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Artículo Condenada a diez años de trabajos forzados por pintar un bigote a Stalin Lit

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Condenada a diez años de trabajos forzados por pintar un bigote a Stalin

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"Mi hambre es más grande que mi vergüenza. Que se rían si quieren. No quiero morirme de hambre, ya me reíre de ellos cuando salga de aquí. Mi triunfo será haber sobrevivido a todo esto" —Erika Riemann

Eudald Espluga

17 Noviembre 2017 06:00

“A veces pienso en infamias”, nos dice la turbadora voz de Erika Riemann. Pero cuando Erika piensa en infamias —en sus rebeldías adolescentes, en la opresiva miseria de su hogar, en las impertinentes señoras que visitan la peluquería en la que trabaja— todavía no sabe qué es la infamia.

Su cuerpo no ha sido golpeado y humillado. Su piel no ha estallado en sarpullidos, recubierta por una purulencia desconocida, ni su esqueleto ha rebotado por las escaleras. Cuando Erika habla de infamia todavía no ha confundido la sangre de su primera menstruación con la sangre que le brota de las heridas. Todavía no sabe qué es el hambre, ni ha experimentado la asombrosa escala de indigencias posibles tras unas semanas sin comer. No ha bebido sopa de una escupidera, arrodillada como un perro, ni se ha cagado y meado encima.

Cuando Erika habla de infamias todavía no ha sido torturada, no la han privado de sueño ni han ultrajado su cuerpo desnudo. No la han llamado zelischka para reírse de su virginidad mientras un grupo de hombres la manoseaba. No la han encerrado durante días en una caja donde apenas puede respirar. No han tratado de violarla repetidamente, ni ha sentido la repulsión ante el hombre: ante todos los hombres.

Erika convive con la misantropía rabiosa de la adolescencia, pero todavía no ha viajado en un tren lleno de cuerpos inertes, ni la han metido en una cámara de gas solo para asustarla. Todavía no le han reventado los labios, los dientes y la mandíbula a golpes: por eso desconoce el sabor metálico de la sangre. Todavía no ha sentido la angustia de ser juzgada en una lengua que no entiende, ni la impotencia de que se la coaccione hasta firmar unos documentos en los que, supuestamente, confiesa su culpabilidad.

Cuando Erika piensa en infamias, todavía no ha sobrevivido para contarlo, para recomponer lo indecible de su pasado en unas memorias violentas, salvajes. Todavía no sabe qué es el miedo a la muerte. Todavía no ha deseado morir.

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En otras palabras: es 1946 en el pequeño pueblo de Mülhausen, situado en el sudoeste de la Alemania del Este, y la pequeña Erika Riemann todavía no ha pensado que el nuevo dictador parece triste en el retrato que han colgado de él. Todavía no ha sacado su pintalabios del bolso y ha decidido pintarle un bigote para alegrar su expresión. Todavía no ha "mancillado la imagen del camarada Stalin", injuriando así al Ejército Rojo y haciéndose cómplice de las guerrillas de resistencia contra los Aliados.

Yo le pinté el bigote a Stalin son las memorias de una niña de 14 años que fue condenada a 10 años de trabajos forzados en Siberia por un garabato. La historia de su inocente iconoclastia es testimonio de lo inconcebible, de la sistematización militar del absurdo bajo el yugo de estalinismo. Con su cruda descripción en primera persona, desnuda la intimidad de dos totalitarismos sin solución de continuidad. Una mirada infantil que recorre los marcos de fotos y no entiende nada. "Hasta hace poco lo ocupa la imagen de Adolf Hitler, siempre rabioso y de mirada penetrante. pero el dictador que nos observa ahora es otro, aunque con un aspecto no menos sombrío."

La macabra condena de Erika nos conduce por una Alemania apenas reconocible. Torgau, Ludwiglust, Sachenhausen: la geografía del horror. Será prisionera en cárceles de todo tipo, desde castillos hasta campos de concentración. Vivirá entre mujeres que fueron condenadas por traficar con comida para sus hijos, condenadas por contar chistes. "¿Has comido alguna vez panceta de Stalin? No, no puedes porque el cerdo todavía está vivo". Por momentos, el relato de Erika se vuelve coral: transfiguradas por el instinto de supervivencia, las prisioneras devienen un solo cuerpo moribundo y contradictorio, un colectivo sin conciencia de su unidad pero decidido a resistir.

Quizá por eso mismo, la primera parte del libro es más fácil de leer. La línea entre los culpables y los inocentes está clara; descubrimos cuerpos que se resisten a ser violados y mutilados, que se unen para sobrevivir, que son capaces de aguantar más de lo que nostros podríamos llegar a imaginar.

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Sin embargo, la segunda parte del libro nos habla de su vida después de ser liberada y, paradójicamente, resulta mucho más sombría e inquietante. Tras lo inenarrable de su cautividad, Erika es una persona rota. Puede reencontrarse con su familia, llevar una vida normal, casarse, tener hijos, desempeñar una profesión. Pero ahora su cuerpo es una cáscara vacía. Puede hacerlo todo, sí, pero ya nada tiene sentido.

"Emergen retazos. Sí, estaba muy cansada. Las pastillas para dormir. Un tubito vacío en el suelo. Me las he tomado todas. No tenían buen sabor, aunque el menos no era tan terrible como la idea de tener que seguir adelante. No estoy muerta. Otra vez que no lo consigo."

Los años pasan más rápido y el relato se vuelve fragmentario. La depresión parece obnubilar su conciencia de una forma que las torturas y las vejaciones no habían logrado hacerlo. Y aunque descubrimos que escribir sus memorias es la única forma que Erika Riemann encuentra para dar sentido a su existencia, somos incapaces se saber si la última línea del libro anuncia una catarsis final o la aceptación de una nueva condena.

"Mi libro se imprimirá y se publicará. He dejado el muro a mis espaldas. Tras cuarenta y cinco años, por fin soy una mujer libre."

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