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¿Y después del #MeToo, qué?

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¿Y después del #MeToo, qué?

/OPINIÓN/ “Muchos sienten la necesidad de gritar que no todo es abuso sexual. Una vez más, creo que habla en nosotros el miedo a sentirnos perdidos” #ColumnaCompartida

U na conversación alrededor del fenómeno #MeToo y del caso Weinstein un mes después de su estallido:

Luna: Mi hijo no se quiere quitar el abrigo. Ni cuando llega a la guardería, ni en casa. Ayer a la hora de acostarle lloraba nervioso señalándolo en el perchero. Se lo tuve que volver a poner que se calmara. Me pregunto qué pasará por su cabeza para depender así de un objeto. Dice su profesora que quizá le da seguridad. Que quizá se siente poderoso. Que quizá es porque alguien le ha dicho que así está guapo. O que quizá sólo sea miedo a perder todas esas cosas. Digo esto porque creo que si un abrigo puede desatar la furia y la pataleta de Ulises, puedo entender las furias y los tormentos que desde hace semanas viene provocando el #MeToo en algunos hombres. Los cambios asustan. Y más aún si son cambios de poder. ¿Tú te has llegado a sentir así de amenazado?

Eudald: Cuando te das cuenta de que las ideas y hábitos que hasta ahora no habías problematizado no te sirven para casi nada, sientes desprotección . Es como cuando abres un cajón y te encuentras con cassettes viejos: en teoría funcionan perfectamente, pero ya no puedes escucharlos. Y esto pasa incluso desde la asunción del feminismo. Con un amigo comentábamos hace poco lo descorazonador que era leer la confesión que escribió Louis C.K, por la transparencia y autoconsciencia crítica que revelaba. Su discurso era prácticamente intachable, pero aun así se había comportado como un monstruo. Hacía que te preguntaras si tú no podías estar haciendo lo mismo que él. Toda la formación, todas las lecturas, todas las racionalizaciones posibles del machismo estructural de la sociedad: al final lo que cuenta es como te comportes a pesar de todo esto.

L: Lo decía por eso. Últimamente he notado cierta paranoia entre algunos hombres cercanos. Suspicacias hacia lo que está siendo el #MeToo y, sobre todo, hacia lo que debería convertirse. Me sorprende que en plena marea de testimonios hayan surgido tantas críticas, tantas ganas de buscarle las consecuencias negativas. O que, cuando se publican reflexiones interesantes, como esa de Abramson en The Guardian, se malinterpreten como una crítica a las feministas cuando, en mi opinión, el dedo de la periodista sólo está apuntando a quienes quieren aprovecharse del movimiento.

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E: El artículo de Abramson lanzaba al menos dos ideas muy potentes. Por un lado, la cuestión del grado cero de tolerancia: a pesar de las reacciones furibundas y la espectacularidad del caso Weinstein, ¿estamos siendo suficientemente estrictos? Leyéndolo pensé en la reseña que sacó The New York Times sobre el libro que publica Matthew Weiner, el creador de Mad men, quien también ha sido denunciado por abusos. Cuando lo vi llegué incluso a dudar de mi memoria. Pero no: parece que alguien ha considerado que lo de Weiner no es suficientemente grave como para rescindir contratos o negarle la publicidad a su libro. Lejos del grado cero de tolerancia, nos encontramos con la exigencia constante de hacer distinciones y marcar líneas rojas. Muchos sienten la necesidad de gritar que no todo es abuso sexual, que quizá un tocamiento o una insinuación no debería tratarse con el mismo concepto que una violación. Una vez más, creo que habla en nosotros el miedo a sentirnos perdidos, la voluntad de querer reconfigurar el terreno de juego con nuestras propias reglas, aquellas que permitan distinguirnos claramente del Monstruo. Y por otro lado, el artículo de Abramson plantea una cuestión mucho más difícil: ¿qué consecuencias negativas puede conllevar el #MeToo para los que son y seguirán siendo vulnerables?

