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Lo peor de Lars Von Trier es tener que fingir que “ha ido demasiado lejos”

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Imagen: Arte PG
 

/OPINIÓN/ “La película de Lars Von Trier provoca vómitos y desmayos en Cannes, dice la prensa, pero lo único que ha hecho el director es volver a tirar su juguete al suelo” #ContraTodo

Eudald Espluga

16 Mayo 2018 18:40

Lars Von Trier ha vuelto a tirar el juguete al suelo y todo el mundo le está regañando. Su última película, The House That Jack Built, indignó al público de Cannes, que la calificó de “asquerosa", "pretenciosa", "vomitiva", "tortuosa" y "patética”. Las imágenes de señores trajeados abandonando la sala muy enfadados pronto se hicieron virales, y la prensa se regodeaba en la última animalada del cineasta: "Lars Von Trier manda a Cannes al infierno", "Lars Von Trier, cruel, exasperante y genial", "La película de Lars Von Trier provoca vómitos y desmayos en Cannes".

Aparentemente, el film es un cóctel de violencia y grandilocuencia a partes iguales: asesinatos brutales, mutilaciones y cadáveres vejados, todo ello sobre un trasfondo pseudoreligioso evidente hasta lo grosero. Es la combinación perfecta para indignar a un público reticente, que no estaba dispuesto a aguantar los juegos de Von Trier: mera transgresión de salón, casi tautológica. En el pase de prensa nadie abandonó la sala, nadie se indignó. Gustó más o menos, pero en todo caso no era un film más terrible que cualquier cinta de "torture porn" al estilo de Saw o Hostel, que hayamos podido devorar sin miedo a que se nos atraganten las palomitas.

Da igual que haya más perversidad en un capítulo de Pocoyó que en sus películas. Independientemente de lo que haga, su nombre es sinónimo de polémica. Su imagen pública se ajusta perfectamente al perfil de genio loco: depresivo, alcohólico, misógino, irreverente, provocador. Dotamos de profundidad y sabiduría sus excesos, e incluso le perdonamos lo que a otros no. A finales del año pasado, Björk denunció que durante el rodaje de Bailando en la oscuridad la había acosado sexualmente, pero el caso se normalizó con una rapidez incomprensible: eran cosas de Lars.

(Fotograma de 'Los idiotas', de Lars Von Trier)

Que su paso por festivales y salas de cine se haya convertido en "lo de Lars Von Trier" tampoco debería sorprendernos. Para el danés, la producción de una película nunca se ha terminado en la sala de montaje: entiende que la recepción forma parte de la obra, y con su trabajo busca incomodar, agobiar, molestar. Ya desde su primer trabajo como realizador en 1982, cuando todavía estaba en la escuela de cine, era muy consciente del efecto que buscaba producir en el espectador. El movimiento Dogma 95 no podía entenderse sólo como una opción estética. Por su desnudez, películas como Los idiotas o Rompiendo las olas desafiaban ya todo tipo de tabúes y violentaban nuestra posición frente a la pantalla.

Justamente en Los idiotas el danés reflexionaba sobre los límites de la provocación. ¿Cuándo ha llegado una broma demasiado lejos? ¿Cuándo deja de hacer gracia? ¿Hasta qué punto debemos ser fieles a nuestras propias payasadas?

Para explicar su voluntad de transgresión, Von Trier ha dicho más de una vez que una buena película es como tener una piedra en el zapato: tiene que doler e incomodar, pero nunca impedir que sigas andando. El problema es que sus últimos trabajos se parecen más a tener que andar con el propio Von Trier agarrado a los pies, mientras nos recuerda a codazos lo provocadores que resultan sus films. Sus desafíos resultan vacíos —¡porno en 2016!— o excesivamente ridículos, como ese zorro con voz metálica que en el Anticristo vaticinaba la llegada del caos.

Pero lo peor, de largo, es que nosotros sigamos con aspavientos e indignación la monserga de "lo de Von Trier": fingiendo cada dos años que esta vez ha ido demasiado lejos.

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