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Artículo Mi correspondencia con una escritora muerta Lit

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Mi correspondencia con una escritora muerta

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Escribí a Lucía Berlín desde 2016; ella me contestó desde 1965

13 Septiembre 2016 06:00

A veces quiero cerrar el portátil, levantarme de la silla y ponerme a pelar y cortar patatas hasta que me flaqueen las piernas. Fantaseo con dejar de escribir artículos y paladeo palabras como fris-fris, potaje o palangana. A veces preferiría ser ama de casa y olvidar el teclado, pero decirlo no sirve de nada: ¿Tú? No aguantarías ni una semana, anda, dúchate y que se te quite la tontería y esa cara de pantalla.

Hace poco empecé a leer los relatos de Lucía Berlín, recogidos en el Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara). Desde que la autora se ha convertido en un éxito de ventas y de crítica, la llaman aventurera, mujer intrépida. Pero mucho antes de que falleciera en 2004, antes de que se reconociera su obra literaria y empezara a impartir clases en la universidad, Berlín era una elegante señora de ojos azules y vida agitada, madre de cuatro hijos y enamorada —después divorciada—, de su tercer marido, alcohólico y drogadicto. Ella también bebía, pero mantenía las apariencias y también cuidaba a su familia.

¿Y si tener las manos ocupadas fuera la mejor forma de dejar la mente libre?

Lucía Berlin llevaba una rutina contraria a la mía: llena de responsabilidades, dramas familiares, calle y trabajo físico. La clase de vida que asfixia y oprime a tantas mujeres, nutrida de obstáculos y esfuerzo no remunerado. Sin embargo consiguió escapar numerosas veces, ya fuera a base de tragos de vodka, mudándose o escribiendo magistralmente sobre sus encuentros en la lavandería. Al leerla resulta evidente que debió de sufrir mucho, pero también consiguió rebañar libertad de cualquier momento, para darse después un buen festín.

Lo más probable es que tenga el culo dolorido y los ojos secos de tanto privilegio, que me sienta asqueada del teletrabajo por simple exceso y que me imagine con un delantal porque, sencillamente, hace mucho que no me pongo uno. Pero me tienta pensar que ser ama de casa podría ser la tapadera perfecta para dar rienda suelta a la creación y que la creatividad convertida en trabajo, insertada en la empresa, podría ser una trampa mortal.

¿Y si tener las manos ocupadas fuera la mejor forma de dejar la mente libre?
¿Y si esa retaguardia femenina, tan menospreciada y sombría, fuera un paraíso por descubrir? ¿Es este pensamiento un pecado feminista?

***

Me pregunto qué haría Lucía Berlín en 2016. Por lo pronto, creo que beber.

Siempre me ha hecho ilusión comprar una botella pequeña de alcohol, me parece muy adecuada para mi dilema de señorita millenial. Rajiv, el nepalí que regenta el colmado más barato cerca de casa, me dice que las botellas pequeñas triunfan entre los turistas que vienen a Barcelona, y que los españoles prefieren las grandes. Compro un mini vodka y una postal cutre. Desenrosco en el ascensor y trago nada más cerrar la puerta. Ahora me muero de calor, noto el bigote mojado y mis ojos se mueven lentos, como mecanizados. El color del mármol de la cocina me recuerda al de un iceberg. Se aleja. Mientras me quito el vestido, piso al gato. Rápidamente me aferro al hielo y sé que me alejo, me he salvado. Cuando abro los ojos, veo la postal en mi mano. Colón parece Michael Jackson saludando una cascada de sangre.

Escribo:

«Querida Lucía, me llamo Alba y le escribo desde 2016. Antes que nada tenga en cuenta que he bebido, que soy feminista y que escribirle una postal es un acto anacrónico. Ahora somos tan modernos que siento deseos por la vida que llevó usted y también mi abuela, entre niños, comida y productos limpieza. Olvide los niños. Verá, tengo un trabajo estable y estático, me paso el día tecleando frente a una pantalla y si me muevo es porque mi silla tiene ruedas. No tengo hijos y sí tengo novio. Se supone que debería sentirme realizada pero tengo ganas de arrancarme el pelo. Puede llamarme caprichosa tonta si quiere, seguramente lo sea.  

»P.D. Sepa que sus cuentos son un éxito de ventas, lástima que terminara muriendo en el garaje de uno de sus hijos. Es usted preciosa».


