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Los hombres no podemos salir indemnes del 8M

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Aleksandr Deineka: Vastedad, 1944
 

/OPINIÓN/ “Intentar salir indemnes no solo sería un fracaso anunciado, también una traición a nuestras compañeras. Los cuidados son vida y esta es una huelga por ella”

Ignacio Pato

06 Marzo 2018 07:48

He visto a mucha gente llorar últimamente, y no solo en privado. En una sociedad que estigmatiza las lágrimas, eso quiere decir mucho. En una sociedad así, en público se llora cuando no se puede más, cuando el dolor y la rabia son más fuertes que cualquier convención social. Es un acto realmente contrario al significado de debilidad al que tradicionalmente se asocia. Es casi una amenaza. Un dique roto, un hasta aquí ha llegado el teatro que ayuda a mantenerlo todo en pie. Al menos por unos minutos.

Parte de esas lágrimas tuvieron lugar en la manifestación homenaje a Pablo Molano, que no fue una manifestación ni un homenaje, sino un montón de personas haciéndose compañía. Tratábamos de cuidarnos y, quizá en ese orden realista de alcance dentro del shock, de engañar la soledad, exorcizar el vacío y reapropiarnos de la muerte de un chico de más o menos nuestra edad, de ámbitos más o menos compartidos y con referentes parecidos pero que "un día atroz y terrible" —como explica mucho mejor Santiago López Petit en el recién publicado El gesto absoluto— quiso "solamente salir de la vida para descansar un poco". No fue casual que la jornada dedicada a su memoria acabase con la reocupación de La Nova Rimaia y una enorme pancarta con un corazón colgando del edificio. Todas las personas que lo conocieron coinciden en algo cuando hablan de él: Pablo cuidaba. Muchas de las personas que vi llorar por él conocían también a Patricia Heras. Patricia, poeta muerta, lo último que dejó escrito fue “No puedo más con este dolor”.

El poder terapéutico medicaliza, privatiza el sufrimiento y despolitiza el malestar. "Su objetivo —escribe López Petit— es clavarnos en el ser precario que somos y mantenernos vivos en tanto que piezas de la movilización general". Nos ata a la vida como lo hace un contrato hipotecario a una propiedad por pagar. "Los cuidados no se confunden con el poder terapéutico", sigue López Petit. "Son necesarios para resistir y defenderse de un capitalismo que no da tregua en su producción de muerte". Y esos cuidados, ese cariño incondicional, sincero, creativo y no punitivo, han saltado al centro de este 8M. Pablo solía decir que “hay que seguir combatiéndose”. Y parece una bonita manera para resumir la postura activa que deberíamos tomar los hombres con respecto a la Huelga Feminista.

Posicionarnos, echarnos a un lado estando

El resto de lágrimas de dolor y rabia acumulada que he visto han tenido un doble rasgo común. Han procedido en su mayoría de mujeres y han tenido causas, por decirlo así, laborales. Dentro de estas, el catálogo parece amplio: un despido más repentino que justificado, un bloqueo del permiso de vacaciones, falsas promesas de crecimiento interno o unas palabras humillantes de un superior en público. Si subimos un peldaño, la estructura de la que se derivan esas situaciones en apariencia diversas es un viejo conocido: un mercado laboral siempre en movimiento —aunque sea dando vueltas en círculo—, competitivo, desconfiado, jerárquico, presencialista, invasor del espacio y tiempo íntimo. Un sistema de producción hegemónicamente masculino. El mismo que, a las bravas o disimuladamente, pregunta a una chica en su primer empleo sobre sus futuros hijos. La inercia, y estoy siendo suave, demasiado suave, juega a nuestro favor. Desde la presuntamente inocua curiosidad sobre nuestra descendencia a situaciones de vida o muerte cuando las luces no iluminan lo suficiente.

Exigirles pedagogía justo cuando han tenido que llegar hasta aquí es tan injusto como autoparódico. Han tenido incluso el tacto de llamar techo de cristal a un muro de hormigón armado del que ya solo podemos ser cómplices o codenunciantes.

No hay comodín. Los hombres no podemos salir indemnes del 8M. Simplemente intentarlo sería un fracaso anunciado pero sobre todo una traición a nuestras compañeras. Exigirles pedagogía justo cuando han tenido que llegar hasta aquí es tan injusto como autoparódico. Han tenido incluso el tacto de llamar techo de cristal a un muro de hormigón armado del que ya solo podemos ser cómplices o codenunciantes. Ellas ya están ganando la huelga en todos esos debates encendidos en casas, colectivos y oficinas, en esas conversaciones incómodas porque exigen posicionarse ante una convocatoria que por lo demás interpela legalmente a toda la clase trabajadora con una duración de 24 horas.

Posicionarse no es, claro, escurrir el bulto haciendo como si simplemente ese día "ellas no estuviesen". Mucho peor incluso sería tratar de rentabilizar personalmente la iniciativa de las mujeres. Echarnos a un lado estando, y que el 9M nos resistamos a que el sistema resetee en nuestro beneficio, emerge como la única opción. No somos los protagonistas y este texto ya ha superado, de hecho, ese umbral. Hay mucho que hacer y el trabajo está ahí fuera. Por ejemplo, en los puntos de cuidados habilitados en los barrios para que ese trabajo no recaiga en ellas. No es casualidad que uno de ellos vaya a estar el jueves en el Ateneu La Base del Poble Sec que Pablo Molano ayudó a nacer.

Ellas esos cuidados ya los hacen a diario, con nosotros, con nuestros hijos y con los mayores, pero también entre ellas. Sororidad y resistencia comunitaria —aunque si leyeran esto se reirían de mí con razón— son mis ocho vecinas sentadas en corro en la peluquería de una de ellas, al lado del portal, cada tarde. Simplemente estando juntas. O, como recordaba la escritora y activista Layla Martínez, cuando se acompañan al médico, pasean del brazo, quedan para ir a la verbena del barrio, se informan de la nueva oferta —o directamente se regalan fruta porque la han encontrado unos céntimos más barata— o cuando se llaman cada día solo para saber si están bien.

No se me ocurre nada más lejano a una banalidad que todo eso. Los cuidados son vida. Y esta es una huelga por ella.

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