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“¿Lucha de clases? No es los de arriba contra los de abajo; es todos contra todos”

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Una conversación con Eloy Fernández Porta alrededor de su último libro, 'En la confidencia', pero también de Donald Trump, el #MeToo, los debates sobre feminismo, puritanismo y prostitución, los trolls de Twitter y la voz de los YouTubers

Eudald Espluga

16 Febrero 2018 08:29

"El arte de la entrevista", dice Eloy Fernández Porta, "consiste en obligar a alguien a abordar 'objetivamente' ideas tales como 'el ruido mediático', 'las opinionenes de los diarios' o 'lo que se dice de ti' como si el medio entrevistador no tuviera nada que ver con ello".

Precisamente esto es lo que me propongo hacer cuando le mando un correo para plantearle la posibilidad de charlar sobre su nuevo libro, En la confidencia. Tratado de la verdad musitada (Anagrama). Quiero hablar de la publicación, claro, pero también quiero preguntarle por Trump, por el #metoo, por los debates sobre feminismo, puritanismo y prostitución, por las inacabables peleas en Twitter que con suerte me dejarán un titular jugoso. El libro, que habla de cómo la confidencia se configura en nuestro medio cultural, se presta especialmente a este tipo de proyección hacia la actualidad.

No se lo digo, por supuesto.

[Las imágenes que ilustran la entrevista las ha seleccionado el propio autor, ya que forman parte del banco de imágenes sobre el que ha construido el libro.]

Ya que hablaremos de confidencias, empecemos con una: ¿por qué dedicarle un libro a “la verdad musitada”?

Por razones públicas, semipúblicas e inconfesables. La cuestión del secreto formaba parte, en principio como un capítulo, de un magma textual del que salieron mis libros anteriores. Pero tan pronto como empecé a redactar ese capítulo me di cuenta de que se trataba de otro libro, más breve y más centrado que los anteriores, y también de que requería otro tono, más adecuado al contenido.

En cuanto a mi carácter, porque durante buena parte de mi vida he sido un oyente, una persona en quien los desconocidos depositaban su confianza, sin pedir, a cambio, una confidencia recíproca, o sea que no soy parlanchín y mucho menos correveidile —eso lo detesto— sino, como escribió Robert Walser, “solo alguien que escucha con un oído atento”. Y ese papel, que me han ido asignando, de manera intuitiva, muchas personas con las que he tratado, me situaba, yo lo sentía así, simultáneamente dentro y fuera de la sociedad, porque quien decide depositar su confianza en ti también está convencido de que eres una especie de idiota social, un cuerpo intransitivo que no hará circular informaciones reservadas.

¿El secreto sólo existe en el instante de su confesión? ¿Sin indiscreción (“te lo digo, pero no se lo cuentes a nadie”) no hay secreto?

Claro, esto puede sonar extraño, porque el Secreto existe de por sí, como un hueco del conocimiento, ya sea el Misterio religioso, el enigma científico o el Top Secret macropolítico. Visto así, es un objeto escondido, y solo hace falta que alguien, en un rapto de inspiración o por azar, lo encuentre y lo muestre. Ahora bien: al leer los textos mitológicos sobre origen —del universo, de la Tierra, de la Humanidad— caí en la cuenta de que en muchos de ellos, y en particular en la leyenda egipcia con que comienzo el libro, también el acto confidencial tuvo que ser inventado ex nihilo, por la diosa Isis; hubo un momento en que a nadie se le había ocurrido que el Secreto pudiera ser, amén de desvelado, compartido de un modo particular. Inventa la indiscreción y el cuchicheo; inventa, pues, la comunicación humana. Los dioses nunca habían hablado así.

Por eso veo la transmisión del Secreto como un acto performativo, que ocurre en el calor del instante, y que a la vez lo hace visible, lo destruye, lo convierte en parte de una corriente afectiva. En ese sentido el Secreto no es preexistente al instante condifencial.

"El antifeminismo contumaz de la RAE o el sexismo de buen rollito de Bertín Osborne. Eso es la contrarreforma sexual."

Sin embargo, tengo la sensación de que el libro no es tanto un tratado sobre “la verdad musitada”, como reza el subtítulo, sino sobre cómo nos construimos como sujeto a través de la economía del secreto y la confidencia: cómo tejemos relaciones, cómo delimitamos nuestra intimidad, cómo anunciamos nuestra autenticidad...

