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¿Un orgasmo revolucionario? La dudosa liberación sexual del mayo francés

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¿Fue 1968 el año de la revolución sexual o una expresión más de la cultura machista francesa?

Eudald Espluga

26 Enero 2018 06:00

"La seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista". Tantas veces repetida, discutida y cuestionada, esta idea se convirtió en la esencia del polémico "manifiesto francés" contra el "puritanismo", impulsado por Catherine Deneuve y Catherine Millet.

La libertad de molestar, decían, es "indispensable a la libertad sexual", y pronto esta liberalidad fue interpretada como típicamente francesa: "aunque sea un cliché", afirmaba Agnès Poirier en un artículo sobre "el feminismo de las francesas", "nuestra cultura, para bien o para mal, considera que la seducción es un juego inocuo y agradable [...] Por eso siempre ha habido una especie de armonía entre los sexos que es particularmente francesa". Brigitte Bardot —otro símbolo que aúna sexualidad, libertad y cultura francesa— se sumaba a las críticas: el #metoo, dijo la actriz, es hipócrita y ridículo, pues siempre ha encontrado "encantador que me dijeran que era hermosa o que tenía un lindo y pequeño trasero".

Como explicábamos aquí, no es baladí que el debate haya surigido en un país con una rica tradición en pensamiento liberal-progresista; pero tampoco lo es que, para tachar de reaccionario al feminismo hegemónico, hayan tirado de la idea de "libertad sexual" y que lo hayan hecho, además, aquellas figuras que se erigieron en representantes mundiales de esa liberalidad en los años sesenta: después de todas las victorias relativas a los derechos de las mujeres que se han ido consiguiendo progresivamente desde entonces, especialmente en los últimos tiempos, solo se puede hablar del retroceso del feminismo desde la nostalgia y la idealización de la "liberación sexual" que coronó el mayo francés.

I. Sexo, libertad y nouvelle vague

Hagamos un poco de historia. En 1967, Catherine Deneuve interpretaba a Séverine, una mujer casada y sexualmente infeliz que decide dejarse llevar por sus fantasías eróticas y empieza a trabajar como prostituta.

Belle de jour, dirigida por Luis Buñuel, era una película oscura y provocadora, que golpeó la sensibilidad del público asistente al festival de Venecia con una primera escena en la que contemplamos a una joven pareja dando un paseo romántico por el parque, en un coche de caballos. Vemos como ella rechaza los avances sexuales del chico hasta que éste se cansa, ordena que se detenga el coche y, con la ayuda de los criados, la arrastra por el campo, la amordaza, la amenaza, la desnuda y la azota; cuando se cansa, deja que sus lacayos la violen.

(Catherine Deneuve en la primera escena de 'Belle de Jour')

En el siguiente plano, descubrimos que en realidad todo ha sido una fantasía. "¿En qué piensas, Séverine?" le pregunta su esposo saliendo del baño. "En ti, Pierre... en nosotros".

Dos años antes, en 1965, Deneuve había protagonizado Repulsion, de Roman Polanski, una historia opresiva y turbia sobre la represión sexual. Ese mismo año Jean-Luc Godard rodaba Masculin, fémenin, un film que, según el Festival de Cannes, constituía una investigación de "la juventud de una Francia en plena crisis urbanística e ideológica" que, sintomáticamente, se centraba en "la sexualidad, el placer, la prostitución y el aborto". Tampoco era una novedad. En 1963, el mismo Godard había dirigido Le Mépris, un drama experimental sobre la crisis y los limites del matrimonio, con Brigitte Bardot como protagonista. Un año antes, en Vivre sa vie, Anna Karina interpretaba a Nana, una mujer que abandona a su marido y decide ejercer la prostitución. También estrenada en 1962, Jules et Jim, de François Truffaut, entronizaría a Jeanne Moreau, quien protagonizaba —junto a Oskar Werner y Henri Serre— uno de los tríos amorosos más famosos de la historia del cine.

Aunque la nouvelle vague, como movimiento cinematográfico, desbordaba los años sesenta y se desviaba de este imaginario estrictamente sexual —pensemos si no en la idealización romántica que encontramos en los films de Èric Rohmer o el documentalismo político de Agnès Varda—, cuando hablamos de la revolución sexual de los años sesenta es este imaginario transgresor el que nos viene a la cabeza.

