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Un movimiento, muchos feminismos: mapa de ideas para orientarse en las trincheras

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El feminismo después de las olas: repaso a las principales corrientes que configuran los debates feministas del presente

Eudald Espluga

12 Enero 2018 12:53

"No sé si podemos seguir hablando de 'olas' dentro del movimiento feminista", afirmaba Caitlin Moran en el prólogo Cómo ser mujer. "Según mis cálculos, la próxima sería la quinta; y sospecho que es más o menos en la quinta ola cuando uno deja de referirse a las olas individuales para decir sencillamente que la marea sube".

Leídas hoy, estas palabras tienen algo de profético. Tras el "año del feminismo", el discurso que dio Oprah Winfrey en la gala de los Globos de Oro parece haber coronado la globalización del movimiento. Todo está cambiando y resulta tentador ver el presente como un punto de ruptura, el rompiente de una nueva ola. ¿La cuarta? ¿La quinta? Las etapas históricas del feminismo se miden en olas porque cada avance histórico de las mujeres tiene que lidiar con una contraofensiva, con un pequeño retroceso. Pero la sensación es que ahora el nivel del mar está subiendo hasta desbordar todos los diques. No se espera reflujo: el agua se nos echa encima.

Con el desborde, sin embargo, corremos el riesgo de ahogarnos. Especialmente cuando la centralidad del feminismo ha visibilizado los desacuerdos teóricos que lo constituyen: ¿qué feminismo queremos? ¿Qué feminismo necesitamos? ¿Puede ser "feminista" la defensa del trabajo sexual? ¿Puede haber un "feminismo neoliberal"? ¿Y un "feminismo" que rechace a las personas trans?

¿Qué feminismo queremos? ¿Qué feminismo necesitamos? ¿Puede ser "feminista" la defensa del trabajo sexual? ¿Puede haber un "feminismo neoliberal"? ¿Y un "feminismo" que rechace a las personas trans?

Aunque tentativo, incompleto y necesariamente caricaturesco, este mapa quiere poner sobre la mesa algunos temas fundamentales que dividen los feminismos, yendo a la raíz de los desacuerdos teóricos entre las diferentes corrientes: la pregunta por el sujeto del feminismo.

1. Las mujeres

Una primera respuesta, que no por obvia es menos polémica, pasar por decir que el sujeto del feminismo son las mujeres. Con matices, son muchas las corrientes que sostienen esta idea.

Para el feminismo liberal, elevar las mujeres al estatuto de sujeto político es una lucha inconconclusa que puede remontarse hasta las sufragistas y más atrás, hasta 1789, cuando las mujeres eran "el tercer estado del tercer estado". La igualdad es su objetivo explícito: aspiran a intervenir en la esfera pública para que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres (misma remuneración salarial, acceso equitativo a la esfera pública, redistribución de las cargas de los cuidados, etc). Se caracteriza por definir la situación de las mujeres en términos de desigualdad —pero no de opresión o explotación—. En su formulación moderna, este movimiento reformista parte de la obra fundacional de Betty Friedan, La mística de la feminidad, publicada en 1963. Ya desde su lanzamiento se señaló el carácter marcadamente individualista de la perspectiva liberal, pero ha sido en los últimos tiempos —con el ascenso del neoliberalismo— que se ha puesto el acento en la libertad de elección. El llamado choice feminism (feminismo de la elección) sería una versión radical de esta posición: sobredimensiona la importancia de la libertad personal de las mujeres hasta el punto que etiqueta como feminista cualquier acción que sea realizada por una mujer por el simple hecho de ser autónoma.

Nancy Fraser

Según el feminismo cultural —corriente conservadora nacida en los 70, de la mano de autoras como Alice Echols y Nancy Chodorow— las mujeres son el sujeto del feminismo porque consideran que estas son consustancialmente diferentes de los hombres. Su visión parte de un esencialismo biológico: creen que el feminismo debe buscar la elevación de los valores diferenciales de la feminidad. Sostienen que los hombres son violentos y agresivos por naturaleza, mientras que las mujeres —en tanto que madres— están ligadas a la defensa de la vida y el cuidado de los demás. Este determinismo las lleva a defender el lesbianismo político: la heterosexualidad sería vista como una deslealtad a las mujeres.