Pues esto que dices está tan bien visto que, de hecho, en la primera redacción el subtítulo del ensayo era La economía de la confidencia. Lo descarté porque el término “economía”, que en el sentido en que lo uso significa “distribución” o “reparto”, ha quedado ligado a una acepción muy determinada, y eso podía llevar a confusiones.

Y sí, se trata, entre otras cosas, de delimitar, de poner diques a lo que se puede contar, de crear una estratificación entre amigos y conocidos a partir de la relevancia de las confidencias que les hacemos, y de la frecuencia con que les interpelamos en modo indiscreto, demandando revelaciones como si se tratarse de un Derecho Humano. Y, claro está, esa frontera que separa al amigo íntimo del desconocido, al confiable del sospechoso, no es fija, la vamos moviendo día a día de manera prevista o inopinada, en directo. Y esa violación de la frontera ocurre en actos casuales

Por eso en el libro hablo menos de vínculos de confianza sostenidos a lo largo del tiempo que de encuentros impensados, en un vagón de tren, en un avión, en un no-lugar, donde el desconocido se nos aparece como confiable porque no es nadie, no conoce nuestro nombre y no hay riesgo de que la confidencia que le hacemos se ponga a circular y caiga en malas manos... O, en fin, cuanto menos el riesgo parece asumible, quizá lo sea, nunca podemos tener la seguridad absoluta, y eso le confiere a la confidencia ese elemento de goce, sensual.

Contrapones el habla confesional a la elocución viril, articulada, elocuente y formal. La confesionalidad siempre ha sido femenina. ¿Sigue siéndolo?

Veamos. En este asunto el binarismo estructural es formal vs. informal. Esa polaridad ha sido culturalmente proyectada sobre la dualidad hombre/mujer, de modo que a cada cual le ha correspondido tradicionalmente un rol. La distribución es, desde luego, asimétrica, injusta, porque ha relegado a la mujer, hasta hace muy poco, a un margen del espacio público, desvalorizando su experiencia y su testimonio. Hay en esa injusticia una complementariedad, cínica si quieres llamarlo así, porque la formalidad del Discurso, del Parlamento o de la Declaración Pública, como modos expresivos “de Gran Hombre”, requiere necesariamente de su opuesto, el secreteo, la habladuría, el chill out de la esfera pública.

Así pues, no creo que la confesionalidad sea distintivamente femenina —no soy escencialista ni en ese ni en ningún otro aspecto—, sino que se ha dado un proceso de atribución de las funciones confidenciales, que algunas mujeres aceptan de buen grado y otras, con buen criterio, rechazan. Por esa razón he dedicado algunas páginas a cuestionar lo que yo llamo, en la línea de Betty Friedan, la mística de la confidencialidad femenina, esto, es, la creencia de que cuando cuatro mujeres se ponen a hablar ocurre una Verdad construida al alimón que es más verdadera que la elocución articulada. Eso puede ocurrir, se conocen casos, pero como idea preconcebida acerca del género y la lengua es errónea y peligrosa.

[Patricia Gadea, Pata con teléfono, 1986. La artista realiza una satira del imaginario de la feminidad a través del imaginario del cómic popular: aquí, la supuesta frívola parlanchina.]

La paradoja, sin embargo, es que hablar no siempre es liberador. Lo dices a partir de Foucault y su idea de que el nuevo confesionalismo liga identidad y sexualidad.

Sí, Foucault pasaba temporadas largas en que no abría boca, no le hacía falta, se dedicaba a estudiar sin comunicarse con nadie, y eso le llevó a preguntarse: a) cómo es que el personal no se calla nunca; b) por qué cree que la glosolalia y la verborrea son procedimientos de liberación. Para mí estas preguntas, que aparecen en algunas de sus declaraciones, y que en sus textos no están tan desarrolladas, o solo por implícito, es más radical y nos descoloca aún más que ese otro gran interrogante suyo, más conocido: “¿por qué creemos que el sexo nos libera?”, que tenemos más presente y hemos dedicado más tiempo a darle vueltas... no siempre con éxito. Aquí se puede ver, en forma de monólogo, ese argumento:

Con Carles Congost, para mí uno de los referentes de la videocreación actual, sobre quien escribí en mis dos libros anteriores y para quien realicé el guión de su pieza Wonders, concebimos esta colaboración, a medio camino entre el vídeo de arte y el booktrailer, en que recito otro epígrafe de En la confidencia. Pensando en la manera idónea de escenificar ese texto se me hizo presente enseguida un recurso formal que Carles ha usado con frecuencia a lo largo de su obra , y que consiste en un plano fijo extenso donde un personaje algo inquietante desgrana un monólogo, que suena más recitado que oral, y en el que se expresan cuestiones emocionales intensas de una manera elegantemente distanciada y algo impersonal, con el actor comportándose a modo de una "super-marioneta".

Para la escenificación de Quien busca a la Humanidad hallará la muchedumbre —un texto que también he incluido, en versión catalana, en mi ensayo L'Art de Fer-Ne Un Gra Massa, programado para publicación en la coleccción Llibres Anagrama para el próximo otoño—, le propuse partir de ese modelo introduciendo una pequeña variante: un plus de expresividad e incluso de histrionismo que me hiciera aparecer como un personaje de Carles que se sale un poco de tono, sobre todo en la parte intermedia de la filmación. Nos lo pasamos muy bien grabándolo.

¿Hasta qué punto podemos ver el movimiento del #MeToo como una gran confidencia? El giro reaccionario que se ha producido contra el tono confesional, íntimo, experiencial de la reivindicación feminista parecería confirmarlo. Con el manifiesto de Catherine Millet y las francesas, se hace una ecuación entre feminismo y puritanismo. Son críticas diferentes al feminismo hegemónico y creo que apuntas hacia esta reconfiguración del debate cuando hablas de la existencia de una “contrarreforma sexual”.

Primero, desde el punto de vista elocutivo, el #MeToo es una denuncia colectiva; es, por tanto, en primera instancia, un asunto jurídico, que se encuentra, en ocasiones, con el problema de la falta de pruebas del delito o la dificultad de obtenerlas —problema que, lo asumimos, queda resuelto cuando el acusado recibe tantas denuncias informales, y tan distintas, que no podemos sino darles credibilidad—.

Llevo varios días cruzando mails con una amiga de la que hablo en el libro, y que padeció violaciones en dos países y en ámbitos muy distintos. En su momento no lo denunció, se vio compelida a circunscribirlo al modo confidencial, en parte porque la cultura de la época no facilitaba en absoluto el protocolo de la denuncia y, en alguna medida por la razón que apuntabas hace un momento: porque nos han convencido de que hablar en privado nos libera, y porque la codificación de género de la confesión puede llevar a algunas personas a sentir que confesarse con alguien próximo es más Verdad que personarse en comisaría, además de ser, al menos en la época de la que hablo, menos peligroso en cuanto a la imagen pública.

"Quisiera creer que la lucha de clases es solo una pelea de los de siempre contra los de abajo. Pero mucho me temo que ese factor solo es uno de los modos de confrontación y jerarquía. No son los de arriba contra los de abajo; es todos contra todos, con eventuales gestos de solidaridad de clase, cuando conviene, no con mucha frecuencia."

Cuando hablo de “contrarreforma sexual” me refiero , en particular, a la reacción de algunos grupos de hombres, articulados como tales y con una falsa conciencia de marginación, que se ponen a hablar como si “las feministas”, así en general, fueran censoras, como si limitaran su libertad de expresión, que con harta frecuencia es libertad para decir sandeces y yo no voy a firmar ningún manifiesto para que esa libertad sea protegida: no hace falta, cualquiera que se haya dado una vuelta por internet habrá comprobado que está, por desgracia, garantizada, y que aun los medios de comunicación más formales la acogen y estimulan con gusto.

El fenómeno de los nuevos clubes men only empieza ocurrir en Estados Unidos, a principios de los noventa, como reacción contra el feminismo de tercera ola y contra la ética de la diversidad, y se articula en un retorno a perspectivas arquetípicas sobre la anatomía y la identidad corporal, muchas de ellas fundadas en la filosofía de Jung, que en Estados Unidos se usa con frecuencia como base teórica para disparatar sin freno. Eso, que empieza como un proceso muy yanqui y muy propio de algunas áreas ultraconservadoras, se va exteniendo, con el cambio de siglo, a otras culturas, y adquiere formas algo menos enfáticas y, a veces, más empáticas, como pueda ser el antifeminismo contumaz de la RAE o el sexismo de buen rollito de Bertín Osborne.