El movimiento de "liberación de la mujer" formaba parte del giro libertario de las protestas, e implicaba un cambio de valores, la liberalización de las costumbres, la relajación de las jerarquías, la incorporación masiva de las mujeres de clase media al mundo del trabajo, así como el cuestionamiento radical del rol tradicional de esposa y madre de familia.

(Brigitte Bardot en 'Le Mépris', de Jean-Luc Godard)

Se puso en el centro del debate la autonomía y la independencia de las mujeres, con especial énfasis en la soberanía sobre el propio cuerpo y la propia sexualidad. El freudo-marxismo de pensadores como Wilhem Reich y Herbert Marcuse había supuesto un electroshock con un influjo social enorme, que terminó por unir la lucha contra la represión sexual a la lucha contra el autoritarismo francés y el imperialismo americano. Catherine Deneuve, Anna Karina, Brigitte Bardot y Jeanne Moreu fueron las caras de esta subversión, los símbolos que inspiraron a los estudiantes, el punto de ruptura entre generaciones.

De hecho, la chispa que desencadenó los sucesos de mayo fue la prohibición, en la Universidad de Nanterre, de que los chicos entraran en los dormitorios de las chicas. Las protestas, lideradas por Daniel Cohn-Bendit, prometían "orgías vandálicas" contra la visita del Ministro de Juventud y Deportes. En otras palabras: el mayo del 68 se levantó, en primera instancia, contra el puritanismo sexual.

II. "Derrocar al Gobierno y follar"

"El sexo se inventó en 1963", sostenía el poeta británico Philip Larkin, "entre el jucio contra Chatterley y el primer LP de los Beatles". Una hipótesis sensata si tenemos en cuenta que la liberalización de las costumbres y la aspiración antirepresiva que el mayo del 68 mitificó no solo venían de mucho antes, sino que además no eran un fenómeno esencialmente francés.

Que el 68 empezó mucho antes del 68, que su alcance fue internacional y que sus dudosas victorias políticas llegaron tiempo después de la revuelta es lo que sostiene Ramón González Férriz en 1968. El nacimiento de un mundo nuevo (Debate). El amanecer espiritual que perseguían los hippies, con su Verano del Amor, anticipaba la confusión voluntaria entre la causa política y la causa sexual. "Solo estaba interesado en derrocar al Gobierno y follar", decía uno de los miembros destacados de la comunidad hippie de Haight-Ashbury, "las dos cosas iban de la mano armónicamente". Sheila Weller, periodista de Vanity Fair, afirmaba que "follar con desconocidos se convirtió en una forma de generosidad", confirmando la transformación que meses más tarde los soixante-huitards operarían sobre la triada revolucionaría: "¡Liberté! ¡Égalité! Sexualité!".

En Alemania, explica González Férriz, la conexión entre ambas luchas estuvo más unida que en ningún otro sitio: "varios militantes de Kommune 1, la comuna maoísta que promovía la promiscuidad como forma de liberación, se fotografiaron desnudos en clara analogía con las imágenes de los campos de concentración, identificando su liberación sexual con la liberación del nazismo. Un nazismo cuyos orígenes muchas veces atribuían a la represión sexual del propio Hitler".

Incluso en España, bajo la dictadura franquista, la lucha del movimiento estudiantil coincidió puntualmente con el espíritu libertario: en marzo de 1966, chicos y chicas —todavía por casar— durmieron juntos en el convento de los capuchinos de Sarrià, en lo que más tarde sería conocido como la caputxinada, después de que la policia cercara el santuario. En él estaban reunidos estudiantes, profesores e intelectuales —entre quienes destacaban Salvador Espriu, José Agustín Goytisolo, Maria Aurèlia Campany, Antoni Tàpies y Agustín García Calvo— en un intento de aprobar los estatutos del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. Chicos y chicas estuvieron dos días encerrados en el convento: "a falta de sábanas", decía un informe policial, "una de las estudiantes durmió envuelta en un mantel del altar."

En Francia, la moral sexual y familiar de los años cincuenta no solo fue dinamitada en el cine. También en el seno de la institución matrimonial. Como afirma el filósofo Edgar Morin, profesor sustituto en la Universidad de Nanterre en 1968, "hubo una evolución, a través del movimiento feminista, que estaba en vanguardia. No es por azar que, poco después, incluso bajo un Gobierno de derechas, Simone Veil consiguiera sacar adelante la ley sobre la interrupción del embarazo".

