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Michel Houellebecq: un filósofo meh, un pesimista soberbio

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La vida es una mierda y la voluntad insaciable: esta es la epifanía que deslumbró al escritor francés cuando descubrió el pensamiento de Arthur Schopenhauer. Ahora, le rinde homenaje con la publicación del ensayo 'En presencia de Schopenhauer'

Eudald Espluga

12 Febrero 2018 06:00

Probablemente, la filosofía llegó a su conclusión en 1860. "Probablemente", decimos, porque por primera vez Michel Houellebecq no dispara de frente. "A menudo siento la tentación de concluir que, en el plano intelectual, no ha ocurrido nada desde 1860". Ese año murió Arthur Schopenhauer y, con él, las ideas originales. Quizá. Porque el francés no lo afirma con rotundidad, no se atreve a sentenciar. Sigue provocando, eso sí, como siempre: "es un fastidio vivir en una época de mediocres", dice, pero a cada frase se ve obligado a matizar, "sobre todo cuando uno se siente incapaz de elevar el nivel".

Como pensador, Houellebecq deja bastante que desear. Él lo sabe: "sin duda, no produciré ninguna idea filosófica nueva; creo que, a mi edad, ya hubiera dado alguna señal de ello". Esta humildad —inédita, sorprendente— no es casual. Si el escritor francés piensa que la filosofía occidental colapsó cuando colapsó el organismo de Schopenhauer es porque ve al pensador alemán como un cometa extraño, insuperable, cegador; un suceso singular y fugaz en la historia de la filosofía del que hoy solo podemos sentir nostalgia.

Escribir En presencia de Schopenhauer (Anagrama) es la forma que Houellebecq encontró para conjurar su agotadora ausencia; la forma de afearle a los demás su incapacidad para estar a la altura del autor de El mundo como voluntad y representación: "estoy bastante seguro de que produciría mejores novelas si el pensamiento, a mi alrededor, fuese un poco más rico"; la forma, en fin, de brindarle su particular homenaje, repitiendo sus palabras, acomodándose en sus pensamientos, fundiéndose en su filosofía. En presencia de Schopenhauer es un largo escolio a las reflexiones del alemán, escrito por un Houellebecq empequeñecido y marginal, convertido finalmente en dispersas notas a pie de página.

(Michel Houellebecq y Arthur Schopenhauer / Arte PG)

Quizá porque el mimetismo es la última fase de la pasión literaria, basta con ver el gesto displicente del francés, su pose de asceta decadente, para reconocer en él la misantropía radical de Schopenhauer. Sin embargo, la pregunta fundamental permanece: ¿por qué esta fascinación adolescente? ¿Por qué esta fijación irracional? ¿Por qué Schopenhauer y no Nietzsche? ¿Por qué Schopenhauer y no cualquier otro?

El buda de Frankfurt y la tragedia de la voluntad

Decía Chesterton que se necesita un coraje rudo y extremo para subir a lo alto de una torre y afirmar ante la multitud reunida que dos y dos son cuatro. Según Houellebecq, esto es precisamente lo que hizo Schopenhauer: renunciar a las ideas ingeniosas, innovadoras y brillantes. El filósofo no quería gustar, no quería "consagrarse al 'arte de escribir' ni chorradas por el estilo". Su pensamiento era tan honesto como osado, y por ello tan penetrante. "Schopenhauer halló la energía necesaria para enunciar banalidades y evidencias cuando las consideraba acertadas", apunta el francés. De hecho, dedicó su obra filosófica a demostrar una de ellas: que la vida es una mierda.

"A mis diecisiete años de edad, sin ninguna educación escolar, me conmocionaron las miserias de la vida tanto como a Buda en su juventud el descubrimiento de la enfermedad, el dolor, la vejez y la muerte. La verdad que el mundo gritaba de manera tan audible y clara superó pronto los dogmas judíos que me impregnaban, y mi conclusión fue que este mundo no podía ser la creación de un ser lleno de bondad sino, más bien, la de un demonio que se deleita en la visión del dolor de las criaturas a las que ha abocado a la existencia".

Su filosofía era sombría porque su vida era sombría: lo llamaban el Buda de Frankfurt. Para Schopenhauer la existencia equivalía a ser encerrado en una colonia penitenciaria, algo mucho peor que no nacer. "Arthur era introvertido, no gustaba del trato social; era serio y puntilloso hasta la pedantería y amaba la soledad", explica Luis Fernando Moreno en Conversaciones con Schopenhauer, y comprendemos por qué Houellebecq quedó prendado del alemán, a pesar de haberlo descubierto muy tardíamente, con 27 años.

Básicamente, la teoría del alemán contaba con una sola idea: "el mundo es por una parte voluntad y sólo voluntad, y por otra, representación y sólo representación". Con este "único pensamiento" recuperaba un dualismo clásico, entre el cómo nos representamos el mundo (en la experiencia, en el intelecto) y cómo es el mundo en sí mismo. En otras palabras: para Schopenhauer el mundo es un teatro, un escenario con decorados ridículos en el que cada uno representa su papel y se comporta según categorías preestablecidas. Fuera de él, tras las bambalinas, toda esa parafernalia es vana: solo queda una realidad que nos iguala a todos, una fuerza animal e indiferenciada, "un impulso ciego, sin conocimiento": la voluntad.

Ante esta evidencia, que nos condena a la entropía y el desastre, descubrimos que al ser humano le está reservada la tragedia. Somos brutales y crueles porque la insatisfacción anida en nuestra esencia. Abocados al padecimiento, al querer indefinido, solo la muerte puede ofrecernos consuelo. Esta certeza —esta "banalidad", dirá Houellebecq— "lo hará tembloroso, pues el universo de las pasiones humanas es un universo repulsivo, a menudo atroz, por donde rondan la enfermedad, el suicidio y el asesinato".