Eso es la contrarreforma sexual; la participación de los movimientos feministas en ese desastre ha sido mínima, negligible, y puede reducirse a algunas expresiones del feminismo de extrema derecha en Estados Unidos, como el de Catharine MacKinnon, que es una escritora entre mil, y que no tiene equivalente en España, ni en Cataluña.

Además, casi simultáneamente, se lanzó una campaña contra la prostitución, que puso la demonización del trabajo sexual en el centro del debate feminista.

En cuanto al tema del trabajo sexual, constituye, desde esta perspectiva y entre muchas otras cosas, un caso de profesionalización del secreto y de economía de las confidencias (de almohada). Para explicar cómo lo veo me remonto a El collar de la paloma y otros clásicos del ars amandi donde la prostituta se describe, a la vez, como indispensable y peligrosa.

A mí me hubiera gustado que cuando en el 2012 a Martha Nussbaum le concedieron el Príncipe de Asturias, en alguna de las muchas y extensas entrevistas que le hiceron le hubieran preguntado por su argumento ético en favor de la legalización del trabajo sexual. De ese modo se habría visibilizado mejor, para quien no haya sabido verlo, que la legalización es una cuestión moral, que se defiende desde la filosofía moral y no solo desde el Ancha es Castilla, y que la parte de ese trabajo que se realiza en condiciones esclavistas o de explotación es un problema, grave, que debe afrontar y resolver la policía, no los tertulianos, habitualmente hombres talluditos, que los llaman para hablar de prostitución con la misma competencia que tienen para hablar de la economía sudanesa.

Hablas también de otro tipo de ocultación: la erótica del secreto de Estado. No sé cómo valoras el paso de la paranoia anti-gossip de la Guerra Fría, que analizas en el libro, a la sublimación de la indiscreción que supone Fire and Fury: Trump comiendo hamburguesas del McDonald’s en la cama, Trump inseguro, Trump sintiéndose muy solo.

Sobre Trump he escrito in extenso en ese otro ensayo del que te hablaba antes, en el que incluyo un estudio de la obra del artista manresano Oriol Vilanova, que, en el año 2008, cuando Trump en España solo era conocido por algunos economistas y aficionados a los reality shows, percibió la importancia del personaje, visitó la Trump Tower y realizó varios proyectos al respecto, entre ellos una obra de teatro.

En la obra, como en la serie que protagonizaba, el espacio principal es su casa, ese palacio estilo Las Vegas que, cuando ganó las elecciones, no quería dejar, ¡qué pereza ahora mudarse al caserón blanco ese de Washington, con lo bien que se está aquí! Asilacionismo arquitectónico y mental, rollo Hughes, rollo Hefner. Lo que va ocurriendo en los casoplones de Trump, desde la economía extractiva hasta la macropolítica retard, me parece más escenográfico que confesional.

Aquí, como en el libro, el término “escenografía” no lo uso como sinónimo de “falsedad” o “espectáculo”, yo no soy debordiano en absoluto, sino como realidad manifiesta que solo puede ocurrir en modo teatral, y de ninguna otra manera.

[“Yo fui una víctima de las habladurías”. Cartel de propaganda realizado en 1944 en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial, como parte de la campaña Anti-Gossip]

Este menosprecio hacia Trump es comparable al menosprecio hacia el redneck: la risotada que nos causa una subjetividad tan burda. En el capitalismo emocional, ¿el desprecio clasista se presenta como repulsa y humillación a una interioridad indigente?

