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El arte de esperar un hijo cuando sabes que quizá nunca lo tengas

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Imagen: Charles Deluvio
 

Os mostramos las 15 primeras páginas de 'El arte de no desesperar cuando no estás esperando', de Belle Boggs (publicado en Seix Barral y con traducción de Aurora Echevarría)

PlayGround Books

29 Enero 2018 20:27

'El arte de esperar', un texto de Belle Boggs

Es primavera cuando caigo en la cuenta de que puede que nunca tenga hijos. Alrededor de esa época reaparecen las cigarras tras trece años de espera; salen de pulcros hoyos abiertos en el suelo para desprenderse de las cáscaras larvales, y les brotan alas y vuelan hasta la copa de los árboles, llenando el aire con el sonido de su singular propósito: la reproducción. En los bosques donde vivo, una zona especialmente protegida de la destrucción del hábitat, la llamada de apareamiento de los machos, un zumbido vibrante y continuo, un sonido a la vez lejano y cercano, me crea la impresión de vivir dentro de una caracola.

Cerca del río, donde suena con más fuerza el canto de las cigarras, las cáscaras larvales desechadas —cuerpos de un ámbar translúcido, ingrávidos y espeluznantes— crujen bajo mis pies mientras paseo. En la otra orilla, en un nido construido en la copa de un pino alto y delgado, dos águilas calvas se turnan para cuidar a dos aguiluchos recién nacidos. En el agua aparecen crías de tortuga, ser- pientes pequeñas y patitos. Debajo del porche de mis padres, tres gatas callejeras paren una detrás de otra. Y en las noticias, un embarazo milagroso: en el parque zoolgico de Carolina del Norte se queda preñada Jamani, una gorila de once años, el primer embarazo de esta especie en veinte años.

En mayo voy a la consulta de mi endocrinólogo reproductivo, y en el aire que rodea el complejo de hormigón y acero del hospital advierto una extraña ausencia de sonido. No hay árboles altos para atrapar el viento o dar refugio a las cigarras, y en el puente peatonal del aparcamiento cubierto todos caminan deprisa, cabizbajos, concentrados en llegar a sus citas. En la sala de espera clavo la uña en la hoja de un ficus plantado en una maceta y me tranquilizo al comprobar que es de verdad: verde, vivo.

La selección de revistas que hay en la mesa deja que desear: un par de números antiguos del New Yorker, con la etiqueta de la dirección arrancada, y un volumen grueso con el alarmante título de Fertility and Sterility. En la portada hay una pequeña fotografía cuadrada de un mono Rhesus sostenido por unas manos humanas invisibles en una toalla blanca. El mono tiene una expresión atemorizada, con sus oscuros ojos muy abiertos, y su boca forma un pequeño óvalo rosado de sorpresa. La imagen de una cría de mono no parece la más adecuada para poner delante de unas mujeres que están pasando por la confusión y las incertidumbres de un tratamiento de fertilidad —«¿qué son esas manchas grisáceas y miste- riosas que se ven en la ecografía, por cierto?»—, pero como no estoy segura de cuánto tiempo me van a hacer esperar, cojo la revista. Paso las páginas hasta que doy con otra foto del mono y de sus hermanos, y el artículo correspondiente, sobre la conservación de la fertilidad en primates humanos y no humanos expuestos a radiación. A la madre de ese mono, así como a otras veinte hembras, se le dio un fármaco experimental y se la expuso a la misma clase de radiación que se administra a las mujeres en un tratamiento contra el cáncer. En otras páginas encuentro una investigación sobre las células testiculares de un ratón, las adherencias peritoneales en las ratas y la fecundación in vitro (FIV) en los babuinos.

Evidentemente, esta investigación se concibió para el estudio de la infertilidad humana, no de la animal. Los animales no humanos no se exponen a sí mismos a una radioterapia que puede poner en riesgo su fertilidad; ni posponen la reproducción, como he hecho yo, durante años tomando anticonceptivos. Reproducirse y asegurar la madurez sexual de la progenie es un imperativo biológico para ellos; de él depende su éxito, y especie tras especie observamos cómo tanto los machos como las hembras lo sacrifican todo, incluso la vida, para lograrlo. Pero en las especies con sistemas reproductivos más complejos —los animales genéticamente más cercanos a los seres humanos—, los científicos han documentado casos de infertilidad, desequilibrios hormonales, endometriosis y supresión reproductiva. «¿Cómo se enfrentan a ello?», me pregunto sin dejar de mirar la foto de la cría de mono Rhesus, sus grandes ojos redondos y separados diseñados para provocar una respuesta maternal. ¿Llevan mejor —o de otra manera— la infertilidad o la imposibilidad de procrear?

