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Elena Garro: tras la pista de la reina marginada de México

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Juan Pablo Villalobos ofreció el pasado lunes una charla sobre la obra de Elena Garro en Girona y aprovechamos para hablar con él sobre la autora de 'Andamos huyendo Lola', de su exilio y de su relación con México

Eudald Espluga

31 Enero 2018 13:01

"¿Cómo terminaste embarcado en una charla sobre Elena Garro, en Girona, un año después del centenario de su nacimiento?".

Mi primera pregunta es la única que quedará sin respuesta. Se la hago antes de empezar la entrevista, cuando la grabadora todavía no está en marcha y esperamos que el camarero nos traiga las bebidas. Juan Pablo Villalobos acaba de bajarse del tren y nos encontramos en La Terra, un bar ruidoso, estrecho y profundamente kitsch, que se eleva sobre el río Onyar, a cuestas de su disminuido caudal. En un par de horas tiene que dar una conferencia sobre la escritora mexicana en el centro cultural La Mercè, sede del Festival Pepe Sales, que en su onceava edición reivindica la figura de Garro.

Confiesa que no sabe por qué lo han escogido para esta conmemoración dislocada, celebrada a contratiempo. Solo me dice que recibió la invitación a través del Consulado de México en Barcelona, y no tengo tiempo de resolver si se trata de una broma —la trama de su última novela también se desencadena, en parte, por culpa de una carta enviada al Consulado— o de simple casualidad, porque la grabadora ya está en marcha, las bebidas servidas y estamos hablando sobre Elena Garro.

1. No hay antes ni después para Elena Garro

"Elena Garro no es una estatua de parque", empieza Villalobos, no está en el canon de la literatura mexicana, o por lo menos no lo está "de una manera tan obvia como La región más transparente, de Carlos Fuentes, o El llano en llamas, de Juan Rulfo." Aunque su primera novela, Los recuerdos del porvenir, se lee como parte del currículum escolar, su figura nunca ha formado parte del panteón nacional. "Era de esas obras muy habladas y poco leídas. Por su estética —literatura fantástica lindando con el realismo mágico— quedó muy datada en la época."

Se dice de la literatura de Garro que, por calidad y trascendencia, debería ser considerada a la par que las dos obras maestras de Juan Rulfo. Sin embargo, por "motivos extraliterarios la obra de Elena Garro ha sido oscurecida en México. Cuando vas detrás de sus libros te das cuenta de que no son fáciles de conseguir. A pesar de que sus obras completas están publicadas por Fondo de Cultura Económica, en las librerías no los encuentras. Entonces se convierte en una cuestión de intriga casi paranoica, de decir: bueno, ¿qué pasa? Porque no se pueden comprar sus cuentos como los de Juan Rulfo".

Aunque Villalobos descubrió tarde los relatos de La semana de colores, el primer libro de cuentos escrito por Garro en 1964, se convirtió al instante en un militante de la obra de la mexicana. En general, siempre se ha sentido fascinado por lo que llama "la mitología de los raros", una pléyade de marginados, extravagantes y excéntricos que se ha constituido "mediante la metodología del descarte". De hecho, vino a Barcelona para dedicarles su tesis doctoral. Sin embargo, el caso de Elena Garro es singular, puesto que "fue marginal por razones políticas y de género", además de estilísticas y literarias.

"Todos hemos pasado por ese momento de estupefacción cuando de pronto visualizas tu biblioteca y te das cuenta que tienes 1.000 libros y que solo 80 están escritos por mujeres. Empiezas una búsqueda un poco artificial, para identificar lo que te estás perdiendo, qué huecos hay en tu cultura lectora, y qué condicionamientos has tenido para ignorar a todas estas escritoras. En el caso de México hay varios nombres que junto con el de Elena Garro son fundamentales, como Josefina Vicens, Amparo Dávila o Nellie Campobello que son poco leídas, no por méritos literarios, sino simple y sencillamente porque siempre han sido vistas como escritoras menores en comparación con los grandes nombres como Rulfo, Fuentes, Pitol, etc."