Eudald, llevas razón, pero seamos francos: cuando tú o yo viajamos a EEUU, por trabajo o por lo que sea, ¿a dónde nos vamos? ¿A Nueva York o a Michigan? ¿Planeamos un paseo por Brooklyn o un recorrido por el Cinturón del Óxido, haciendo fotos de edificios industriales abandonados, como si fuéramos Bernd y Hilla Becker? Serioulsy, yo quisiera creer que la lucha de clases es solo una pelea de los de siempre contra los de abajo, y que cada bando está unido, lo creí durante una época —seguramente porque, al ser hijo de comunistas, de niño en vez de Monopoly tenía un juego de mesa llamado Lucha de clases—, pero mucho me temo que ese factor, que en el pensamiento marxista es el principal, solo sea uno de los modos de confrontación y jerarquía. No son los de arriba contra los de abajo; es todos contra todos, con eventuales gestos de solidaridad de clase, cuando conviene, no con mucha frecuencia.

Lo que Bourdieu denomina "procedimientos de distinción" (por referencia al consumo cultural, o por tenencia de sus objetos) ocurre en el seno de cada una de las clases, de manera muy manifiesta. Jacobo Siruela no tiene nada que decirse con Borja Thyssen; venir de familias de rancio abolengo y biblioteca interminable no les hace semejantes, y la relación que mantienen con la cultura se parece como un huevo a una manzana. Y, en el seno de las clases desfavorecidas, siempre se han dado continuos, enfáticos y violentos procedimientos de distinción, en los modos de vestir, en la puesta en escena pública, en las filias y fobias estéticas.

Al redneck lo puedo despreciar yo, pero no creo que mi desprecio por él sea más intenso que el desprecio que le profesan, en su pueblo, en su Estado, el honrado y formal trabajador industrial, o la lectora ávida que creció en una casa sin libros, o el dandy de clase trabajadora al estilo inglés, o la afroamericana que regenta una cafetería, o la jubilada de sesenta años lesbiana. Si le decimos a toda esa gente que despreciar al redneck es clasismo eurocéntrico nos responderán que no estamos entendido nada, y que para acabar de entenderlo tendríamos que pasarnos 24 horas al lado del redneck. Quien quiera hacerlo, adelante, igual le acaba invitando a una Budweiser o, cuanto menos, a un Mountain Dew.

Contrapones la lógica de la confidencia (sustracción) a la lógica de la pornografía (don). Sin embargo, ¿la escopofilia del usuario promedio de YouPorn no requiere de la retórica de la confidencia (es decir: contemplar una escena el que tú eres el Nadie +1, el único espectador al que le es concedido el privilegio de ver "lo que no puede verse")?

Aunque soy más de Pornhub que de YouPorn, sí, es cierto que ese dispositivo exhibicionista-vouyerista solo cobra sentido cuando aparece el espectador como Nadie+1. La única alternativa es la que muestra Wim Wenders en la célebre secuencia final de Paris, Texas: transformar el dispositivo voyeur en un confesionario íntimo. Ya sabes que yo no tengo una objeción de princpio al porno en cuanto tal, creo que el hundimiento de las grandes corporaciones cinematográficas suecas y norteamericanas ha sido una buena noticia, que con la amateurización vienen modos expresivos que el “cine X”, el que tenía guión, raramente incluía. Y, sobre todo, que en este asunto, como en de la fotografía digital, el cambio más importante que se ha producido es que ahora la decisión, la escenografía, la cámera y la distribución están en manos de mujeres, no de un productor gordo que les ordena con quién tienen que follar y cómo.

No idealizo: consigno; una actriz de cine para adultos que trabajaba para la productora Serenna en los años ochenta es un sujeto biopolítico complemamente distinto de una vecina de suburbia que pilla el móvil y se tira a quien le da la santa gana, creando un autoretrato sexual. El porno existe porque existen las virtudes; hay quien tiene virtudes para el ajedrez, para el litigio, o, por poner casos de trabajos culturalmente feminizados, para trabajar en una agencia literaria o para reinventar la industria de la moda desde la perspectiva del agénero, de la fluidez sexual o de la androginia.

Existen, con ellas, en los mismos cuerpos, virtudes sensuales, eróticas y sexuales, suelen ser muy apreciadas —no siempre con la cortesía debida, bien es cierto—; de ello da cuenta el porno, que es una modalidad de autorretrato: como todas las otras variantes del género, es parcial, focalizada y debe darse por sentado, y esto es obligatorio, que con esa virtud manifiesta vendrán otras públicas, profesionales, emocionales y de todo orden.

"Voz, joder. Hacía siglos que no lo oía, en los medios. A nivel fónico pasan más cosas en un minuto de monólogo de una YouTuber que en media hora de tele, si es que aún existe eso."

