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Artículo Guillem Gavaldà: “no hay vulnerabilidad sin violencia, ni violencia sin vulnerabilidad” Lit

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Guillem Gavaldà: “no hay vulnerabilidad sin violencia, ni violencia sin vulnerabilidad”

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Hablamos con Guillem Gavaldà, poeta nacido en 1997 y autor de 'Brànquies', sobre la identidad, el deseo y la violencia

Eudald Espluga

22 Septiembre 2017 11:04

(Stephen Lyne)

 Guillem Gavaldà me habla desde el futuro. Y no es una metáfora: mientras charlamos, duda por un momento sobre la respuesta que me acaba de dar: "Se me está yendo la olla, esto es demasiado filosófico". Le digo que al contrario, que por favor continúe, que está muy lejos de haber dicho ninguna tontería, pero él decide dejar en la grabadora un mensaje a mi yo del futuro: "ahora que estás escuchando esto: corta esta parte, por favor".

No es una metáfora porque, con apenas veinte años, Gavladà habla como si pudiera tragarse la experiencia sin masticarla. A diferencia de los demás, no parece necesitar que el tiempo moldee sus ideas sobre la identidad o el deseo para que estas tengan sentido. Por eso decido no hacerle caso: no voy a cortar sus pensamientos.

(Foto: Stephen Lyne)

Empecemos por lo obvio. Tus editores te han etiquetado en la categoría de "insultantemente joven". Tienes 20 años, has publicado dos libros y has ganado dos premios. ¿Empezar a publicar tan pronto es liberador o sientes la presión de "la joven promesa"?

Por un lado, al final la etiqueta no es más que una banalidad, para situarme y para visualizarme. Por otro lado, lo tomo con un poco de respeto, también con satisfacción. "Insultantemente joven", vale: soy joven y he publicado, soy consciente que tengo dos libros y dos premios, pero esto no significa que tenga que tratar diferente mi poesía, con más cuidado. Es un insulto, pero al mismo tiempo supongo que reconoce una virtud.

Por lo menos tenrás menos presión por presentarte a premios, por sentir que tienes que "acceder" al mundo, o que ya tienes un nombre...

Tampoco tengo muy digerido lo de "tener un nombre". Además: es poesía catalana. Por un lado es poesía, que ya es de por si minoritaria, y por el otro lado es catalana, que es más minoritaria todavía. Pero no, incluso habiendo ganado los premios y publicado los libros, no me lo tomo como una victoria. Soy muy enclenque, muy joven, y me queda mucho por recorrer.
 

Hablar de juventud es hablar de lo millennial, de la distancia irónica, de lo posmoderno. Sin embargo, en tus poemarios no solo no hay rastro de metanarrativa, ni referencias pop, ni juegos con la forma. Ni tan solo encontramos elementos que nos permitan indexarla en un contexto concreto.

Supongo que se debe a mis referentes, ya que principalmente me nutro de los clásicos, y es a partir de este alimento que nace mi poesía. Quizá rompe con los esquemas de los movimientos posmodernos, se aleja de una poesía más urbana. Es cierto: es más cárnica, más naturalista. Pero asimismo, aunque por algunas cosas me alejo de "mi generación", si se puede decir así, por otras cosas me acerco mucho: hablar de la identidad, hablar del deseo, eso lo hacemos todos. Por lo tanto, similitudes y diferencias quizá terminan nivelándose, equilibrándose.

Pero a veces estás tan lejos de lo millennial que hablando del estilo de tus poemas te reclamas heredero de los clásicos: Homero, Hesíodo, Safo.

Con los clásicos tengo una relación de amor-odio, por decirlo así. Porque los clásicos han estado presentes en mi vida desde que era muy pequeño. Y es extraño porque los clásicos son unas obras que acostumbran a llegar después. Pero, aunque no sé por qué, tuve esta obsesión. Empecé a leer, empecé a investigar, y desde entonces los clásicos ya forman parte de mi. Y si tengo que citarte un clásico, pues especialmente Safo de Lesbos, ya que sin duda es una de las principales referencias.

Pero he de decir que no solo es solo por el estilo, porque sí: son clásicos, son pesados y quizá tienen construcciones a las que no estamos acostumbrados. Pero las temáticas que utilizan son muy depuradas. Y creo que la palabra exacta es "depuradas", si tomamos en cuenta la etimología de "pura". Me interesa mucho más esta concentración que el barroquismo, la extensión.

Es justo lo que te quería preguntar ahora. No es solo la forma: en tus poemas hay una representación de la violencia, del sexo y de lo corporal que recuerda el carácter atávico y visceral de las tragedias clásicas.

