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Cosas extrañas que Hunter S. Thompson pensaba de sí mismo

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Imagen: Arte PG
 

Publican el evangelio definitivo del autor de 'Miedo y asco en Las Vegas' para conocer al hombre que había detrás del mito

Eudald Espluga

06 Abril 2018 10:54

Se habla mucho más de Hunter S. Thompson —del hombre, del personaje, del héroe— que de los libros que escribió. Tampoco es raro: se convirtió a sí mismo en tema estrella, y alimentó a conciencia la mitomanía de los lectores.

No sorprende, entonces, que las entrevistas que concedía despertaran un interés morboso e inusual. Prometían el placer del voyeur: la posibilidad de echar un vistazo al abismo que separaba al Hunter S. Thompson literario del Hunter S. Thompson real. Delimitar las fronteras de la ficción, poner orden a la realidad alienada y alucinada de sus textos, era un objetivo demasiado alto para cualquier periodista que se cruzara con el narrador estadounidense. Daba igual qué le preguntasen: en sus respuestas, Thompson mentía, exageraba, seducía. Se contradecía con gusto sádico, adelantándose a la sorpresa y la indignación de quienes lo leían.

En 2009, algunos años después de que el escritor se suicidara, Anita Thompson reunió sus mejores intervenciones públicas —entrevistas, conferencias, colaboraciones con revistas— y publicó Antigua sabiduría gonzo, algo así como el evangelio apócrifo del thompsonismo, con el mesías versionándose juguetonamente a sí mismo.

La editorial Sexto Piso lo ha recuperado ahora en castellano, con una traducción de Javier Guerrero, y desde PlayGround hemos seleccionado algunos de los mejores comentaros —también los más contradictorios— en los que Thompson se define a través de la escritura, las drogas, la violencia o la religión:

1. Consagró el periodismo gonzo, pero no se veía a sí mismo como un reportero

Hunter S. Thompson tenía instinto periodístico: el caso Watergate le pilló dentro del edificio. El problema es que no estaba trabajando, sino en el bar. “No soy reportero, soy escritor. Nadie le da la mierda a Norman Mailer con esto. Nunca he tratado de hacerme pasar por un maldito reportero. No defiendo lo que hago en el contexto del periodismo ortodoxo.” Distingue especialmente entre el "reportero descarriado" y el "escritor", señalando la estructura musical de la literatura: "veo la escritura realmente como música. Y veo básicamente mi obra como música. [...] Es cuando sabes que estás en la misma puta frecuencia. Sin la música sería sólo un potaje".

Aunque reconocía ser un adicto a la actualidad -"no puedo pasar sin noticias. Un día de estos compraré un periódico con un gran titular en negrita que diga: 'Richard Nixon se suicidó anoche'. Joder... ¿se imagina que subidón?"-, no tenía una visión idealista de la profesión. Cuando empezó a escribir en presa lo hacía sólo por el dinero, le daba igual el tema: por 1.500 dólares, dijo, habría escrito "el texto definitivo sobre tiburones martillos y habría pasado un año en el agua con ellos".

2. Detestaba hacer apología de las drogas, pero no paraba de hablar de ellas

En 1996, Thompson se mostraba contundente respecto a las drogas: "la realidad es que si tonteas con las drogas, las probabilidades no están de tu parte para salir incólume y ser Presidente de los Estados Unidos. [...] Estoy a favor de una mayor democratización de las drogas. Que cada cual corra sus riesgos. Nunca sentí que, salvo con unos pocos amigos íntimos, fuera asunto mío hacer apología alguna". Y se refería a la cultura de la droga como "un viaje deprimente, agresivo, amargado, vengativo".

Sin embargo, veinte años antes, se drogaba mientras le entrevistaban, probando sustancias que no sabía ni de dónde habían salido: "¿por qué iba a negarlo? Me gustan las drogas. Alguien me dio este polvo blanco anoche. Sospecho que es cocaína, pero sólo hay una forma de descubrirlo: ¡mire esta mierda! Ya se ha cristalizado con la puta humedad. Ni siquiera puedo picarla con las tijeras de mi navaja suiza. De todos modos, la coca es una droga inútil. No tiene ninguna ventaja. Dólar a dólar, es probablemente la droga más ineficaz del mercado. No merece ni el esfuerzo ni el riesgo ni el dinero, al menos para mi. Es una droga social: importa más ofrecerla que consumirla".