Me llaman por mi nombre, y un médico que no conozco me escanea los ovarios. Tomo notas en un cuaderno en blanco que he llenado de tréboles de cuatro hojas encontrados en mis paseos por el río: «¿Dos folículos? ¿Tres? Probabilidades de éxito entre un 15 y un 18 %». Al salir, robo la revista con el mono en la portada. De nuevo en casa, bajo el enramado de robles y nogales ame- ricanos, abro la puerta del coche y el sonido se cuela rápidamente, más sonoro tras su ausencia. El canto de las cigarras: miles y miles de machos contrayendo sus mem- branas internas para encontrar pareja. En Tennessee es tan exagerado que un hombre llama a Emergencias para quejarse porque cree que es alguien manejando maquinaria.

Al cabo de unos días voy al parque zoológico de Carolina del Norte, donde Jamani, la gorila preñada, no parece ser consciente de que desde que se dio a conocer su estado cada día vienen a verla decenas de visitantes más. Comparte recinto con Acacia, una hembra de dieciséis años socialmente dominante pero relativamente menuda, y con Nkosi, un macho de veinte años que pesa ciento ochenta kilos. La cría de los gorilas de las tierras bajas que se encuentran en cautiverio se gestiona según un Plan de Supervivencia de las Especies (PSE) que tiene por objeto asegurar la diversidad genética entre los miembros cautivos de una especie. Eso significa que a las gorilas adultas se les administran píldoras anticonceptivas como las que toman las hembras humanas hasta que las pruebas genéticas recomiendan su cruce con un macho de la misma especie. Aun después de recibir luz verde, una gorila cautiva puede tardar meses o años en concebir. Algunas nunca lo consiguen.

Los seres humanos llevamos muchísimo tiempo imponiendo a los animales métodos anticonceptivos y tecnologías reproductivas, reproduciendo a unos y esterilizando a otros. En los últimos años hemos administrado sofisticados tratamientos de fertilidad a animales en cautiverio que se hallaban en peligro de extinción, como los pandas gigantes y los gorilas de las tierras bajas. Estas medidas, de tecnología más o menos avanzada, han llegado a parecernos tan rutinarias como el manejo de nuestra propia reproducción. Nos sentimos responsables cuando esterilizamos y castramos a nuestros gatos y perros, y orgullosos cuando nuestros parques zoológicos publican fotos de crías nacidas de la suerte y de la ciencia.

Los seres humanos llevamos muchísimo tiempo imponiendo a los animales métodos anticonceptivos y tecnologías reproductivas, reproduciendo a unos y esterilizando a otros. En los últimos años hemos administrado sofisticados tratamientos de fertilidad a animales en cautiverio que se hallaban en peligro de extinción, como los pandas gigantes y los gorilas de las tierras bajas. Estas medidas, de tecnología más o menos avanzada, han llegado a parecernos tan rutinarias como el manejo de nuestra propia reproducción.

Jamani y Acacia llegaron al parque zoológico de Carolina del Norte en 2010, después de que se recomendara cruzar a Jamani con Nkosi, lo que se consiguió poniendo simplemente a los dos animales en el mismo recinto. El personal del zoológico confirmó el embarazo de Jamani a través de una prueba de embarazo conocida como EPT (por sus siglas en inglés), de las que se compran en la farmacia. Pregunto a Aaron Jesue, uno de sus cuidadores, si Acacia o la misma Jamani parecen haberse percatado del embarazo, si él o los otros cuidadores han notado cambios en su comportamiento, pero hasta ahora las únicas diferencias en la rutina son el aumento de los visitantes que acuden al zoológico para ver a los gorilas y las numerosas consultas que han realizado a científicos y encargados de zoológicos para que los ayuden a preparar el parto.