(Pancarta con el lema "La revolution ne se fera pas sans les femmes")

Sin embargo, los movimientos en defensa de los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales solo llegaron a cuajar tiempo después de los sucesos de mayo. Pasaron años hasta que en Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia empezaran a movilizarse y configurarse las primeras organizaciones feministas modernas. De hecho, la aprobación de la ley sobre el aborto de la que habla Edgar Morin no llegaría hasta 1974, tres años después de que cientos de mujeres —entre las que estaban Catherine Deneuve y Jeanne Moreau, además de intelectuales como Simone de Beauvoir o Marguerite Duras— firmaran el 'Manifiesto de las 343', en el que confesban haber abortado y se exponían a un proceso penal.

¿Consecuencia natural de los sucesos de mayo? Por supuesto, las revueltas jugaron un papel importante en la visibilización de estas luchas, pero la reivindicación de libertad sexual no se llegó a tematizar en clave feminista hasta los años 70 y 80. La dialéctica contestataria en los 60 osciló entre lo libertario y lo comunitario, entre el movimiento estudiantil —un fenómeno "minoritario" y "elitista, según González Férriz, compuesto por jóvenes blancos y de clase media— y el movimiento obrero. Una doble dinámica que, en Francia, quedaría inmortalizada otra vez en el cine, aunque esta vez delante de la gran pantalla y no dentro de ella.

3. Nostalgia de una revolución que no fue

El 18 de mayo de 1968, Jean-Luc Godard, François Truffaut, Roman Polanski, Milos Forman y Louis Malle, entre muchos otros, irrumpieron en la sala de proyección del Festival de Cannes para obligar a la organización a cancelar el festival. Mientras Truffaut estaba colgado de las cortinas para evitar que pudiera verse la película, Godard tomó la palabra. Consideraba ridículo que el certamen siguiera en marcha mientras que "las fábricas han sido ocupadas o cerradas" y "los trenes han sido parados".

(La irrupción de los directores de la nouvelle vague en el Festival de Cannes de 1968)

"No hay un solo film que muestre los problemas obreros o estudiantiles que ocurren hoy", siguió Godard. "No hay uno solo que sea hecho por Forman, por mi, por Polanski o por François. No hay ni uno, vamos retrasados. Los camaradas estudiantes nos han dado el ejemplo haciendose romper la cara hace una semana".

Con estas palabras, el director francés cancelaba involuntariamente el potencial revolucionario de la nouvelle vague. No importaba Belle de jour ni Le Mépris, como tampoco importaba la lucha contra el puritanismo que pudieran encarnar Deneuve o Bardot. En la sala del Festival de Cannes había hombres hablando con otros hombres, hombres protestando, hombres insultándose, hombres liándose a puñetazos: el mayo del 68 iba de otra cosa.

Como ha señalado el historiador Philippe Artières, "hoy, cuando hablamos sobre los cambios sociales de mayo del 68, de hecho estamos hablando de los años que siguieron. En Francia no hubo una liberación sexual en 1968, esto es falso; era una sociedad extremadamente machista, en la que se esperaba que las chicas prepararan los sandwiches mientras los chicos protestaban". Una opinión que respaldan los estudiantes franceses de hoy, algunos de ellos integrantes del movimiento Nuit Debout: el libertarismo de los soixante-huitards nunca fue "fundamentalmente feminista". Las mujeres fueron "relegadas a un segundo (o tercer) plano", incluso aquellas que hoy se han convertido en símbolos de la época.

(Catherine Deneuve en 'Belle de jour', 1967)

Por eso, hoy es inevitable preguntarse si tenía razón César Aira cuando afirmaba que las películas de la nouvelle vague "captan como pocas, o como ninguna, la belleza y la poesía, hoy intensamente nostálgicas de los años sesenta". Una nostalgia que, decía el argentino, "parece puesta en escena por el artista, no (o no tanto) por los espectadores de cincuenta años después. Fue como si hubieran sabido retratar la belleza de su tiempo justamente en lo que tenía de fugaz y amenazada, en su inevitable desaparición y reemplazo".

Efectivamente, cincuenta años después, debemos preguntarnos si la nostalgia de esta libertad sexual se corresponde a la realidad contestataria de 1968 o si bien depende de un mito que se forjó como estetización melancólica de un mundo nuevo que nunca traspasó el proyector de cine. El debate sobre la posibilidad de un "nuevo mayo puritano", a hombres del #metoo, hunde sus raíces en la interpretación de la herencia del mayo francés: entender que la revolución sexual no fue estrictamente francesa y que su legado feminista debe contemplarse desde una óptica mucho más amplia es la primera condición para que este debate pueda llegar a ser productivo.

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