Lo mismo podría decirse de las redes sociales. En el libro hablas de Formspring y Fotolog, que “murieron de éxito” y cuya función habría sido adoptada por otras app. ¿Qué papel crees que juegan las herederas del reino, aplicaciones como Periscope, CuriousCatMe o el propio YouTube, en tanto que dispositivos confesionales?

Para mí lo más distintivo de los YouTubers es que han recuperado, para los medios, la voz humana. La voz. Sin autotune, sin montaje, sin productor, sin efectos, sin la prosodia soporífera de los telediarios, sin los autodoblajes del cine. Es la voz simple, sucia, chillona, demasiado aguda, entrecortada y liosa de una persona, con diez patadas a la sintaxis por frase, puro anacoluto enlazado, onomatopeyas y risas. Voz, joder. Hacía siglos que no lo oía, en los medios. A nivel fónico pasan más cosas en un minuto de monólogo de una YouTuber que en media hora de tele, si es que aún existe eso.

Desde luego eso puede ser un factor muy potente en el habla confidencial, que es ante todo un tono, o una renuncia a a los registros formales de la comunicación, un retorno al cuchicheo, a los subibajas sonoros que hacen los niños cuando aprenden a hablar. Y en cuanto a [email protected] YouTubers que hablan sobre videojuegos o sobre moda —coincidí una vez con uno de cada en un coloquio en la Fundación Telefónica, eran ellos dos y una gente de una universidad confesional que ha organizado el primer Grado en Videojuegos de España, el casting de esa mesa era loco loco y nos lo pasamos teta, cada loco con su tema—, lo que más me llama la atención es el trabajo que hacen como actores vocales espontáneos. Como en muchos otros aspectos de la cultura acutal, también ahí la imagen es menos relevante de lo que parece, siempre depende de un texto y, en este caso, de un sonido vocal distintivo.

Contra la tesis del narcisismo en las redes (“la sociedad del espectáculo” convertida en “la sociedad del selfie”) propones un modelo especular: el yo frente a los demás. ¿Es más importante el troll que la egolatría?

Sí, en el sentido de que el troll o el el hater, anónimos por definición, no los percibimos tanto como personas físicas sino como voces remotas que, conjugadas, al alimón, forman un coro que nos atormenta a la vez que nos confiere existencia: ¡triste de quien no tenga trolls! La imagen teatral de Orestes perseguido por el coro de Erinias, a las que solo él puede oír, prefigura la posición del internauta ante los trolls, ese Gran Otro que confirma mis peores sospechas sobre mí mismo, y ante el cual siempre soy culpable. Es uno de los aspectos de la vida en red que me ha obligado a escorarme un poco, en la escritura, desde la sociología hasta la psicología, porque hay una parte de esa vivencia que se entiende mejor como suceso psíquico que como experiencia social.

[Roger Brown, Writing in the Sky, 1985. El artista recibió una reseña desfavorable y la pintó como si fuera un mensaje divino que descendía de los cielos.]

Para terminar, otra confidencia: ¿es verdad que no tienes Twitter, ni Instagram, ni Facebook? ¿O te paseas por las redes con otro nombre?

Todo verdad. En la red lo que más me gusta es publicar ensayos breves, principalmente los que forman mi serie de artículos sobre arte contemporáneo Nubada en prosa, que se publica, en un puente Barcelona-Sevilla, en catalán en Núvol y en castellano en Jot Down. Uso también Bandcamp para colgar temas de spoken word como los que hemos realizado con Jose Roselló y Tumblr para otro trabajo en colaboración, un proyecto artístico en curso titulado Eros i paisatge, con los fotógrafos Mònica Sánchez e Ignasi López. Y mi perfil de Spotify, donde sí uso otro nombre (Daniel Santiago) lo empleo, de manera sistemática, como una extensión conceptual de mis libros, creando listas de reproducción que no son simplemente “la música que yo amo” o “la que escuchaba mientras escribía”, sino que muestran, por medio de contrastes y yuxtaposiciones de material sónico muy diverso, no solo canción vocal, cómo los asuntos que abordo en al escribir son aludidos, reflejados, presupuestos o implícitos en la cultura sonora.

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