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Este es el mejor poema de Lorca

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/OPINIÓN/ “¿Será que es imposible escapar al recuerdo de quien nos hizo lagrimear?” #loslibrosdeluna

Luna Miguel

05 Junio 2018 15:49

No puedo hablar de Lorca. Si lo hiciera me pondría lacrimógena, y aunque el verbo lagrimear podría ser un ladrillo hermoso en la estructura de esa casa que es la poesía del granadino, lo cierto es que a estas alturas nadie quiere llantos. Mucho menos por una de las pocas figuras que al pronunciarla provoca una consensuada sonrisa en boca de todos. ¿Cómo puede ser que alguien que escribió para golpearnos tan íntimamente haya terminado convirtiéndose en símbolo público? ¿En reclamo institucional? ¿En batalla de un lado y del otro? ¿O será por eso? ¿Será que lo íntimo es lo político? ¿Será que es imposible escapar al recuerdo de quien nos hizo lagrimear?

(Lectura del mejor poema de Lorca a mis 16 años)

No puedo hablar de Lorca, porque si lo hago tendría que contar la historia que todos sabéis. La que todos compartís con alguno de sus poemas y canciones. Si hablo de él, caeré en la tentación de contar mi historia y no la suya. La tentación de hacerlo mío, muy mío. ¡Pero cómo voy a hacerlo mío si es de todos! ¡Pero cómo voy a mencionarlo siquiera, si todo lo que su biografía vertió en la mía fue el ritmo que su poesía ya inyectó al mundo!

No puedo. No puedo hacerlo. Porque si lo hiciera debería cometer la atrocidad de elegir uno solo de entre todos los poemas. Ese que yo leí con voz de ciruela después del primer desamor. Ese que para muchos es premonición de un asesinato pero que para mí era confirmación de lo que un cuerpo sería capaz de temblar al llegar su primera primavera.

No puedo. Porque lagrimearía y lagrimearíais con el ritmo circular de sus palabras. Porque deberíamos detenernos aquí para pensar qué mal —qué mal que en el planeta ya no paseen los cri crí de Federico—. Y deberíamos llamarle hermano. Y deberíamos buscar motivos para no pelearnos por quién tiene razón: si el que reivindica al poeta por sus alfileres blancos, o por todas sus lunas o por sus hondísimas sombras de caballo.

“Fábula y rueda de los tres amigos”, poema de Federico García Lorca en ‘Poeta en Nueva York’ (1929-1930)

Enrique,

Emilio,

Lorenzo.

Estaban los tres helados:

Enrique por el mundo de las camas;

Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,

Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique.

Estaban los tres quemados:

Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;

Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos,

Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique.

Estaban los tres enterrados.

Lorenzo en un seno de Flora;

Emilio en la, yerta ginebra que se olvida en el vaso,

Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique.

Fueron los tres en mis manos

tres montañas chinas,

tres sombras de caballo,

tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas

por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.

Uno

y uno

y uno.

Estaban los tres momificados.

Con las moscas del invierno,

con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,

con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,

por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

Tres

y dos

y uno.

Los vi perderse llorando y cantando

por un huevo de gallina,

por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,

por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,

por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,

por mi pecho turbado por las palomas,

por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

Yo había matado la quinta luna

y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos.

Tibia leche encerrada de las recién paridas

agitaba las rosas con un largo dolor blanco.

Enrique,

Emilio,

Lorenzo.

Diana es dura,

pero a veces tiene los pechos nublados.

Puede la piedra blanca latir en la sangre del ciervo

y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

Cuando se hundieron las formas puras

bajo el cri cri de las margaritas,

comprendí que me habían asesinado.

Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,

abrieron los toneles y los armarios,

destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto!

los nombres de todos sus ahogados.

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