«Jamani sigue siendo la hembra sumisa —afirma Jesue—. Veremos si no cambia.»

Muchas mujeres infértiles afirman que lo peor de la experiencia es la envidia que les suscitan las embarazadas, que parecen estar en todas partes cuando se intenta (sin éxito) concebir. En el grupo de apoyo a la infertilidad al que voy, en el sótano de otro hospital que queda a una hora de casa, las sesiones a menudo comienzan con el tema de los celos y las pequeñas heridas.

«No me importa rodearme de bebés y niños, pero no puedo con las embarazadas —comenta una mujer elegante y atractiva con una práctica melena corta—. Las odio, me da igual cómo suene.»

De modo que hablamos un rato sobre ello: de borrar amigas de Facebook cuyas frecuentes actualizaciones de su estado documentan su ciclo gestacional, y de evitar las fiestas de regalos para el futuro bebé y los cumpleaños infantiles. Hablamos de nuestro miedo a vernos excluidas, a quedarnos atrás, mientras nuestras amistades y parientes hablan de criar a sus familias siempre en aumento. La familia como unidad de aislamiento social es un concepto que no es exclusivo de los seres humanos. En su hábitat natural, las crías representan la competencia para obtener recursos, y en no pocos casos la tarea de una ma- dre consiste fundamentalmente en ocultar y proteger a sus crías de miembros de su propia especie. Jane Goodall observó que las madres chimpancés protegían a sus crías de todo contacto con otros chimpancés sin hermanos durante los primeros cinco meses de vida, apartándoles las manos cuando intentaban tocarlas.

En una comunidad de titíes, la presencia de una hembra preñada puede causar infertilidad en otras hembras, aunque el resultado no es el aislamiento sino una mayor cooperación. Los titíes son unos monitos sudamericanos que experimentan una supresión en su funcionamiento reproductivo; por regla general, en un grupo de cría sólo la hembra dominante se reproduce, a menudo pariendo camada tras camada antes de que cualquiera de las otras tenga una oportunidad. Esto se logra a través del comportamiento —algunas hembras simplemente no se aparean— y de una respuesta neuroendocrina especializada ante la percepción de subordinación, que, como la píldora, inhibe el desarrollo folicular ovárico y la ovulación. Algunas nunca tienen su oportunidad, y permanecen en la categoría subordinada y no reproductiva toda la vida.

Los titíes construyen sus nidos en las enramadas de los árboles del bosque tropical y viven en grupos de tres a quince miembros, alimentándose de arañas, insectos y pequeños vertebrados. La cooperación pacífica es notable entre los titíes comunes, particularmente en el cuidado de las crías. Todos los miembros del grupo de más de cinco meses de edad —macho o hembra, dominante o subordinado— participan, y una hembra dominante permitirá a otros miembros llevar a su progenie desde el primer día de vida. Los científicos han apuntado que esta dependen- cia en la ayuda de sus congéneres —los titíes suelen parir gemelos— explica la supresión reproductiva hormonal y conductual. Este fenómeno de supresión se produce tan- to en libertad como en cautiverio.

De vez en cuando una hembra subordinada se reproduce, pero su cría tiene menos probabilidades de sobrevivir. Una razón es la práctica del infanticidio que los in- vestigadores han observado múltiples veces en su hábitat natural (las crías desaparecen sin más). El infanticidio ocurre con mayor frecuencia cuando una hembra subordinada pare durante el embarazo de la hembra dominante, que suele ser la atacante. A pesar de la brutalidad aparente de semejante práctica, ésta no parece mermar las relaciones sociales o la cooperación entre los titíes.

A veces esta cooperación es tan extensa que a los investigadores les resulta difícil establecer cuál de las hembras es la madre biológica. En un caso registrado por Leslie Digby en Brasil en 1991, dos hembras adultas parieron gemelos en la misma semana. Menos de un mes más tarde, dos de las crías habían desaparecido, pero como ambas madres siguieron criando a las crías supervivientes, fue imposible determinar cuál de las hembras era la madre biológica o «si las crías desaparecidas pertenecían a la misma camada», según el informe de Digby.

