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Himmler lo confesó: “Hitler tiene sangre judía”

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Las explicaciones que da Himmler sobre el funcionamiento del III Reich son horrorosamente frívolas

Eudald Espluga

28 Noviembre 2017 14:02

"A

hora escuche lo que lo voy a decir, pero después tendrá que olvidarlo todo".

En cualquier otro contexto, esta frase sería de una retórica risible, una escenificación exagerada, misterio de telefilm. Pero quien la pronunció fue Heinrich Himmler, líder de las SS y brazo ejecutivo en la organización de los campos de exterminio.

Era una confesión íntima, dirigida a un amigo, entre copas de vino tinto.

Su acompañante le acababa de preguntar cómo era posible que Hitler hubiese llegado a desarrollar un odio tan grande hacia un grupo entero de personas. Himmler necesitó tomarse tres tragos seguidos para armarse de valor y soltarlo: "le contaré la verdad, para que comprenda la razón. El propio Führer tiene sangre judía. [...] Tanto la abuela materna de Hitler como su padre eran medio judíos. Su abuela se llamaba Anita Schicklgruber y su padre era judío."

Envalentonado, Himmler se extendió en una descripción pormenorizada del árbol genealógico del Führer. Se refierió a una familia de judíos "encantadores", "astutos", "prestamistas"; habló de engaños, arreglos matrimoniales y "sangre manchada". Todos los elementos de la estereotipación estaban ahí, expresados con el pesar sincero de quien cree lo que está diciendo. Pero el relato de Himmler culminó con otra revelación, importante por la iconoclastia que entraña: el apellido familiar de Hitler era en realidad "Hiedler", pero el padre de Adolf se lo cambió.

Heinrich Himmler y Adolf Hitler

"Ahora comprenderá el odio hacia los judíos del Führer, ya que su propia familia lo ha manchado con su sangre. Esta es la razón más profunda de que el Führer quiera exterminar a todos los judíos. Me ha resultado muy difícil modificar y reorganizar todos los libros oficiales para ocultar la procedencia del Führer. En el futuro, nadie conocerá la procedencia real de Hitler."

Aunque la explicación que Himmler ofrece de la shoa pueda parecernos ahora terriblemente simplificadora —reduce la motivación histórica del holocausto a un acentuado autoodio del Führer—, es fascinante para comprender los mecanismos psicológicos mediante los cuales los nazis se explicaban a sí mismos el sentido de lo que estaban haciendo. Porque precisamente este es el valor central de Las confesiones de Himmler, un libro que transcribe los diarios y anotaciones inéditas del médico personal del líder de las SS: nos permite acceder a las interioridades del régimen, a los secretos y las suspicacias, a las dudas y las autojustificaciones; y nos permite, además, conocerlas de la boca de uno de los personajes más oscuros de la historia del III Reich.

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El doctor, amigo y confesor de Himmler, al que le debemos estas memorias, fue Felix Kersten. Fisoterapeuta con pasaporte finlandés, se convirtió en el masajista privado de Himmler durante la primavera de 1939. El jerarca nazi sufría fuertes dolores de estómago, y Kersten sabía cómo aliviar los síntomas. Este contacto continuado e íntimo permitió desarrollar una relación de confianza que el médico aprovechó no solo para documentar, sino también para tratar de intervenir en el desarrollo de las políticas de exterminio. Kersten le pedía como "favores personales" amnistías y conmutaciones de penas: se calcula que gracias a su intermediación se salvaron alrededor de ochocientos mil prisioneros de diferentes campos de concentración.

"Yo no di esas órdenes, fueron órdenes directas del Führer. Ya le enseñé el certificado donde pone que yo no tengo la culpa de lo que suceda, ya que me limito a seguir instrucciones. Yo no tengo la culpa."

En las transcripciones de sus discusiones, se puede ver cómo el finlandés trataba de manipular a Himmler, de cuestionar su cosmovisión totalitaria, de acrecentar sus dudas sobre el devenir del Imperio. De hecho, en un intento algo tosco de congraciarse con las reticencias de su interlocutor, el jefe de las SS se presenta como el "poli bueno", dejando a Hitler el papel de "poli malo". Una simplificación más que, junto a la teoría del origen judío del Führer —largamente discutida como trama conspiranoica durante más de un siglo—, provoca que las confesiones de Himmler a Kersten suenen a excusatio non petita, a construcción de una coartada que se anticipa un juicio histórico de proporciones que todavía no puede prever.

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El único problema de estas revelaciones es que los diarios que se han publicado ahora son una reconstrucción elaborada por el hijo de Kersten, y los diálogos de los protagonistas resultan excesivamente impostados. Los personajes son poco creíbles, y sus intervenciones parecen sobreactuadas. Por ello, las excusas con las que Himmler trata de exculparse se tornan involuntariamente cómicas, grotescamente cómicas, si recordamos que está hablando de la concepción de la Solución Final.

"no puede imaginar con qué dureza el Führer me ha obligado a hacer esto. [...] Luego me echaba la bronca y comentaba todo lo que en su opinión había hecho mal. Al final estaba tan desesperado que le dije que probablemente no estaba a la altura de mi cometido y que quizá debería ponerse a buscar un sucesor."

Felix Kersten y Heinrich Himmler

La banalidad del mal de la que habló Hannah Arendt para referirse al espíritu tecnocrático y a la servidumbre voluntaria que posibilitaron el holocausto se revela aquí como frivolidad del mal.

"No es una cosa muy germánica aniquilar a enemigos indefensos", reconoce Himmler cuando Kersten le afea el exterminio, "yo no di esas órdenes, fueron órdenes directas del Führer. Ya le enseñé el certificado donde pone que yo no tengo la culpa de lo que suceda, ya que me limito a seguir instrucciones. Yo no tengo la culpa."

Al final, la sensación que transmiten estos diarios es la de que el día a día del III Reich se desarrolló según las reglas no escritas de un patio de escuela: las mismas envidias, las mismas reprimendas, los mismos cuchicheos, los mismos favoritismos. A la pequeñez funcionarial de Adolf Eichmann debemos sumarle ahora este catálogo de resentimientos y enfados. La deconstrucción de la monstruosidad de los criminales es definitiva. Ni sostienen sus ideas con una coherencia malévola, ni sus acciones parecen responder a un plan maestro, pues para Himmler el exterminio de millones de persones parecía responder a una única motivación:

"¿Quién sabe la bronca que me va a echar en esta ocasión, y quienes han conspirado a mis espaldas?"

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