Precisamente, entiendo la poesía como un proceso catártico, y esto es justo lo que propone la tragedia. La destrucción, mutilación y purificación a través de un elemento externo, en este caso la poesía. Y es cierto: aunque mis poemas no sean trágicos ni tengan una narratividad compleja, sino que son pequeñas píldoras que voy mostrando poco a poco, es verdad que tienen una violencia concentrada que en algun momento explota.

(Foto: Stephen Lyne)

Has dicho que la pasión por los clásicos te viene desde muy pequeño. ¿A qué te refieres exactamente con "muy pequeño"?

Supongo que empecé a empaparme de literatura clásica a partir de Homero. Por placer propio: nadie en mi familia ha estudiado clásicas ni nada parecido. Simplemente leía y me topé con la Odisea. Era muy joven, tenía que ser una versión adaptada. Quizá con doce o trece. También es cierto que cuando eres más pequeño te empapas mucho más con la información. En ese momento yo lo absorbía todo y me quedé con el trasfondo religioso y mitográfico, que luego complementan una lectura más profunda y más temática. Después, una vez en la universidad, ya he podido guiarme más.

En 'Fam bruta', utilizas un epígrafe de Ausiàs March, "la carn vol carn". Y parece que es una fascinación que recorre todo el poemario: el canibalismo, la antropofagia, un constante devorarse a uno mismo.

Creo que Fam bruta es una expulsión propia del deseo y de la carnalidad. A partir de aquí, aparecen imágenes homofágicas: consumir carne cruda, sí, pero no entendiéndolo en un sentido literal, como carne no cocinada, sino referido al cuerpo humano en sí mismo o, más generalmente, al cuerpo animal como un cuerpo crudo, impuro, que sufre la pasión de muchas formas. Fam bruta es el despertar de la sexualidad, un intento de entender tanto nuestra identidad como nuestra naturaleza bajo la idea de suciedad. Es una exposición muy sincera y muy afectada, por lo menos mientras lo sentía y lo escribía.

También retratas la vulnerabilidad, la fragilidad: la carne es mortal.

Aunque no me gustan las etiquetas, "retrato de la vulnerabilidad de la carne" me parecería una buena etiqueta: es una definición muy ajustada de lo que es el poemario, porque no hay vulnerabilidad sin violencia, ni violencia sin vulnerabilidad. Ambas se amalgaman en el libro, van comunicándose poco a poco.

Lejos de todo bucolismo, la naturaleza aparece como un espacio salvaje y cruel.

En esto sí que me distancio de algunos clásicos. Es cierto que siempre se ha retratado de manera pastoril, bucólica y limpia, pero lo que busco es romper con estos esquemas —que seguramente ya se han roto miles de veces— porque me interesa la ruptura con esta visión idílica de la naturaleza, para explorar así una visión más romántica, en el sentido que la naturaleza estaría al servicio de la identidad personal. Si la identidad personal está agitada, la naturaleza se agita. Por eso los animales están copulando y comiéndose, ya que el sexo no es otra cosa alimentarse: es una acción alimentaria.

Mientras que la carne predominaba 'Fam bruta', el agua es el elemento conductor de 'Brànquies', si bien es cierto que aparece como una entidad viscosa, convulsa, tan densa como la carne.

Buscaba diferentes universos para hablar de las mismas preocupaciones que me afectaban. En Fam bruta es cierto que la naturaleza es tierra, es fango, ya tiene esta viscosidad al estar mezclada con el agua, y en cierto modo es fácil transmutarla en carne. Pero Brànquies tiene un punto más obsesivo, más narcisista, incluso narcótico, una forma más líquida, pero que sigue siendo pastosa: no es un agua estable, quieta y relajada. Es un elemento atormentado, que se mueve, que está en la línea entre el bien y el mal. De modo que sí: es un universo viscoso.

Si no me equivoco, las fechas de escritura de ambos libros se solapan.

Empecé con Fam bruta, y en el proceso de escritura me di cuenta de que había algunos poemas que, aunque trataban la misma temática, no compartían una misma estética. Y entonces me dije: los separo y me vuelco en una propuesta más desarrollada. De modo que Brànquies resultó de estos poemas "rechazados".

Además, explicitas que se escribieron entre Cerdanyola y Sant Hilari Sacalm. Pienso que en el imaginario popular catalán Sant Hilari es un lugar que se identifica con cierto "salvajismo" especial. De hecho, se os animaliza, se os llama: "isards" ("gamuzas").

De hecho, en los poemas hay muchas imágenes que yo asocio a Sant Hilari. Aunque soy de Cerdanyola, mi familia tiene una casa en Sant Hilari. Digo que no soy ni de un sitio ni del otro, y bromeo diciendo que no tengo ningún calcetín aparejado, para mostrar la vulnerabilidad que entraña no depender, no pertenecer a un solo sitio. Personalmente, siento que me he criado entre los bosques de Sant Hilari —aunque dicho así pareceré un niño salvaje— y el mundo urbano de Cerdanyola.