3. Pensaba que el ácido lo volvería cruel y violento, pero aún así lo tomaba

Thompson creía que su destino era la violencia: "estoy condenado toda mi vida a las acciones violentas. Estoy asociado estrechamente con los dioses del inframundo, no tanto con el crimen como con el inframundo". Por ello, durante mucho tiempo se negó a probar el ácido. Había escuchado la historia de un psiquiatra que lo tomó y terminó corriendo por las calles de Palo Alto, gritando que quería que lo castigaran por sus crímenes. "Si un tipo que parece equilibrado como él se vuelve loco, se arranca la ropa y se pone a pedir a los ciudadanos que lo castiguen, ¿qué demonios iba a hacer yo?"

Resulta curioso que Thompson se decidiera a probarlo en el momento más crítico. Había organizado un encuentro entre los Ángeles del infierno, grupo en el que estaba infiltrado, y Ken Kesey y sus amigos, que empezaron a repartir LSD. "No sabían con qué clase de gente violenta estaban tratando. Estaba seguro de que habría una escena terrible de sangre, violación y pillaje". Pero ante la amenaza, decidió participar él también de la furia dionisíaca: “tenía ese miedo oscuro de que si perdía el control, saldrían todos esos horribles gusanos y ratas psíquicas. Pero bajé al fondo del pozo y descubrí que allí no hay nada de lo que preocuparse, ningún secreto esperando la oportunidad de aflorar.”

4. Creía que no tenía nada que decir, pero daba conferencias en las universidades

Cuando el escritor conquistó cierta celebridad, empezó a recibir invitaciones para charlar en universidades. Thompson era sincero cuando afirmaba que "en realidad ni siquiera doy conferencias. Lo único que hago es aparecer y soportar que me maltraten, y más o menos mantener un diálogo. [...] Me gusta despertarlos, ponerlos en marcha, cabrearlos, pero después simplemente me gusta hablar con la gente". No se preparaba nada. Simplemente llegaba y le preguntaba al público de qué quería hablar ese día: “no tengo nada que decir. No tengo ningún mensaje. Hablaré con cualquier que quiera charlar”.

No exageraba. En Antigua sabiduría gozo se incluye una transcripción de la conferencia que dio en la Universidad de Colorado, el 1 de noviembre de 1977. La cosa empieza mal: Thompson impide que el presentador se disculpe por empezar tarde y se limita a explicar que "algún nazi no ha retenido en la puerta". A continuación, abre el debate: "estamos tratando de determinar la naturaleza y el significado de la multitud, por así decirlo. Si empezamos con un tema equivocado, tardaremos tiempo en volver al tema correcto. ¿Hay alguna curiosidad dominante aquí de la que podamos tratar...?".

La primera pregunta marcará el tono alucinatorio de la conferencia: "vale, voy a preguntarle sobre una realidad de ahora...Vale. Lo que quiero saber es... ¿Cree que criaturas extraterrestres inteligentes de otro planeta han contactado las autoridades de la Tierra, sean las que sean?".

5. No era religioso, pero se ordenó pastor

“Soy doctor en Teología ordenado por la Iglesia de la Nueva Verdad. Tengo un pergamino con un gran sello colgado en la pared de casa. [...] Tengo la potestad de casar y de enterrar a la gente. Aunque he dejado de oficiar matrimonios, porque ninguno de ellos ha funcionado. Los entierros siempre los descarté: nunca he creído en los entierros, salvo como apéndice a la misa negra”.

Craig Vetter, el periodista de Playboy que lo está entrevistando, no daba crédito. ¿El Doctor Gonzo, al final, resultaba ser doctor de verdad? Insistió, desconfiado: "pero compró su título, ¿no?".

“Por supuesto que sí. Pero también todos los demás que fueron a la facultad.”

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