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Cuando tomé un vino con él no sabía que era un cazatiburones

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Morten A. Strøksnes: intento de un retrato del mejor cronista noruego en cuatro actos

Luna Miguel

04 Mayo 2018 18:06

1. El vino

Lo primero que pensé cuando él dijo que sí fue “mierda, no”. Acababa de llegar a coctel de recepción que la embajada de Noruega en Canadá había organizado en honor a sus invitados al Metropolis Bleu Festival, y estaba demasiado hambrienta como para ponerme a charlar con escritores. Uno a uno, la coordinadora del programa en español, Ingrid Bejerman, fue presentándome a todos los presentes, la mayoría de ellos hombres que rondaban los cincuenta y cuyas novelas negras, por lo visto, solían convertirse en atronadores bestsellers alrededor del mundo. “Nice to meet you”, contestaba con educación mientras pensaba en realidad en mi estómago vacío.

Aunque sólo eran las ocho y media de la noche, la barra libre del bistro de inspiración parisina había acabado y las mesas de canapés se encontraban al lado completamente opuesto al que yo había elegido para tener más intimidad junto a Bejerman. Fue al acabar mi primera copa de cuatro onzas de vino blanco de Borgoña cuando apareció él: el único autor noruego que vestía completamente de negro y que parecía haberse ausentado durante todo ese rato para salir fumar.

No recuerdo exactamente de qué hablamos. No sé si le estreché la mano a la canadiense, o si nos dimos dos besos a la española. No sé tampoco si en algún momento nos dijimos nuestros nombres, pero lo que sí recuerdo es que a los cinco minutos de estar los allí parados empezamos a hablar de nuestros hijos. Curiosamente, los tres teníamos críos de dos años. Así que después de pedirse una cerveza, él terminó por enseñarnos las fotos de su niño rubísimo que jugaba en la nieve.

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Al fondo de aquellos paisajes fríos que se sucedieron en la pantalla de su iPhone apareció también una casa enorme en mitad de la naturaleza. “¿Wow, es tu casa?”, preguntó Bejerman. “Sí, nos acabamos de mudar”, respondió él con seriedad. Tocándome la tripa, e intentando tapar las burbujitas del ruido de mi hambre con más alcohol, yo asentí y pensé que quizá aquel paraje natural y tan blanco, perdido en vete tú a saber qué parte de Noruega, podría ser el escenario de algunos de sus libros. Que seguro que allí habría crímenes, desapariciones y terroríficos puntos de giro.

Pensé eso y me equivocaba. Porque como supe mucho más tarde de que Ingrid Bejerman nos dijera “¿no quieren irse a tomar algo juntos?” y él respondiera “sí” y yo respondiera “sí” también —aunque estuviera pensando que “no” porque me apetecía cenar sola y ponerme como una cerda en algún restaurante del barrio chino— Morten A. Strøksnes —así descubrí luego que se llamaba— no era un escritor conocido por lo que —desde mi perspectiva ignorante— sabemos de la literatura noruega: la novela negra; sino por su faceta como periodista político, columnista polémico y autor de algunas de las mejores crónicas literarias de toda Escandinavia.

2. El tofu

—¿Has venido a Canadá a presentar un libro de poemas? [No sé por qué pregunté eso]

—No, la traducción de un ensayo.

—Ah. [Shame]

Morten me pregunta después que a dónde vamos y le digo que al barrio chino. Lo había visto viniendo en el taxi desde el aeropuerto hasta el hotel, y estoy casi segura de que está muy cerca. Él vuelve a preguntar si sé a dónde nos dirigimos y le digo que sí, que tengo una brújula dentro de mi cuerpo y que nunca me pierdo en una ciudad nueva. Le miro de reojo y sé que no me cree, pero cuando aparecemos ante la enorme puerta que anuncia nuestra entrada en los dominios de Chinatown, saca el móvil y hace fotos al monumento, con cierto gesto de satisfacción. Más tarde, durante la cena, me pide disculpas por el comentario sexista que se había estado guardando, pero luego me lo dice igualmente: “las mujeres no soléis tener tan buena orientación”.