El mundo animal, al igual que el nuestro, está lleno de ejemplos paradójicos de mansedumbre, brutalidad y sufrimiento, a menudo al servicio de la reproducción. La hembra de la araña viuda negra devora a su pareja tras una compleja y delicada danza de apareamiento. Las águilas calvas, que tienen una sola pareja en su vida y comparten la responsabilidad de cuidar de las crías cuando procrean, a veces observan impasibles cómo el aguilucho más fuerte mata a su hermano. Al final de su ciclo vital, después de recorrer miles de kilómetros de agua salada, los salmones del Pacífico nadan hasta las corrientes de agua dulce en las que nacieron para desovar, y al entrar en con- tacto con el agua dulce experimentan un rápido deterioro de su carne. Los animales harán lo que sea para asegurar el éxito en la reproducción.

Para los seres humanos, «lo que sea» ha llegado a significar la fecundación in vitro, un procedimiento desarrollado en la década de los setenta que consiste en la manipulación hormonal del ciclo de la mujer seguida de la recogida y fertilización de sus óvulos, que se transfieren como embriones a su útero. En todo el mundo hay más de cinco millones de criaturas nacidas por este procedi- miento, que se ha convertido en una industria multimillonaria.

Los animales harán lo que sea para asegurar el éxito en la reproducción. Para los seres humanos, «lo que sea» ha llegado a significar la fecundación in vitro.

«Bebé probeta —dice otra mujer de mi grupo de apoyo, una joven médico de urgencias que se ha hecho cinco inseminaciones caseras y está pensando en pasarse a la fecundación in vitro—. Detesto ese término. Es un bebé y punto.» Ha conducido más de cien kilómetros para hablar a otras siete mujeres sobre el estrés y el aislamiento provocados por la infertilidad.

En las clínicas denominan con el nombre de Técnicas de Reproducción Asistida (TRA) a todo lo que hacen los médicos y los técnicos en esta dirección, suavizando el concepto de niño probeta, un ser humano creado en un laboratorio. Las técnicas de reproducción asistida son algo humano, social y no amenazante. No clonan ni copian sino que crean. A menudo se describen como invaluables, intemporales y curativas. No es raro gastar gran- des sumas de dinero en ellas. Son una inversión.

Todas estas ideas tranquilizan, tanto si se piensa detenidamente en ellas como si no, del mismo modo que también tranquiliza el hecho de tratar la infertilidad, pese a lo doloroso e indigno que a menudo resulta ser. Para la mujer, el tratamiento consiste en nutrir el cuerpo, que con suerte producirá óvulos y un grueso revestimiento del útero donde poder implantar un óvulo fertilizado. Todas las medidas que pueda tomar en un determinado mes —abstenerse de cafeína y alcohol, tomar Clomid o Femara, inyectarse Gonal-f o gonadotropina coriónica huma- na, anotar la temperatura y el moco cervical en un calen- dario especial— son en esencia maternales, rutinarias y abnegadas. En los foros de internet, donde las mujeres cambian impresiones sobre los periodos de Clomid, las inseminaciones y los ciclos de FIV, se utiliza una especie de jerga infantil para referirse a los órganos y las células del proceso reproductivo. Los folículos ováricos son folis y los embriones, embris, y a los embriones congeladoslos que no se utilizan en un ciclo de tratamiento y se congelan para futuros intentos— los llaman congeladitos o findus. Las frecuentes ecografías que se realizan a las mujeres en un ciclo de tratamiento, para observar el crecimiento de los folículos y el revestimiento endometrial, no son muy diferentes de las efectuadas en las primeras etapas del embarazo. En ellas intervienen una especie de varita, una pantalla y algo que crece.

Y siempre hay algo más que hacer, algo más que probar. En una clínica de TRA no se tarda mucho en gastar decenas de miles de dólares en pruebas, medicamentos y procedimientos. Cuando empecé a preguntarme por qué no podía concebir, me dije que todo lo que haría sería leer un libro y llevar una gráfica de mi temperatura basal. El siguiente límite que me puse fueron las píldoras: las to- maría, pero no iría más allá. Lo siguiente fue la Inseminación Intrauterina (IIU), un procedimiento de tecnología poco avanzada, y por lo tanto menos caro, que no requiere sedación. Si me comparo con las mujeres de mi grupo de apoyo, que salen de la sala en mitad de la reunión para ponerse inyecciones en los aseos del hospital, yo soy un peso ligero. A menudo, durante las discusiones acerca de los medicamentos y los procedimientos, no tengo ni idea de qué están hablando, y parte de la razón por la que asisto cada mes es para escuchar sus historias de terror. Espero así distanciarme del proceso, ver de lo que podría librarme si me rindiera.