Una versión más progresista del feminismo cultural la podemos encontrar en las corrientes que se derivaron de él: por un lado, la ética de los cuidados, que sostiene que los valores morales que convencionalmente asociamos a la feminidad (la atención, la escucha, el razonamiento contextual y narrativo) constituyen una visión ética que no debería limitarse a las mujeres ni debería considerarse inferior a la ética masculina de la justicia (imparcialidad y razonamiento abstracto); por el otro lado, tenemos el ecofeminismo, cuyo objetivo primordial es señalar que la lucha contra el patriarcado capitalista no puede desligarse de la lucha ecológica. Si bien es cierto que algunas pensadoras siguen viendo un vínculo espiritual entre las mujeres y la Naturaleza, existe una vertiente constructivista —defendida autoras como Ynestra King o Alicia Puleo— que señala las similitudes entre la opresión ejercida por los hombres sobre las mujeres y la opresión de los humanos sobre el medio natural.

Para el feminismo radical, quizá la corriente más amplia y heterogénea, las mujeres están oprimidas por el hecho de ser mujeres: precisamente por ello, las consideran el sujeto del feminismo. Fue gracias a autoras como Kate Millett o Sulamith Firestone que se empezó a hablar de patriarcado y se incidió en lo problemático de la distinción entre público y privado: "lo personal es político". Parten de la premisa que las desigualdades entre hombres y mujeres son resultado de una estructura de explotación, no de una diferencia biológica. Comparten herramientas teóricas con otros movimientos empancipatorios, por lo que muchas veces se considera que el feminismo marxista o feminismo socialista, aunque pueda remontarse hasta las tesis de Flora Tristan y el socialismo utópico, en la actualidad es una corriente muy influenciada por el feminismo radical. Iris Marion Young y Nancy Fraser son las dos de principales exponentes de esta corriente, que reivindica la importancia de luchar simultáneamente en tres frentes: redistirbución, reconocimiento y representación. El objetivo es corregir la ceguera de las tesis maxianas y colocar la dominación de las mujeres en el centro. En palabras de Fraser, "dotar de género el imaginario socialista."

Autoras como Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon, herederas del feminismo radical, consideran que debemos desconfiar de los discursos liberales—-ya sean de derechas o anaticapitalista— que pretenden arrinconar a las mujeres. Se oponen a las llamadas "políticas de la identidad" y a la fragmentación del feminismo en "feminismos". La naturaleza de la opresión de las mujeres es única, dice Dworkin, precisamente porque se da independendientemente de la clase, la raza o la orientación sexual. Asimismo, Ana de Miguel —una de las representantes españolas, que recoge el testimonio de pensadoras como Celia Amorós o Amelia Valcárcel— carga contra la idea de un "feminismo sin mujeres" : "¿por qué tanto interés en sentenciar que las mujeres no son el sujeto del feminismo?", se pregunta en Neoliberalismo sexual, y responde ella misma, cuestionando aquellas teorías que quieren deconstruir el concepto de mujer: "si el cuerpo sexuado de las mujeres es un constructo, el de los varones —respecto a las mujeres de su etnia, país, clase y preferencia sexual compartida— es un constructo más fuerte y poderoso".

Una posición extrema a este respecto es la que sostiene el Feminismo Radical Trans Excluyente (TERF por sus siglas en inglés), una deriva reaccionaria del feminismo radical que defiende una concepción homogénea de la mujer y se opone a cualquier intento de romper la lógica binaria hombre/mujer. Como dice Janice Raymond, una de sus principales valedoras: "los transexuales que se convierten de hombre en mujer intentan neutralizar a las mujeres por medio de hacer innecesaria la mujer biológica".

Rosi Braidotti

2. Los oprimidos por el patriarcado

Precisamente, romper con el modelo biologicista es lo que se ha intentado desde los llamados feminismos posmodernos, cuyo ataque a la noción de sujeto obliga a replantear la respuesta por el sujeto del feminismo: no serían las mujeres, sino el conjunto de los oprimidos por el patriarcado.

