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Hibristofilia: cuando te excitan sexualmente los violadores, los asesinos, los criminales

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Imagen: Arte PlayGround
 

El libro 'Criminal-mente', de Paz Velasco de la Fuente, es un maravilloso e inquietante recopilatorio de historias criminales

Luna Miguel

06 Abril 2018 08:50

Hace unos días, el periodista Álvaro Llorca publicaba en Verne una reflexión sobre por qué las mujeres, en general, cometen menos delitos que los hombres. Citando a Alfonso Serrano Maíllo, autor de Introducción a la criminología, afirmó que el porcentaje de mujeres criminales siempre es menor que el de hombres, y que, además, su abanico de infracciones es “relativamente pequeño y mucho más breve”. Aunque Llorca consultó a varios profesionales y expuso algunas teorías que durante las últimas décadas se han publicado para intentar resolver esta diferencia, la conclusión de su artículo volvía al punto de inicio y dejaba la pregunta de nuevo abierta: ¿por qué las mujeres cometen menos delitos que los hombres? “La criminología no es capaz de dar una explicación concreta”.

La misma semana que este artículo veía la luz, un libro que estudia estas y otras cuestiones sobre la ciencia de la criminología salía de imprenta: Criminal-mente (Ariel), de Paz Velasco de la Fuente. Pero incluso si en este manual divulgativo aborda múltiples temas como el crimen en la España profunda, los asesinos en serie, la metodología de investigación criminal o los perfiles de los criminales más importantes de la historia, sus capítulos más interesantes también están centrados en la relación entre género y crimen. Al igual que Serrano Maíllo, la autora de Criminal-mente resalta las profundas diferencias entre mujeres y hombres asesinos, pero también dibuja la complejidad de los crímenes de ellas, porque “hay muchas cosas que hombres y mujeres hacemos de manera diferente. Matar también”.

Velasco de la Fuente asegura que “la criminalidad femenina ha sido ignorada durante mucho tiempo por la criminología y otras ciencias, probablemente porque no ha supuesto un problema social tan evidente como la criminalidad masculina. Pero en las últimas décadas la delincuencia femenina ha aumentado, y las mujeres se han involucrado en asesinatos, secuestros, malos tratos, abusos infantiles, terrorismo o trata de personas, bien como cómplices, bien como autoras”. Además, añade: “las mujeres asesinas causan un mayor impacto, sobre todo porque transgreden el anticuado y erróneo estereotipo de su género, que las sigue identificando con seres tiernos, sumisos, frágiles y maternales, incapaces de cometer actos etiquetados como masculinos, como planificar un crimen, matar a sangre fría o asesinar con alevosía”.

Obsesión, crimen y parafilia

A pesar de estas afirmaciones, y de las motivaciones para el crimen femenino que los autores Holmes y Holmes desgranan en Profiling Violent Crimes —y cuya tipología es muy parecida a la de los asesinos hombres: poder, placer sexual, lucro, crimen organizado— los siguientes capítulos de Criminal-mente se centran en algunas de las cualidades que más se suelen asociar a las mujeres, como el infanticidio, el crimen emocional —celos, odio, envidia— o la inducción al asesinato. A estas últimas, la autora del ensayo las llama encantadoras de serpientes, porque operan desde la distancia, sin ensuciarse las manos y ejerciendo un fuerte poder de atracción. Resulta curioso que justo a continuación Velasco de la Fuente hable de las parejas sentimentales de criminales: “¿se puede morir de amor? La respuesta es incierta. Lo que sí está demostrado es que se puede matar por amor”, así como de aquellas mujeres que sin ser partícipes del crimen o sin estar involucradas en él, sí toman la decisión visceral de enamorarse de un asesino.

Porque puede ser incierto que el amor mate, pero leyendo Criminal-mente nos damos cuenta de que a veces es la muerte lo que enamora. O mejor dicho: que quien da muerte también puede dar amor. O mejor aún: que los asesinos, algunas veces, nos excitan. Y no es ficción. Esta inclinación existe: se llama hibistrofilia y es una parafilia que se define por la atracción hacia asesinos, ladrones o incluso violadores. Eso mismo que en Estados Unidos se conoce como “serial killer groupies” —la novelista Emma Cline lo explica bien en su novela sobre las mujeres que siguieron a Charles Manson, Las chicas, y que Velasco de la Fuente analiza en un brevísimo capítulo del ensayo, encabezado a su vez por otra brevísima cita de Séneca: “el amor no se asusta de nada”.

Charles Manson

Según distintos estudios citados por la autora, parece igualmente cierto que “el amor hacia los monstruos” tienden a profesarlo mujeres cis y heterosexuales. Remitiéndose al sexólogo John Money, estas mujeres también sentirían atracción por poner en peligro sus propias vidas, y, citando a la psicóloga forense Katherine Ramsland, las motivaciones para elegir a sus delincuentes serían en algunos casos la redención, en otros la compasión y, también la notoriedad. Aunque, como escribe Paz Velasco de la Fuente, el abanico puede ser más amplio: “muchas mujeres les envían cartas de apoyo, de comprensión, de ánimo o incluso de amor, así como correos electrónicos o fotografías personales. Algunas han llegado a casarse con estos asesinos en prisión. Otras conocen a estos sujetos al visitar a otro preso o a través del contacto directo y personal que tienen con ellos por motivos profesionales: abogadas, asistentes sociales, voluntarias que acuden a la prisión para ofrecer al convicto un poco de paz, o activistas que trabajan haciendo campaña contra la pena de muerte”.

Leído Criminal-mente, nosotros nos preguntamos de dónde nace la pasión por rescatar al monstruo. Y qué culpa tiene la sociedad en todo esto. Y cómo modula la prensa tales comportamientos. Citando a Jack Levin, la autora explica que la sociedad del espectáculo influye en este fanatismo cuando convierte a los asesinos en serie en estrellas. Pero es que además sólo hay que acercarse a la ficción clásica, a los cuentos infantiles, a las telenovelas e incluso al cine de Hollywood para cerciorarse de que la nuestra es una cultura que siempre ha responsabilizado a las mujeres, que siempre les ha dicho que ellas son las únicas con suficiente poder para amansar a los monstruos.

Después de todo, puede que la hibristofilia no sea parafilia tan extraña. Nos lo han dicho tantas veces. Nos han empujado tantas veces. Nos lo han inculcado… como en el inicio de aquella hermosa película de Disney: “¿Quién podría amar a una bestia?”

La Bella y la Bestia

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