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Autoayuda canalla: a la mierda el pensamiento positivo

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Imagen: Arte PG
 

¿Por qué casi todos los libros de autoayuda empiezan diciendo que "este no es un libro de autoayuda"?

Eudald Espluga

27 Marzo 2018 07:47

Casi todos los libros de autoayuda comparten una paradójica advertencia inicial: "esto no es un libro de autoayuda".

Se trata de un pudor intelectual que adopta distintas formas: "aquí no encontrarás recetas fáciles"; "éste no es el típico libro que te dice que todo va a salir bien"; "no creo demasiado en la autoayuda"; "no es un compendio de consejos bien intencionados"; "no te voy a hablar de las bondades del pensamiento positivo y todo el rollo new age". Incluso hay un libro que se llama así: Este no es un libro de autoayuda. Tratado de la suerte, el amor y la felicidad.

Aunque de entrada esta disonancia pueda resultar sorprendente, la repetición obsesiva de esta muletilla responde —por lo menos— a tres motivos distintos: distanciarse en primer lugar del estigma asociado a la industria de la autoayuda. Después dotarse de autoridad experta —tanto científica como espiritual— por oposición a la "sabiduría de bolsillo". Y por último perfilarse como garante del "pensamiento crítico".

Sin embargo, cada vez hay más libros que en vez de esgrimir ese "nosotros no" con gesto discreto y acomplejado, se dedican a concentrar su promesa de felicidad en este rechazo explícito del consejismo barato de la industria. Lo hacen con descaro y provocación: quieren dejar claro que lo suyo no es el misticismo blando y metafísico para señoras tristes y solas; ellos no nos van a resumir el camino del amor en siete sencillos pasos ni pretenden contentarnos con dulces proclamas sobre los poderes de la mente.

Autoayuda canalla: a la mierda el pensamiento positivo

El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, de Mark Manson, es un ejemplo perfecto esta forma de autoayuda canalla, pensada para lectores incrédulos y políticamente incorrectos que no se conforman con galletas de la fortuna.

El manual, que se publicará a principios de abril, se anuncia como "rompedor" porque dice palabrotas y se caga en el pensamiento positivo. Arremete contra los discursos que nos invitan a visualizar nuestro éxito, ya que considera que esta preocupación por el futuro es una fuente de infelicidad permanente. Por esto su conclusión es tan simple como el diagnóstico: (casi) todo debería importarnos una mierda.

Sin embargo, este estoicismo rebajado con agua no es novedoso en el campo de la autoayuda. De hecho, la invitación a racionalizar nuestros esfuerzos emocionales para conquistar la autodependencia —depender sólo de nosotros mismos— es uno de los ideales transversales de la ética de la autoayuda. El arte de mandarlo todo a la mierda es el arte del desapego que defendieron Marco Aurelio y Séneca, pero sin la frugalidad estricta de los pensadores antiguos.

La autoayuda canalla es un efecto de mercado, el resultado neto de la diversificación de la oferta: autoayuda para lectores descreídos, recelosos y críticos.

Tampoco el posado gamberro es original. Las virtudes psicológicas del pasotismo ya habían sido consideradas por Sarah Knight, quien se esfuerza por sobreactuar su lado macarra en cada publicación y cuyos libros siempre llevan las palabras "fuck" o "shit" en el título. Y un repaso rápido a las últimas publicaciones de este sector nos revela que se trata además de un estilo consolidado: este mismo enero Andrea Owen ha publicado Cómo dejar de sentirse como una mierda; en 2015 Michael y Sarah Bennett publicaron A la mierda los sentimientos, y en 2017 A la mierda el amor; en 2011, Jillian y Michel Madison publicaron Querido imbécil; y el mismo año Julie K. Norem publicó El poder positivo del pensamiento negativo, que puede considerarse uno de los precursores de esta autoayuda paradójica que escribe abiertamente contra sí misma.

Son muchos más los nombres que deberían citarse aquí: Svend Brinkmann, James Altucher, Jen Sincero o Robert A. Glover, doctor en psicología que ha llevado la retórica canalla a la excelencia con su Basta de ser el tío simpático. Un plan efectivo para obtener lo que quieres en el amor, el sexo y la vida.

(Detalle de portada de 'Fuck Feelings', de Michael y Sarah Bennett)

En España, Francesc Miralles se apuntó a la moda con La autoayuda al descubierto, un libro cuyo objetivo explícito era desnudar las mecánicas internas de este producto editorial, aprovechando su larga experiencia en el sector, pero que sin embargo acababa revelándose como un manual de auotayuda para aprovechar más los manuales de autoayuda. Y, por otro lado, libros como Instrucciones para fracasar mejor, de Miguel Albero, o Cioran, Manual de antiayuda, de Alberto Domínguez, que aunque adoptan la retórica canalla para cuestionar la autoayuda desde una perspectiva filosófica, acaban ajustándose peligrosamente al modelo que parodian.

Esto sí es un libro de autoayuda

Aparentemente, la autoayuda canalla es un efecto de mercado, el resultado neto de la diversificación de la oferta: autoayuda para lectores descreídos, recelosos y críticos. Pero es un efecto especialmente interesante porque escenifica los prejuicios que despierta este fenómeno, y deja al descubierto el marco inconsciente en el que estos manuales funcionan en general: toda la autoayuda está dirigida a lectores descreídos, recelosos y críticos.

La tentación ha sido siempre mirar a los lectores con condescendencia y decir que la autoayuda son todos aquellos productos que nos ofrecen respuestas simples y grotescamente satisfactorias a los grandes problemas de la existencia.

Este repudio transversal nos obliga a preguntarnos por los límites del fenómeno: si la autoayuda que se ríe de la autoayuda, o que la combate con dureza, puede ser también una forma de autoayuda, ¿de qué hablamos cuando hablamos de autoayuda? ¿Tiene sentido hablar de ella como un género literario? ¿Qué tienen en común los libros sobre liderazgo empresarial, las guías para encontrar el amor verdadero y los manuales sobre espiritualidad vedántica para que los tratemos como una unidad indisoluble?

Para responder a esta pregunta, la tentación ha sido siempre mirar a los lectores con condescendencia y decir que la autoayuda son todos aquellos productos que nos ofrecen respuestas simples y grotescamente satisfactorias a los grandes problemas de la existencia.

Pero si queremos comprender el fenómeno —en vez de simplemente mirar con superioridad a quienes consumen regularmente esta literatura— quizá sea el momento de sacudirnos los prejuicios y entender que la autoayuda canalla ni es una deriva incomprensible, ni es un giro crítico: el consumo de autoayuda responde a una lógica compleja y refinada que incluye el rechazo a las recetas papanatas.

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