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¿Eres un fracasado? Eres un fracasado

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Algunas reflexiones sobre los mejores aforismos de 'Mediocristán es un país tranquilo', la incómoda novela del colombiano Luis Noriega que nos confronta con nuestra propia vulgaridad

Eudald Espluga

06 Febrero 2018 17:23

"El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es fracaso". Quien enuncia esta frase, sin embargo, no ha llegado todavía a esa estación final que es el Fracaso, en mayúsculas, sino que ha quedado rezagado en una región apacible pero transitoria, en un improbable purgatorio llamado Mediocristán.

Mediocristán, patria de los mediocres, goza de un geografía variable. Es un balneario de vulgaridad y medianía, un retiro para amebas humanas, seres sin aspiraciones ni ideales, pero también sin sobresaltos. Ceder al impulso alienante, al peso muerto de lo gregario, a la abulia de lo cotidiano: eso es Mediocristán. Una ciudad sin épica ni misterio que puede ser Barcelona o Bogotá o Bucaramanga porque Mediocristán es una condición existencial.

Traducción literaria del concepto inventado por Nassim Nicholas Taleb para designar un universo hipotético en el que los cambios son mínimos y toda nuestra existencia es predecible (en oposición a Extremistán, donde los sucesos escapan a lo esperado y donde es posible escalar hasta lo más alto), el Mediocristán que nos pinta Luis Noriega es una provocación irónica, una larga carcajada contra el culto a la meritocracia y a la excelencia, pero también contra la estetización petulante del fracaso. Su chovinismo del hombre-promedio, construido a golpe de aforismo por un narrador repelente, nos vacuna contra el dramatismo autocompasivo y contra la grandeza, todo al mismo tiempo: es un monumento al punto muerto.

(Fotograma de 'La comedia de la vida', de Roy Andersson [2007])

La primera línea de Mediocristán es un país tranquilo (Random House) puede verse como un dardo envenenado, un anuncio programático que concentra el espíritu del libro: "tener a quién echarle la culpa es casi un derecho fundamental". Tajante y contundente, como las muchas otras sentencias que irá soltando este narrador, quien parece querernos conquistar con su sabiduría underground, irónica, descreída:

"Te dices que estás enamorado (o te lo dicen tus hormonas) para convencerte de que quieres algo más que follar. Hablas de hacer el amor para que un polvo parezca especial."

"Pretendes ser romántico, a duras penas consigues ser cursi y tardas meses o años en descubrir la diferencia y, peor aún, cuán poco importa".

"El razonamiento que puso fin a mi vocación política fue que yo no era nadie para luchar contra las venerables tradiciones nacionales del peculado, la repartición del pastel y la puñalada en la espalda."

"El silencio es una fórmula multiusos con un elevado porcentaje de éxito".

"Barcelona podría ser la mejor ciudad del mundo si, para empezar, no estuviera repleta de cretinos, locales y forasteros, que están convencidos de que es, efectivamente, la mejor ciudad del mundo".

(Fotograma de 'World of Glory, de Roy Andersson [1991])

Este cinismo insolente se acentúa al hablar del deseo de tener hijos, que en la novela funcionan como sinécdoque de la familia, de la clase media-alta, de la aspiración a una vida no fracasada. Mediocristán es un país tranquilo puede leerse como la historia de un treintañero casi cuarentón que se resiste al mundo adulto, a la formalidad de la pareja, a la rutinización del día a día. De ahí la diatriba contra la paternidad y su negativa a abandonar Mediocristán: tener hijos es como jugar a la lotería, y "se supone que la gente educada no juega a la lotería". No hay espacio para el azar, para la sorpresa, para lo inesperado:

"Los cabalistas tienen golems; los científicos locos, Frankensteins; los carpinteros seniles, Pinochos; pero el común de los mortales se conforma con tener hijos".

"Los hijos son la coartada, no la excusa, de la generación que no tiene a quién echarle la culpa".

"Tener quien te justifique es quizás un derecho fundamental".

Esta inteligencia ruda, sintetizada en exabruptos memorables, es intensamente seductora en los primeros compases de la novela. Noriega sacia nuestra sed de anarquía con este antihéroe sin nombre que rechaza todo convencionalismo, instalándose en una pasividad procaz, en un estado de renuncia combativa. Sin embargo, poco a poco empezamos a desconfiar de la verborrea ligera de un individuo que va perfilándose como un solipsista insoportable, un ser resentido y tóxico que disfraza su rabia de desapego. Mediocristán es la coartada que le permite impugnar el mundo, reírse del "poeta" y del "maestro", tratar mal a su pareja, ser un imbécil con sus padres, insultar a sus amigos y desmerecer las aspiraciones de los demás.

(Fotograma de 'La comedia de la vida', de Roy Andersson [2007])

"El maestro dice que más vale término que comienzo, que es mejor velorio que banquete. El sabio elige luto, el necio, la fiesta. [...] El maestro, me temo, puede ser en ocasiones una suma de contradicciones y un depósito de citas mal escogidas".

También el narrador es una suma de contradicciones, un depósito de citas mal escogidas que va encadenando para justificar su inercia sin rumbo. Su nihilismo se vuelve excéntrico, casi como si se esforzara por ser un personaje de una novela de Dostoievski o de una película de Roy Anderson. Mediocristán no es un país tranquilo, como reza el título de la novela, sino una rabieta infantil.

Noriega construye la novela desde un punto ciego, obligándonos a un largo circunloquio. Desconfiamos del narrador pero no tenemos nada más donde acogernos. Su discurso es antipático pero nos identificamos con su misantropía. Rechazamos su esnobismo pero en él vemos reflejado el nuestro. En otras palabras: Mediocristán es un país tranquilo no es un elogio de la mediocridad, pero tampoco es lo contrario.

La novela debe leerse en los márgenes de este maniqueismo, como una vivisección de nuestras contradicciones. La cualidad aforística de la obra de Noriega invita a esta ambigüedad constitutiva: sabemos que, como dice el propio narrador, estamos ante "frases de aire erudito [...] para sazonar sus perogrulladas", pero resulta inevitable darles crédito.

Al final, sabemos que Mediocristán es una mistificación, una salida de emergencia a un nihilismo inhabitable. Porque como dijo una vez un maestro, menos de cinco contradicciones es dogmatismo. Y lo que quizá nos está diciendo Noriega es que incluso la apatía existencial tiene que ser contradictoria si no quiere ser dogmática.

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