Entonces, ¿por qué Schopenhauer?

Muy simple: porque Houellebecq encuentra consuelo en la desesperación del alemán, en su visión descarnada del mundo, en la reducción de todos los grandes ideales a la incontinencia de los cuerpos. Nada resiste a la voluntad y podemos imaginar al francés regocijándose entre el humo de su cigarro, riéndose de la ínfulas vanas de una humanidad que se empeña en proyectar una imagen pulcra y digna sobre el escenario; la misma humanidad que, al final, termina siempre retozando en el fango, atragantándose con el vómito de su propia mezquindad.

Apreciar la belleza de una felación

De ahí la pose ascética, el retiro y la misantropía; de ahí la necesidad que siente Houellebecq de abrazar la decadencia, de besarla en la boca: "si el mundo en su conjunto es inaceptable, nada impide, sin embargo, sentir hacia la vida un desprecio particular. No hacia la 'vida humana': hacia la vida".

Schopenhauer también lo había hecho. Su autosabotaje fue radical, memorable: en su primer año como profesor, programó sus clases a la misma hora que Hegel, el filósofo de moda, y tuvo que cancelarlas porque los tres alumnos que vinieron el primer día no volvieron al segundo; tenía la casa llena de perros y, las raras veces que recibía invitados, les gritaba entre risas "pueden ver cuánto ha aumentado en mi entorno el número de seres inteligentes y buenos"; se reía en público de la muerte de sus compañeros de universidad, lamentando la "mortandad vacuna" desatada entre los catedráticos; fantaseaba ante sus alumnos sobre la posibilidad de acercarse a Fichte —otro exitoso filósofo que formulaba sus ideas en un lenguaje elevado y abstruso— para "ponerle una pistola en el pecho y gritarle: 'ahora vas a morir sin piedad; pero, por el amor de tu pobre alma, dime si con ese galimatías has pensado algo claro o simplemente querías burlarte de nosotros'"; por supuesto, también anunciaba una y otra vez que en cualquier momento él mismo se "descerrajaría un tiro en la cabeza".

La cuestión, entonces, es por qué no lo hizo. Si la vida es un penoso valle de lágrimas, y lo mejor sería no haber nacido, ¿por qué no volarse la tapa de los sesos en medio de la plaza y poner un broche macabro a su decrépita existencia?

El pesimismo de Schopenhauer tenía límites. Aunque no creía que la felicidad fuera posible para los hombres —la felicidad es un "eufemismo", afirmaba el alemán—, escribió una teoría de la felicidad, una eudemonología. En ella ofrecía un sucedáneo, un guía de autoayuda para todos aquellos que decidieran seguir adelante con su lamentable vida. La sistematizó en sus Aforismos sobre la sabiduría de la vida —que, como dice Houellebecq, "es a buen seguro el más brillante, el más accesible y el más divertido que escribió"—. Su mensaje es simple: vestido con los ropajes del estoicismo, Schopenhauer propone que nos limitemos a gozar de los placeres del intelecto, a cultivar un "espíritu superior", una "individualidad notable y rica".

Houellebecq lo expresa a lo bruto: "que un cretino sera incapaz de apreciar la belleza de una sinfonía o un razonamiento sutil es fácil de entender; sorprende más en el caso de una felación, por ejemplo; y, sin embargo, la experiencia lo confirma. La riqueza del placer, e incluso del placer sexual, reside en el intelecto y es directamente proporcional a su propia potencia; por desgracia, ocurre lo mismo con el dolor".

¿El placer de una felación reside en el intelecto? No, por supuesto. Pero la "riqueza del placer", sí. Dicho de otro modo: tanto Houellebeq como Schopenhauer aspiran a gozar sólo de aquello que depende de ellos mismos y liberarse, en lo posible, de la tiranía del deseo. "Los hombres sólo quieren que les coman el rabo. / Tantas horas al día como sea posible. / Tantas chicas bonitas como sea posible", escribía el francés en uno de sus poemas, y parece que estuviera hablando de la voluntad schopenhauariana. Sin embargo, dado que recibir una felación no depende de nosotros, Houellebecq convierte el acto sexual una suerte de experiencia estética, casi enteramente subjetiva.

"La representación del acto sexual en sí mismo (la 'pornografía') podría entrar en la órbita artística si pudiera llevarse a cabo de manera objetiva, es decir, sin despertar el deseo (y tampoco la repulsión). La distinción es a la vez real, fácil de experimentar (no hay nada más observable que una erección) y difícil de conceptualizar."

El secreto de la belleza —y también, se entiende, de esta felicidad-eufemismo que Schopenhauer nos ofrece para ir tirando— está en el desinterés. "La belleza no es una propiedad que pertenezca a ciertos objetos del mundo y excluya otros; por lo tanto, no es la capacidad técnica lo que puede producir su aparición; por el contrario, sigue necesariamente a toda contemplación desinteresada". De ahí, pues, que el ascetismo radical no sea solo una estrategia defensiva ante lo atroz de la vida, sino la única manera de acceder a las pocas cosas buenas y bellas que hay en el mundo.

Librarse del deseo y esperar la muerte en soledad; gozar de nuestro "espíritu superior" en el sexo y dejar que la mierda termine por ahogarnos; aceptar que la felicidad no es posible y conformarnos con la contemplación desinteresada de lo bello. Efectivamente, Houellebecq como filósofo es muy meh; pero como misántropo, como alumno aventajado del pesimismo cósmico de Schopenhauer, es soberbio.

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