—Con Google Maps cualquiera puede tenerla.

Un camarero con cara de enfadado trajo la enorme bandeja de tofu que había pedido para mí sola. Cuando la vi sentí un poco de vergüenza porque verdaderamente aquello era demasiado incluso si llevaba diez horas sin comer. Morten A. Strøksnes, que ha viajado por medio mundo y que incluso ha conocido algunos barrios oscuros y extraños de China, miró mi plato con indiferencia y con pena. Aquel era un lugar conocido por sus mariscos, y voy yo y pido una fuente de masa blanca frita. ¿Por qué alguien haría algo así? Pero lo cierto es que Morten A. Strøksnes, con sus cincuenta y tantos años y con un historial de viajes por lugares trepidantes y exóticos, probablemente plagados de comidas igualmente trepidantes y exóticas, nunca había probado un plato así.

—Desde luego, te doy las gracias, porque yo no habría pedido esto en la vida. Y puedo decir que está delicioso. Sorprendente.

La conversación continuó entre churretes de aceite de tofu cayendo por mi mentón e historias sobre viajes y libros que él iba narrando en un inglés áspero. Sólo eran las diez y media de la noche, pero la presencia de adolescentes devorando ostras y almejas en salsa después de haberse fumado unos porros me hizo pensar que se nos estaba haciendo demasiado tarde. Morten insistió en invitarme al tofu, y el camarero nos trajo unas galletas de la fortuna cuyos mensajes encontramos absolutamente indescifrables y demoledores.

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—¿Cómo se llama tu libro? —pregunté antes de irnos.

—Creo que la traducción al español es El libro del mar. Suena como la versión italiana. De hecho tienen la misma portada. Se publica este año.

—Qué casualidad, ¿y en qué editorial?

—Algo así como... ¿Salamandra?

—¡Ah, sí! ¡La editorial de Harry Potter! [¿Qué me pasa? ¿Por qué hablo de Harry Potter? Le voy a desanimar. Cambia de tema, Luna:] Pero también de otros autores franceses muy interesantes. Tienen buenas traducciones. Felicidades.

Caminamos de vuelta hacia el hotel. No recuerdo si en completo silencio o compartiendo anécdotas sobre otras ciudades a las que la literatura nos había llevado. Una semana después de aquel paseo mi memoria sólo es capaz de reproducir el ruido de su mechero prendiendo un cigarrillo en mitad de una plaza fría contigua a St Laurent Street, en la que unos proyectores dibujaban grafitis de luz que bailaban sobre las medianeras de ladrillo visto.

—A mi hijo le fascinaría eso, dijo Morten. Asentí pensando en el mío.

Minutos más tarde, ya en mi habitación del hotel en el que nos hospedábamos los más de cien invitados al festival, lo primero que hice fue volver a teclear el nombre de Strøksnes para buscar toda la información sobre la persona con la que había compartido las últimas horas y cuyo apellido no sabía pronunciar.

Una cascada interminable de información en diversos idiomas se desplegó ante mis ojos, y cada una de las páginas que consultaba me dejaba más impresionada. Me pareció curioso e inquietante comprobar que a veces Google y Google Translator pueden ayudarnos a conocer mejor a una persona que tres horas de charlas analógicas con la misma. Pero de entre todos aquellos links de editoriales, revistas literarias, columnas de periódicos noruegos, posts de Facebook, reseñas en italiano, inglés y francés, y noticias sobre el éxito en ventas de su último ensayo, lo que más me sorprendió fue enterarme, gracias a la sinopsis de El libro del mar, de quién era realmente aquel escritor alto, oscuro y sigiloso.

El hombre al que le descubrí el tofu era un cazatiburones.