Sepa que sus cuentos son un éxito de ventas, lástima que terminara muriendo en el garaje de uno de sus hijos



A la mañana siguiente lanzo la postal con la dirección “LUCÍA BERLIN” al buzón de correos, como deshaciéndome de un residuo equiparable a un cenicero lleno o una caja de pizza-nachos: el recuerdo una mala noche.
Al cabo de 24 horas, encuentro esto debajo de mi puerta.

«Señorita Alba, acaba de revelarme cómo será mi muerte. ¿Qué clase de broma sádica es esta? Primero he querido gritar al mayor de mis hijos. El pobre estaba leyendo un tebeo tranquilamente en el porche, pero algo me ha detenido. En realidad, me parece bien morir así.
De modo que usted es un oráculo del futuro pero está deprimida. ¿De veras quiere que yo sea su psiquiatra? Si es así, le diré que mi opinión está usted muy aburrida. Mi primer consejo es que trate de divertirse, y si no le funciona, búsquese problemas.  

»P.D. No me cuente más acerca de mi fallecimiento, por favor. Comprenderá que prefiera mantener la intriga. 

»Con asombro,

»Lucía B».

«Dios mío, Señora Berlín. ¡Le pido mil disculpas! Nunca imaginé que una postal sin dirección podría viajar en el espacio-tiempo. Me recomienda que me busque problemas. Podría serle infiel a mi novio, tener gemelos y entrar en el casting de un reality show, pero creo que soy bastante más cobarde que usted. La maternidad me da más vértigo que la ruptura, será por la experiencia previa. Sé que puedo parecerle una mecanógrafa malhumorada, pero tengo que hablarle de internet:

»¿Sabe que escribimos historias a partir de historias que acabamos de leer, y que opinamos en base a otras opiniones?, ¿Puede imaginar que nos relacionamos sin vernos, pero en tiempo real? El trabajo nos persigue porque lo llevamos en el bolsillo y las redes sociales siempre están hambrientas. Es verdad que sigue habiendo oxígeno ahí fuera, pero siento que ya no vivo en mi cuerpo, sino en mi cabeza, la sala de control. Desde una butaca dirijo los comandos de mi físico, que se ha convertido en un gigante sin sensibilidad. Por eso cuando friego la taza del váter siento que me crecen apéndices, mis brazos brotan de la nada y me entran ganas de llorar.

»Puede que simplemente sufra alienación, pero preferiría ser un alien y dejar que la brisa me seque las babas.

»Con desespero,

»Alba».

«Un día metí la cabeza en una sandía cortada por la mitad. Tenía fiebre y la usé como sombrero chorreante. Conseguí que mi temperatura disminuyera y que a mi madre se le quedara la mano pegada a mi mejilla después de darme un tortazo.

»Mi segundo consejo es que se refresque con una piña fría o un mango, si es que aún se venden frutas en su barrio marciano. Cada una de mis jornadas es un entrenamiento agotador. Cada día siento por unos minutos la satisfacción misma satisfacción que los deportistas. Pero cuando me quedo sola empiezo a correr por otro motivo: los recuerdos y la angustia aprovechan que los niños duermen como angelitos y empiezan a perseguirme, aceleran, y aceleran. Entonces me refugio en los cuentos y en el trago, me masajeo con ellos por placer físico y mental. Pero en el fondo sé que estoy corriendo. Hace meses que Buddy me dejó. Querida, mi mente no se libera cuando aspiro la alfombra de la señora Burke.

»Imagino las redes sociales como bebés llorones a los que tienes que dar el pecho y tener en brazos todo el tiempo. Pero no puedes olerlos li besarlos.

»Lucía B».

«Supongo que es un tópico decir que el drama vital es el buffet libre de los escritores. Mi novio me preguntó un día si el hecho de que fuéramos felices y nos amáramos había sido la causa de que dejara de escribir autoficción en mi blog. Nunca lo había pensado, pero es cierto que las vivencias extremas son una cantera para las grandes historias. Si tengo un libro pendiente también es gracias a un cabrón. Usted es un ejemplo de esto. A través de sus relatos fragmentados está escribiendo la gran novela que es Lucía Berlín. Sus trabajos de poca monta le permiten fisgonear y conocer otras personas en la sombra. Es como una periodista invisible. De ahí la envidia, supongo. 