El transfeminismo es la categoría bajo la que se agrupan aquellas teorías que cuestionan el carácter monolítico de la noción de mujer y se fijan en las variables que interaccionan con el género: el país, la raza, la etnicidad o las preferencias sexuales. En su versión más débil, esta idea no estaría muy lejos de lo que sostiene el feminismo radical: autoras como Gayatri Spivak (feminismo poscolonial) o Rosi Braidotti (feminismo posthumanista) rechazan la mujer como destino biológico, pero entienden la necesidad de un "esencialismo estratégico en aquellas situaciones en las que sea necesario unir a un grupo de mujeres en una lucha concreta". En su versión más fuerte, la teoría queer —pensemos en Judith Butler o Paul B. Preciado— asume que el género no es una identidad estable sino un proceso de performatividad y actuación que debe ser problematizado. Por ello, deconstruyendo a las mujeres como sujeto, se aspira a un feminismo que no sea LGTBfóbico, que rompa con el binarismo y que reconozca las identidades marginales (así también las llamadas "nuevas masculinidades"). Sin embargo, no todos los feminismos posmodernos renuncian a la categoría de mujer: el feminismo francés de la diferencia —encarnado en figuras como Hélène Cixous o Luce Irigay— recoge la tradición psicoanalítica y postestructuralista para reimaginar a las mujeres como sujeto político.

La ruptura con el discurso naturalista de lo que supone "ser mujer" también ha sido pensado desde la relación con la tecnología. Pionera en este campo es Donna Haraway, quien abrió el campo del ciberfeminismo, cuestionando no solo el binarismo hombre/mujer sino la idea misma de "humanidad" y "naturaleza": el cyborg propone una hibridación entre máquina y organismo que, en clave tecnoutopista, permite imaginar un futuro en el que las mujeres dejen atrás las determinaciones biológicas. En la misma línea podemos entender el xenofeminismo, un movimiento que parte del llamado realismo especulativo y que niega que la dominación tecnológica del mundo esté correlacionada con el patriarcado y la dominación de las mujeres: "si la naturaleza es injusta, cambiémosla", concluye el manifiesto de Laboria Cuboniks.

Silvia Federici

Esta ampliación del campo de batalla también se da desde un enfoque transversal que correlaciona raza, clase y género. Angela Davis y el llamado feminismo negro fueron las primeras en desbordar el feminismo desde esta perspectiva. Hoy, el feminismo interseccional es defendido por autoras como bell hooks, cuyo manifiesto El feminismo es para todo el mundo ataca directamente a la cuestión del sujeto del feminismo: la lucha contra el patriarcado tiene el potencial de cambiar no solo la vida de las mujeres, "sino la de todo aquel y aquella que busque claves para transformarlas".

También el anarcofeminismo propone una respuesta transversal que no se limita a las mujeres. Rechaza de base la idea de igualdad política: la liberación y emancipación de las mujeres solo es posible al margen de toda dominación. Sin embargo, en la medida que el anarquismo, como teoría ética, asume que la dignidad de la persona es incompatible con la autoridad, el sujeto del feminismo lo componen todos aquellos individuos que se resisten a las instituciones de poder. Emma Goldman lo inmortalizó con su "ni Dios, ni amo, ni marido ni partido", y el anarcofeminismo o feminismo libertario contemporáneo —con figuras como Silvia Feredici o Brigitte Vasallo— recogen esta lucha transversal contra la servidumbre en la intersección entre política sexual y Estado (con especial énfasis en su oposición al matrimonio y a la reivindicación del poliamor).

3. Todo el mundo

Cuando se dice que el feminismo está de moda, no solo se apela al giro mediático y consumista del movimiento, sino a otra idea muy discutida: el "todos deberíamos ser feministas", la universalización del sujeto del feminismo.

Que el "feminismo es para todo el mundo" se ha esgrimido desde lo que podemos llamar feminismo universalista o feminismo de sentido común, representado por figuras como Chimamanda Ngozi, Catalina Ruiz-Navarro o Laurie Penny, cuyo objetivo es lograr una concienciación pública sobre temas como el sexismo o la violencia de género. Se han reapropiado incluso de la etiqueta "feminismo pop". Entienden el feminismo como una propuesta de mínimos y herramienta de transformación social directa: su escritura parte de los conflictos prácticos y diarios.