Además, por haber tenido a Octavio Paz como marido, la sociedad literaria machista que que marginó su obra por razones estructurales, terminó cebándose doblemente con ella. "La dificultad reside en que para gozar de los Derechos del Hombre hay que ser Hombre", ironizaba la propia Garro en uno de sus cuentos, "y ser Hombre es algo así como ser diputado por lo menos y como no eres diputado, Lola, no tienes ningún derecho".

Los motivos políticos que la condenaron al exilio, sin embargo, nunca se han aclarado del todo. Durante el movimiento estudiantil de 1968, que en México fue especialmente robusto debido a que coincidió con la celebración de las Olimpiadas, "Elena Garro había estado muy cerca de un político mexicano llamado Carlos Madrazo, que representaba una especie de ala reformista dentro del PRI, el partido oficial que gobernaba México, y este personaje emergente se estaba ganando muchísimos enemigos". Como explica Villalobos, ese año Garro fue señalada y criticada por sus conexiones, pero en vez defenderse atacando al gobierno o atacando a quien la estaba acusando, "respondió escribiendo una columna en la que atacaba a los intelectuales de izquierda, diciéndoles que eran los verdaderos agitadores de los estudiantes". Una acusación que se volvería trágica cuando, el 2 de octubre del mismo año, la represión contra los estudiantes llegó a su clímax con la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

"Ahí empieza la verdadera leyenda negra de Elena Garro", sigue el escritor mexicano, "porque lo que sucede entonces es que comienzan los rumores de que ella fue una delatora, que supuestamente dio nombres de quienes eran los intelectuales (escritores, artistas, etc.) que estaban detrás del movimiento estudiantil. Llegaron a decir que había dado 500 nombres. Una exageración, claro. ¿De dónde sacas 500 nombres?"

Pero Garro ya había transgredido el tabú: había atentado contra "los cánones de lo que es el buenismo de ser un escritor o intelectual en América Latina". Se convirtió en una delatora, en una traidora, en una fugitiva. Especialmente después que Madrazo, el político al que ella había respaldado, muriera "en un avionazo, en circunstancias un tanto extrañas". Se asumió que había sido asesinado, y "ella entró en un espiral de paranoia. Decidió irse y empezar todo un ciclo de exilios: se va a Nueva York, vuelve a México, se va a París, de París se va a Madrid, donde vivió 7 años, entre el 74 y el 81, y de luego vuelve nuevamente a París donde se estuvo hasta los años 90".

"No hay 'después' ni 'antes' para las personas marginadas", escribió Elena Garro en Las cabezas pensantes, "claro que no sabemos de quien huimos, Lola, ni por qué huimos, pero en este tiempo de los Derechos del Hombre es necesario huir y huir sin tregua".

2. "Corriendo en un espacio vacío hacia ninguna parte"

El exilio de Elena Garro se ha presentado muchas veces como la pérdida del hogar, pero también como la pérdida de la identidad. "Su caso es extraño", cuenta Villalobos, "su padre era asturiano y su madre era de Chihuahua. Ella, en su casa, vivía sintiendo que su padre era un extranjero. Hay una frase en un cuento que me parece terrible, cuando la niña, que es su alter ego, dice de su padre: 'es que no se da cuenta de que no es mexicano'. Ella se ve a sí misma como una güera, como una rubia, blanca, en un contexto mestizo y de indios, por lo que la consciencia de lo mexicano en ella no era tan fuerte".

El desarraigo, por lo tanto, fue consustancial a su existencia. Estuvo presente mucho antes de que se convirtiera en una expatriada. La vida, concluye Lelinca, el alter ego literario de Elena Garro, es un "ir corriendo en un espacio vacío hacia ninguna parte".

"Como hija de un matrimonio mixto creció en un ambiente muy cosmopolita, en una familia casi burguesa, rodeada de libros y de cultura". Viajó mucho y estuvo en contacto con la intelectualidad de la época. Su identidad no es mexicana "en el sentido folclórico en que normalmente tendemos a pensarlo", apunta Villalobos, sino que la construye sobre "ese choque de clases entre la burguesía blanca, rica, adinerada, que tiene una mirada atroz y realmente muy cruel sobre lo indio, la pobreza y la marginación."