L: Quizá me equivoque, pero creo que al #MeToo aún le queda un recorrido largo. Y las consecuencias negativas vendrán si desde tan pronto nos empeñamos en pararlo. En buscar malas intenciones y falsas denuncias. Si invirtiéramos tanta energía en combatir el problema como en ponerle peros a los testimonios escuchados durante estas semanas, ganaríamos todos. Sé que es tan difícil reconocer los errores propios como leer pacientemente las miserias de los demás. Nos creemos que con conocer un solo testimonio es suficiente, pero no. Hay que empaparse del dolor ajeno. Hay que leer hasta la náusea. Ya sabes que en las últimas semanas he estado leyendo la reedición Íbamos a ser reinas, de Nuria Varela. Todavía no me he atrevido a escribir nada sobre ese libro porque lo que hay en él me incomoda y me frustra tanto que no soy capaz de abordarlo. Me pasó algo parecido con Sexismo cotidiano, de Laura Bates. Pero si no leemos esa náusea. Si no nos la provocamos a nosotros mismos nunca sabremos ni cómo se siente, ni qué significa ser vulnerable. Algunos críticos están cometiendo el error de buscar las debilidades del #MeToo para mofarse de ello, en lugar de buscar soluciones a esas grietas, o de condenar a quienes quieren dar vuelta a nuestras vulnerabilidades y mantener así su poder.

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E: Además, estas tergiversaciones nos ponen sobre aviso de otra cosa: la importancia de encontrar lugares seguros donde articular estas nuevas vulnerabilidades. Porque el torrente verbal del #MeToo, que en Estados Unidos y Francia ha ocupado portadas y generado publicaciones monográficas, pero en España ha sido relegado a un segundo plano. Especialmente en el caso del cine: las actrices que se han atrevido a denunciar han visto sus testimonios reducidos a las páginas de cotilleos. La herencia del caso Weinstein no debería gestionarse como si de una moda se tratase. Necesitamos publicaciones que no blanqueen las agresiones, porque temo que si lo reducimos al "escándalo público del que todo el mundo habla" en poco tiempo pase a ser visto como una simple burbuja que ya estalló, una turbulencia aislada que no debe cuestionar el contrato social —que. como decía Carol Pateman, es siempre un contrato sexual—.

L: No sé. Entiendo que haya medios o frames de artículos muy determinados que se sumen a esta causa por puro morbo. Pero si te vas a preguntar a la calle, a la gente que no está en Twitter o que no sigue ciertas revistas femeninas o secciones de opinión o feministas de medios digitales, el tema Weinstein les sonará a chino. Me lo contaba una compañera el otro día después de tantear las calles para un reportaje. Aquí aún no se habla de este tema. Así que hasta que el acoso sexual en cine, política o literatura no salga en las portadas de El País o El Mundo, me temo que habrá que seguir batallando desde nuestros márgenes.

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E: Quizá lo que quería decir es que no basta con hacer del tema una cuestión masiva, sino que importa también el tipo de recepción. Es necesario que salgan en las portadas de El País o El Mundo, pero parece que solo llegarán ahí cuando se hayan asegurado de que tienen un abrigo nuevo y pueden desprenderse del viejo, de que la exhibición de una conciencia crítica no compromete su cuota de poder. Algo que, por cierto, hacemos todos los hombres cuando nos acercamos con miedo a los testimonios: una especie de not all men íntimo, a puerta cerrada, que se traduce en la convicción que por lo menos yo no.

L: Hay otra cosa que hacéis los hombres y que me recuerda a lo que acabas de añadir. Me la comentaba ayer un amigo a raíz de la confesión del director Toy Story. Por lo visto es algo que suele decir Nacho Vigalondo a propósito los hombres que se consideran feministas: que hay que evaluarse en lugar de señalar, porque “el machismo es como la borrachera: siempre la tienen los otros”. A título personal, una de las grandes enseñanzas del #MeToo es esa voluntad de autoevaluación. Autoevaluarse no debería significar parecer más débil, ni ser un moñas, ni caer bajo. Autoevaluarse también es reconocer al otro y, de una vez por todas, entender su sufrimiento. Pensaba en esto leyendo el libro que mencionaba antes, el que recoge testimonios descorazonadores de víctimas de violencia machista en España. No había pasado de la página 40 cuando me dije: ¿por qué me someto a esta tortura? Aunque luego, cuando cerré el libro, caí en que la verdadera pregunta debería ser: ¿y por qué no te sometes tú, y tú, y tú... y por qué no te sometes tú también?

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