3. El tiburón

El tiburón de Groenlandia es una de las especies más grandes de este animal en todo el mundo. Su tamaño ronda los siete metros de longitud. Dicen que algunos de estos tiburones han llegado a vivir más de cuatrocientos años. La mayoría de ellos, por cierto, están ciegos.

Aprendo estas cosas en una página de Wikipedia, pero más tarde profundizo en la historia del animal con más longevidad de nuestro planeta cuando consigo comprar la edición francesa de El libro del mar, publicada en Gallimard en 2017. Morten A. Strøksnes cuenta las curiosidades del enorme bicho marino en una crónica en primera persona, cuya escritura surge durante el año en que el escritor decidió reunirse con su amigo Hugo —un artista que expone gatos muertos, y colecciona cachos de barcos que encuentra en sus expediciones en solitario por los mares del norte— para dar comienzo a la caza del tiburón boreal.

¿Qué llevó a un periodista y columnista de renombre como él a apartarse del mundo real durante tanto tiempo sólo para dar caza a este pesado ser? Eso fue lo primero que me pregunté al empezar el libro, y también lo primero a lo que hallé respuesta en sus delicadas, naturales y bellísimas páginas.

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La historia de la caza era la historia de la reivindicación de un territorio tanto físico como literario, o como, si lo queremos, humano. Con ese yo y con esa búsqueda forzada de la naturaleza que se respiraba en otros célebres libros de hombres del norte como El libro de la madera o como La vida simple, lo que encontré aquí fue a un hombre harto de la urbanidad. Harto de la ausencia de contemplación. Harto, incluso, de ser hombre. Harto de vivir en un planeta al que llamamos tierra y no mar, cuando en realidad nuestra esencia está hecha de agua. De esa materia salina y salvaje a la que se lo debemos todo —también nuestra mejor poesía—.

Sentada en una cafetería preciosa de St Laurent Street en Montreal, tuve miedo de seguir leyendo a Morten A. Strøksnes. No porque los tiburones me asusten —o el mar, en general, lo respeto tanto desde que se tragó a mi madre— sino porque la sola presencia de su autor en aquellas mismas calles y en aquel hotel en el que me quedaban otras 48 horas de estancia, me daba pavor.

En el lobby del hotel, en las charlas del festival, en el buffet libre del desayuno, a las ocho de la mañana, la silueta alargada de Strøksnes se me hacía tiburonesca. Sólo había que mirar su piel, ¿dónde escondía las branquias? O sus ojos, ¿no estaban demasiado afilados? O incluso su aura, ¿no se congelaba el aire cada vez que pasaba cerca, como si al cortarlo con su figura estuviera dando paso a las heladas corrientes de Skrova? Ahí estaba la respuesta a todas mis preguntas sobre el periodista noruego.

Morten A. Strøksnes no era Morten A. Strøksnes.

Morten A. Strøksnes se había convertido en tiburón.

Para saber qué hacer con aquella revelación, regresé a Google. Empecé a traducir compulsivamente las entrevistas anteriores y posteriores a la aparición de El libro del mar. En las primeras encontraba a un hombre afable, que ante las periodistas del diario Universitas era capaz de mostrarse “con calcetines de lana y sandalias”. En las siguientes encontraba a un hombre duro. Capaz de emocionarse solo cuando hablaba de su huida de la “horrorosa” ciudad de Oslo.

Por esa entrevista, por cierto, supe que Strøksnes había estado en México. De hecho, antes de perseguir al tiburón, intentó cazar el espíritu de las tierras calientes y violentas del país del alcohol de agave. Esa otra crónica periodística, imposible de encontrar en un idioma que yo entienda, la escribió empujado por la muerte de su madre. Algo que me provocó dolor saber, porque recordé que mi primera vez en México también sucedió meses después de la muerte de la mía.

Según declaró el escritor en la entrevista con Universitas, aquel viaje le hizo darse cuenta de que él también provenía de un lugar exótico. Ese mismo que luego se convertiría en el objeto de estudio de su último libro. Ese que es blanco y que es frío, y en cuyo mar Strøksnes empezaría su metamorfosis en selaquimorfo.