Chimamanda Ngozi

Algunas autoras han advertido que uno de los peligros del feminismo pop reside en la representación excesiva de un feminismo de poder —conformado habitualmente por mujeres blancas, de clase media y con estudios—, que privilegia la movilidad ascendente en vez de la sororidad. En palabras de bell hooks, este feminismo de poder supone una "usurpación hegemónica de la retórica feminista sobre la igualdad" que enmascara una alianza entre clases dominantes dentro del "patriarcado capitalista supremacista blanco".

Asimismo, autoras inclasificables como Camille Paglia o Jessa Crispin —desde posiciones absolutamente dispares— han cuestionado el feminismo ingenuo de la cultura pop y han rechazado —para reapropiársela luego— la etiqueta de "feminismo". A este respecto, en Por qué no soy feminista, Crispin dispara: "como la meta es la universalidad [...] no parecen advertir que la simplificación convierte el feminismo en un producto insustancial y disneyificado y que tal vez sea esa la razón por la que tantas mujeres le dan la espalda."

Coda: ¿qué feminismo queremos?

La discusión sobre el sujeto del feminismo, aunque no siempre sea explícita, sobrevuela los debates actuales: ¿es feminista que las mujeres decidan qué hacer con su cuerpo, independientemente de lo que elijan? ¿Qué valor tiene la elección por si misma? ¿Es empoderador que una mujer dirija una gran empresa o se sitúe en posiciones de poder? ¿Hasta qué punto es victimista señalar las mujeres se encuentran sistemáticamente en una posición de vulnerabilidad?

Cuando nos preguntamos qué feminismo queremos, estamos delimitando el ámbito normativo de aquellas prácticas, identidades y valores que estamos dispuestos a aceptar como feminismo. "Repartir carnés de feminista" no tiene tanto que ver con una posición ideológica (derechas o izquierdas, liberales o puritanos) como con el concepto mismo de "mujer" y el papel que se les atribuye a las mujeres como sujetos del feminismo. Solo así es comprensible la tensión que existe hoy entre las feministas radicales y los transfeminismos sobre el trabajo sexual o el amor libre, aunque ambos partan de posiciones marcadamene anticapitalistas.

Quizá tenga razón Catilin Moran y a partir de cierto punto ya no tenga sentido hablar de olas, corrientes y movimientos. Pero sigue siendo necesario comprender las ideas que vertebran los desacuerdos fundamentales del feminismo, al menos para que estos enfrentamientos no faciliten una deriva reaccionaria o reflujo de una marea que, por el momento, sigue desbordando todos los límites.

Paul B. Preciado; bell hooks; Jessa Crispin

PARA LEER MÁS:

Sobre la distinción entre feminismos y la "cuarta ola", este texto de Tania Maeza Escorza; para una historia de las ideas feministas, Feminismo para principiantes, de Nuria Varela y Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización, editado por Celia Amorós y Ana de Miguel; asimismo, el artículo 'Una aproximación a las teorías feministas', de Samara Las Heras es una buena introducción, igual que los capítulos introductorios de Mujeres en medios, de Asunción Bernárdez; algunos libro que abordan explícitamente la cuestión del sujeto del feminismo son Neoliberalismo sexual, de Ana de Miguel; El género en disputa, de Judith Butler; Testo yonqui, de Paul B. Preciado; El feminismo es para todo el mundo, de bell hooks; Yo no soy feminista, de Jessa Crispin; para conocer los principales debates del feminismo liberal de hoy, Las mujeres y el desarrollo humano, de Martha Nussbaum es un buen punto de partida; sobre ética de la cura, las conferencias de Carol Gilligan editadas por la Fundación Grífols son una buena introducción; sobre ecofeminismo, destaca el libro de Alícia Puleo, Ecofeminismo para otro mundo posible; sobre la tensión entre feminismo socialista y teoría queer, el debate entre Nancy Fraser y Judith Butler en ¿Redistribución o reconocimiento?; para no perderse entre los feminismos posmodernos, Barbarismos queer y otras esdrújulas de L. Platero, M. Rosón y E. Ortega es un comleto diccionario de términos e ideas; se acaba de editar Feminismo y anarquismo, de Emma Goldman, pero en Calibán y la bruja, de Silvia Feredici, puede encontrarse una aproximación más contemporánea; el manifiesto xenofeminista puede encontrase en la página de Laboria Cuboniks; a Laurie Penny podéis leerla aquí, igual que a Catalina Ruiz-Navarro, que cuelga sus materiales en Catalinapordios.

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