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Berliac, el dibujante de cómic que reivindica el robo cultural como esencia creativa

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Charlamos con el dibujante argentino coincidiendo con la publicación de 'Sadbøi', un cómic de trazo manga que reflexiona sobre cómo construir la propia identidad a través del arte

víctor parkas

14 Noviembre 2017 15:19

Berliac (Buenos Aires, 1982) llegó anteayer a Barcelona, hizo check-in en su hotel, subió a su habitación para dejar la maleta y, con ella, el premio que le concedieron el sábado en el GRAF –un festival de autoedición que distinguió al argentino con el galardón Al que la lía más parda.

Luego, bajó al Raval.

“El Raval es mi segundo hogar”, me dice Berliac, que pasó más de un lustro viviendo en la capital catalana. Allí (aquí) desempeñó su primer trabajo –barrer una peluquería a 2,70 la hora– y también el segundo –lavar ropa en un local de la plaza del tripi. “Había una señora de 90 años, la Canija, que me traía prendas sueltas para lavar y luego me pagaba con porros”, recuerda. “También tuve que quitar manchas de sangre de las chaquetas que, tras pelearse, me traían los sadbøis marroquíes”.

Tiempo muerto: ¿Qué es un sadbøi? “Sad Boys es el grupo del escandinavo Young Lean y ahora también un subgénero dentro del rap”, aporta el dibujante. “Si el ladrón que protagoniza mi cómic toma su nombre de esa escena, es porque Sadbøi trata justamente de eso: va sobre apropiarse de cosas que son de los demás”, resuelve Berliac

Reanudemos el partido: Sadbøi es el último cómic de Berliac; una especie de tratado manga que reflexiona sobre el papel del arte en la construcción de la propia identidad, a la vez que reta al lector con preguntas directas y diáfanas. ¿Puede el crimen ser arte? ¿Podemos acercarnos al 'otro' sin polarizar los pasos que nos llevan hasta él? En sus páginas, conoceremos a Sadbøi, un joven inmigrante viviendo a caballo entre residencias adoptivas, centros de menores y pisos okupados; encabalgándose, pequeños hurtos y barrotes de cárcel.

De repente, el arte irrumpirá en ese mundo bicolor para presentarse como necesario subterfugio.

"Yo no estoy influenciado por el manga: yo hago manga"

Berliac

“El cómic propone el arte como herramienta para recuperar poder de decisión sobre uno mismo”, explica Berliac. “La idea surge cuando me mudo a Berlín y me doy de bruces con la situación de los refugiados. Entro en contacto con ellos, así como con los activistas que les tratan, y caigo en la cuenta de que su condición –refugiados– lleva implícita una identidad impuesta por terceros. Quise explorar cómo esa idea del 'otro' se utiliza para fines políticos, de derecha a izquierda”, incide el autor.

“La epopeya de Sadbøi consiste, así, en cómo salir de ese fuego cruzado; en cómo trascender la categoría que otros se empeñan en otorgarle”, concluye.

Sadbøi es muchas cosas, pero maniqueo no es una de ellas. ¿Ameri-manga? Mucho menos. “Yo no estoy influenciado por el manga: yo hago manga”, deja claro el autor. “Si de alguien va a un dojo de karate, con uniforme de karate, y utilizando terminología de karate, no decimos que está influenciado por el karate, sino que hace karate, no entiendo por qué alguna gente sigue negándose a admitir que yo sea un mangaka”, expone Berliac, natural de Buenos Aires.

En un texto tan potente como problematizable –y problematizado–, el dibujante regurgitaba tesis de Edward Said y su Orientalismo para establecer analogías entre la apropiación cultural del mangaka occidental y las personas que transitan de sexo. “Según Said, la idea occidental que se tiene de Oriente está feminizada para propiciar así la invasión colonial. Entonces, si Oriente está feminizado desde nuestro prisma, y el manga es una de sus expresiones, adoptarla podría entenderse como transitar de un género a otro”.

"No pienso en la apropiación cultural como algo negativo, sino todo lo contrario: creo que derriba más barreras de las que genera"

Berliac

“En ese texto tan polémico, definí mi salto al manga como salir del closet, porque era algo que siempre había estado ahí, y que yo había reprimido. En Argentina, cuando yo era niño, el manga se asociaba a lo femenino; si lo leías sin ser niña, eras el rarito”, rememora, sobre los días en que consumía manga y anime a hurtadillas. “Fíjate que, en las comunidades otaku, se ve con normalidad que, para un evento puntual, un chico se vista de mujer –hablo de esos chicos que van a las convenciones vestidos de Sailor Moon. Como evento social, ¿qué diferencia hay entre ir a un salón del manga o salir a bailar a una discoteca? Ir a una discoteca vestido de mujer tiene, de forma arbitraria, unas implicaciones diferentes a las que tiene un otaku vestido de Sailor Moon”.

El manga y su práctica, según las digresiones del autor, pueden llevar así al empoderamiento.

Como el protagonista de su cómic, Berliac también reivindica el robo como “dinámica elemental para el tráfico entre culturas” y el “diálogo constante” entre los distintos estilos. “No pienso en la apropiación cultural como algo negativo, sino todo lo contrario: creo que derriba más barreras de las que genera”. Osamu Tezuka, me recuerda el dibujante, le robó a Disney. Él, roba a Katsuhiro Otomo. “Sadbøi es mi versión de Akira”, confiesa, “las dos comparten estructura y están protagonizadas por jóvenes con cualidades extraordinarias a los que se quiere utilizar con fines políticos hasta que, literalmente, explotan”.

A vueltas con la sustracción como caballete-sujeta-lienzo, Berliac sostiene que todo robo, sea su víctima Wong Kar-wai, sea su víctima Roberto Bolaño, termina en una recontextualización. “Si te roban dinero, el uso que vaya a darle el ladrón a dicho dinero es distinto al que le habrías dado tú. Solo por el hecho de circular en entornos distintos, ese capital se recontextualiza; entra en otra economía: si yo te robo una cantidad concreta aquí en Barcelona y me la llevo a Europa del Este, esa cantidad tendrá automáticamente un valor diferente”.

“Con la cultura”, termina el autor de Sadbøi, “sucede algo similar”.

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