Dejando a un lado los clásicos, ¿con que otras tradiciones o poetas te sientes más cercano?

Recientemente he descubierto a Blai Bonet, poco antes de empezar a escribir los libros, y me ha fascinado. Me seduce de una forma extrema. He leído sus dietarios y también El mar, una novela que abduce, hipnotiza. Y pensando directamente en poesía, Antonia Vicens.

Por otro lado, me muevo siempre entre la literatura y el arte. Hay una barrera que va modulándose. Por ello, aunque no hay referencias directas, bebo mucho del imaginario artístico de Marina Abramovich, ya que me encanta su violencia contenida, ese algo que en cualquier momento puede estallar o no. Más que la violencia en sí, es la tensión de la violencia lo que me interesa. La admiro a niveles sobrehumanos. Por último, ya que en los poemarios hay un ambiente surrealista —la naturaleza es una naturaleza alterada—, quizá te diría que Dalí. Especialmente en Brànquies, porque escribiéndolo tenía muy presente Un perro andaluz: la hoja de afeitar cortando el ojo, descubrir la fragilidad del ver y el dejar de ver, reventar una cosa líquida que se desborda.

Debutaste ganando el premio Francesc Garriga y ahora has ganado el Miquel Bauçà. No se me ocurren dos poetas que pudieran representar mejor las coordenadas en las que se inscribe tu poesía.

A Francesc Garriga no llegué a conocerle, pero poéticamente le tengo mucha estima: por el estilo, por cómo dice las cosas, y por ello justamente me decidí a presentarme al Premio Francesc Garriga. Porque pensé que estaría muy bien ganar el premio que lleva el nombre de una persona a la que admiro. A Miquel Bauçà, en cambio, no lo conocía tanto, pero empecé leyendo El canvi, y tanto su narrativa como su figura me merecen un enorme respeto.

(Foto: Stephen Lyne)

Tú eres insultantemente joven, pero si se resalta tanto tu juventud es porque no es lo habitual en nuestro entorno. Pienso en Maria Sevilla o Joana Romero, con quienes has recitado. ¿De qué escritores contemporáneos te sientes más cercano?

Por Maria Sevilla siento un amor enorme, porque tanto como poeta como persona es brillante. Y después: Laia Carbonell o Raquel Santanera. Con Joana Romero participé en recital en Manresa. Y es cierto que hay muchas presencias, pero también hay un montón de ausencias, que la sociedad no ve: de poesía que se hace en los rings poéticos, en recitales, en micrófonos abiertos. En estos sitios puedes ver poéticas que no se publican. Cuando fui a Estambul también tuve la posibilidad de abrir el horizonte.

Justamente quería preguntarte por Estambul. ¿No es muy paradójico que encuentres espacios para recitar en el extranjero pero no en el resto del Estado? ¿Cómo vives la recepción en España de la poesía escrita en catalán?

Es irónico. Màrius Sampere, en uno de sus poemas, dice algo así como "es bonito escribir en una lengua que dicen que está muerta". Y creo que capta la esencia del porqué escribo en catalán. Por un lado, porque si escribo, y con ello pretendo realizar un acto de sinceridad, no la plasmaré en una lengua por el hecho de que pueda llegar a más gente, sino en la lengua que yo siento, en la lengua que yo sueño. Por otro lado, hacerlo es también una reivindicación de derechos de la propia lengua.

Esto que comentábamos ya va más allá de lo literario y tiene que ver con lo político, pero es interesante pensar en esta relación, también en tu obra. Ashbery rechazaba la poesía panfleto, y no tocaba directamente temas asociados con la política institucional o de partidos, pero alguno de sus poemas son innegablemente políticos. ¿Sientes que hay una dimensión política en tus poemas?

Creo que la poesía puede afectar a muchas cosas, y es cierto que cuando hablamos de política tendemos a centrarnos en las instituciones, en los "políticos que mandan", pero cuando escribimos podemos cambiar muchas cosas. Y esto es parte de la magia de la literatura y el arte: con ellos se puede cambiar la concepción de alguien, cómo entiende la sexualidad o su forma de percibir el deseo. Se trata de presentar una evidencia propia, y si presento una evidencia —sea escribir en catalán, sea escribir sobre el deseo, sea de la manera que sea— ya estoy potenciando esa evidencia. Por lo tanto, sí, entiendo que indirectamente todo arte es político, por lo menos por el contexto en el que se produce, no tanto por el tema.


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