Pero después de tres años intentándolo, no es fácil rendirse. Sé que sería mejor para el planeta si lo hiciera (aunque sólo fuera infinitesimalmente mejor) y, en cierto sentido, también lo sería para mí, como escritora. Desde un punto de vista económico, es sin duda lo más sensato. A los veintipocos años, cuando consideraba esta clase de decisiones en términos de blanco o negro, bien y mal, me habría parecido egoísta y despilfarrador gastar miles de dólares en procedimientos médicos innecesarios. Esa joven habría sostenido que era mejor donar el dinero a un orfanato o un hospital infantil. O adoptar un niño.

A los treinta y cuatro, cuenta con ahorros aunque limitados, sabe lo difícil que es la adopción y quiere desesperadamente que su cuerpo funcione como se espera que lo haga. Una gran parte de la presión y la frustración que provoca no poder concebir viene de la idea de que la fertilidad es normal, natural y saludable, mientras que la infertilidad es rara y poco natural, y significa que algo no funciona como debería en ti. No suele ser un problema que uno vea venir; desde que somos muy jóvenes se nos advierte y promete que el embarazo algún día ocurrirá. En mi grupo de apoyo siempre hay alguien que confiesa lo sorprendida que está de encontrarse allí.

Mis padres se casaron con poco más de veinte años y se fueron al campo para vivir en una granja y tener hijos. Tardaron trece meses en concebirme y mi madre dice que durante ese tiempo de espera pensó que los anteriores años tomando anticonceptivos la habían arruinado. Así es como lo expresó, arruinado, como si el resto de su cuerpo en forma, su fuerte espalda, sus manos de artista o su rápido ingenio no contaran.

Aunque me casé más o menos a la misma edad que mi madre —a los veintiséis—, nunca se me pasó por la cabeza tener hijos enseguida. El primer año de mi matrimonio impartí talleres de lectura y escritura en una guarde- ría de Brooklyn, y recuerdo que al comienzo del curso dibujé en un gran bloc un croquis con rótulos de mi dormitorio. Daniel, un niño brillante y encantador de cinco años, señaló la cama de mi dibujo.

—¿Por qué hay dos almohadas? —me preguntó.

—Una para mí y una para mi marido —respondí. Él abrió la boca.

—¡Vas a tener un bebé!

Me eché a reír y negué con la cabeza.

—Soy demasiado joven para eso —contesté.

En una reunión de padres constaté que los de Daniel eran más jóvenes que yo.

Tres años más tarde invité a una enfermera de la sanidad pública a hablar ante un grupo de alumnos de quinto a los que yo daba clase en Carolina del Norte. El tema de la charla era «Vuestros cuerpos cambiantes», una fuente segura de risas, pero la enfermera, una atractiva mujer de voz suave que daba la casualidad de que era ciega, impuso una silenciosa seriedad. Inclinaba la cara hacia arriba dando a sus palabras un aire de plegaria, y manejaba con reverencia los modelos anatómicos de plástico de la vagina y el útero. «Vuestros cuerpos son milagros —dijo a las chicas en una sesión aparte—. Están hechos para tener hijos. Ésa es la razón por la que menstruáis, el motivo de los cambios que se producirán en ellos.»

«Vuestros cerebros también son milagros —les dije yo después—. Un milagro mayor que vuestros úteros. No tenéis por qué tener hijos si no queréis.» Pero mis palabras sonaron débiles e indignas comparadas con el sereno dictamen de la enfermera. Siempre me sorprendo cuando oigo a mis alumnos, tanto si son niños como niñas, de la guardería como de secundaria, hablar de los hijos que algún día tendrán.

«Mis hijos no se portarán así», afirman mientras observan una clase revoltosa en una excursión escolar. O bien comentan con preocupación: «Apuesto a que sólo tendré hijos. ¿Qué haré rodeada de niños?». Les sale mucho más natural imaginar los hijos que podrían tener que los empleos que podrían conseguir o los lugares donde podrían vivir.