4. Y el despacito

Me despedí del hombre-tiburón casi del mismo modo en el que me presenté: bebiendo. Era sábado por la noche y tanto la comitiva hispana —argentinos, peruanos, colombianos, mexicanos y una española ebria— como a la comitiva escandinava acabamos en tomando cerveza y sake en un reputado restaurante japonés que abre su cocina hasta la madrugada y que a partir de las doce se convierte en discoteca. A pesar del extraño combo, parece muy popular en la comunidad asiática de Montreal, y en TripAdvisor tiene 4 estrellas.

Qué rara era aquella imagen: a un lado de la bancada, mis amigos latinos movían el cuerpo con euforia. Habían salido a bailar y como por arte de magia el DJ asiático les entregó la llave del reguetón nada más verles aparecer en su pista. Al otro lado, en silencio, como si vinieran de otro planeta, los escandinavos hablaban susurrándose al oído. Y unas veces parecía que no quisieran estar allí. Y otras sonreían como si de verdad sí lo desearan con fuerzas.

En El libro del mar hay algunos fragmentos tremendos sobre la necesidad tan humana y tan masculina de buscar la muerte. De reconciliarse con ella. También sobre el esfuerzo. Sobre la sangre. Sobre las marcas de las historias que nos duelen en el cuerpo. Morten A. Strøksnes es un hombre que ha pisado las cicatrices de algunas guerras, de algunos parajes inhabitables alrededor del mundo. Reflexiono sobre eso justo en el segundo en el que por los altavoces retumba la voz de Luis Fonsi y su Despacito, y en el que mi buen amigo peruano Jorge Alejandro Vargas Prado me saca a bailar. Eufórica, la comitiva hispana perrea en la pista. En un momento dado, y para mi sorpresa, tres cuerpos de la sección escandinava emergen de la oscuridad y se contonean humildemente como grandes peces en el océano. Entre ellos está Strøksnes. Y eso que yo pensaba que el mejor cronista de Noruega no bailaba. Y eso que yo creía que el hombre-tiburón prefería los lugares fríos e inhabitados. Pero una vez más me equivocaba. Eran mis prejuicios los que pensaban por mí.

Al día siguiente, después de terminar la noche cotilleando sobre amor y sobre maternidades con Ingrid Bejerman, el poeta Vargas Pardo salió al escenario de la gran sala del Festival y dedicó su lectura poética en quechua a los escritores escandinavos que habían participado en el Metropolis Bleu. Lo hizo de corazón, quizá por que sabía que pese a todas las diferencias, allí habíamos entrado en comunión. Que habíamos acabado rindiéndonos, aunque fuera por 4:42 minutos, a un rito más liberador y más salvaje si cabe que el de la escritura.

No deja de ser irónico que al final de un evento literario tan intenso e importante, con un desfile de personalidades y voces tan emotivas —Lola Lafon, Jaime Abello, Leila Guerriero, Dirk Kurbjuweit— lo más intenso, importante y emotivo de todo ocurriera para algunos en los márgenes —la discoteca, el cuchicheo, el vino gratis de la embajada Noruega—. Me refiero a esos momentos en los que lo que importa no es el libro, ni la notoriedad, ni el éxito, sino el chute de energía que supone darse cuenta de que lo que uno desea es trasladar toda esa euforia a los lectores. Impregnarles de toda esa magia y toda esa locura que supone ponerse delante de alguien que con su corazón y su cerebro ha escrito algo hermoso.

Eso es lo que sentí al leer en el avión de vuelta a Barcelona El libro del mar de Morten A. Strøksnes. Esa paz de reconocerse en algo tan ajeno. Esa pasión por perderse uno mismo, por reencontrarse después, por escribirlo para ayudar al otro a entenderse, despacito, en este planeta al que llamamos tierra pero que tantas veces nos ahoga.

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