»Ayer me di cuenta de que, en realidad, la pantalla del portátil es un espejo, pero con una misión contraria: ocultar con luz mi cara sin mensaje. También me di cuenta de que el estrés es tensión, que muy distinto de la emoción. Para la vida, creo, sería preferible un guión incierto. La gente enferma por no saber nombrar qué es lo que le hace daño.

»Alba».



«Querida, no insinúes que me busco desgracias y trabajos temporales para escribir mejores historias. Es mi vida. Sufro y escribo para mí.
No escribiría si hubiera tenido una infancia perfecta en Iowa, con dos padres amorosos, tampoco si hubiera tenido el marido perfecto. Creo que Proust acierta cuando dice que sólo las personas neuróticas escriben. Creo que los escritores tratan de cambiar su realidad de alguna forma, y necesitan hacer afirmaciones acerca de su vida. Para mí es una manera de hacer que las cosas se vuelvan positivas, no cursis, una manera de mostrar la belleza de los tiempos difíciles, simplemente para que tengan sentido.  

»A estas alturas ya debes saber que las oficinas son rings de masculinidad. Centros de control y competición, sin rincones ni cháchara. En cambio, los mercadillos son femeninos. Ambos son modelos de negocio muy distintos.

»Tiene gracia que se romantice la libertad de las mujeres más oprimidas. Imagino que es más divertido reírse del rey tras las cortinas que estar todo el día en una cadena de producción y cobrando un sueldo mísero que te hace dependiente. Pero seamos honestas, fantasear con eso es jugar las princesas.

»¿Es que hay alguna mujer que pueda tenerlo todo? Disfruta de tu novio, no seas estúpida. Mi éxito de poco me va a servir.

»Espero tu respuesta,

»Lucía B».

???«???Tiene razón, Lucía. Me divierte la nostalgia sobre un tipo de vida que algunos feminismos rechazan. No se me da bien complacer, pero sé que soy una privilegiada.

»He tenido trabajos que me han hecho llorar de cansancio (el peor de todos, la panadería de un supermercado 24H), y si hoy lloro me siento perdida, pues se supone que debería estar contenta. Se me paga por mi tiempo y conocimientos. Gozamos de más independencia económica y de una pseudo maternidad cuestionada. Es evidente el avance.

»Pero eso no va a hacer que deje de mirar de reojo a las mujeres que empujan carritos de la compra. Cuando yo voy a comprar, todo está cerrado.
También me niego a creer que, por defecto, cualquier empleada que maneje un ordenador es más feliz que cualquier ama de casa.  

»Además, que trabajemos junto a los hombres (o como sus subordinadas) no quiere decir que nuestros hombres se ocupen de la casa. Ahí está la estafa de todo esto: las mujeres suman horas de trabajo y se sienten agradecidas. Y apenas hay opción: o sumas demasiado, o eliges. Y elegir duele. Los hombres van demasiado lentos en ocuparse de su parte. Usted misma vive en el caos desde los 17 años, pero saca adelante a sus hijos y cuida de sus viejos, sola. 

»Al final, tanto usted como yo somos secuestradas que tratan de abrir rendijas con las uñas. No voy a dejar de amar ese momento en que las mujeres de mi familia hablamos alrededor de la paella hirviendo, en la cocina de mi abuela, mientras los hombres se beben una cerveza de lata.

»Un abrazo,

»Alba».

«Querida niña del futuro, nuestra correspondencia llega a su fin. La postal que te mando esta vez representa lo que pienso del feminismo, un movimiento destinado al éxito a pesar de algunas profetas: las mujeres debemos hacer lo que nos venga en gana. Discutir entre nosotras, equivocarnos, compararnos absurdamente y quejarnos de lo que no nos convence. Podemos, incluso, tomar a un cocodrilo como caballo.

»Mi penúltimo consejo es que no puedes escribir sin vivir, estoy convencida. Yo podría haber muerto pero he convertido mi caldero en un baño de burbujas.

»Mi último consejo es que es imposible vivir al completamente al margen de las presiones y los modelos de la sociedad, así que relájate pero ten siempre un ojo abierto. Por ejemplo, puedes tomarte una copa y encender un cigarro mientras observas a tu alrededor.

»Ya sabes que muchos escritores son propensos a debilitar a la princesa. La criada, en cambio, no necesita nuestra pena ni falsos elogios.

»Hasta siempre,

»Lucía B».



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