En sus novelas, Juan Pablo Villalobos fija la atención en estas mismas cuestiones que Garro —la tensión entre el migrante y el local, la lucha de clases, el terror a la pobreza—, pero en cuanto mexicano expatriado, no se identifica con su experiencia. "Creo que su desarraigo es mucho mayor. Cuando se exilia está en la nada, en la nada absoluta: no tenía un pie allá, no tenía familia y estaba sola. Yo sigo teniendo un referente en México, toda mi familia está allá: soy el único que está fuera. Voy allí y encuentro las cosas como siempre han sido, reconozco a mi país, y puedo seguirlo recreando, reelaborando, desde la distancia".

A partir de los años 70, la obra de Garro encarnó esta distancia geográfica y emocional. "Su literatura estuvo marcada por una idea del exilio como un lugar totalmente inhóspito, el mundo se vuelve inhabitable. Sus personajes están todo el tiempo con hambre, y parece que su vida también fue así, buscando siempre un lugar donde vivir. Están sin casa, viviendo de un hostal del que les van a echar, cargando a sus gatos que no sabe donde ponerlos: es una vida terrible de fuga perpetua. Particularmente los años que vivió en Madrid fueron muy duros."

3. México: el fraude de la normalidad

En 1991, Elena Garro finalmente pudo regresar a México. "Fue el primer intento de restituir su imagen: se le hizo un homenaje nacional, visitó varias ciudades y participó en eventos". Es gracias a este ensayo de normalización que, en 1993, decidió volver definitivamente a México, donde vivió hasta su muerte.

"Entonces ya había habido un intento de incorporarla en el canon literario mexicano", explica Villalobos, "en los últimos años, conforme la gente que estuvo involucrada en los hechos del 68 fue muriendo, conforme el 68 se fue volviendo una cosa más anecdótica y menos viva, la figura de Elena Garro perdió esa aura terrible y fue posible leerla con mayor distancia y valorarla por sus méritos literarios más allá de la leyenda negra".

Sin embargo, México no es un país normal —ninguno lo es— y en él Elena Garro sigue siendo una figura excéntrica, marginal, rara. Aunque se quiere hacer de ella la "madre del realismo mágico", dado que sus obras fantásticas son anteriores a las de García Márquez, ha de tenerse en cuenta que Garro siempre había rechazado la etiqueta: le parecía un blanqueamiento comercial de la cosmovisión indígena del todo inaceptable.

Que todo lo increíble sea verdadero, como dice uno de sus personajes, no significa que Garro tuviese que comulgar con el mito del México excepcional y surrealista, el México tanático, pintoresco y fantástico. De hecho, su obra puede (y debe) verse como una impugnación de esta reconstrucción literaria del país. En sus cuentos, aunque utilice la fantasía, retrata la violencia, la crueldad, la corrupción y la tortura social: "el fraude de la normalidad estaba muy extendido" dice el narrador de Si viviéramos en un lugar normal, la segunda novela de Villalobos, unas palabras que bien podríamos poner en boca de Lelinca.

Elena Garro escribió contra las "cabezas pensantes", contra los intelectuales, contra el sistema patriarcal que le barraba el paso, contra su marido, contra el México que la condenó al ostracismo, contra la precariedad económica. Ella, probablemente la mejor escritora de México, sufrió el infortunio de una "reina marginada" —como María Antonieta, como Minerva—, pero luchó para "abrir una bahía en la tormenta de tinieblas" que cruzaba.

Su figura no es todavía la de una estatua de parque, ni su legado se ha igualado al de Rulfo, pero cuando me despedí de Juan Pablo Villalobos, la sala en la que iba a dar la conferencia ya estaba prácticamente llena. "Cuando los escritores insisten en un mismo tema literario", explicó Villalobos desde el atril, "se dice que son obsesivos. Cuando lo hacen las escritoras, como fue el caso de Elena Garro, se dice que se repiten".

Quizá con los homenajes pase lo mismo. Solo pensamos que se celebra a destiempo a aquellas figuras que merecen ser celebradas cada día y, también quizá, esta fuera la respuesta a la primera pregunta que Villalobos no llegaría a contestarme.

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