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Por qué necesitamos una literatura animal

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“Aquí la mano que da de comer no impone ni castiga; deja que sus vacas aprendan y crezcan como individuos, no como una masa uniforme moldeada por un solo patrón. Y entre nombres propios de una obra de Shakespeare y mugidos, reconoceremos a muchas mujeres que también estaban ahí” Publicamos el prólogo que la poeta y veterinaria María Sánchez ha escrito para ‘La vida de las vacas’, de Rosamund Young (Seix Barral)

Luna Miguel

28 Febrero 2018 15:21

Aprender a mirar, por María Sánchez

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Este libro es necesario.

Aunque a veces no lo parezca, hay mujeres que crean sus propias vidas. Dejan a un lado la sombra y consiguen trabajar y hacerse ver en un «mundo de hombres». Obvian el silencio, saben que tienen una historia que escribir, una vida por contar. Éste es el caso de Rosamund Young, la autora del libro que tienes en las manos. La vida secreta de las vacas es el maravilloso cuaderno de campo de la entrega y amor de la autora por sus animales. No sólo son protagonistas las vacas y sus terneros, también corretean por estas páginas gallinas, cerdos, pájaros y ovejas, y todos, todos, tienen un nombre. Es algo que Young deja muy claro: «He usado de forma deliberada pronombres personales para referirme a las vacas porque así es como pienso en ellas». Como Isaías, les da a cada uno de sus animales un nombre imperecedero. Así los ve, así los piensa, así vive día tras día con ellos. Sin nombre no existen. Dejan de suceder por sí mismos, se convierten en un rebaño con un solo paso y una única voz. Tras cuarenta años trabajando en el campo y cuidando de sus vacas, la escritora sabe como nadie que cada uno tiene una historia que contar, una forma particular de ser.

Aquí comparten campo vacas que recuerdan, que juegan al escondite, que consultan a sus madres y abuelas; vacas que se enfadan y tienen sus propias manías y vicios; vacas que entienden la muerte y necesitan de una pausa para que germine el duelo y poder continuar su día a día en la granja; vacas que ayudan a criar a los terneros, que van corriendo a la casa de la granjera para contarle que hay un problema y que precisan su ayuda. Porque, en este libro, Rosamund y sus vacas hablan entre ellas. Se comunican y se entienden, tejen un espacio simbólico para un lenguaje único hecho de mugidos, miradas, movimientos y palabras. Con las manos llenas de tierra y heno, ha trazado el árbol genealógico de todos los animales que han vivido en su granja. Conoce a la perfección a las abuelas, a las madres y a las hijas. Como una exploradora, indaga en las particularidades e interacciones de los habitantes de su casa. Porque en esta granja la casa no es el espacio donde sólo vive la mano que cuida, éste es el espacio de una mujer que se mancha las manos, observa y escribe. No hay cimientos ni lindes para la gran familia. Aquí las paredes son los árboles y la voz de las madres llamando a sus terneros. Aquí la confianza y el cobijo crecen porque hay una mujer que cree en su intuición, en su trabajo y en su instinto.

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Cuenta Julia Kristeva en Lo femenino y lo sagrado que en la India la vaca sagrada es la raíz, el origen, la cuna, la mismísima envoltura del universo, «porque fue de la piel cosida de una vaca de donde nació el primer hombre, macho, evidentemente». Cómo no, ¿verdad? Cómo no iba a ser el hombre el primero. El primero en aprender, en vivir, en contar, en explicar, en dar parte al mundo de todo. Y no porque no hubiera mujeres. Siempre las hubo. Por eso este libro es necesario e importante, porque es la experiencia de una mujer la que nos habla y nos enseña. Y no sólo en su escritura, sino en un ámbito que siempre ha pertenecido al género masculino: el mundo rural. Granjeros, veterinarios, profesores de universidad, científicos e incluso trabajadores del campo. Pero las mujeres siempre hemos estado ahí. Cuidando al pastor y al ganado, haciendo posible que el rebaño siguiera adelante. Y las que trabajamos en esta profesión lo sabemos. Hay estudios que demuestran que en las granjas donde hay mujeres hay menos enfermedades y los animales son más felices, por lo que producen más. Rosamund Young sabe apreciar hasta las diferencias en el olor y en el gusto de la leche de sus diferentes vacas. Conoce sus preferencias y las deja elegir.

Aquí la mano que da de comer no impone ni castiga; deja que sus vacas aprendan y crezcan como individuos, no como una masa uniforme moldeada por un solo patrón. Y entre nombres propios de una obra de Shakespeare y mugidos, reconoceremos a muchas mujeres que también estaban ahí. Las aventuras de Young recuerdan al único libro de Susan Fenimore Cooper, Rural hours, un compendio de anotaciones sobre sus visitas al campo y un alegato en defensa del medio ambiente. Muchas de las especies sobre las que escribió Fenimore Cooper actualmente se encuentran en peligro de extinción. Sí, el libro pasó desapercibido, y ella no volvió a escribir. En La vida secreta de las vacas también hay destellos de la delicadeza de los poemas de Emily Dickinson en la descripción de ciertos pasajes y del campo. Asoma la precisión, como si del bisturí de un cirujano se tratara, del lenguaje de la maravillosa Temple Grandin, una de las especialistas más importantes del mundo en vacas y en bienestar animal; la pasión por la naturaleza de una de las grandes precursoras de la ecología, Rachel Carson, y la observación y la paciencia de la gran científica Jane Goodall.

Todas ellas tienen algo en común: trataron al animal como un igual, se limitaron a la observación y se pusieron en su lugar. Aprendieron a mirar lo que no sucede de inmediato para después poder contárnoslo y hacernos partícipes de ello.

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El idioma en el que habla Rosamund Young no es un idioma cualquiera. Es el lenguaje que surge inseparable de la unión de varias piezas que por solas difícilmente podrían existir. Una forma de vivir que de una vez por todas debe ser reconocida y respetada. Un lenguaje que ha permitido que en nuestro país, por ejemplo, se conserven espacios y razas, como los parques naturales y las especies autóctonas. Gracias a esta labor y estos conocimientos milenarios, la vida sigue caminando, como la ilusión y la expectación que despiertan los primeros pasos de un ternero que acaba de nacer. Éste es el idioma de los que trabajan y entienden la ganadería extensiva, el paisaje y a las personas como a un solo ser. Como cultura. Como patrimonio. El lugar donde nos hallamos todos aquellos que creemos que otros métodos de producción y consumo son posibles, que queremos saber dónde y cómo se desarrolla nuestro alimento. Sí, es una narrativa diferente. Pero insisto, muy necesaria e importante. Y maravillosa. Aquí se encuentran las pistas para comenzar a aprender todo lo que sucede a nuestro alrededor, todo lo que existe de verdad detrás de un bonito rebaño de animales pastoreando, de un pastor llamando a su perro, de unas manos ordeñando sus vacas. Todo está ahí.

¿Sabremos mirar?

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