Tal vez no debería sorprenderme. Tal vez contemplarnos a nosotros mismos como padres no es sólo la expresión de un impulso biológico sino algo esencial para comprender el alcance de nuestra vida, quiénes somos y en qué podríamos convertirnos. Durante años he lidiado con el pavor a la vejez y la muerte, recordándome a mí misma: «Aún no he dado a luz». Me imagino claramente el momento —mi marido está a mi lado, mis padres espe- ran fuera para conocer a su nieto—, y el hecho de que no haya sucedido (siempre faltan al menos nueve meses) me tranquiliza, pues significa que todavía hay una nueva eta- pa de la vida que está por venir. No estoy segura de cuán- do empezaron a preguntarme si tenía hijos, creo que hace un par de años. «Aún no», respondo siempre.

Tal vez no debería sorprenderme. Tal vez contemplarnos a nosotros mismos como padres no es sólo la expresión de un impulso biológico sino algo esencial para comprender el alcance de nuestra vida, quiénes somos y en qué podríamos convertirnos.

En la revolucionaria obra feminista Silences, de Tillie Olsen, hay un capítulo titulado «La condenación de la mujer», sobre la elección entre el trabajo y los hijos que muchas escritoras se ven obligadas a tomar. Según ella, hasta el siglo xx no se manifestó «una angustia, un anhelo de tener hijos. Sólo en diarios íntimos y correspon- dencia privada». Los fragmentos que selecciona de los diarios de Virginia Woolf en particular son extraordina- rios por su franqueza y su dolor. Woolf, que nunca tuvo hijos, luchó durante más de una década con la idea de esa pérdida: … y salieron todos los demonios —negros y pesados—, tener veintinueve años y estar soltera, ser una fracasada, no tener hijos, estar loca…, no ser escritora… Woolf parece haber mezclado la imposibilidad de reproducirse con el fracaso artístico, aunque le faltan apenas dos años para terminar su primera novela. A los treinta y tantos, todavía sin hijos y a sólo unos cuantos de publicar La señora Dalloway, habla de nuevo sobre «no tener niños» y «no escribir bien» en la misma frase. A los cuarenta y cuatro, describe el pavor que siente al contem- plar la vida de su hermana como artista y madre: Observaré cómo se alza la ola. Observo. Vanessa. Hijos. Fracaso. Sí, eso lo detecto. Fracaso. Fracaso. (La ola se alza.)

Sólo después de abrazar la escritura como un «ancla», se reconcilia con su esterilidad: Puedo imaginarme en el papel de madre, es cierto. Y quizá he matado instintivamente el sentimiento; o quizá lo hace la naturaleza. Después de habernos pasado gran parte de la juventud imaginándonos como padres, no es de extrañar que aun los más fuertes permitamos que un fallo del cuerpo se convierta en lo que nos define. Pero la vida, que nos da otras ocupaciones, nos dice lo contrario. El dolor disminuye; consideramos con detenimiento nuestras opciones y tomamos decisiones. Trabajamos, viajamos, descubri- mos otras maneras de tener éxito.

Después de terminar Las olas, a los cuarenta y ocho años, Woolf describe la sensación de embriaguez que provoca escribir bien: Los hijos no son nada al lado de esto. Yo no soy Virginia Woolf, pero en ocasiones, cuando llevo una racha escribiendo o he disfrutado de un periodo de soledad, he tenido esa sensación. Es igual de emocionante que tomar drogas o bajar en bicicleta una pendiente pronunciada. Probablemente no es muy distinto de lo que siente una madre primeriza al mirar a su hijo.

«Aún no», he pensado, de repente protectora de mi tiempo, de mi privacidad, de mi libertad. Una vez le pregunté a mi padre: «¿Tener hijos de verdad destruye todos los sueños?». Él reflexionó unos momentos y respondió: «Sí. Y también se lleva todo tu dinero».

En el Facebook del parque zoológico de Carolina del Norte, los cuidadores de Jamani han colgado un vídeo de su última ecografía. En una postura practicada, se la ve de pie en una habitación interior agarrando la rejilla de acero que la separa del personal del zoo. Su vientre es ac- cesible a través del reducido espacio entre los barrotes. Los seres humanos y los gorilas están tan estrechamente emparentados que los miembros del personal usan mascarilla para protegerse a sí mismos y a ella de los virus.

