PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Huelga, explosivos caseros y sangre en la boca: la historia no acabó en 1984

H

(Getty)
 

Guerra sucia contra los trabajadores: una aproximación a la brutal huelga de más de un año que enfrentó a Margaret Thatcher con los mineros del carbón

Eudald Espluga

10 Marzo 2018 06:00

Poner en palabras lo indecible: un año de huelga.

Escribir hoy este sintagma resulta difícil, por lo impensable de la situación. Un-año-de-huelga. Pero es lo que hace David Peace en GB84: poner en palabras los hechos ocurridos en Inglaterra entre el 6 de marzo de 1984 y el 3 de marzo de 1985. GB84 es la crónica de una derrota, escrita desde la angustia veinte años después: supone exhumar nuestra desmemoria desde la ficción y bombear el dolor desde el fondo de la realidad.

Es difícil hacerse a la idea de lo que significa un año de huelga. La vastedad del hambre y el hastío, las lágrimas derramadas, la imposibilidad de lo cotidiano. El suspenso y la falta de recursos, el hacer del vacío una rutina. Pero también el enfrentamiento contra el Estado: el terror, la coacción y los ataques brutales en lo que llegó a considerarse una "guerra civil industrial".

Aunque por momentos parece una oscura novela de fantasía, es uno de los mejores trabajos periodísticos sobre la huelga minera que se han escrito nunca; un reportaje literario sobre una revolución social que puso contra las cuerdas al gobierno de Margaret Thatcher.

(Getty)

En las páginas de GB84 asistimos al distópico resurgir del totalitarismo en el corazón del democracia —policía paramilitar, repicar de botas y cascos de caballos, identificaciones arbitrarias, sabor de sangre en la boca—. En la violencia de la represión descubrimos una cruzada que va más allá de un conflicto laboral: la construcción de un "enemigo interior" —los mineros como representantes de la clase obrera organizada y combativa— buscaba desarticular toda la estructura sindical.

¿El final de una época? No, era el final de la historia.

¿La historia se terminó en 1989?

"En 1984 aún existía la historia, los lugares a los que llegar, el relato de otras posibilidades", explica Daniel Bernabé en el prólogo. "Hoy vivimos en un presente contínuo donde el pasado sólo es comercio de la nostalgia y el futuro una imagen de síntesis."

El "fin de la historia" es la curiosa tesis que desarrolló Francis Fukuyama a finales de los años 80: con el ocaso del socialismo y la remisión definitiva de los fascismos. la democracia liberal se había instalado como único horizonte posible. Las grandes ideologías habrían declinado por fin, y con ella la posibilidad de otra gran guerra...

Era una hipótesis gloriosa para el capitalismo: su ideología se habría impuesto siguiendo una plácida inercia que ahora tocaba su fin. Así borraba de plano todas las opresiones y relaciones de dominación sobre las que se sustentaba el sistema, y eliminaba —por lo menos en el plano teórico— cualquier posibilidad de resistencia. La caída del muro de Berlín era el símbolo de esta disolución de la dialéctica histórica: no había antítesis posible a la tesis de la democracia de mercado.

La historia no se terminó en 1989; a la historia la quebraron las fuerzas paramilitares del Estado en 1984.

Sin embargo, el reloj de la historia no se había detenido sin más. Lejos de esta dulce homogeneidad liberal, supuestamente nacida de las sinergias geopolíticas, había otra "historia", otra "guerra", que había sido despojada incluso de estas etiquetas: la historia de unas familias organizadas en una "batalla defensiva para proteger sus medios de vida y sus comunidades [...] un desafío a la transformación destructiva de la vida económica basada en el beneficio y el mercado".

Así lo explica Sumas Milne en el monumental trabajo de investigación que acaba de publicar Alianza, El enemigo interior. La guerra contra los mineros. En la contienda contra los trabajadores británicos estaba en juego mucho más que la mera transformación del tejido industrial de la nación. El antagonista real de la Guerra Fría nunca había sido el monstruo rojo que acechaba en el Este, sino un proletariado organizado que, en Gran Bretaña, encarnaban los obreros del carbón.

La historia no terminó en 1989; a la historia la quebraron las fuerzas paramilitares del Estado en 1984.

"Terror y miseria en este Nuevo Reich"

Los hechos se cuentan rápido. El conflicto se inició el 6 de marzo, con la protesta contra el plan de reestructuración del sector de la minería que había elaborado la patronal. Se aspiraba a una reducción de la producción que, en términos prácticos, suponía la desaparición de 20.000 puestos de trabajo.

El cambio que se buscaba era profundo, puesto que durante décadas el sector del carbón había sido una de las piezas basales de la economía británica. "A principios de siglo, cerca de un millón de personas trabajaban en las minas y hoy sólo quedan 180.000 mineros", escribía en 1984 Soledad Díaz-Gallego para El País. "El carbón, que proporcionaba el 90% de la energía consumida en el Reino Unido, supone hoy día sólo un 35%".

(Getty)

El movimiento minero se organizó en torno a la figura de Arthur Scargill, el líder sindicalista más famoso del país. La idea era clara: llevar la huelga hasta las últimas consecuencias, para conseguir que la escasez de carbón obligase al gobierno de Margaret Thatcher a dar marcha a atrás. Sin embargo, para ésta el plan de reestructuración era sólo la punta de lanza para una transformación mucho más esencial. Acababa de empezar su segunda legislatura y se sentía fuerte. La primera ministra planteó el enfrentamiento en términos bélicos, y así resultó: 11.291 arrestos, 8392 acusaciones firmes y 200 sentencias de cárcel contra los mineros.

Sin embargo, lo que cuenta David Peace en GB84 es la otra cara de este conflicto, que va mucho más allá de las cifras oficiales. Leyendo desde el presente lo que esta derrota supuso para los trabajadores de todo el mundo, reconstruye desde una doble perspectiva este año clave: por un lado, desde el heroísmo cotidiano que supuso para los trabajadores sostener esta huelga; por el otro, la escenificación de una violencia organizada que, desde Downing Street, desbordó el estado de derecho.

GB84 nos devuelve la memoria viva del mayor conflicto laboral de la Europa de posguerra. La crudeza con la que Peace nos presenta los hechos es necesaria para que 34 años después podamos comprender que "guerra" no es una metáfora sobreactuada: piquetes nocturnos, identificaciones arbitrarias, bombas de humo, explosivos pirotécnicos, tramas de espionaje, batallas campales. Un enfrentamiento desigual que desmiente a Fukuyama y cuestiona los discursos que tapan con un manto democrático el ejercicio totalitario del poder del Estado.

"Terror y miseria en este Nuevo Reich", escuchamos en boca de uno de los personajes, y comprendemos que la historia no terminó en 1984 ni en 1989, que las ideologías no declinan dulcemente, que nuestra democracia liberal no se da nunca —ni ayer ni hoy— en ausencia de una guerra brutal contra sus enemigos.

share