna desconocida. Desde la medicina y desde la ciencia apenas se ha estudiado, y si se ha hecho ha sido siempre desde una mirada patriarcal”. Baskaran no ha leído a Ensler, pero “a mí, en principio, la visibilización de la vagina me parece muy bien. El libro Coño Potens, por ejemplo, de Diana Pornoterrorista, es un buen ejemplo de cómo se puede hablar de feminismo desde el coño, desde el placer. Así que si tenemos en cuenta que ha sido un órgano tan silenciado, no creo que esta representación sea necesariamente tránsfoba”.

En 2016, la youtuber Caroland publicó un vídeo en su canal en el que recita un monólogo basado en los de Ensler y en el que habla desde su punto de vista como mujer transgénero. Esta versión fue muy celebrada porque propuso un debate prácticamente inédito en la red sobre la validez actual del los Monólogos de la vagina. Como resumen de su mensaje, hay una frase en específico que : “Yo soy más que una palabra, más que una definición, más que una parte de mi cuerpo”. En un artículo escrito por Jordi García y publicado en Estoy bailando también en 2016, el autor se hacía eco de las decisiones tomadas por varias universidades de Estados Unidos en las que la obra de Ensler dejó de representarse porque aunque en ella aparezca la voz de una transexual que en sus sueños desea tener vagina, esta la obra es para muchos, literalmente, “anticuada y básicamente tránsfoba”.

Desde Madrid, la poeta y editora Alana Portero no quiere ir tan lejos, aunque también es clara en su reclamo. “Durante muchos años trabajé en una librería de teatro y el texto de Eve Ensler lo conozco muy bien, e incluso lo he recomendado en varias ocasiones. Sin embargo, hoy mi opinión es que la obra funcionaba bien en su contexto, pero que como todo en esta vida no le vendría mal una actualización”. Para Portero Monólogos de la vagina “no es ofensiva. Como mujer trans no me molesta en absoluto la vindicación de la vagina. Todo lo contrario. Ha sido un elemento de represión inmenso y es lógico que a las mujeres cis les apetezca reivindicar su anatomía. Me parece maravilloso y lo apoyo. Pero si lo que se pretende que el texto tenga vigencia, debería mostrar aunque sea un gesto, un gesto muy pequeño, hacia las mujeres trans. Muchas nos sentiríamos al fin incluidas”. Al final, Alana Portero lamenta que con lo importante que es, está siendo y será la mítica obra de Ensler, su poca reflexión sobre cuestiones de raza, clase o género siga sin revisarse en reediciones y versiones posteriores a las publicadas en 1998.

Entonces. ¿Cómo leer Monólogos de la vagina veinte años después? ¿Debemos disfrutarlo sin más o pasear entre sus páginas con una mirada más crítica? ¿Cómo enfrentarnos a un texto del que siempre habíamos escuchado hablar pero al que por fin tendremos acceso? ¿No da un poco de miedo aprender que la mayoría de las cosas que la obra puso sobre la mesa siguen sin resolverse, siguen siendo dolorosas, siguen causando miseria, y que además a la cola de estas hay otra decena de conflictos que se deben contemplar, estudiar y visibilizar?

Parece que quedan soliloquios para rato.

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