Una vez le pregunté a mi padre: «¿Tener hijos de verdad destruye todos los sueños?». Él reflexionó unos momentos y respondió: «Sí. Y también se lleva todo tu dinero».

«Las manos arriba, las manos arriba», dice un cuida- dor haciendo sonar alguna clase de sonajero de adiestramiento mientras otro le ofrece una fuente de verduras. «Barriga.» Jamani no mueve las manos, pero el cuidador repite la orden cada pocos segundos. Le elogian su obediencia, y en el ordenador portátil del técnico veterinario aparece la imagen en blanco y negro de su cría, no es muy diferente de las ecografías humanas que he encontrado en Facebook. He visto el vídeo una docena de veces, estudiando la cara de Jamani en busca de indicios de comprensión.

«¡Qué maravilla!», se lee en un mensaje debajo del enlace.

«Lo está haciendo muy bien», se lee en otro.

«La cría ya es una monada.»

La hembra sin hijos, Acacia, que espera al aire libre durante el rodaje, debe de estar sentada sobre sus cuartos traseros, masticando lechuga o zanahorias, ajena al alboroto en torno a Jamani, que no ha hecho más que comenzar. Parte de la atención que le han prestado los medios de comunicación, los veterinarios y los parques zoológicos de todo el país se debe a lo insólito que es un embarazo entre gorilas en cautiverio y la incertidumbre que ello suscita. En 2010 sólo se registraron seis nacimientos exitosos de gorila en los parques zoológicos estadounidenses, y aun en el caso de que las crías nazcan sanas, cabe la posibilidad de que la madre las rechace. Si esto sucediera, los cuidadores de Jamani tienen previsto tomar a Acacia como madre sustituta. Mientras tanto, Acacia se aparea con Nkosi con regularidad, aunque toma píldoras anticoncep- tivas desde 2001 y permanecerá bajo control hasta que el Plan de Supervivencia de las Especies para los gorilas de- termine que Nkosi y ella son compatibles. Puede que ella nunca conciba, pero, según sus cuidadores, se la ve contenta.

Los animales no humanos esperan sin impacientarse, no tienen una fecha límite, y yo creo que ahí está el secreto de su serenidad. Acacia, que desde el punto de vista reproductivo lleva más de la mitad de su vida madura, espera sin saber que está esperando. Las larvas de las cigarras recién eclosionadas esperarán trece años bajo tierra. La tití sumisa que rechaza el sexo o cuyos ovarios no producen folículos maduros espera y espera, tal vez para siempre.

Aunque las mujeres estériles somos conscientes del transcurso de los meses y de los años —marcado por gráficas, visitas médicas, recetas y pruebas de embarazo—, tenemos algo que los animales no tienen, y es la posibilidad de tomar conciencia de una nueva finalidad, una percepción del «yo» que no esté ligada a la reproducción. Creo que llega con el tiempo, como da a entender Woolf, pero saber que llegará y entender la infertilidad como algo natural, incluso como un fenómeno útil, tal vez puede proporcionarnos cierta paz. Las comunidades de titíes no so- brevivirían sin las hembras cuidadoras que han suprimido su funcionamiento reproductivo. Si Virginia Woolf hubiera sido madre, tal vez no nos habría dado La señora Dalloway, Al faro, Una habitación propia o Las olas.

Creo que llega con el tiempo, como da a entender Woolf, pero saber que llegará y entender la infertilidad como algo natural, incluso como un fenómeno útil, tal vez puede proporcionarnos cierta paz.

Las cigarras enmudecen a finales de mayo. Las adultas han muerto —devoradas por otros animales, agotadas por el frenesí reproductivo— y sus alas cubren la tierra que protegerá y alimentará a sus crías. El silencio resulta alarmante al principio —cada mañana salgo esperando oír ese sonido de caracola—, pero también es un alivio. Espero que se alce otra ola.

(Fragmento de El arte de no desesperar cuando no estás esperando.

Texto de Belle Boggs, traducción de Aurora Echevarría)

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